lunes, 28 de mayo de 2012

Periodista Digital entrevista a Borja Vilaseca, autor de "El sinsentido ...

Borja Vilaseca: El Principito cambia la corbata


EL PRINCIPITO 3.indd
La filosofía materialista que abandera el capitalismo salvaje está en decadencia. A estas alturas, ya nadie pone en duda que la crisis financiera del sistema es en realidad una crisis de valores y de consciencia de la sociedad. Puede que en Occidente seamos más ricos que nunca, pero también mucho más pobres. Prueba de ello es la actitud con la que la mayoría de empleados españoles afrontan los lunes. A primera hora suena el despertador y se levantan a regañadientes de la cama para ir a trabajar, entrando en una rueda de la que no saldrán hasta el viernes por la tarde. Y dado que las empresas siguen creyendo que la “gestión tóxica” de sus colaboradores es la más eficiente para multiplicar sus tasas anuales de crecimiento y lucro, para muchos la palabra “trabajo” sigue siendo sinónimo de “obligación”, “monotonía”, “aburrimiento” y “estrés”.
De hecho, la gran mayoría de la población activa trabaja porque no le queda más remedio. Es una simple cuestión de supervivencia económica. Por medio del control del capital, que se traduce en el pago de salarios a finales de cada mes, las empresas se han convertido en las instituciones predominantes de nuestra era. No sólo condicionan y limitan nuestro estilo de vida, sino que son dueñas de nuestro tiempo y de nuestra energía. Incluso hay quien dice que la esclavitud y la explotación no se han abolido. Tan sólo se han puesto en nómina.
Como consecuencia de este contexto socioeconómico, cada vez más trabajadores detestan a su empresa, no soportan a su jefe y odian su profesión. Lo cierto es muchos están dejando de creer en la felicidad. Basta con ver la cara de la gente por las mañanas en los vagones del metro o en los atascos de tráfico. Algunos sociólogos afirman que padecemos una epidemia de “falta de sentido”, lo que a su vez está ocasionando una enfermedad psicológica, más conocida como “vacío existencial”. Debido a esta saturación de insatisfacción colectiva ya hay quien nos define como “la sociedad del malestar”.
El Principito se pone la corbata (Temas de Hoy) es una fábula aparentemente inocente, cuya intencionalidad es cuestionar la falta de valores imperante e nuestra sociedad, proponiendo el autoconocimiento y el desarrollo personal como caminos para superar la crisis existencial individual y colectiva. Inspirada en El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, este relato pone de manifiesto el profundo cambio que pueden experimentar los seres humanos y, por ende, las organizaciones de las que forman parte, cuando toman consciencia de su verdadero potencial, poniéndolo al servicio de una función necesaria, creativa, sostenible y con sentido.
Índice del libro
Nota aclaratoria
Prólogo. Los cínicos no sirven para este oficio
I. Dime cómo lideras y te diré quién eres
II. Algunos jefes son muy malos para la salud
III. El hombre de hoy sigue siendo un esclavo
IV. La improductividad del sufrimiento
V. El verdadero escéptico es el que explora lo que desconoce
Honestidad, humildad y coraje
¿Qué es y para qué sirve el autoconocimiento?
¿Es el autoconocimiento un acto egoísta?
La esclavitud de la reactividad
Entrenar conscientemente la proactividad
Realidad e interpretación de la realidad
La tiranía del egocentrismo
El poder de la aceptación
La función de las crisis existenciales
¿Qué es lo que cambia cuando una persona cambia?

VI. La patología del éxito
VII. El aprendizaje es el camino y la meta
La asunción de la responsabilidad personal
Miedo, ira y tristeza
¿Qué es, cómo funciona y para qué sirve el ego?
Diferencia entre inocencia, ignorancia y sabiduría
La felicidad y la paz interior vienen de serie
Cuestionar el sistema de creencias
El reto de autoabastecerse emocionalmente
La importancia de cultivar la energía vital
El arte de la compasión

VIII. En busca de uno mismo
IX. ¡Ojo! El poder aísla y corrompe
X. Madurar consiste en dejar de creerse víctima de las circunstancias
Epílogo. Si de verdad quieres cambiar el mundo, empieza por ti mismo
Agradecimientos
Bibliografía recomendada
Si quieres comenzar a leerlo, descárgate gratuitamente los dos primeros capítulos pulsando aquí.
Para ver una entrevista en el programa “Cara a Cara”, de CNN+, pulsa aquí
Para escuchar una entrevista radiofónica en El Periodista Digital pulsa aquí y luego clica en “Descargar”

