domingo, 3 de octubre de 2010

La vida es una sucesión de lecciones: Cherie Carter-Scott

La vida es una sucesión de lecciones
que deben ser vividas
para poder comprenderlas

Helen Keller


A menudo, la vida se ha comparado con un juego. Pero por desgracia nadie nos ha dicho cuáles son las reglas, ni las instrucciones. Comenzamos en cuanto se nos dice «Adelante» con la confianza de estar haciéndolo bien. Ignoramos cuál es exactamente el objetivo del juego y también qué significa ganar.
Ese es el tema fundamental de El juego de la vida. Este libro te proporcionará las líneas maestras para intervenir en ese juego que llamamos vida, pero es algo más, pues estas reglas te proporcionarán un fundamento espiritual para que sepas qué significa ser humano. Son verdades que todo el mundo conoce sobradamente pero que, por una u otra razón, a lo largo del camino de la vida, se han olvidado casi por completo, a pesar de ser una base sólida para lograr una existencia satisfactoria y llena de sentido.
Cada regla presenta su propio desafío, que a su vez se convierte en una lección útil para todos. Podremos dar por aprendidas estas lecciones cuando resolvamos por fin un problema o demos por zanjado un tema que nos acuciaba. Cada persona tiene su propio temario particular y esas lecciones, según observarás en la cuarta regla, reaparecerán una y otra vez hasta que las aprendas.
«Las diez reglas para ser humano» no son pociones mágicas, ni ofrecen una vía rápida hacia la serenidad. Tampoco proporcionan soluciones inmediatas que nos curen del aislamiento emocional o espiritual, ni son una clave instantánea para descubrir secretos esclarecedores. Su único objetivo es ofrecerte un mapa para que puedas seguirlo en tu viaje a través de la senda del crecimiento espiritual.
También quisiera insistir, querido lector, en que estas reglas no son de carácter estricto, y no se proponen dictarnos qué debemos hacer, pensar o decir. No son órdenes, sino consejos básicos para poder seguir el juego. No hay nada que sea obligatorio.
Espero que este libro te ayude. Si aprendes esas valiosas enseñanzas y haces tuya la sabiduría que te ofrecen, tu existencia puede ser más llevadera.














Primera regla

TIENES UN CUERPO

Puedes odiarlo o amarlo, pero será tuyo
mientras vivas sobre la Tierra.


En el momento en que llegas a la Tierra, recibes un cuerpo que alberga tu esencia espiritual. Tu verdadero «yo» reside en ese cuerpo: todas las esperanzas, los sueños, los miedos, los pensamientos, las expectativas y las creencias que te convierten en un ser humano único. Aunque vuestro viaje juntos dure toda la vida, siempre seréis dos entidades distintas y separadas.
La finalidad de este cuerpo consiste en actuar como intermediario entre tú y el mundo exterior, y en conducirte a través del juego de la vida. También actúa como profesor de algunas lecciones básicas acerca del ser humano. Si te muestras receptivo a las lecciones y dones que tu cuerpo tiene para ofrecerte, éste te concederá destellos de sabiduría y gracia que podrán guiarte a lo largo del sendero de tu evolución espiritual. Del mismo modo puede proveerte del conocimiento y la comprensión necesarios para sentirte a gusto con él, y en consecuencia ir progresando en tu camino.
Tu cuerpo te pertenecerá mientras vivas. Lo ames o lo odies, lo aceptes o lo rechaces, será el único que tendrás en esta vida. Estará contigo desde el primer aliento hasta que suene el último latido de tu corazón. No hay posibilidad de devolverlo ni de cambiarlo; por consiguiente es preciso que aprendas a apreciarlo como a un compañero y aliado en este viaje, ya que la relación entre ambos es la más importante de tu existencia. Es el anteproyecto de lo que serán el resto de tus relaciones.
Cada uno de nosotros establece una relación diferente con su cuerpo. Quizá pienses que el tuyo es como un hogar hecho a medida, con el diseño ideal para tu espíritu. O, por el contrario, puedes sentir que no encaja bien con tu esencia, y hallarte atrapado en una jaula que te oprime. O tal vez hayas establecido una alianza con tu cuerpo y te sientas unido a él por vínculos entrañables y satisfactorios. También puede ser que te sientas incómodo y desees que fuera diferente: más fuerte, esbelto, saludable o atractivo. Quizá te sientas a disgusto, como si hubiera cometido un profundo error en el momento de asignártelo. Da igual lo que sientas, lo importante es que te pertenece y que la relación que establezcas con él tendrá mucho que ver con la calidad de tu experiencia vital.
El desafío de la primera regla es hacer las paces con tu cuerpo para que éste te permita compartir sus valiosas lecciones de la aceptación, la autoestima, el respeto y el placer. Es imprescindible aprender estos principios básicos antes de viajar con éxito a través de la vida.






