sábado, 11 de junio de 2011

Mario Vargas LLosa Autores Favoritos: Tolstoy y Fiodor Dostoiveski

Mario Vargas Llosa: De Rusia, con amor... a Dostoievski y Tolstoi
Mario Vargas Llosa visitó Rusia y publicó dos notables artículos sobre dos de los más grandes genios de la literatura: Fíodor Dostoievski y Lev Tolstoi. Los artículos, titulados La casa de Dostoievski y La querencia del maestro, están particularmente bien escritos. Es como si Mario Vargas Llosa hubiera tenido especial cuidado en poner lo mejor de su prosa para hablar de estos dos gigantes.

El germen de ambos textos está en la visita de Vargas Llosa a dos de los lugares donde ambos autores vivieron y trabajaron para darle a la literatura algunas de sus mejores páginas: el San Petersburgo de Dostoievski y la Yasnaya Polyana de Lev Tolstói.

Aquí los artículos.


La casa de Dostoievski
Por: Mario Vargas Llosa

Fíodor Dostoievski vivió en muchas casas y lugares —nunca más de tres años en una misma vivienda— y tuvo siempre la obsesión de que sus pisos estuvieran en una esquina, con ventanas a las dos calles y cerca de una iglesia de modo que pudiera oír las campanas, música que sosegaba su espíritu. La última casa en que vivió, y donde murió en 1881, meses antes de cumplir los 60 años, entre la Perspectiva Kuznechny y la antigua calle Yamskaya, ahora llamada Dostoievski, cumple con todos estos requisitos y, mientras el visitante la recorre, puede oír doblar las campanas de la vecina iglesia ortodoxa de Vladimir, convocando a los fieles.
Esta zona de San Petersburgo, conocida como el “barrio de los mercados”, está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres y, por esa razón, se la considera riesgosa para los turistas. Cuando yo visité esta casa por primera vez, hace 40 años, el lugar era más bien triste y solitario, muy distinto de lo que es ahora, bullicioso, popular, promiscuo, muy vital. No existía aún el museo donde se han reconstruido los seis cuartos a los que Fíodor Dostoievski y Anna Grigorievna, con sus hijos Liubov y Fíodor, se mudaron en octubre de 1878 huyendo del apartamento donde había muerto el pequeño Alexei, una de las tragedias que más hizo sufrir al atormentado autor de “Los demonios”.

Es una casa modesta, aunque menos ascética que las anteriores, e incluso hasta con algunos lujos, como el juego de tazas de té de porcelana que luce una de las alacenas y el confortable inglés del escritorio donde Dostoievski podía echarse a descansar un rato en medio de las interminables y afiebradas sesiones nocturnas en que escribía, en estado de trance casi siempre, “Los hermanos Karamazov”, una de sus obras maestras. Alcanzó a verla publicada exactamente un mes antes de morir. Estaba ya muy enfermo. La casa se halla en el segundo piso y, cada vez que subía, el ilustre inquilino tenía que pararse un rato, en el descanso de la escalera, para recuperar el aliento. El médico le había prohibido fumar, pero él solo respetaba la prohibición durante el día; en la noche fumaba sin descanso mientras escribía y ahí está todavía, sobre su mesa de trabajo, la cajita de cigarrillos que liaba con sus manos nerviosas mientras iba releyendo las cuartillas recién escritas.

A fines de enero de 1881 tuvo la primera hemorragia de garganta. Pidió a su mujer que le leyera uno de sus pasajes preferidos en el ejemplar de la Biblia que llevaba siempre consigo desde que se lo regalaron las mujeres de los “decembristas”, treinta y un años atrás, en la estación de Tobolsk, cuando pasó por allí, como convicto, rumbo a su exilio de cuatro años en Siberia. Anna era su segunda esposa, veinticinco años menor que él. Llevaban once años de casados y ella, con su energía, devoción y talento, había puesto algo de orden en la vida siempre atolondrada y al borde de la catástrofe de Fíodor. Gracias a esa mujer joven y luchadora, sus finanzas andaban mejor, ella ganaba algo de dinero distribuyendo libros y él ya no tenía que inmolarse escribiendo como un forzado. Se había quitado el vicio del juego que le causó tantos infortunios. Poco después de ese primer desfallecimiento, le sobrevinieron otras dos hemorragias. La segunda puso fin a su vida. Su propia viuda o alguna visita atinó a detener el reloj del escritorio en el mismo instante de su muerte: las ocho y treinta y ocho de la noche. Ahí está todavía ese reloj, ciento treinta años después, marcando la hora siniestra.