domingo, 27 de mayo de 2012

Marta Elisa de León: Mi historia de Puta en LAS OCULTAS


Yo pertenecía al grupo de putas de nivel medio. No era ni de las de lujo ni de las baratas. Porque no es como muchas personas creen, que solo existe la prostitución de alto nivel y luego la esclavitud, sino que hay mucho más. Una de las cosas que he comprobado a lo largo de los años es el increíble desconocimiento que la sociedad en general tiene de cuántas mujeres se dedican a la prostitución de manera oculta, aunque lo hagan esporádicamente. El puterío es como la sombra psíquica. Todos creen que “de eso” no tienen, pero rascas un poco y en todas las familias asoma. Además, el puterío no existiría sin la sombra, y crece en la sombra.
Yo lo hice durante mucho tiempo solo por las tardes y ni siquiera durante muchos meses seguidos. No aguantaba tanto, lo dejaba y regresaba cuando se me acababa el dinero ahorrado. Otras lo hacían solo a ratos; eran las “chicas de contactos”, una categoría diferente. Otras eran putas de fin de semana; otras, de a diario durante ocho horas, como en cualquier curro de oficina. Muchas estaban casadas, o tenían familia con la cual convivían, y les contaban un cuento. Decían que cuidaban abuelos, niños, o que limpiaban, o que estaban en una agencia inmobiliaria, o... auténticas películas... y colaban. Lo dicho: esto es como la sombra. Cuesta ver esa realidad en “tu” familia (...).
En mi caso, y por lo menos en la superficie, lo que me catapultó al puterío fue el desengaño hacia los hombres, unido a una dificultad económica, en un momento en que mi proyecto de vida hizo agua. Tenía 21 años y era una chica culta, universitaria y normalita en todo lo demás. Vivía en casa de mis padres (...). Pero hoy sé que los problemas con los hombres y con mi manutención, en mi caso, eran temas directamente relacionados. Y esto nos lleva a otras razones más profundas para que yo terminara siendo puta, razones no evidentes y escondidas hasta para mí misma (...).
Tenía 30 años cuando regresé a casa de mis padres y aún tuve suerte porque me aceptaron sin poner pegas. Pudo haber sido peor; hay mujeres que no tienen adónde regresar, dónde caerse muertas un tiempo mientras intentan empezar otra vez de cero. Afronté una nueva etapa de búsqueda de trabajo e inicié nuevos estudios. Por estudiar que no quedara. Sin embargo, aún tuve que seguir trabajando de puta, aunque durante menos horas, para pagar mis gastos y mantener un mínimo de independencia. Era aceptable comer y dormir en casa de mis padres, pero con 30 años pedirles dinero para comprarme un libro, salir el fin de semana o pagarme unos nuevos estudios, pues no.
“Ya no obtenía ninguna satisfacción de mi ‘oficio’. Hasta el dinero que ganaba me daba asco. Pero no ganarlo era peor”
Aquella fue la etapa más dura, porque ya no soportaba prostituirme más y me enfermaba cada dos por tres. No veía la manera de terminar con mi situación, porque además parecía que no había modo de encontrar otro trabajo. Enviaba currículos, pero nadie me llamaba ni para decirme que no. Muchas veces llegaba hasta el lugar de mi trabajo como puta y sentía que no podía llamar al timbre. Entrar en el edificio, subir en el ascensor y encerrarme en aquellas cuatro paredes para ser follada otra vez se me antojaba insoportable, superior a mis fuerzas. Entonces daba media vuelta, me iba al parque cercano, me sentaba en un banco y tomaba aire. A veces lloraba de impotencia. Luego me enfadaba por llorar y me repetía a mí misma: “Piensa, piensa, piensa. ¿No eres tan lista? Algo se te tiene que ocurrir”.
Pero no sabía qué más pensar. Era como si mi cerebro no supiera funcionar correctamente en lo relativo a encontrar un empleo. Al final razonaba que de momento tenía que ir a trabajar de puta un día más. La jefa y los clientes me estaban esperando unas calles más allá, se trataba de no pensar tanto, era mejor ir a trabajar y dejar las reflexiones para otro momento. Al final iba. No me daba cuenta de que en realidad no “tenía” que ir más, y que lo que pasaba es que no sabía dejarlo. Toda mi estructura mental relativa a la supervivencia material estaba dañada o distorsionada desde su raíz, desde mi infancia. Por eso, aunque veía que mi vida iba mal por ese camino, no sabía cambiar. Para remate, ya no obtenía ninguna satisfacción de mi oficio. A esas alturas de mi historia, hasta el dinero que ganaba me daba asco. Pero no ganarlo era aún peor. Estaba hecha un lío.
Finalmente, conocí a una mujer terapeuta, pero desde que la conocí hasta que empezó a tratarme aún pasaría un año. Durante ese tiempo trabajaba cada vez menos y peor, porque ya no podía más. Tenía síntomas raros, médicamente no explicables, porque en las analíticas no veían nada. Cistitis crónica no infecciosa, inflamación en los ovarios, vaginitis inespecífica, vértigos, contracturas aquí y allá sin razón aparente. O sensaciones extrañas, como notar un frío gélido que me envolvía la cintura, el vientre, las lumbares. Y no se aliviaba con nada: ni con baños calientes, ni envolviéndome telas de lana alrededor del cuerpo, ni metiéndome en la cama. Me dolía todo el cuerpo, casi no podía follar, porque cada penetración me dolía como si me golpearan el cuello del útero con una barra de hierro. Sentía que perdía energía, que mi cuerpo era como un vaso rajado desde el que se escapaba el agua. A veces me sentía vieja y agotada, y andaba como zombi. Me medicaba constantemente para los espasmos musculares, las contracturas, las migrañas, las anginas crónicas, los resfriados, los hongos, qué sé yo. Estaba harta de recurrir al Gine-Canestén o a los óvulos de blastoestimulina en el coño para poder trabajar. Ya no sabía cómo era mi cuerpo en estado natural.
El colmo fue cuando empecé a tener pequeños sangrados rectales, unidos a dolores internos extraños. Sentía como si tuviera púas metálicas atravesándome el colon y me acojoné. ¿Qué cuernos me estaba pasando? Tuve miedo, no de morirme, que hubiera sido un alivio, sino de mal morirme. Porque los médicos no veían nada superficial. Debía de ser algo escondido, profundo. Tenían que hacerme pruebas a fondo en el hospital y el pavor me invadió. Me vi entrando en una espiral de médicos, pensé en tumores, cáncer, qué sé yo. No fui capaz de decirlo en casa. He aquí una muestra de la gran confianza que ha existido entre mis padres y yo. Todo lo escondí. Aparentemente yo era feliz, todo estaba bajo control, pero mi vida hacía agua.
En ese estado de pánico y agobio, al fin me entregué a las sesiones de terapia. Pensé que tal vez fuera a morir, pero al menos quería hacerlo del mejor modo posible. No quería meterme en un hospital sin más y dejar que me llevaran de aquí para allá, que todos empezaran a decidir por mí, sin haber tenido ni tiempo de detenerme, de descansar de mi vida, de revisar mi interior, de reflexionar. Entonces, gracias a la terapia descubrí... Ah, ¡no puedo resumirlo! Tengo que utilizar una metáfora. Tengo que decir que fue como en la película de Matrix. Vi. Y lo que vi, aunque me dejó KO, me hizo despertar, cambiar.
Pero ahora digamos, para acabar, que dejé la prostitución gracias a dos cosas: una, a haber cuidado mis relaciones humanas y amistosas ajenas al ambiente de trabajo, gracias a las cuales ciertas personas finalmente me ayudaron (terapeuta incluida). Dos, a haberme atrevido a ver, a elegir siempre consciencia frente a inconsciencia. Por duro que sea lo que descubras acerca de tu vida o de la vida en general, por mucho que al destapar la caja de Pandora te parezca que la realidad es horrorosa o un espanto, es mejor saber. Eso te permite afrontar el verdadero origen de tus males y dejar de odiarte; además, te capacita para entender mejor la realidad en que vivimos. De otro modo, no puedes buscar caminos de vida diferentes. Estás atrapado, como en la matrix, en inercias, programas mentales, etcétera.
Tal vez lo más difícil sea lo segundo: asumir ser conscientes, elegir siempre saber frente a no saber. No es un camino que todos deseen andar. Mi mejor amiga de la prostitución murió, en parte, porque no quiso andarlo. Le daba más miedo afrontar su realidad y pedir ayuda como puta confesa que sufrir una larga y penosa enfermedad, como finalmente sucedió.

