sábado, 18 de junio de 2011

Carlos Barral: Dinamizador

Los primeros 100 años de Seix Barral
La editorial celebra su centenario este martes


12345 Resultados:ononononon NURIA AZANCOT | Publicado el 17/06/2011

La temporada literaria llega a su fin, pero Seix Barral bulle estos días de actividad, entre pruebas de imprenta, emails y visitas de autores y agentes que proponen, suplican o exigen, cómplices necesarios de una aventura que celebra el 21 de junio sus primeros cien años. En su despacho, un Pere Gimferrer preocupado por la salud de su esposa despacha premioso mil asuntos. Le contemplan, irónicos, los fantasmas de Carlos Barral, Gil de Biedma, Gabriel Ferrater, Valverde, con vasos desbordantes de ginebra Giró, la de siempre, bien seca. Y más divertidos aún, los espectros de Victoriano Seix y de los hermanos Luis y Carlos Barral, que en diciembre de 1911 fundaron Industria Gráficas Seix y Barral Hermanos. Así empezó todo...

Ahora que el mundo de la edición no atraviesa su mejor momento, agobiado por lo efímero de las modas, los balances de temporada y los números rojos, resulta extraordinario que un sello que nació de la complicidad de dos familias, los Seix y los Barral, esté a punto de festejar sus primeros cien años de existencia sin haber perdido sus señas de identidad a pesar de formar parte hoy del grupo Planeta. Su catálogo es su mejor biografía y puede presumir de Vargas Llosa, Marsé, Cela, Mendoza, Pessoa, Saramago, Faulkner, Kundera, Oé, Caballero Bonald, Muñoz Molina, Eliot, Sábato, Duras, Bolaño, Musil, Volpi...

La aventura comenzó en 1911, cuando Victoriano Seix se asoció con los hermanos Luis y Carlos Barral para explotar un negocio de artes gráficas. A la muerte de los dos hermanos Barral (Luis, en 1935, Carlos, en 1936) les sucedió Eduardo Barral, hijo del primero, y director comercial en al posguerra; Carlos Barral Agesta, hijo del segundo hermano y responsable de la gran transformación de la editorial, no se incorporó hasta los años 50. Mientras, la editorial se dedicaba al libro escolar, infantil y juvenil.

Hasta la guerra civil, Seix Barral puso en circulación unos 130 títulos, así como material escolar y juguetes didácticos. Lo más curioso es que, como explica Manuel Llanas en Seix Barral. Nuestra historia, desde el principio, “la empresa instaura la práctica de rodearse de asesores intelectuales de primer orden”, como el célebre periodista Gaziel; el geógrafo Pau Vila o el pedagogo Joan Palau Vera. Durante la guerra civil, Seix Barral fue colectivizada, así que en esos años sólo comercializó su fondo.

En 1956, de los 400 títulos vivos que vendía, 150 pertenecían al ámbito de las publicaciones escolares y más de 80 “a las llamadas publicaciones para la juventud”. Muchos de los colaboradores de la preguerra aparecían con nombres disfrazados por ser personas “non gratas” para la dictadura. Se multiplicaron los libros para el público adulto y un grupo de asesores, entre los que destacaba el filólogo Joan Petit, trabajaba en el “cuarto de los sabios” y marcaba las directrices. Ahí comenzó a colaborar Carlos Barral, que se encontró con una “editorial en ciernes [...] preprofesional”. Y abrió las puertas, como asesores, a amigos como Castellet, Valverde, o los Goytisolo, “portadores de rumores políticos”.

Las trampas de Barral
Uno de ellos, José María Castellet, comenzó a colaborar con Seix Barral en 1953, de la mano de su amigo Barral, director y gerente del sello: “Contactamos con editores europeos como Gallimard, Einaudi, y nos llevó como asesores a Ferrater, a Vilanova, a Valverde y a mí. Creo que la combinación de nuestra curiosidad, de nuestra hambre literaria, sumada a la sabiduría de Vilanova y de Valverde permitieron que Barral revolucionara la cultura española”.

- ¿Como era Barral?
- Como decía Gil de Biedma, tenía una inteligencia que iba más allá del terreno literario del momento. No era un genio, pero tenía un olfato especial para lo relacionado con la edición y las nuevas tendencias.

