domingo, 12 de junio de 2011

Gabriel Celaya y Miguel Hernandez

Gabriel Celaya nace el 18 de marzo de 1911 en Hernani (Guipúzcoa). Sus primeras tentativas como poeta no fueron aceptadas por su familia, razón por la cual eligió cambiar su verdadero nombre, Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya, para escribir con seudónimos como Rafael Múgica o Juan de Leceta. Residió temporalmente en Pau (Francia) y estudió bachillerato como alumno libre en San Sebastián, concluyéndolo en 1927. En 1929 ingresó en la Escuela de Ingeniería Industrial de Madrid, donde cursaría también Filosofía y Letras. En Madrid estuvo en la Residencia de Estudiantes, en la que permaneció desde 1927 hasta 1935, y donde conoció a Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Moreno Diego y otros, que determinaron su vocación literaria. En 1935 terminó sus estudios de ingeniería, y publicó su primer libro, “Marea del silencio”. En 1936 obtuvo el Premio Centenario Bécquer con “La soledad cerrada” (1947). Sus primeros poemarios muestran una vertiente vanguardista bajo la influencia de los poetas del 27 y están llenos de matices surrealistas.

Durante la guerra civil fue capitán del ejército republicano de Euskadi. Tras la contienda pasó a trabajar en una empresa familiar en Guipúzcoa, y siguió escribiendo títulos como “La música y la sangre” y “Avenidas”, libros que no verían la luz hasta su publicación en “Deriva” (1950) o en sus “Obras completas” de 1969.
Sumido en una crisis personal, salió de ella cuando en 1946 conoció a Amparo Gastón, la mujer que será su compañera para siempre. Ésta dará una nueva dimensión al poeta, y junto a ella emprenderá varios proyectos, como la fundación de la colección de poesía “Norte”. Un proyecto asombroso que supuso una renovación en el desértico panorama cultural español, y que dio a conocer a autores como Éluard o Rilke, prohibidos hasta entonces.

“Y así, sin pensarlo demasiado, decidimos fundar una colección de poesía: “Norte”. Y montamos una pequeña oficina en la Parte Vieja Donostiarra: Juan de Bilbao, 4, 3º” (Publicado en “Itinerario Poético”, Gabriel Celaya, Madrid, 1975).

Esta colección fue fundada con el objetivo de dar a conocer la poesía europea y tender puentes hacia la España peregrina por encima de la poesía oficial. Aquí apareció “Tranquilamente hablando” (1947), obra que inauguró la poesía social de posguerra, que alcanzaría su momento álgido con “Cantos Íberos” (1955); una verdadera toma de conciencia y manifestación del compromiso con la realidad histórica del momento. A esta obra pertenece su famoso poema “La poesía es una arma cargada de futuro”. Otro encuentro que resultó decisivo para Celaya fue el hecho de conocer a Jorge Semprún, a través del cual ingresó en las filas del Partido Comunista; militancia que llegó hasta el final de sus días y lo marcó para siempre.

1946 fue un año decisivo para el poeta. A partir de ese momento comenzó una actividad incesante. Es el año en que aparece su ensayo erótico-simbólico “Tentativas”, y constituyó el momento a partir del cual empezó a colaborar en prensa, dar conferencias y a traducir obras de Rilke, Rimbaud, P. Éluard, entre otros.

Su producción, adscrita a la corriente de poesía social, es la expresión de una serie de experiencias colectivas, cargada siempre de un espíritu de denuncia para el cual recurre a un deliberado prosaísmo. Autor muy prolífico, de casi un centenar de obras, encuentra su propia voz con los libros “Movimientos elementales” (1947) y, sobre todo, con “Tranquilamente hablando” (1947) y “Las cosas como son” (1949), libro del que su buen amigo Vicente Aleixandre dijo, en una carta dirigida al propio Celaya, y fechada el 7 de mayo de 1949, lo siguiente:

“Entre tanto libro compuesto, manoseado y obtenido como en un séptimo recuelo, este libro de Vd. palpita con sanidad brutal, con poesía liberadora, con palabras puras. Un aire puro y cruel transparentísimo, ofrece una desnudez que tantos no quieren ver. Es un libro que se agradece. […]

”¡Aquí sí que poesía es comunicación! Pocos libros he visto donde se sienta tanto el diálogo con el hombre que lo escribiese. Por este libro lo siento a Vd. más amigo, porque sin conocimiento no hay amistad. Real Gabriel Celaya, verdadero Juan de Leceta. ¡Cuánto nombre, y está Vd. ahí directo, palpitante, crudo, de inmediato! Se le ve a Vd. tanto que impone respeto, a más de todos los sentimientos que la poesía, cuando es existe, acarrea. ¡Y qué imperiosa es aquí!

”Ya ve Vd. todo lo que he sentido con su libro. Estamos lejos, pero somos amigos. Gracias, de veras, por él y su dedicatoria. Y aquí le va un abrazo”.