La Voz de una Oculta: Enfrentarte a la vida con Todo


José Antonio Montano: La voz de una oculta

Posted by José Antonio Montano
Acaba de aparecer un libro espléndido, que no puede pasar inadvertido: Las ocultas, firmado por Marta Elisa de León y publicado por TurnerAfirma Cyril Connolly que la palabra de un escritor es “papel moneda cuyo valor depende de las reservas de mente y corazón que lo respaldan”. En tal sentido Las ocultas es un libro rebosante de valor.
Lo sostiene una voz perfectamente armada que cuenta su experiencia; y la cuenta narrándola y desentrañándola, con soltura, capacidad de observación y lucidez. Se trata, como anuncia el subtítulo, de una experiencia de la prostitución. Es un asunto por lo general muy sobrecargado retóricamente y que mueve mucho al prejuicio y la visceralidad, puesto que en él se entrelazan dos potencias universales: la del sexo y la del dinero. La autora lo afronta sin adornos: como una prueba vital que ha tratado de entender y de la que ha sacado sus enseñanzas. Ha sido un esfuerzo, propiamente, de desocultación. El velo que resta, el del seudónimo, no delata una debilidad de la autora, sino de la sociedad: esta, en efecto, no podría resistirse a la tentación de destruir a una mujer que se expone como lo hace la de Las ocultas.
El libro es agua fresca en numerosos sentidos: es fluido, articulado, directo, libre, anticonvencional. Desconcierta. Refuta tópicos. Y habla de primera mano de un tema del que muchos hablan sin saber, enturbiados (¡y enturbiadas!) por el moralismo o la ideología. La prostitución ha sido usada como munición en el enfrentamiento entre los sexos. De una parte, por feministas con una percepción sesgada de la realidad y por marxistas que ven explotación en todo menos en los regímenes que apoyan; de otra, por machistas comoChamfort, que escribió la máxima: “En la guerra de las mujeres con los hombres estos llevan ventaja, puesto que tienen a las putas de su lado”. La autora escapa de esta trampa, porque, sin ignorar las diferencias y tensiones entre hombres y mujeres, no culpabiliza a los unos ni victimiza (e infantiliza) a las otras. Tiende a la comprensión y a la reconciliación.
No por ello su mirada es complaciente. Al contrario: el mundo que describe es duro, áspero, desagradecido. Ella se inició (voluntariamente, siendo universitaria) a los veintiún años y anduvo enredada, con entradas y salidas, a lo largo de diez. El libro da cuenta con precisión del desgaste físico y psíquico, espiritual también, de la prostitución. Es uno de los rompientes de la fuerza erótica, con frecuencia en su versión oscura, y la puta se lleva la peor parte. El dinero que ingresa tiene, entre sus contraprestaciones, el de una tremenda pérdida de energía, que reduce (y aniquila, casi siempre) las posibilidades de escapar.
Pero la autora de Las ocultas escapa, y su libro es también la crónica de esa liberación. En el camino le ayudan la amistad, el amor, la maternidad y, sobre todo, su poderosa razón: una razón que incorpora sin delirio elementos oníricos e incluso mágicos, un poco al modo del psicoanálisis de estirpe junguiana. El lector asiste a un proceso de autoanálisis radical, que desenmascara a su vez a la sociedad de la cual la prostitución es sombra