Se reunían cada quince días, recogían originales, los discutían, y a veces Barral les probaba con trampas. Castellet aún se divierte recordando cómo fue él el primero en leer el original de Tiempo de silencio “pero firmado por un tal Luis Sepúlveda. Envié un informe en el que señalaba algunos problemas pero recomendé su edición, porque tras ese libro había un autor... Sólo entonces supimos que era Martín Santos”. ¿Errores? “Quizá alguno de los premios Biblioteca Breve: acertamos con Vargas Llosa, pero nos equivocamos al declarar desierto el premio el año en el que Juan Marsé presentó su primera novela, Encerrados con un solo juguete. Siempre me he arrepentido de no haber apostado por un autor excepcional cargado de futuro”.

Malcolm Otero Barral, nieto del editor, comenta que su casa “estaba siempre abierta y con autores que entraban y salían. Era una extensión, hospitalaria y social, de la editorial”. Ahora, en estos tiempos de twitter, ebooks, y demás, se lo imagina “completamente al margen de los avances tecnológicos”.

-¿Intuyó que usted seguiría sus pasos, le dió algún consejo?
-Mi abuelo no era demasiado respetuoso con esta profesión. Solía decir que era editor por casualidad. Era cariñoso y didáctico, me enseñaba latín y me leía fábulas de Ovidio...

Los primeros libros que Barral planeó publicar fueron La conciencia de Zeno, de Svevo, y la ópera prima de Alain Robbe-Grillet, pero al final el primer título fue La novela moderna en Norteamérica, de F. J. Hoffman. Después vendrían Pavese, Svevo, Vittorini, Musil, Miller, Duras, Mishima, Faulkner... Seix fue la gran puerta de la literatura europea que impulsó la renovación de la literatura en España.

Imposible no mencionar en esta aventura a Carmen Balcells, que había trabajado primero y comprado después la agencia literaria de Vintila Horia y que acordó con Barral ocuparse de gestionar los derechos de los autores de Seix Barral en el extranjero. En SB. Nuestra historia, la agente reconoce a Antonio Lozano que entonces “sólo tenía que hacer frente a mi ignorancia y estar muy atenta para no perder todas las lecciones que recibía del grupo creativo de la editorial”. Cuando creó su propia agencia, Barral avisó personalmente a sus autores de que los representaría ella.

A vueltas con la censura
Pero no todo era idílico: los encontronazos con la censura eran muy frecuentes, las cuentas no cuadraban y la muerte de Victor Seix, socio encargado de hacer viables los proyectos de Barral, precipitó el final, porque Seix era, en palabras de Marsé, “el encargado de parar los golpes”. Barral abandonó la editorial en 1970 y perdió en Magistratura el juicio que interpuso al sello. Mientras, la editorial siguió apostando por Marsé, Goytisolo, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Alberti, Cabrera Infante o un primerizo Eduardo Mendoza, que en 1973 publicó allí La verdad sobre el caso Savolta.

En 1982, Planeta compró Seix Barral y aterrizó en el sello como accionista y director general Mario Lacruz, que devolvió al sello el esplendor perdido. Su gestión entre 1983-98 supuso la aparición de títulos como El perfume de Suskind, la consolidación de autores como Saramago, Paz, Naipaul, Cela, Umbral o Vargas Llosa, y de jóvenes como Rosa Montero, Muñoz Molina o Julio Llamazares. Max Lacruz, hijo del editor, reconoce que en las memorias inéditas de su padre lo sufrido y gozado en Seix ocupa una parte muy suculenta que prefiere no desvelar. ¿Su secreto para cambiar el rumbo? “Trabajo, trabajo y trabajo. Como siempre”.

-¿De qué descubrimiento se sentía su padre más orgulloso?
-De El libro del desasosiego de Pessoa, en la traducción de Ángel Crespo. Puso de moda a Pessoa fuera de Portugal. Su mayor fracaso fue la publicación de Los versos satánicos de Rushdie, porque le causó muchos problemas, aunque sobre todo le abrumaron los autores que se fueron con otros sellos, en no poca medida por prácticas poco caballerosas de ciertos agentes.

A Mario Lacruz lo sustituyó Basilio Baltasar (1998-2000), que ahora confiesa que lo que más le sorprendió al llegar fue precisamente “la parsimonia de ese gran editor, Mario Lacruz. Compartimos despacho durante un mes, para eso que se llama ‘traspaso de poderes', acudí con él a la Feria de Frankfurt, en dónde recibimos juntos la noticia del premio Nobel a Saramago , y no dejé de admirar sus fichas manuscritas, verle sentado en una mesa sin ordenador, rigiendo esa maquinaria de lectura y conversación que es una editorial. Si repasamos el catálogo construido por él, comprobaremos la coherencia literaria con que dio plena continuidad al espíritu de Seix Barral”.

