sábado, 4 de junio de 2011

Libertad de elegir

Milton Friedman (1912-2006), destacado representante de la “Escuela de Chicago”, obtuvo en 1976 el Premio Nobel de Economía por sus trabajos académicos sobre la función de consumo, sus críticas a las políticas fiscales estabilizadoras keynesianas –basadas en el uso anticíclico del Presupuesto- y su defensa de una política monetaria “cuantitativista”, basada en el crecimiento estable de la cantidad de dinero. Combinó tales trabajos con obras de divulgación general y con trabajos de asesoramiento tanto a Ronald Reagan como a gobiernos extranjeros (entre ellos, el de Pinochet en Chile, lo que hizo de él la “bestia negra” de los pensadores de izquierdas).

Una de esas obras de divulgación, publicada en 1979, fue “Free to Choose” ("Libertad para elegir"), que concluye con un capítulo de acertado título, “La marea está cambiando”: aquel año Margaret Thatcher ganó las elecciones y un año después lo hizo Ronald Reagan. Durante las tres décadas siguientes –con Alan Greenspan en la Reserva Federal desde 1987 a 2007-, las ideas de Friedman inspiraron la política económica de los grandes países industriales.

Algunas ideas centrales del libro de Friedman son:

1. Estados Unidos prosperó desde su independencia en 1776 porque combinó los principios de iniciativa privada y libre mercado consagrados ese mismo año por Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones” con un régimen político de libertades.

2. La Gran Depresión fue culpa de la Reserva Federal, cuya pasividad permitió una profunda crisis bancaria.

3. Tras el “New Deal” por Roosevelt en los años 30, se iniciaron cuatro décadas de crecimiento del sector público, nacimiento de programas de protección social “de la cuna a la tumba”, subida de impuestos, intervencionismo económico e inflación que minaron el crecimiento de la economía americana. Paradójicamente, escribió Friedman, el Reino Unido legó a su próspera colonia de Hong Kong una política de libre mercado y sector público limitado que la propia metrópoli abandonó.

4. En las democracias modernas existe un sesgo político a favor del gasto que debe frenarse mediante normas constitucionales.

Friedman combina sus críticas con propuestas liberales:

- “La protección frente a las importaciones es una forma de explotación del consumidor”;

- “Los actuales pensionistas están recibiendo mucho más del valor actuarial de las contribuciones que efectuaron en su día…La Seguridad Social entraña una transferencia de los jóvenes a los mayores”;

- “Los principales beneficiarios de las ayudas a la vivienda no han sido los pobres, sino los propietarios de las viviendas y los promotores inmobiliarios”;

- Los programas e intervenciones públicas han engendrado una “nueva clase” de burócratas, académicos y grupos de interés que predican la igualdad, pero que han conseguido ellos mismo elevados ingresos gracias a tales iniciativas. Una vez creada, una agencia pública perseguirá principalmente el interés de sus gestores: pretender que sus responsables busquen el “interés público” es como buscar “gatos que ladren”;

- “Los legisladores han decidido financiar el gasto público con inflación, un impuesto oculto, que se puede imponer sin votación (“ taxation without representation”).

- “El clima intelectual de opinión determina los prejuicios inconscientes de la mayor parte de la gente y sus líderes, y sus reflejos condicionados ante cualquier propuesta”.

- “Si una encuesta preguntara qué explica la mejora de la situación de los trabajadores, la respuesta más popular sería “los sindicatos”. Pero la historia de Estados Unidos y otros países muestran que esa respuesta sería equivocada.

- Los programas de ayudas específicas debieran sustituirse por un “impuesto negativo sobre la renta” para los pobres;

- Debiera darse a los padres un “cheque escolar” para que elijan el colegio de sus hijos, ya sea público o privado;

- Hay que combatir la contaminación no con restricciones, sino gravando con impuestos a quien contamina.

“Para desesperación de los economistas –señala Friedman- es casi imposible que la gente sin formación económica comprenda como funciona el sistema de precios”. De ahí la importancia de que el libro de Friedman, tan entretenido como riguroso, sea leído por muchos, incluso por quienes compartimos muchas de sus críticas a las intervenciones públicas, pero no tenemos de todas ellas una visión tan inclemente como la del Premio Nobel.