Las Ocultas : Una experiencia de prostituta de Marta Elisa de León



  • portada de 'Las ocultas'
  • Ficha técnica

    Autor: Marta Elisa de León | Título: las ocultas | Páginas: 328 | Medidas: 14 x 22 cm
    Encuadernación: Rústica con solapas | ISBN: 978-84-7506-565-6 |PVP: 19.90 euros
    En la estantería: Biografias, Ciencias sociales
  • Biografía

'Las ocultas'
Marta Elisa De León

Marta Elisa de León fue al infierno y volvió. El infierno era la mentira, la ambigüedad, el consumismo, la poca autoestima, la obsesión por la imagen, el trastorno emocional... en suma: la vida como prostituta. Iniciada como por juego, lúdica al principio, luego angustiosa, convertida en cautividad.
Siete años después, la autora revive aquella vida oculta en un libro sin equivalencia con los de su género: no busca el morbo ni el escándalo, no se refugia en el sarcasmo, no trata como enemigos a los hombres, no se envuelve con la fantasía del glamour, no se ampara en la coartada de la denuncia.
Se limita a relatar, con una prosa transparente y vivaz, con extraordinaria precisión y originalidad sorprendente, su experiencia de ida y vuelta.
El viaje de una chica normal que quiso dar un paseo por el lado salvaje y se quedó allí diez años. El testimonio de una mujer imaginativa, lúcida, que ha decidido al fin desocultarse.

Marta Elisa de León: Las Ocultas


UNA ENTREVISTA CON MARTA ELISA DE LEON, AUTORA DE ” LAS OCULTAS” EDITORIAL TURNER

UNA ENTREVISTA CON MARTA ELISA DE LEON, AUTORA DE ” LAS OCULTAS” EDITORIAL TURNER

La chica con la que he quedado tiene cuarenta años, o quizá más, y los aparenta. No es guapa, o no es guapa en el sentido de lo que nuestra sociedad consumista entiende como tal. Quiero decir que no es particularmente delgada, no va arreglada, ni maquillada, tiene arrugas, canas en el pelo, una dentadura irregular. Va vestida con extremo recato, peinada con un moño victoriano. Habla con una voz suave y modulada, escogiendo con cuidado las palabras como quien recoge conchas en la playa, sin utilizar una sola expresión malsonante durante una conversación de dos horas. Es la última persona que imaginarías como prostituta. Sin embargo, se dedicó a la prostitución durante más de diez años.
Venía de una familia bien, no particularmente rica, sí de burguesía media alta. De una familia católica, por más señas. Su familia nunca quiso que ella trabajara. Se negaron a que cuidara niños o fuera cajera en un supermercado para pagarse los gastos mientras estudiaba la carrera. Insistían en que ella debía estudiar, y no distraerse en otras cosas. Estudiaba una carrera. Se veía siempre sin dinero para sus gastos porque su familia no se lo proporcionaba. Y un día, hojeando La Vanguardia, se le detuvieron los ojos en un anuncio. “ Buscamos chica para establecimiento de relax”.

Se lo estuvo pensando unos meses. Una lucha íntima, un debate. En esos meses, sufrió un desengaño sentimental y tuvo una crisis seria de conciencia, derivada de un encontronazo con esa Iglesia que para su familia era tan importante y a sus ojos era tremendamente hipócrita. Se encontraba mal, perdida, triste. “ Estaba muy mal y me dije, pues… de perdidas, al río. Si todo es una mierda, ¿ qué pierdo yo por meterme en la mierda?” Marcó el teléfono. “Quiero hacer esto, puedo hacer esto.” Y se dijo a sí misma: “Solo lo voy a hacer dos meses, solo quiero ahorrar dinero.” Estuvo diez años en el ambiente de la prostitución.

