lunes, 30 de mayo de 2011

Michel Onfray : Freud el Crepusculo de un Idolo

Según el filósofo francés Michel Onfray, autor del libro El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana, el psicoanálisis es comparable con una religión y su capacidad de curar a la gente semejante a la de la homeopatía.

El libro apareció el año pasado en Francia, pero comenzó a generar controversia incluso antes de su publicación, con psicoanalistas que acusan a Onfray de errores y de ignorar hechos para defender su tesis.

"NECESIDADES FISIOLÓGICAS"
Conocido filósofo, autor previamente del Tratado de ateología, Onfray plantea en su nuevo libro de 600 páginas un abordaje nietzscheano de Freud, bajo la idea de que "una filosofía siempre es la autobiografía de su autor".

A su juicio, el austríaco transformó sus propios "instintos y necesidades fisiológicas" en una doctrina con pretensión universal, pero el psicoanálisis es "una disciplina verdadera y justa en lo que concierne a Freud y nadie más".

Onfray sostiene que Freud falló en curar a pacientes que él mismo atendió, pero ocultó o alteró sus historias clínicas para que pareciera que el tratamiento que les había dado fue exitoso.

Por ejemplo, señala que Sergei Konstantinovitch, apodado por Freud como "el hombre de los lobos", siguió psicoanalizándose más de medio siglo después de haber sido supuestamente curado por Freud.

O que Bertha Pappenheim, conocida como "Anna O." y presentada por Freud como un caso exitoso de tratamiento contra la histeria y las alucinaciones, siguió sufriendo recaídas luego del mismo.

Durante un debate con la psicoanalista francesa Julia Kristeva publicado esta semana en Le Nouvel Observateur, Onfray rechazó la noción de que el método de Freud "cura todo el tiempo".

"El psicoanálisis cura tanto como la homeopatía, el magnetismo, la radiestesia, el masaje del arco plantar o el exorcismo efectuado por un sacerdote, cuando no una oración ante la Gruta de Lourdes", sostuvo.

"Sabemos que el efecto placebo constituye el 30% de la cura de un medicamento", agregó. "¿Por qué el psicoanálisis escaparía a esta lógica?".

DINERO, SEXO Y FASCISMO
Además de cuestionar el método de Freud, Onfrey ataca su personalidad y lo presenta como alguien que fue capaz de cobrar el equivalente actual a US$600 en efectivo por sesión e incapaz de tratar a pobres.

Más aún, desde el punto de vista sexual lo tacha como una persona homofóbica y con un especial interés en temas como el abuso sexual, el complejo de Edipo y el incesto, y que se acostaba con su cuñada.

En términos ideológicos, Onfray sostiene que Freud coqueteó con el fascismo y que en 1933 escribió una dedicatoria elogiosa a Benito Mussolini: "Con el saludo respetuoso de un veterano que reconoce en la persona del dirigente un héroe de la cultura".

Y afirma que el creador del psicoanálisis buscó alinearse al canciller Engelbert Dollfuss, que instauró el "austrofascismo" en su país, y también a las exigencias del régimen nazi.

"ODIO"
El libro ha generado airadas protestas y acusaciones desde círculos intelectuales de Francia.

La historiadora y psicoanalista Elisabeth Roudinesco aseguró en un artículo publicado por Le Nouvel Observateur que el nuevo texto de Onfray está "plagado de errores y cruzado por rumores".

Roudinesco acusó a Onfray de haber sacado las cosas de contexto y sostuvo que Freud "de ninguna manera se adhiere al fascismo y nunca hizo apología de los regimenes autoritarios".

"Cuando sabemos que ocho millones de personas en Francia se tratan con terapias derivadas del psicoanálisis, está claro que en el libro y en las palabras del autor hay una voluntad de daño", sostuvo.

En su debate con Onfray, Kristeva defendió el psicoanálisis como un mecanismo capaz de tratar problemas como la histeria, el complejo de Edipo o las conductas anoréxicas y bulímicas, entre otros.

"Onfray nos insulta cuando dice que el psicoanálisis no cura", escribió el psiquiatra y psicoanalista Serge Hefez en el semanario Le Point. "¿Qué hacemos todos nosotros en nuestros consultorios, centros de terapia familiar, conyugal, nuestros hospitales y servicios hospitalarios si no es ayudar al sujeto a convertirse en actor de su propia historia?".

Hefez afirmó que "el psicoanálisis sí cura, es un tratamiento útil y vivo, practicado por miles de terapeutas concienzudos que conocen de fracasos, éxitos parciales y éxitos".

Onfray respondió que muchas reacciones contra su libro evitan responder sus argumentos centrales y, en un artículo publicado en el diario Le Monde, preguntó si es imposible hacer una relectura crítica de Freud.