Aceptación

Creo que cuando logramos aceptarnos
tal como somos
todo en la vida funciona

Louise Hay


Si tú eres una de esas escasas personas afortunadas que aceptan su cuerpo tal como es, con sus virtudes y defectos, entonces puedes dar por asimilada la lección de la aceptación y pasar a la siguiente lección. Ahora bien, si una pequeña parte de ti cree que serías más feliz si fueras más delgado, más alto, más fuerte, más rubio, o piensa que cualquier otra alteración física mejoraría mágicamente tu vida, quizá no estaría de más que dedicaras algún tiempo a aprender el valor exacto de la auténtica aceptación.
La aceptación consiste en el acto de tomas una actitud positiva ante lo que la vida te ofrece. El cuerpo es uno de los profesores más sabios y mejor preparados para esta lección. A no ser que dediques gran parte de tu tiempo a experiencias extracorporales, tu cuerpo siempre se manifestará donde quiera que estés. Puedes tomarlo como una guía inseparable o como una pesada cruz que hayas de soportar de por vida. La decisión es tuya, y dependerá de lo bien que aprendas esta lección.
Para muchas personas, su cuerpo es el blanco de sus más duras críticas y el barómetro con el que miden su propia valía. En ocasiones, se proponen metas inalcanzables y se censuran sin piedad por su falta de perfección. Mediante tu físico te muestras tal como eres ante los demás, te defines a ti mismo y es también el modo como te definen los otros. El aprecio que sientas por tu propio cuerpo se relaciona directamente con la lección de la aceptación.
Censurar con dureza tu cuerpo sólo sirve para limitar el deleite que pueda ofrecerte. ¿Cuántas veces se ha ensombrecido un maravilloso día de playa por sentirte a disgusto en traje de baño? Imagínate lo liberador que sería caminar felizmente en la arena caliente sin estar tan pendiente de ti mismo. Piensa en todas las actividades que has pospuesto hasta que tu aspecto sea diferente, mejor, o incluso perfecto. Tengo una amiga que sueña con aprender a bucear, pero se niega siquiera a intentarlo porque le preocupa mucho la imagen que ofrece embutida en el ceñido traje de goma. Una completa autoaceptación le permitiría, y a ti también, participar sin reservas en todas las actividades por las que te sientas atraído.
Como tantas mujeres que conozco, me pasé muchos años preocupada por mis muslos. No sólo quería que fuesen más estilizados, sino que había iniciado una guerra privada contra ellos. Llevaba las bermudas más largas que podía encontrar, incluso en los días más calurosos del verano, porque me daba mucha vergüenza mostrarlos públicamente. Estaba convencida de que mi vida mejoraría si mis muslos fueran más firmes y dejaran de moverse como dos flanes. Quería que mis muslos cooperasen con mi programa de cómo se suponía que debía ser mi aspecto. Yo los había repudiado y ellos, a su vez, se habían negado de forma testaruda a transformarse mágicamente en dos alambres prietos y flexibles. No es necesario decir que mis muslos y yo no coexistíamos en paz.
Al final decidí acabar con esa guerra fría jurándome que aprendería a querer mis muslos. Pero eso es más fácil decirlo que hacerlo. Es fácil querer esas partes de ti mismo que ya percibes como susceptibles de ser queridas; pero es bastante más difícil renunciar a la imagen que tienes de tu físico. No obstante, decidí prestarle unos minutos de atención diaria a mi reconocido enemigo. Cada día masajeaba mis muslos con una loción perfumada a base de vainilla.
Mientras lo hacía me concentraba en enviarles mensajes de aceptación, primero parcial y luego completa. Durante las primeras semanas me sentía ridícula, pero pronto lo superé. Aún seguían sin gustarme, sobre todo por la mañana, bajo la cruda luz del cuarto de baño, pero al menos ya no me veía obligada a cubrirlos con una toalla para no verlos.