-¿Era fácil convivir con la sombra de Carlos Barral?
-Por lo general preferimos a los muertos antes que a los vivos. Es una necrofilia muy española. La memoria exalta sus valores y el olvido mejora sus defectos. Los vivos, sin embargo, debemos cargar con el peso de una existencia auto evidente. Dicho esto con la debida ironía, claro. Yo viví la sombra de Carlos Barral como si fuera una herencia. Ya sabes: hay que administrarla con moderación. Y con admiración.

Fueron apenas dos años, que Baltasar recuerda como “un tiempo muy luminoso”. Su sucesor, Adolfo García Ortega, estaba montando en una bicicleta estática cuando le propusieron convertirse en editor de SB. Lo primero que hizo fue reclutar a Elena Ramírez (actual editora) y confirmar a Pere Gimferrer como director literario. Entonces el sello pasaba “un momento delicado”, pues “estaba falto de impulso literario”. ¿Qué hizo? Asumir “cierto mestizaje, romper con una idea demasiado purista de lo que debía ser Seix Barral y atender a las tendencias del mercado y a la literatura un poquito más comercial sin perder el estigma literario de sello cultural”. Para él fue fundamental recuperar la confianza de Muñoz Molina, poder reeditar El hombre sin atributos, de Musil, aunque se confiesa “muy orgulloso de cualquiera de nuestros autores modernos españoles, desde Juana Salabert a Menéndez Salmón”. En Seix aprendió algo tan difícil como lidiar “con la vanidad: comprendí que no tenía que entrar en el jardín de los egos, que es siempre un terreno muy peligroso”, aunque el editor “tiene que ser consejero espiritual, empresario, estratega, y muchas veces una especie de padre encubierto”.

De eso sabe mucho un personaje clave en esta historia, Pere Gimferrer, alma de Seix Barral, que reconoce que “ser editor me ha cambiado a mí mismo, aunque creo que para bien, y que quedaré siempre muy lejos de mis referentes como editor/escritor, que eran Eliot y Pavese. En todo caso, mi condición de editor es casi indisociable de mi condición de lector, de crítico y de escritor”. Entre sus aciertos presume de haber podido publicar a Octavio Paz y Alberti, y de haber descubierto a autores como Mendoza, Muñoz Molina, Bolaño o Isaac Rosa.

-¿El mayor fracaso?
-Siento como grandes fracasos algunos que en sí mismos eran aciertos, pero nos adelantamos a los gustos del público y la crítica, y los publicamos en un momento en que no pudieron recibir la atención que merecían, como Vida y destino, de Grossman; El sueño, de Catarescu, o El siglo de Javier Marías.

Elena Ramírez, responsable actual del sello, ha optado por continuar el trabajo de García Ortega, buscando “libros con alma, especiales, o de éxito no previsible a priori, yendo a buscarlos no sólo al principal suministrador, el mercado anglosajón, sino a países menos transitados”. Es ella quien recibirá a los invitados a la fiesta del 21 de junio. Se le acumulan los buenos libros, y, audaz, se atreve a soñar el futuro: “Me lo imagino plenamente integrado en nuevos modelos de negocio, en una forma de explotación más como es la digital, me imagino una editorial moderna basada en una idea muy tradicional, difundir buena literatura”.


Mi hogar más duradero y satisfactorio, por Eduardo Mendoza

En un libro reciente sobre la historia de Seix Barral aparece una foto mía con espesa barba negra, un cigarrillo en la mano y una mirada audaz de lo que era entonces: joven promesa. Hoy ya no queda ninguna de las tres cosas, pero quedamos Seix Barral y yo. No sé si yo soy algo más que un nombre en su nutrido catálogo de autores, pero estoy seguro de que para mí Seix Barral no es un simple nombre. Si a lo largo de su vida una persona necesita varios hogares, éste ha sido el más duradero y quizás el más satisfactorio. Como toda empresa, en el sentido comercial y también épico de la palabra, la editorial ha tenido momentos altos y bajos. En lugar de plantearme dudas, estas vicisitudes no han hecho sino reforzar nuestra relación. Me complace que este aniversario casi bíblico coincida con uno de sus mejores momentos editoriales. Desde que ingresé en la casa, mucho ha cambiado en el terreno de la ficción, que es la cancha en que mejor se mueve: los gustos, los estilos y, sobre todo, el público. Me complace ver que el barco al que me subí sigue navegando viento en popa.


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