"Con este libro, algunos amigos me habían anticipado el odio porque me metía con el monedero", escribió. "Hoy me doy cuenta lo acertados que estaban…".

Desde sus inicios, el psicoanálisis estuvo cuestionado por su falta de una sólida base científica. Ello no le impidió fascinar pronto a la audiencia de una cultura hondamente angustiada por los fantasmas de la enfermedad mental. La hábil propaganda de Freud y el activismo de sus correligionarios, unidos a ese clima espiritual favorable, acabaron por prevalecer, difundiendo su mensaje a la cultura de masas hasta convertirlo en un elemento habitual de la visión del mundo del hombre del siglo veinte.

A partir de los años sesenta, coincidiendo la creciente desconfianza ante la eficacia de la terapia psicoanalítica con las primeras revisiones críticas de la biografía de Freud, comenzaron a imponerse otras formas de psicoterapia. Pero en Francia el psicoanálisis mantuvo su prestigio intelectual con mayor fuerza que en otros países de su entorno. Esto explica la sonora polémica que el año pasado provocó allí la aparición de este nuevo libro del filósofo Michel Onfray (Argentan, 1959), descalificado de manera inmisericorde por intelectuales como Bernard-Henri Levy, Jacques Alain Miller o Elisabeth Roudinesco.

Desde luego, el tono virulento de los ataques de Onfray a la “fabulación freudiana”, aderezado por su particular ajuste de cuentas con el freudomarxismo sesentayochista, se prestaba a ello. El resultado ha sido mucho ruido mediático, buenas ventas y pocas nueces teóricas alrededor de un texto dedicado a mostrar a Freud como un ególatra, ambicioso, manipulador, neurótico, cocainómano, misógino, homófobo y, ya puestos, adúltero, amante de su cuñada, extorsionador de pacientes y, para colmo, simpatizante de los regímenes fascistas del momento.

Todo esto nos cuenta Onfray: que Freud mintió sistemáticamente al reconstruir la historia del psicoanálisis; que ocultó fuentes e influencias (en particular la de Nietzsche) o las minimizó (ya Breuer había reconocido el papel de la sexualidad en la neurosis) para presentarse como genio solitario, inventor de una nueva ciencia; que silenció numerosos errores de diagnóstico, exageró los éxitos de su práctica terapéutica y falsificó resultados, pretendiendo haber curado a gente a la que nunca curó (cosa que hoy sabemos al desvelarse la identidad de muchos de esos pacientes); que tampoco tuvo escrúpulo alguno en presentar como terapia exitosa su desastrosa aplicación de cocaína para tratar la adicción a la morfina; que sus pacientes no testimoniaron espontáneamente sueños y recuerdos velados de índole sexual, sino que él los forzó a ello; etc., etc.

Michel Onfray pretende haber demostrado así -apelando, por cierto, al mismo método interpretativo que inspiró al freudismo: el principio nietzscheano de que toda filosofía no es más que una confesión íntima del autor- que el presunto contenido universal del psicoanálisis no es más que el contenido muy subjetivo de la propia biografía de Freud. Pero, ¿qué quiere decir con esto? ¿Qué sólo Freud tuvo complejo de Edipo? ¿Qué los sueños, sueños son? El sano materialismo ejercido por Onfray en otros textos como El vientre de los filósofos o Contrahistoria de la filosofía raya aquí en la simplicidad más grosera. Se limita a recopilar una información ya conocida desde trabajos como los de Cioffi, Israëls, Borch-Jacobsen y, sobre todo, popularizada en 2005 por El libro negro del psicoanálisis, componiendo con ella una psicología barata del desenmascaramiento que, por más que se reclame heredera de Nietzsche, dista mucho de su sutileza. Desaprovecha así la oportunidad de plantear un debate riguroso sobre el alcance teórico de las intuiciones freudianas; apunta tímidamente a ello cuando alude al olvido del cuerpo en la ficción performativa del inconsciente; pero pronto cae en el mismo reduccionismo que en su exitoso Tratado de ateología. Así como su repudio de las religiones por el saldo histórico de crueldad que arrojan no anula sin más el valor de la experiencia religiosa, la discusión de tesis psicoanalíticas como la de que todo sueño sea expresión de deseos sexuales no invalida en su integridad las aportaciones de Freud al reconocimiento del sentido simbólico de la vida onírica y tantas otras sugestiones suyas.

Por qué el psicoanálisis ha podido triunfar como lo ha hecho es algo que también merecería una explicación bastante más detenida. Michel Onfray ha optado, en cambio, por recorrer un camino ya trillado. Le ha bastado una presentación sensacionalista para beneficiarse de la recogida de algunos suculentos frutos. A la postre, también en su caso han pesado bastante los motivos humanos, demasiado humanos

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