Lo enterraron en el cementerio Tikhvinskoe, del monasterio de Alexander Nevsky, en las afueras de San Petersburgo. Es un hermoso lugar, y la tumba de Dostoievski, rodeada de árboles y de flores, con una hermosa estatua que refleja fielmente sus rasgos adustos y su mirada profunda y afiebrada, colinda con las de otros exponentes del genio creativo ruso: Rimski-Kórsakov, Alexander Borodin, Modest Mussorgski, Ilich Tchaikovski, Glimka. La mañana que pasé a ver la tumba llovía y algunos visitantes reverentes depositaban en ella manojos de flores. Yo le llevé media docena de rosas rojas.

Aunque Dostoievski no nació en San Petersburgo, sino en Moscú, esta ciudad es la que más lo marcó. Aquí se formó como escritor y en ella se hizo conocido, luego famoso, y fue aquí donde, luego de los diez años del silencio literario que padeció por haber pertenecido al círculo revolucionario de los “decembristas”, debió reinventarse como escritor. En San Petersburgo fue donde más tiempo vivió. De otro lado, no hay ciudad que parezca más impregnada de sus historias, personajes y la mezcla de truculencia, drama, espiritualidad, desgarro intelectual y misterio de su obra que esta, sobre todo cuando uno camina por las destartaladas callecitas del barrio de Sennaya, a orillas del Canal de Griboedova, donde ocurren los principales episodios de “Crimen y castigo”, novela que Dostoievski terminó de escribir no muy lejos de aquí, en una casa de la calle Kaznacheiskaya de este barrio, que también puede visitarse.

Es la más “realista” de sus historias, al menos en el sentido de que los lugares que ella describe están casi todos identificados y algunos de ellos con placas que lo recuerdan. La casa donde Raskólnikov asesina a la anciana Alíona Ivánovna, en el número 104 del Canal de Griboedova, se conserva tal cual la narró, con sus baldosas desiguales, sus paredes descoloridas y sus rejas herrumbrosas, así como sus gentes melancólicas y derrotadas. Hasta la mañana grisácea, lluviosa e impregnada de premoniciones sombrías, parece dostoievskiana. Pero todavía más impresionantes son los lugares asociados a la vida de Raskólnikov, que parecen recién salidos de las páginas de la novela, como la sofocante taberna donde este confiesa su crimen a Zamíotov o la casa donde el asesino vivió. Hace esquina también y un busto de un Dostoievski calvo y jiboso adorna su fachada. El mal tiempo ha borrado la pintura y todo el edificio —en verdad, todo el barrio pobretón y sórdido— parece a punto de descalabrarse. El largo vestíbulo de piedras tiene un techo combado donde el eco repite los ruidos y el patiecillo interior, en torno al cual se aglomeran los apartamentos, es estrecho y tan desangelado como la empinada escalerilla que conduce a las habitaciones. Harta de los visitantes, una vecina que arrastra pesadamente su gordura y su odio a la vida nos echa de imprecaciones. Un gato maúlla en alguna parte. Es imposible no tener la sensación de que algún asesino devorado por inquietudes metafísicas anda suelto por los alrededores.

