sábado, 14 de mayo de 2011

Un Best Seller?????

VITKINE Y LA BIBLIA NAZI
'Mein Kampf'. Cómo
Por José María Albert de Paco

Como un sabueso alucinado, Antoine Vitkine olfatea la génesis del Mein Kampf en la Europa de entreguerras y sigue su rastro hasta el 11-S. El resultado es una crónica entusiasta en la que el siglo corre parejo a las fluctuaciones del mal, condensado en un tocho que despierta tantos temores como idolatrías y que, en cualquier caso, se halla en el sustrato de cualquier debate en torno al progreso.

El mero roce de la obra de Adolf Hitler con el término bestseller constituye una suerte de cortocircuito moral al que, según el autor (que, no obstante, no es en absoluto partidario de la censura), conviene prestar atención. La máxima orwelliana de que el sentido debe escoger la palabra no disipa los nubarrones. No en vano, lo que propicia la incrustación de Mein Kampf en la nómina de los Brown, Steel o Grisham no es el uso de una fórmula narrativa más o menos tosca, chata o trepidante (un supuesto opinable, en cualquier caso), sino su condición de superventas. Casi noventa años después de su publicación, la biblia nazi sigue siendo objeto de una extraordinaria difusión entre el gran público, máxime en aquellos países donde ha arraigado el mismo nacionalismo de corte delirante (¿pleonasmo?) y antisemita que pregonaba Hitler, como ponen de relieve los casos, profusamente analizados, de India y Turquía.

En Europa, el goteo de ejemplares tan sólo se ha visto afectado por las cortapisas que el estado de Baviera (poseedor del copyright de la obra, que pasará a dominio público en 2015) ha puesto a su impresión. A tal efecto, uno de los pasajes más turbadores de Mein Kampf. Historia de un libro es el de la entrevista del autor con el empleado que gestiona los permisos de reproducción del texto en el ámbito académico. Preguntado por el motivo de la censura, el funcionario (jamás la expresión yo-sólo-soy-un-mandao presentó una textura tan consistente) balbucea una suerte de alegato en favor de las víctimas donde aduce que hay cosas que no conviene remover, ¿sabe usted, señor Vitkine?

Semejante discurso, unido al extravagante tecnicismo de que las ediciones anteriores a 1945 pueden circular libremente por estar impresas antes de que se promulgara la Constitución (de lo que se infiere, casi metafísicamente, que no fueron concebidas para atentar contra la Ley Fundamental), sitúa el Mein Kampf en el umbral del tabú, cuando no en la más funesta acepción del mito. Este pudor rayano en lo histérico no concierne únicamente a la esfera oficial, pues Vitkine también pone en la balanza a los muchos alemanitos de a pie que, al término de la guerra, y confusos ante la naturaleza del objeto que tenían entre manos, optaron por enterrarlo en el jardín. Y desenterrarlo cada tanto para renovar el paño con que lo habían envuelto. A sus propiedades como disolvente de metáforas se añade la asombrosa circunstancia de que Mein Kampf deviniera en precursor sui generis de El nombre de la rosa; tanto es así, que más de un bodoque llegó a creer que el solo contacto con sus páginas inoculaba el virus del nazismo.

¿Cumple el Mein Kampf con la leyenda editorial por la que los bestsellers son objetos meramente decorativos (o, dado el caso, simbólicos), obras cuyos índices reales de lectura son ínfimos? El hecho de que el III Reich distribuyera masivamente el libro (valga el dato de que era el regalo de bodas del Estado alemán) ha abonado la conjetura de que tan sólo los cuadros del NSDAP se tomaron la molestia de deglutirlo; de que el pueblo no sólo no vio ni oyó nada sospechoso, sino que siempre creyó que era un libro normal y, qué demonios, incluso afable. Vitkine, no obstante, rebate esta hipótesis apelando a la evidencia de que la obra de marras se sirvió a la población no sólo en forma de ladrillo indigesto, también bajo el aspecto de extractos, inserciones, citas u hojas volanderas, de suerte que fue imposible sustraerse a lo que ahí se decía respecto a los marxistas, los judíos, los franceses o los negros. Es de notar, por cierto, que Hitler vio con sumo recelo que la obra se fragmentara. No ya por prurito de literato (no hay que descartar ese extremo), sino porque Mein Kampf era una hoja de ruta tan ceñida a lo que iba aconteciendo que, llegado un punto, su autor tuvo la sensación de que jugaba con desventaja, de que sus cartas estaban al descubierto. En otras palabras, y según la acertada expresión de Alexandre Koyré, Mein Kampf era una "conspiración a la luz del día". Victor Klemperer, en su monumental La lengua del Tercer Reich, no pasó por alto esta consideración:

Cómo pudo este libro ser difundido en la opinión pública y cómo, a pesar de eso, se ha podido llegar al reinado de Hitler, a los doce años de este reinado, cuando, antes de la toma del poder, hacía ya años que la biblia del nacionalsocialismo estaba en circulación: éste será para mí el mayor misterio del Tercer Reich.

Cómo, en efecto. Vitkine señala dos factores: la bula de que gozan los pecados de juventud (máxime cuando se trata de pecados literarios) y la incapacidad de los políticos e intelectuales de la época para penetrar la obra de Hitler con la debida hondura. Al hilo del primer punto, Hitler actuó como si su tratado de los horrores fuera un jarama, un on the road, un guardián entre el centeno, esto es, apaciguando a sus homólogos con el pretexto de que quien había escrito Mein Kampf no era él, sino el joven airado que fue una noche y en el que ya no se reconocía. En cuanto a las exégesis erróneas a que dio lugar, Vitkine subraya que los dos únicos políticos que acertaron a vislumbrar en el texto el engranaje del III Reich (y no una suma aleatoria de sandeces) fueron Winston Churchill y León Trotsky. No obstante, ningún otro cómo alberga tanta certidumbre como el que, navaja de Ockham en mano, rasga Georges Loinger, judío alsaciano de 99 años que, en los prolegómenos del régimen, militaba en una organización sionista:

[¿Díficil de comprender?] Díficil de admitir, más bien... De comprender, bueno... Basta con leerlo. ¿Admitir qué? Admitir las consecuencias... No se extraía la conclusión inimaginable...

Entre las flaquezas de la obra, sorprende que el autor, que sigue las pistas francesa y alemana con admirable meticulosidad, destierre a la marginalidad el caso español. No ya por la mención espectral de esa librería ibicenca que, según recogió Público, jamás ha vendido el Mein Kampf, sino por la atronadora omisión de una de las principales autoridades en lo tocante a su difusión, el librero catalán Pedro Varela.

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