“La primera sensación que tienes cuando entras “voluntaria” en la prostitución ( y digo voluntaria entre comillas y con toda la ironía) es una sensación de euforia, como en cualquier droga, porque adquieres poder. Poder sobre tu vida, poder económico, poder sobre los hombres. Y luego es como una droga porque cuando más tienes, más quieres. Siempre necesitas más. Solo con el tiempo te das cuenta de lo que has hecho. Como en una droga, los efectos devastadores se aprecian a largo plazo. Cuando dejas de ser carne fresca la actitud de los clientes hacia ti cambia, y tú misma has cambiado. Entrar en el infierno nunca es de balde, si consigues salir, sales quemada”

“ Cuando trabajas en ello pasas por una fase de Síndrome de Estocolmo. Estás tan imbuida por las ideas dominantes que no eres capaz de ver la verdad. Y tampoco eres capaz de conectar con tu propio dolor, te blindas ante él. Te dices a ti misma que has entrado por dinero, y eres incapaz de ver que la razón real es más grande y más profunda”
Marta (no es su verdadero nombre) empieza en un club de alterne en el que se puede fingir que una no es prostituta, que es una chica a la que le invitan a una copa, que no se dedica a ello profesionalmente. Después, va pasando por todo tipo de casas. Casas en Madrid, en Barcelona. Un macroprostíbulo en Girona en el que descubre que la gran mayoría de sus compañeras no están allí por propia voluntad, y no se pueden ir. Ella sí puede, y se va al segundo día, asustada. Trabaja por temporadas. Ahorra, intenta dejarlo, busca trabajo, no lo encuentra, necesita dinero, vuelve… Una espiral de la que no sabe salir. Ciclos que se repiten. Trabaja unos meses, lo deja, regresa… Envía cientos de curricúlums, pero no tiene experiencia, ni vida laboral “oficial”, siempre le dicen que no. Cada vez está más deprimida, más hastiada, más enferma… Vaginitis constantes, dolores de espalda, de ovarios.. Hemorragias. Migrañas intensas que le taladran la cabeza. Una amiga terapeuta, que nada sabe de su pasado ni de su profesión, se preocupa por ese dolor crónico y le ofrece hacer una terapia.

“ Esta amiga me ofreció seguir una terapia gratuita porque en aquel momento yo no quería ni podía volver a trabajar y no tenía dinero. Yo no le había contado nada de mi vida, y ella, aunque notaba que mi problema no era simplemente físico, también advirtió que mi blindaje emocional era tal que no habría manera de que hablara de mis sentimientos o mis vivencias, así que se ofreció a curarme el dolor de cabeza. Empezamos con una terapia de focusing. El focusing es un proceso que trabaja con las sensaciones corporales, los síntomas físicos, para llegar desde ahí a las emociones que a veces no son conscientes. Mi amiga intentó eliminar aquella censura interior que me impedía escuchar mis propias sensaciones, y darles voz. Mediante un proceso de relajación nos concentrábamos en mi dolor físico, para ver de dónde venía, y poco a poco fueron surgiendo imágenes, sensaciones. Símbolos, sueños. La emoción y la esencia de todas estas imágenes se referían al hecho de estar programada para ser una servidora sexual. Me di cuenta de que yo había decidido trabajar como prostituta no porque me hiciera falta el dinero sino porque era el subproducto de un maltrato, el único camino que había encontrado en un entorno de hostilidad, agresión, limitación. Y cuando iba expresando eso en voz alta, poco a poco mis dolores físicos desaparecían. Acababa todas las sesiones temblando, llorando.
Yo ya sabía que debía dejar la ciudad, irme fuera, a vivir a un sitio donde no existiera la mínima posibilidad de trabajar en el ambiente. Y se produjo una sincronicidad. Un amigo, con el que yo no tenía ninguna relación sexual ni sentimental, y que nada sabía de mi pasado, estaba alquilando una casa en el campo, y necesitaba alguien para compartir gastos. Yo tenía un problema muy grande. No tenía nómina, nunca la había tenido, no podía alquilar un piso. Y cuando él me ofreció este acuerdo yo le dije la verdad. Tenía ahorrado para sobrevivir dos meses y después no sabría si podría pagarle. De la misma manera que mi terapeuta me ofreció su ayuda sin pensar en el dinero, él me ofreció la casa. Y luego empecé a buscar trabajos de subsistencia, sin contratos, pero completamente segura de que no quería volver a ejercer la prostitución.
Tras acabar la terapia yo continuaba dedicándole un tiempo diario al focusing para asegurarme de seguir sana, de ir sacando toda esa mierda acumulada. Y de pronto, a los dos años de acabada la terapia, emergió un recuerdo. Fue tan brutal que se me puso el cuerpo rígido, en posición fetal. Al principio negaba lo que había visto. Me lo habré inventado, pensaba, me lo habrán contado. Pero era la clave, y de repente todo encajaba. Lo que había visto era una escena de abuso sexual infantil. Me costó mucho reconocer que era real, que no me lo inventaba, y no me atrevía a contarlo, para que no me tomaran por mentirosa. Pero ahí estaba la razón última por la que yo pensaba que valía para aquello, por la que siempre volvía, la programación. “

Final feliz de la historia. Marta consigue salir, malvive, no tiene un duro, vive en un pueblo perdido, trabaja en negro, en hostelería, como asistenta, se conecta a Internet, conoce a su pareja. Inicia una relación. Se arma de valor y le cuenta toda la verdad. Verdad que él acepta. Se casan , tienen un hijo. Marta va escribiendo sobre sus experiencias, abre un blog en internet. Una editora le contacta. Parte de esas experiencias se condensan en un libro: Las Ocultas, publicado en la editorial Turner. Un libro que debes leer si esta historia te interesa.

