sábado, 18 de junio de 2011

16 de Junio de 1904: James Joyce: Dublin

7 de la mañana, Dublín se despereza de la fiesta de la noche anterior, porque vive con la presente una de sus semanas más festivas. Hoy es el día clave, el Bloomsday, y cuando aún no han abierto los comercios la calle se llena ya de dublineses salidos del mismo 16 de junio de 1904, fecha en la que Joyce sitúa cronológicamente el Ulises. Este día 16 bajo el ladrillo rojo de la capital irlandesa todos son Leopold, o Stephen Dedalus, o cualquiera de los tipos que habitan la obra cumbre de la novela de su país, así que para desayunar piden, como ellos, riñones, mientras un grupo de actores recita pasajes del libro. Son las 8 en punto y comienza la odisea.

Desde ahí, uno puede sumarse a diferentes recorridos en grupo, como distinto era el estilo en cada capítulo del libro: en idéntico orden al de Joyce, al revés, en zigzag, serpenteando por las calles menos ordenadas, el dublinés y el visitante rastrea los pasos de Leopold, o se encuentra con ellos, aunque no quiera: en el pórtico de una iglesia católica, tras los muros de otra protestante convertida en tienda de lámparas o, directamente, en alquiler. O, por ejemplo, puede entrar de cabeza al capítulo quinto, cuando un Bloom apresurado recorre una avenida en busca de la oficina de correos, procedente del 7 de la calle Eccles, donde junto a una puerta amarilla luce una placa que indica que allí vivía supuestamente el personaje. O pasar por la Farmacia Sweeny, para curarse una herida, y pesarse. En cada esquina, lee un grupo. Niños, estudiantes, turistas, jubilados... asisten al rito. Por el camino, las tabernas, que ya han abierto, ofrecen un sandwich de queso gorgonzola, el mismo que degusta Bloom cuando reflexiona sobre el comienzo de su relación con Molly y su actual maltrecho matrimonio. La biblioteca, el museo y el Trinity College son algunos de los puntos clave.

También el centro James Joyce, al que caminando y sin escolta ha acudido esta mañana el ministro de Cultura, es una de las paradas con mas interés. En las escaleras de la puerta, un senador, que vive en la acera de enfrente, luciendo también el sombrero de paja, lanza a los presentes algunas palabras: “El Ulises es el mundo”, se enorgullece como quien canta el himno nacional, porque lo sorprendente de esta fiesta es que un libro pueda convertirse en un símbolo patrio
tan poderoso. No en vano, en el Sthephen Park, leen un rato más tarde actores locales, embajadores de Irlanda en distintos países, escritores, políticos, intérpretes que transforman las páginas en letras de canciones.

En ese centro, también orgullosos de su escritor, se conocieron hace más de 15 años Cormac O'Hanrahan y Philip Mullen, que aunque no trabajan en nada que tenga relación con la literatura, son unos auténticos estudiosos y fanáticos de Joyce. Viste uno un traje negro, el otro luce melena blanca, sombrero, corbata y bastón. El primero se enfrentó al Ulises cuando tenía 16 anos, y asegura que pese a su fama de libro "imposible" se divirtió mucho: "Es una obra entretenida, ¡en serio! el capítulo que más me divierte es el de los Cíclopes", comenta entre risas en alusión a una de las partes preferidas por los dublineses, narrada, precisamente, por un habitante anónimo de la ciudad, al que Bloom recuerda encarecidamente que su salvador era judío, lo que le cuesta el famoso lanzamiento fallido de la lata de galletas, muy representado por los actores locales.

Antes de seguir su paseo hacia los bares, "porque esa es la mejor forma de celebrar el Bloomsday", aseguran, estos dos expertos en Joyce (durante tres años estudiaron una a una sus páginas, una por día), lanzan una reflexión: que los irlandeses lo entienden tan bien porque "hay muchas cosas, demasiadas, que siguen siendo igual que cuando se escribió". Entre ellas, la gente, a la que Joyce supo destapar a todos los niveles. No obstante, como expertos, se acuerdan también del estilo cinematográfico de la narración, de su técnica, e insisten: "No es tan complicada. Joyce supo convertir un día en la vida de un hombre en el mundo entero".

Caen la tarde y la lluvia, y el pub, ese hogar, se convierte en el escenario. La última pinta y el último homenaje son más íntimos, para celebrar con los amigos. Por mucho matemático que diga que Dublín puede cruzarse sin pasar por la puerta de un bar, lo cierto es que es imposible. El mítico y siempre hasta los topes Temple Bar trata de batir un récord de horas tocando en directo, en otros se celebran concursos para ver quién sabe más del autor, mientras más actores repiten incesantemente los diálogos (que bien se actúa y se canta en este país) y ellas recitan una y otra vez el monólogo sin puntos de Molly (Y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí), que cierra el libro. Cerca de uno de esos bares, un cartel con la estampa del autor hablando en primera persona parece mofarse de la ciudad entera: "Yo escribí el Ulises, qué has hecho tú?".



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