La casa museo de Dostoievski insiste en que, contrariamente a la leyenda, el autor de “El doble” estaba lejos de ser una persona sombría y amargada. Le gustaba jugar con los niños y les inventaba y les leía historias. Y les mostraba su colección de fotografías de escritores y artistas famosos, que, ahora, se exhiben en el cuarto donde Anna almacenaba los libros que vendía. La mayoría de las fotos son de escritores rusos. Entre los europeos, figuran un Quijote eslavizado, unos libros de Charles Fourier y de Hoffman y unas efigies de Victor Hugo joven y de George Sand, escritora que, por un sorprendente malentendido, llegó a ser inmensamente popular entre los jóvenes liberales rusos de la generación de Dostoievski, no tanto como escritora de novelas, sino como ideóloga progresista y luchadora social. Aquí se pueden ver, por fragmentos de la correspondencia, las opiniones que merecieron al dueño de casa algunas ciudades de la Europa occidental durante los viajes que hizo por ellas. La más inesperada: que París era una ciudad aburridísima donde no había nada que hacer.

Después de esta peregrinación dostoievskiana es poco menos que obligatorio que termine el día en el teatro Mariinsky, viendo una ópera adaptada de “El jugador”, con libreto y música de Sergei Prokofiev. Aunque la historia y los personajes son los mismos, lo que ocurre en el escenario tiene poco que ver con la novela de Dostoievski, por lo menos lo que de ella recuerdo, pues abundan las situaciones farsescas, los enredos y las caricaturas y el drama se disuelve entre sonrisas. Pero la música es espléndida, las voces magníficas, la orquesta de primera y el vertiginoso barroquismo del local calza como un guante con el espectáculo. Lo único dostoievskiano de la noche es el conductor de la orquesta, Valeri Gergiev, con sus ojos enloquecidos y su gesticulación que pasa de lo templado a lo convulso, de la delicadeza a la brutalidad, del sobresalto al éxtasis, sin transición, dando protagonismo a todos los instrumentos y manteniendo a espectadores, músicos, cantantes (y hasta acomodadores) en un estado de pasmo e inseguridad frenética. La última vez que vi a Gergiev, en Salzburgo, llevaba unos pelos largos y una barba de varios días; ahora, tiene los ralos cabellos bien cortados y se rasura, pero sigue siendo, a la hora de dirigir la orquesta, un poseído, que va siempre más allá de la partitura, un ser ctónico, conectado con las profundidades inquietantes del abismo humano, capaz de convertir un concierto o una ópera en una ceremonia genial y aterradora. Alguien que lo conoce me aseguró que el resto del día es un ser normalísimo, que le gusta empujarse, en los dos restaurantes que posee en San Petersburgo, unos salmones blancos de chuparse los dedos.
SAN PETERSBURGO, JUNIO DEL 2010


La querencia del maestro
Por: Mario Vargas Llosa

Desde que leí por primera vez “Guerra y paz”, de Lev Tolstói, todo un volumen de La Pléiade, en el verano de 1960, en Perros-Guirec, un pueblecito de Bretaña, soñaba con visitar alguna vez Yasnaya Polyana. Me he demorado medio siglo en materializar aquel sueño, pero valía la pena porque la finca y la casa donde Tolstói nació, pasó la mayor parte de su vida, escribió sus dos obras maestras — “Guerra y paz” y “Anna Karénina”— y donde fue enterrado se hallan maniáticamente preservadas, según una robusta tradición de este país donde los escritores insumisos, mientras están vivos y escribiendo, suelen ser censurados, acosados, encarcelados y a veces asesinados, pero cuando mueren se convierten en objetos de un culto religioso.
Es un hermoso lugar, a unos doscientos kilómetros al sur de Moscú, en los alrededores de Tula, lleno de estanques, con avenidas de abedules, álamos, robles y manzanos, que cortan los sembríos cuadriculados, y, en este día soleado y cálido, se divisan aquí y allá grupos de estudiantes de una escuela de Bellas Artes que pintan paisajes del natural. Señalando los establos, la guía nos precisa que cuando Tolstói vivió aquí la finca contaba con treinta caballos —el dueño de casa era un avezado jinete— y el número se conserva tal cual. También los árboles frutales plantados en su tiempo, así como las jardineras, y que todo el mobiliario y los objetos de la casa principal pertenecieron a la familia. Durante la Segunda Guerra Mundial se salvaron de milagro, pues el Ejército de Hitler ocupó la vivienda, pero la encontró vacía porque los campesinos ocultaron todo lo que había en ella y lo devolvieron luego de la derrota de los invasores.