Hace poco leí una entrevista a Esperança Padilla Richard, periodista, tiene 33 años, que trabaja para Diari de Girona y ella sí que se infiltró de “prostituta” en un prostíbulo llamado Paradise (La Jonquera). Esperança reproducía en aquella entrevista sobre la prostitución muchos mitos que tanta gente repite y que el libro de Marta Elisa de León se carga de un plumazo.

Por ejemplo, a Esperança le preguntaban :
- En España sigue existiendo el mito que ser prostituta por un tiempo puede sacarte de deudas. ¿Cuál es el motivo por el que tantas chicas siguen “cayendo”? (en caso de que lo hagan por voluntad propia, claro).

Y Esperança respondía:

- Yo creo que sí es rentable. Servir en el burdel te cuesta dinero y a eso tienes que sumar ropa, peluquería y cuidados corporales –a pocos metros del Paradise hay una perfumería que cada día da gracias al cielo por esa clientela fija, y en la Jonquera hay un número anormalmente alto de estéticas y peluquerías. Pero cinco clientes cada noche a, por ejemplo, 60 euros la media hora, y muchas cobran más, son 300 euros diarios, y te aseguro que se dan mucha maña para hacer cuantos más servicios mejor. Además el Paradise tiene un espacio VIP donde las chicas más agraciadas cobran más por sus servicios. Tema aparte son las que ejercen por su cuenta. Una escort en Barcelona puede cobrar 1.500 euros la noche. Todo, además, está libre de impuestos. Efectivamente se puede ganar bastante dinero ejerciendo de puta. Lo de la voluntad propia es otro cantar. Mi opinión es que es imposible que un burdel que precisa centenares de tías para funcionar se pueda abastecer sin tener detrás redes de trata y extorsión de mujeres, aunque ésta sea de baja intensidad. Pero sí creo en la escort que dedica libremente sus mejores años de físico a hacerse un patrimonio. Puedo opinar sobre si yo lo haría o no, pero no voy a juzgarlo. ¿Es peor eso que trabajar para una marca deportiva que basa su negocio en pelotas o bambas cosidas por niños, por ejemplo? No sabría decir.

Marta Elisa de León, que sabe bastante más que esta periodista sobre prostitución, destroza este mito. “Prostituirse no sale rentable. Puede que al principio. Pero el precio que se paga en salud mental y física no compensa. El mundo de la prostitución está saturado, hay muchísima competencia y de mujeres muy bellas. Los precios han bajado. Luego ten en cuenta que la prostituta debe invertir mucho en su físico ( peluquería, depilación, ropa, manicura), más que una mujer que no trabaja en el ambiente. Y que divide sus ganancias con su empleador o empleadora” En cuanto al mito de la escort, lo podéis ir olvidando. No se paga tanto y ninguna chica trabaja sola “ Yo intenté trabajar sola una temporada. Y no es rentable. Por supuesto, nunca vas a recibir en casa, sería una locura. Así que quedas con el cliente en un bar. Muchas veces no se presentan, o van pero te ven y te dejan plantada porque no les gustas. Y tú has perdido el tiempo y el dinero del taxi, ya que no podías viajar en metro en tacones, bustier y minifalda. Trabajar en hoteles es muy arriesgado, te pueden agredir o violar, lo hacen incluso con las chicas de las agencias. Lo único seguro es trabajar en casas. Trabajar como escort independiente es suicida. Y una escort de agencia no gana tanto. Alguna habrá, pero se trata de la excepción , no de la regla”
Esperança Padilla no parece muy acertada en sus declaraciones. Quizá porque para hablar sobre el negocio hace falta algo más que haber estado dos tardes en un club. De hecho, yo he estado muchísimas veces en clubs de chicas ( más que nada, porque vivo encima de una enorme sex shop en la que trabajan muchas chicas de alterne) y no considero que sepa de la vida de estas chicas, por mucho que me haya tomado copas con ellas.
- Mi conclusión - dice Esperança- es que la prostitución debería estar regularizada mediante el alta como autónomos de los que la ejercen, y autorizar la cooperativa de prostitutos/as como única forma de negocio. Me da bastante vergüenza que mi país haya regularizado esos establos de mujeres antes de plantearse siquiera que el eslabón más débil de la cadena, las personas que se prostituyen, no dispone de ninguna cobertura legal. (…/…) Los prohibicionistas no recuerdan nunca que a la prostitución también se dedican hombres, porque entonces el argumento de la mujer como objeto, el concepto sobre sí misma, etc se caen. Los prostitutos rompen los estándares de la prostituta objetivizada que describen los prohibicionistas, un cliché que en todo caso es una parte más de un mundo mucho más complejo.
La visión de Marta Elisa es otra:

“Hay prostitutas que cotizan en seguridad social, como masajistas, pero la inmensa mayoría NO QUIERE Y NO PUEDE HACERLO, porque no quiere que su marido, su familia o su vecina, descubra en qué trabaja. Ella ha dicho que cuida a un señor enfermo, o que limpia casas. Por lo tanto mientras siga existiendo un estigma social tan grande hacia la figura de la prostituta ninguna querrá darse de alta como masajista, porque es fácil entender lo que el eufemismo “masajista” significa, y en la gran mayoría de los casos su familia o sus amigos no tienen ni idea, amén de que ninguna entra pensando que va a ser puta toda la vida, piensan que lo harán unos meses y luego se dedicarán a otra cosa. Y si alguien sabe que han sido putas ¿ las contratarán como dependientas, peluqueras, panaderas… en el futuro? “