En los libros siguientes practica una poesía de protesta, como instrumento de su compromiso político. En esta época, destacan títulos como “Las cartas boca arriba” (1951), “Lo demás es silencio” (1952), “Paz y concierto” (1953), “De claro en claro” (1956), “Las resistencias del diamante” (1957) y “Episodios nacionales” (1962). Es, junto a Blas de Otero y Celso Emilio Ferreiro, uno de los poetas más representativos de la literatura social de los cincuenta. Celaya pretendía “convertir la poesía en un instrumento para cambiar el mundo”, y para conseguirlo simplificó su obra, lo que supuso un desperdicio de su indudable talento. Sin embargo, y por suerte, pronto abandonaría esta corriente para acercarse a una poesía de tinte experimental, como el intimismo de “Cantata en Aleixandre” (1959) o “La linterna sorda” (1964), y el neovanguardismo de “Campos semánticos” (1971), que se adentra ya en la poesía visual. En este punto, su poesía ha evolucionado desde un entrañable tono cotidiano a obras de tono épico o dramático.

Entre sus restantes colecciones cabe mencionar “Canto en lo mío” (1968), “El derecho y el revés” (1973), “Buenos días, buenas noches” (1976) y “Penúltimos poemas” (1982). También escribió los ensayos “Exploración de la poesía” (1964) e “Inquisición a la poesía” (1972), y las novelas “Lo uno y lo otro” (1962), “Los buenos negocios” (1966), y la pieza teatral “El relevo” (1963).

En 1963 se le concedió el Premio Internacional Libera Stampa por el conjunto de su obra, así como también el Premio Atalaya de Poesía. Su compromiso con la libertad le lleva a participar en diversos actos y asambleas estudiantiles. En 1965 conoció al poeta cubano Nicolás Guillén. Al año siguiente viajó a Cuba, donde participó como jurado en la Unión de Escritores y Artistas Cubanos. Durante esos años viajó también a países como Brasil o Italia. Y en 1968 fue galardonado con el Premio Internacional Taormina.

La unión del experimentalismo con la línea coloquial y social, dará lugar a libros como “La higa de Arbigorriya” (1975). En 1977, su compromiso político le llevó a ser candidato al Senado por Guipúzcoa en las filas del Partido Comunista.



Elecciones Generales de 1977

Su poesía muestra ahora una mayor preocupación por la historia ancestral, tal y como se desprende de títulos como “Iberia sumergida” (1978), “Penúltimos poemas” (1982) y “Cantos y mitos” (1983); obras en las que el hecho literario se convierte en una experiencia de salvación y en la verdad de la existencia, bajo el uso del mito griego, que se verá sustituido en “Orígenes” (1900) por el íbero. En 1986 el Ministerio de Cultura le otorgó el Premio Nacional de las Letras, y en 1994 la Universidad de Granada le concedió, a título póstumo, el doctorado honoris causa.

Pero a pesar de que se le concedió este premio, los últimos años de su vida transcurrieron entre penurias económicas, lo que le llevó a vender su biblioteca a la Diputación Provincial de Guipúzcoa, y a que el Ministerio de Cultura se hiciera cargo del coste de su estancia en el hospital en 1990. Su muerte se produce en Madrid el 18 de abril de 1991.

Frente a la consideración de la poesía como una creación desvinculada de la realidad social del hombre y de su entorno, Gabriel Celaya es el máximo exponente de una escritura alimentada de los sueños, las inquietudes, los avatares cotidianos y la preocupación civil del hombre radicado en su tiempo histórico, en un camino que se dirige desde el socialrealismo a la poesía órfica.

En conclusión, Celaya es un poeta rico y multiforme que constituye un excelente muestrario de las diversas tendencias de la lírica española de la segunda mitad del siglo XX.

RELACIÓN CON MIGUEL HERNÁNDEZ

Gabriel Celaya conoció a Miguel Hernández antes de la Guerra Civil, en el Madrid de las tertulias. A ambos les unió su militancia comunista, militancia que Celaya siguió hasta el final de sus días. Tuvieron amigos comunes junto a Pablo Neruda, como es el caso de Vicente Aleixandre, al que Gabriel Celaya dedicó un poema-homenaje en 1964. De hecho, la poesía social de Gabriel Celaya continúa, de algún modo, con la poesía comprometida que inició Miguel Hernández. Amigo de Alberti y de Salinas, vio con infinita tristeza cómo muchos de sus mejores amigos partían hacia el exilio o el destierro. Sufrió como propio el asesinato de Lorca o la muerte del propio Miguel Hernández. Puso su palabra al servicio de los que nada tenían, denunciando los atropellos en una España desgarrada por la Guerra Civil, violentada y humillada por el Régimen.