Desde afuera, la casa tiene un semblante imponente, con sus balcones de barandas labradas y sus maderas pintadas de blanco, pero en el interior todo es sencillo, más bien rústico, y algo apretado, pues aquí vivieron, además de Lev y Sofía, su esposa, los ocho hijos que sobrevivieron de los trece que concibió la pareja, además del médico de la familia, el secretario y una nube de mayordomos y sirvientas. El cuartito en el que Lev se confinó cuando decidió renunciar al sexo es minúsculo y espartano, la celda de un monje.
El escritorio es pequeño y emocionante, con sus plumas, tinteros, secantes, fotografías familiares, y los dos libros que Tolstói estaba leyendo a sus 82 años, el mismo día que se fugó de la brava Sofía para ir a morir a la minúscula aldea de Astapovo: los “Ensayos” de Montaigne y los “Pensamientos” de Pascal. Los estantes que pululan por todos los rincones de la casa tienen libros en cinco idiomas —se dice que leía catorce—, pero entre los extranjeros prevalece el francés. Vi varios de Víctor Hugo, de quien Tolstói elogió “Los Miserables” con un entusiasmo inusual en él, pero, en cambio no divisé ninguna comedia de Shakespeare, a quien intentó fulminar con una diatriba tan disparatada como insólita.

En los últimos meses de su vida, este octogenario había comenzado también a estudiar chino, prueba irrefutable de la juventud de su espíritu y de esos lampos de locura que jalonaron siempre su genialidad. Para entonces hacía años que había dejado de ser solo uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos, para convertirse en un profeta, un místico, un inventor de religiones, un patriarca de la moral, un teórico de la educación y un fantasioso ideólogo que proponía el pacifismo, el trabajo manual y agrícola, el ascetismo y un cristianismo primitivo, libertario y sui géneris como remedio a los males de la humanidad. A esta casa le llegó la noticia de que la Iglesia Ortodoxa lo había excomulgado, algo que en vez de perjudicarlo lo hizo más popular, por lo menos fuera de Rusia. Las cosas que decía reverberaban por todo el planeta y por lo menos en cuatro de los cinco continentes surgieron, ya en vida de él, esas comunidades agrarias de jóvenes tolstoianos —muchos artistas y poetas entre ellos— que abandonaban las ciudades, renunciaban al espíritu de lucro e iban a regenerarse moralmente compartiéndolo todo y trabajando la tierra con sus manos. Que estas colonias anarco-pacifistas no duraran mucho tiempo no impidió que el pacifismo mesiánico de Tolstói dejara una marca en la historia: Mahatma Gandhi fue uno de sus más ilustres discípulos, al igual que Martin Luther King, y el sionismo se inspiró en muchas ideas de Tolstói, sobre todo en la concepción del kibutz.
Pero el inmenso prestigio que llegó a alcanzar en el mundo entero no hubiera sido posible si, detrás de sus audaces, pintorescas y a veces temerarias teorías, no hubieran existido las novelas que escribió, sobre todo ese prodigio que es “Guerra y paz”. ¿Cómo lo hizo? Aquí, a Yasnaya Polyana, vienen investigadores del mundo entero a tratar de averiguarlo, escudriñando sus borradores, notas, resúmenes de lecturas y de testimonios que fueron la materia prima de esa ciclópea empresa, acaso la más ambiciosa que haya emprendido jamás un escritor. Pero aunque de esos escrutinios salgan a veces ensayos lúcidos e interpretaciones profundas, es seguro que ninguno de ellos llegará jamás a explicar entera y cabalmente el misterio que es siempre una obra maestra absoluta.