De hecho, Marta Elisa cuenta la anécdota de una madame , ex puta, que intentó regularizar a sus chicas, y ninguna, pero ninguna de ellas, aceptó la oferta, empezando por la propia Marta. De hecho, las chicas no suelen trabajar en las casas que las contratan con su verdadero nombre, ni por supuesto dan su DNI.
En cuanto a lo que dice Esperança sobre que hay prostitutos hombres, hay que tener en cuenta que el chapero trabaja con hombres, y por lo tanto no se sitúa en una posición de sumisión sino de poder. ( El mito del gigoló que trabaja con mujeres es eso, un mito. Los prostitutos masculinos trabajan para hombres, aunque muy esporádicamente puedan prestar un servicio a una mujer) Hay mucho desprecio social hacia la puta, pero mucha admiración en el mundo gay hacia el chapero guapo. El mundo es machista, y por lo tanto un cliente suele despreciar a la puta. Pero un cliente gay no desprecia a su chapero, se trata de un acuerdo entre iguales, e incluso muchas veces el chapero tiene la posición dominante, sobre todo si es activo.

Os recomiendo dos libros escritos por prostitutos masculinos. Stayin‘ Alive: The Invention of Safe Sex. de Richard Berkowitz, y Pollo de David Henry Sterry. Sus historias se parecen a la de Marta Elisa. Al principio euforia, sensación de poder, de control, de dinero fácil. Al cabo de un tiempo la enfermedad física, el agotamiento, la sensación de vacío, la depresión aguda. En el caso de Richard Berkowitz, también es un doctor el que le anima y le ayuda a salir de la prostitución, también decide dejarla por una enfermedad física (un condiloma), y desde la enfermedad física ahonda en la enfermedad moral. Al final, no parece que haya tanta diferencia entre la prostitución masculina y la femenina. En ambos casos el agotamiento físico y moral es muy destructivo. En ambos casos, el ambiente es sórdido, triste, desmoralizador. Curioso que en los dos libros escriban hombres que han sufrido un episodio de abuso sexual en la adolescencia, y que después se hicieron “male escorts”.

Hay un último dato que Marta Elisa me da en la conversación y que me deja estupefacta. “ Cuando yo trabajaba en el ambiente, un 70% de las chicas eran madres solas, abandonadas. Si el recurso a la prostitución es tan abrumador entre las madres solteras es como para pensar que hay algo en nuestra sociedad que no está funcionando”




Francisco Tomás
Madrid, 5 abr (EFE).- Marta Elisa de León es el seudónimo que utiliza la autora de "Las Ocultas", un libro en el que relata sus años como prostituta, ejercicio que compara "con una adicción al dinero fácil" que acaba generando, en la mayoría de los casos, mucho sufrimiento.
"Tu tienes equis problemas en tu vida, por ejemplo necesitas dinero, y pum, parece que recurres a prostituirte y se te soluciona rápido. Inmediatamente notas una euforia por el dinero fácil, tal vez doscientos euros al día. Y te enganchas, es como las drogas", señala a Efe la autora del libro, editado por Turner Noema.
El fenómeno de la adicción, añade, también funciona para los hombres: "la satisfacción que puede encontrar un cliente en las putas es eso, la de una droga momentánea. De hecho es frecuente ver hombres vuelven una y otra vez a gastar un dinero que no tienen".
Como corresponde a una adicción, la salida que Marta encontró a esa vida fue la terapia psicológica, que le aportó "una perspectiva profunda de lo que estaba pasando en mi vida y también de lo que pasaba con los hombres", de quienes se sentía, al menos, "desengañada", confiesa.
En esa fase surgió la que ella considera la razón última de que recurriera a vender su cuerpo: de muy niña había sufrido abusos.
Marta no considera la prostitución tanto un problema social como un síntoma del sistema en que vivimos, "que necesita de hombres y mujeres tan perdidos y atontados como para derrochar su vitalidad buscando sexo pleno de manera errónea e infructuosa".
Un ejemplo del sistema es la pornografía, un espectáculo de sexo artificial y engañoso que Marta ve "en muchos más sitios que en los dvd o la red" y que "vende sexo irreal".
"Que sientas que si no eres una 'barbie' no puedes ser una mujer sexual es patológico. Y los hombres no se escapan, porque son los primeros consumidores de esos mensajes", añade.
El libro relata en primera persona el recorrido de Marta desde los clubs que acogían a mujeres dispuestas a negociar el sexo en el horario y con la libertad que quisieran, a las casas, en las que la presión era mayor, aunque nunca dejó de ser libre.
Las esclavas, víctimas de la trata de blancas a quienes conoció desde fuera, las dificultades para ahorrar el dinero negro y para justificar períodos de años sin contrato cuando acudía a buscar empleo, el ambiente opresivo, la violencia sobre el propio cuerpo y el reloj, el tiempo detrás de la puerta de la habitación, fueron constantes de su vida.
Marta, que trabajó en "casas" de nivel intermedio, asume que su experiencia no es universal. Explica que hay muy diversos modos de negocio para la prostitución, desde las mujeres de alto nivel a las esclavas de las mafias, y desde los clubes a la calle.
"Hay muchísimos tipos de clientes", por esa misma razón: "está el que busca compañía, porque en su vida realmente no la tiene... y no le puedes juzgar duramente. Recuerdo un señor mayor que un fin de año se me echó a llorar porque decía que yo era lo mejor que le había pasado ese año".
"Y luego tienes muchos otros tipos. El jeta que intenta aprovecharse de ti. O los jóvenes que vienen para estrenarse, o los que van de juerga todos juntos. Están también los que recurren a las chicas que están en la calle. Todos sabemos que pueden ser mujeres esclavizadas por las mafias", señala.
Marta firma con seudónimo porque salvo su actual marido y padre de su hijo, y alguna amiga (alguna de ellas dejó de serlo al conocer su existencia "oculta"), nadie, ni su familia, conoce su vida real.
"De todos modos, hay mujeres que dirán que les va bien... depende de hasta qué punto se hayan metido, etcétera, te puedes encontrar algunas, pero no creo que sea la tónica dominante. La mayor parte de las mujeres que están, no lo harían si tuvieran otra elección", opina.
En todo caso, "no creo que se deba prohibir la prostitución. Sería como decirle a la gente que no tiene una vía de escape. Hay cosas que se sabe que son malas a largo plazo, pero... eso sí, si la sociedad viviera un cambio de conciencia, la prostitución, tal y como la conocemos ahora, desaparecería por sí misma", concluye. EFE