Con el paso del tiempo he llegado a apreciarlos por la fuerza y por la seguridad que me proporcionan. Gracias a ellos puedo correr diariamente cinco kilómetros. Fue una deliciosa sorpresa observar que poco a poco respondían a mi cariño y comenzaban a ponerse más firmes. La clave no residía en que el cambio se produjera para que yo los aceptara, sino que fue a partir de mi aceptación cuando ellos se pusieron de parte de mis deseos.
Hay muchas pruebas documentales que sostienen la existencia de una conexión entre la mente y el cuerpo, por lo que la aceptación de éste no es sólo esencial de cara a tu bienestar emocional, sino también para tu salud física. Negarle a tu cuerpo la total aceptación puede conducirte a la enfermedad. Por el contrario, aceptarlo con naturalidad puede ayudarte a superar ciertas dolencias. Incluso la comunidad médica reconoce hoy en día el valor y el poder de la autoaceptación para mantener u a mente y un cuerpo sanos.
Sabrás que vas por el buen camino cuando aceptes tu cuerpo tal como es. La verdadera aceptación se produce cuando eres capaz de apreciar tu cuerpo tal cual es en el momento presente y ya no lo sientes como un impedimento para ser merecedor del amor de otra persona, empezando por ti mismo.
¿Significa esto que no hayas de procurar mejorar tu cuerpo? ¿O que te hayas de resignar irremediablemente? Por supuesto que no. Es perfectamente natural, y muy humano, querer tener el mejor físico posible. Sin embargo, no debes obsesionarte ni condenarte por no ser el más atractivo ni el más saludable. El deseo de mejorar es absolutamente válido si procede de la autoestima , y no de un sentimiento de inadecuación entre la realidad y lo que se desea. La pregunta que has de formularte cuando quieras estar seguro de tu deseo de cambiar de peinado o de tener unos bíceps más definidos es la siguiente: «¿Siento, de verdad, la necesidad de cambiar mi aspecto ( color del cabello, crema para las arrugas, vestuario…, la lista es larga) para ser feliz?». Si la respuesta es «si» - y has de ser sincero contigo mismo - , tal vez necesites pasar cierto trabajando interiormente la lección de la autoaceptación antes de invertir tiempo y dinero buscando una solución externa.
A mis clientes y estudiantes suelo decirles esto: «Amad cada parte de vosotros mismos, y si no podéis, cambiadlas. Si no lo conseguís, entonces aceptadlas tal como son». A medida que creces y envejeces, tu cuerpo te mostrará algunos aspectos irritantes que no lograrás cambiar. En un caso extremo es posible que sufras una discapacidad física, una enfermedad degenerativa o cualquier otro tipo de dolencia que te haga mucho más difícil aceptar tu cuerpo. Aun así, debes aceptarlo, sin importar la aparente dificultad de la tarea. Los Juegos Paralímpicos está llenos de personas que han aceptado sus cuerpos, a pesar de sus evidentes discapacidades.
¿Cómo puedes comenzar a aprender la lección de la aceptación? Pues reconociendo que lo que es, sencillamente es, y que la llave para salir de la prisión de los autorreproches está en tu mente. Así que puedes continuar luchando contra tu cuerpo, quejándote amargamente y sumergiéndote cada vez más en el autodesprecio; o iniciar los pasos mentales, sutiles pero poderosos, que te conducen a la aceptación. Hagas lo que hagas, la realidad sigue siendo la misma. La aceptación o el rechazo de tu físico es una carga mental; tu percepción de él en modo alguno afecta el aspecto que presenta, entonces ¿por qué no escoger la tranquilidad de la aceptación en lugar del dolor del rechazo? La decisión es tuya.
¿Qué es lo que no aceptas de tu cuerpo?