Yo la he leído tres veces, en francés, en inglés y en español, y cada vez he sentido ese malestar impregnado de maravillamiento y envidia que produce una obra de arte que parece haber roto los límites, ido más allá de lo posible al común de los mortales, al recrear un mundo tan diverso y vertiginoso como el real, pero mucho más nítido, coherente, comprensible y perfecto, con sus casi seiscientos personajes tan bien diferenciados, sus epopeyas y sus miserias, su aptitud para elevarse sobre sus limitaciones y defectos y alcanzar el heroísmo, la sabiduría y la santidad, o hundirse en la vileza, en la mediocridad del montón y llegar ya siendo nadie a la nada. En ninguno de sus ensayos describió mejor Tolstói la condición humana, lo que somos y lo que no somos, que en esta novela, que emprendió sin pretensiones filosóficas, sociológicas ni religiosas, en la que, como escribió en el epílogo del libro, se propuso solo contar una historia militar. “Guerra y paz” también es eso, desde luego, una crónica de la resistencia del pueblo ruso a la invasión de las tropas napoleónicas, que se lee con la atención absorbente que merece una buena novela de aventuras. Pero es al mismo tiempo tantas otras cosas que cualquier definición resulta pobre comparada con esa miríada de experiencias y situaciones que hay en ella: lo militar, lo religioso, lo político, lo artístico, el amor, el odio, la generosidad, la amistad, los demonios de la irracionalidad y los instintos más oscuros, el candor, la pureza, la soledad. El calificativo que más le conviene es: total. Nada le falta, nada le sobra para darnos esa impresión fantástica del aleph borgiano: todo está allí. Una novela que ha materializado el anhelo imposible de todo novelista: recrear un mundo a su imagen y semejanza, en su totalidad.

Probablemente Tolstói nunca fue consciente de su logro. Estaba siempre demasiado entregado a sus proyectos revolucionarios, la escuela para los hijos de los siervos donde ensayó métodos educativos de su invención y cuyo local aún se conserva, o la manera de refrenar la concupiscencia y los apetitos materiales a los que sucumbió tantas veces, siempre con atroces remordimientos y propósitos de enmienda, o en su empeño de hacer de la religión algo que desechara toda forma de prejuicio, oscurantismo y superstición y congeniara con la naturaleza humana. Aunque podía ser arrogante y soberbio en el plano intelectual, y exigía de sus amigos y discípulos la incondicionalidad, carecía de las mediocres vanidades de muchos de sus colegas, y no le importaban la fama, los reconocimientos ni el poder. Sufría de verdad por los privilegios de que él y toda la clase aristocrática gozaban y se compadecía hasta las lágrimas por la condición de los humildes y de todas las víctimas de la pobreza, la explotación y la injusticia. Que los remedios que imaginara para poner fin a la desigualdad y al abuso fueran ingenuos y a menudo irreales no disminuye el valor moral de sus esfuerzos, en su vida diaria, por privarse de todo lujo, imponerse costumbres ascéticas y multiplicar las iniciativas a fin de acercarse espiritualmente a los desheredados.

Lo más hermoso de Yasnaya Polyana es la tumba de Tolstói. Está en medio del bosque y no hay en ella inscripción alguna: un pequeño montículo cubierto por la hierba y rodeado de altísimos árboles cuya verdura, en este impetuoso día de verano, resiste la embestida del sol. El aire susurra entre las hojas y las ramas y hay en el lugar una paz y un sosiego que Lev Tolstói no conoció jamás en toda su existencia.
Al salir de la finca-museo, el visitante puede almorzar en un pequeño restaurante del poblado de Yasnaya Polyana que ofrece platos guisados según las recetas de Sofía Tolstói. Valientemente, yo pido uno de ellos, al tanteo. Resulta ser un guiso espeso y oloroso de papas, cebollas, setas y pedazos de carne muy nerviosa que rasca el paladar. ¡Todo sea por el genio!
MOSCÚ, JUNIO DEL 2010

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