El libro está trufado de amenas referencias históricas, de las que entresaco a continuación tres.

Hipócrates y los sindicatos profesionales

Según Friedman, los sindicatos profesionales modernos tienen un precedente histórico en la Grecia de Hipócrates, el médico nacido el 460 antes de Cristo en la isla de Kos, en el Egeo. Se cuenta que alcanzó los 104 años y atrajo hacia la isla una multitud de discípulos y estudiantes de Medicina. Entre ellos se desató una competencia tan fuerte, que 20 años después de la muerte del maestro todos sus seguidores se reunieron para elaborar y aprobar un código de conducta que regulara su actuación. El código fue el famoso “Juramento Hipocrático” que todavía hoy rige la actuación deontológica de los profesionales de la medicina.

El Juramento está lleno de nobles principios en defensa del paciente: “Fijaré el régimen de los enfermos del modo que le sea más conveniente, según mis facultades y mi conocimiento, evitando todo mal e injusticia”. “Cuando entre en una casa no llevaré otro propósito que el bien y la salud de los enfermos, cuidando mucho de no cometer intencionalmente faltas injuriosas o acciones perniciosas [y evitando principalmente la seducción de las mujeres jóvenes, libres o esclavas] (en su libro, Friedman se para antes de la frase encorchetada). Pero, según Friedman, también contiene otras previsiones típicas de un enfoque gremial y acceso restringido a la profesión (closed shop): “Instruiré con preceptos, lecciones y demás métodos de enseñanza a mis hijos, a los de mis maestros y a los aprendices que acepten el juramento”.

El tabaco como dinero en las colonias americanas

En el capítulo 9, sobre teoría monetaria, Friedman explica que en las colonias americanas de Virginia, Maryland y Carolina del Norte el tabaco fue el principal medio de pago durante casi dos siglos. Se usaba para comprar comida o vestido, pagar impuestos o incluso comprar mujeres: "El Reverendo Sr. Weems, escritor en Virginia, confiesa la alegría que daba ver a los apuestos jóvenes de Virginia apresurarse hacia el muelle cuando llegaba un barco de Londres, con un gavilla del mejor tabaco bajo el brazo, y regresar con una joven esposa, bella y virtuosa".

El precio original que se fijó para el tabaco en moneda británica fue demasiado alto, lo que llevó a que se cultivara en exceso y produjo un extraordinario "crecimiento" de la oferta monetaria, en el sentido literal y biológico del término, que produjo una gran inflación de precios (que llevó a que los precios en tabaco acabaran multiplicándose por 40 en medio siglo).

La experiencia del tabaco como dinero ilustró la vieja "Ley de Gresham" de que "el dinero malo desplaza al bueno". Los cultivadores de tabaco, cuando tenían que pagar impuestos y otras obligaciones fijadas en tabaco, utilizaban para pagarlas el tabaco de peor calidad y se quedaban con el mejor, para exportarlo y obtener libras esterlinas. En consecuencia, sólo circulaba como dinero el tabaco de baja calidad.

Las buenas intenciones de los reformadores

Friedman concluye el capítulo sobre protección de los consumidores con la frase de Billy Sunday, un predicador evangelista que había defendido con ardor la prohibición del alcohol ("Prohibition" o "ley seca"), cuando se aprobó en 1920, como parte del movimiento de reafirmación moral que siguió al fin de la Primera Guerra Mundial:

"El valle de lágrimas se ha acabado. De los suburbios no quedará más que el recuerdo. Convertiremos nuestras cárceles en fábricas y nuestras celdas en almacenes y silos. Los hombres caminarán erguidos, las mujeres sonreirán y los niños reirán. El infierno será cerrado para siempre".

La experiencia mostró pronto que hubo que construir más cárceles para acoger a todos los delicuentes que engendró la prohibición del alcohol. Al Capone y otros delincuentes se hicieron famosos por sus asesinatos, chantajes, secuestros y fábricas ilegales. La Ley Seca no impidió que se bebiera: sólo transformó en delicuentes a ciudadanos que hasta entonces habían cumplido la ley.

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