OCULTAS: María Elisa de León


SIMPATÍA POR EL DÉBIL
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Las ocultas

Magazine | 29/03/2012 - 23:59h
Venía de una familia bien. Sus padres insistían en que ella debía estudiar, estudiar, estudiar, y no distraerse en otras cosas. Se veía siempre sin dinero para sus gastos. Y un día, hojeandoLa Vanguardia, se le detuvieron los ojos en un anuncio. “Buscamos chica para establecimiento de relax”. Meses de lucha íntima, de enconado debate. Un desengaño sentimental. “Estaba muy mal y me dije, pues… de perdidas, al río”. Marcó el teléfono. Y se dijo a sí misma: “Sólo serán dos meses, sólo quiero ganar un poco de dinero”. Estuvo quince años en el ambiente de la prostitución.
“La primera sensación que tienes cuando entras es de euforia, como en cualquier droga, porque adquieres poder. Poder sobre tu vida, poder económico, poder sobre los hombres. Y luego es como una droga porque cuando más tienes, más quieres. Después pasas por una fase de síndrome de Estocolmo. No eres capaz de conectar con tu propio dolor, te blindas ante él. Sólo con el tiempo te das cuenta de lo que has hecho. Como en una droga, los efectos devastadores se aprecian a largo plazo. Cuando dejas de ser carne fresca, la actitud de los clientes hacia ti cambia, y tú misma has cambiado. Entrar en el infierno nunca es de balde: si consigues salir, sales quemada”.
La que me contaba esta historia es Marta Elisa de León, autora del libro Las ocultas, publicado por Turner.
Yo he leído dos libros muy recomendables escritos por prostitutos masculinos. Stayin’ Alive, de Richard Berkowitz, y Pollo, de David Henry Sterry. El primero trabajaba sólo para hombres. El segundo, para ambos sexos. Sus historias se parecen a la de Marta Elisa. Al principio, euforia, sensación de poder, de control, de dinero fácil. Al cabo de un tiempo, la enfermedad, la depresión, el vacío, el agotamiento físico y moral. No parece que haya tanta diferencia entre la prostitución masculina y la femenina.
Sí, en España podrías darte de alta en la Seguridad Social como masajista, pero, como bien explica Marta Elisa, muy pocas o ninguna lo hacen. Primero, porque cuando empiezas crees que va a ser por unos meses. Segundo, porque has mentido respecto a lo que haces. Tercero, porque el truco del eufemismo masajista es demasiado obvio como para arriesgarse a que tu familia, novio, amigos, descubran la verdad. Pero no es cuestión de entrar en un debate sobre el prohibicionismo. Los tres libros que he citado no hablan de eso.
Hablan más bien de lo que significa ser clandestino y réprobo, de la humillación de vivir reptando, apiñados en lo oscuro. Del dolor de no saber tirar del hilo para salir del laberinto. De las huellas del asco que se quedan impresas cuando te han manoseado dedos que ni te gustaban ni te respetaban. De no tener agarradero para salir, ni fuera, en una sociedad que te desprecia, ni dentro de ti mismo. Hablan de un largo camino por los sótanos más oscuros de uno mismo, de cómo por fin, desposeídos, han perseguido tenaces una luz tenue y han emergido hacia otra vida. Hablan de una historia que muchos hemos vivido, en realidad, en circunstancias muy distintas, aunque nunca hayamos tenido que vender nuestro cuerpo. Y al final, Marta Elisa y yo tenemos muchas en común, y puede que usted con nosotras.