Prueba de su amistad con Miguel Hernández es que, en el libro de Vicente Ramos y Manuel Molina, “Miguel Hernández en Alicante” (1976), escrito poco después de la obra de María de Gracia Ifach, “Miguel Hernández, rayo que no cesa” (1975), aparece Celaya como iniciador de la suscripción que consiguió pagar el nicho de Miguel. Esta suscripción se inició tras la petición de ayuda de la viuda de Hernández a Ramos y a Molina. Ésta, necesitaba dinero para poder adquirir en propiedad el nicho donde, desde 1942, reposaban los restos mortales de Miguel Hernández, e impedir que éstos fuesen a parar a una fosa común, ya que se adquirió en régimen de alquiler y el contrato estaba a punto de expirar. Vicente Ramos y Manuel Molina pidieron ayuda a sus amigos poetas e intelectuales: Aleixandre, Cela, Buero Vallejo,…Y éstos, a su vez, pidieron ayuda a otros amigos, como la colaboración de Celaya, que le lleva a iniciar, en 1952, diez años después de la muerte de Hernández, una campaña en memoria de éste, a través de la prensa local.

“[…] Los poetas alicantinos del Grupo Ifach, dando por bueno que existe entre nosotros esta conciencia, se han dirigido a mí, y a través de mí se dirigen a todos los poetas y amigos de la poesía de Guipúzcoa, pidiendo que les ayudemos a evitar que los restos mortales de Miguel Hernández vayan a parar a una fosa común. Pues a ella irán dentro de pocas semanas si sus amigos y admiradores no aportamos las tristes pesetas necesarias para reservarle el nicho que aún ocupa”. (“La actualidad de Miguel Hernández”. Publicado en “Nuestras Ideas”, París, 1962).

Esta noble iniciativa lo enemistó con la prensa del momento, pero también por ello ha sido reconocido por tan solidario gesto.

“Algún amigo se ha sorprendido de que yo, (…), me alarme, y casi me escandalice, ante la idea de que los últimos restos de Miguel Hernández caigan en la fosa común. Pero uno es débil. Más débil ante sus amigos muertos que ante sí mismo. Y hay un golpe de corazón, loco, irrazonable, que se rebela contra la idea de la extinción total. (…) Y cuantos algunas veces hayan vivido con Miguel, en Miguel, por obra y gracia de sus versos, sentirán, como yo siento, que sus restos deben conservarse. Así lo espero al menos”. (“La actualidad de Miguel Hernández”. Publicado en “Nuestras Ideas”, París, 1962).

Como cita Aitor L. Larrabide Achútegui en nota 196 de la p.334 de su tesis “Miguel Hernández y la crítica” (1999): “La sepultura, en calidad temporal, fue adquirida por la viuda a perpetuidad en 1952, mediante suscripción entre poetas y escritores, iniciada y estimulada por Gabriel Celaya”, según aparece recogido en el libro de Vicente Ramos y Manuel Molina.
El resultado de la iniciativa fue comentado por el propio Celaya, que cita palabras como:

“[…] El resultado de esta suscripción popular me sorprendió, y no tanto por la cantidad que reunimos, pequeña, aunque suficiente para lo que se pretendía, sino porque esos pocos de miles de pesetas se consiguieron a base de aportaciones que a veces no pasaban de las cincuenta a las cien pesetas. No nos habíamos equivocado. El nombre de Miguel Hernández era popular a pesar del silencio en que el franquismo quería sumirlo”. (“La actualidad de Miguel Hernández”. Publicado en “Nuestras Ideas”, París, 1962).

Un bello gesto que refleja el cariño que Celaya sentía por el poeta oriolano, y que también queda patente en este poema-homenaje que le dedicó, y que lleva por título “Ven, Miguel”:
“Han llamado a la puerta, y no, no era Miguel
tampoco esta vez. ¿Por qué no viene, por qué
es imposible que venga? Le estoy esperando siempre
para hablar como tan sólo podría hablar con él.
¡Le necesito tanto! Porque él resolvería
con un solo zarpazo lo que no logro entender.
Han cambiado los tiempos, ¡vaya si lo sé!,
y ahora está tan de moda jugar al ajedrez
que añoro aquella furia solar y aquel tajante
distinguir al íbero toro del manso buey.
Barajo y más barajo sus versos abrasados
mas su verdad radiante despierta aún más mi sed
de tenerle aquí al lado, para luchar, y ser”.

En los años 1960-1961 Celaya participó, con motivo del cincuentenario del nacimiento del poeta, en algunas revistas con artículos dedicados a Miguel Hernández. Un claro ejemplo de estos artículos sería el titulado “¿Por qué Miguel Hernández?”, que apareció en “El Pais”, el domingo 30 de mayo de 1976. Y en el que Celaya da cuenta de cómo el Gobierno había prohibido los actos que se habían organizado para homenajear a Miguel Hernández. Y cita unas palabras de Miguel: “Intuí, sentí venir contra mi vida, como un gran aire, la gran tragedia, la tremenda experiencia poética que se avecinaba en España, y me metí, pueblo adentro, más hondo de lo que estoy metido desde que me parieran, dispuesto a defenderlo firmemente”. Para a continuación darnos una lección sobre tan profundas palabras: “No se trata de que Miguel fuera mejor poeta que José María Pemán sino que se hizo tal porque en poesía, como en todo, comprender lo que hay que hacer no sirve de nada si ideamos las soluciones en lugar de extraerlas de un vivido contacto con lo real tal y como Miguel Hernández las extrajo de su circunstancia”.

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