Autoestima
Nadie puede hacerte sentir inferior
sin tu consentimiento

Eleanor Roosevelt


La autoestima consiste en sentir tu propia valía y ser capaz de afrontar los desafíos de la vida. Es un sentimiento tan esencial como el aire que respiramos, e igual de intangible. Nace en lo más profundo del corazón y se refleja en cada una de las manifestaciones externas, ya sean grandes o pequeñas. Constituye la esencia que nos permite medir nuestra valía y la piedra fundamental de los cimientos de nuestra psique.
Si la autoestima es una lección que necesitas aprender, serás puesto a prueba una y otra vez hasta que te sientas seguro de quién eres y consigas entender y creer en tu valor intrínseco. Tu cuerpo te puede proporcionar variadas oportunidades para trabajar en esa lección a lo largo de toda tu vida.
Tu físico puede ayudarte a valorar la autoestima poniendo a prueba tu deseo de verte como alguien preciado, independientemente de tu aspecto o de cómo actúe tu cuerpo. Tengo un amigo que es conferenciante, y que ha tenido dos graves accidentes en su vida: uno de moto, en el que sufrió quemaduras en el noventa por ciento del cuerpo, y otro de aviación unos años después, que lo dejó postrado en una silla de ruedas para el resto de su vida. Tras muchos años de duro trabajo interior, acabó dándose cuenta de que, a pesar de sus dramáticas circunstancias, podía llevar una vida satisfactoria era capaz de adoptar ante ella la actitud correcta. En vez de hundirse en el pozo de las lamentaciones atormentándose por todo lo que no puede hacer, logró concentrarse en todo aquello que sí podía hacer. Ha dedicado su vida a inspirar a muchas personas a través de una conferencia cuyo título es «No se trata de qué te ocurre, sino de cómo lo afrontas». En ella da testimonio de lo que es capaz de hacer frente a los desafíos de la existencia y demuestra que él también se merece la felicidad, a pesar de sus graves limitaciones físicas.
El proceso de construcción de la autoestima es triple. El primer paso consiste en identificar qué obstáculos hay en tu camino. Una vez hayas reconocido que tu opinión sobre ti es limitada, puedes dar el siguiente paso: hacer que tu alma avance hacia el verdadero conocimiento de ti mismo. El tercer paso consiste en pasar a la acción, tanto si eso significa aceptarte tal como eres, como si implica la necesidad de emprender algún camino positivo.
Durante toda su vida, mi amiga Helen ha sido una mujer extraordinariamente activa. Solía lucir una espléndida cabellera rubia platino que contrastaba con su piel bronceada. Conseguía, al entrar en una sala, que la gente se girara para mirarla. La identidad externa de Helen se basaba en ese bronceado permanente, y para mantenerlo a lo largo de todo el año se pasaba muchas horas tomando el sol.
Cuando estaba cerca de cumplir los cincuenta, le diagnosticaron un cáncer de piel. Tuvo que someterse a una operación de cirugía facial que le dejó una pequeña cicatriz, y además le prohibieron toda exposición al sol. Para Helen la cicatriz era un asunto de poca relevancia, si lo comparaba con el hecho de que ya no podría seguir siendo la belleza bronceada con la que se identificaba. Sin su bronceado distintivo, Helen tendría que teñirse el pelo del color castaño original para evitar un tono de piel blanquecino. La autoestima de Helen se tambaleó cuando tuvo que luchar para aceptar la pérdida de lo que había sido «su imagen» durante muchísimos años. Necesitaba desprenderse de esa imagen que tenía de sí misma.
Recuperar la autoestima dañada le costó casi un año. Tuvo que reconocer que había estado midiendo su valía personal en función de su aspecto externo, es decir, el de una rubia bronceada. Después de muchos meses de duro trabajo, fue capaz de comunicarse de nuevo con su verdadero interior, y se dio cuenta de que esa creencia anclada en el pasado le impedía sentirse bien consigo misma.
Ahora, después de varios años, la cicatriz de Helen apenas se nota. Ha vuelto a su color natural y luce un magnífico cabello castaño y tiene una bella piel de color marfil. A veces, cuando se mira al espejo, necesita recordar su propia valía conectando con su fuerza interior, su esencia espiritual. Se da cuenta de que ésta permanecerá inalterable a lo largo de su vida, mientras que el aspecto exterior va cambiando y marchitándose , y por lo tanto constituye una efímera fuente de autoestima.
Acuérdate a menudo de que la autoestima es perecedera. La tendrás, la perderás, la cultivarás, la alimentarás y te verás forzado a reconstruirla una y otra vez. No es algo que se consiga y se guarde,
sino un proceso vital que ha de ser explorado y cultivado.
¿De dónde mana el sentimiento de tu propia valía? Intenta descubrir el camino que te conduzca hacia esa fuente, pues necesitarás volver a ella una y otra vez a lo largo de tu vida. Cuando te sea fácil descubrir el camino hacia el centro de tus valores esenciales, sabrás que has aprendido esta lección.


Respeto
El cuerpo es el vehículo de tu vida.
Mientras estés aquí, vive en él.
Ámalo, respétalo, hónralo, mímalo,
trátalo bien y él te pagará
con la misma moneda

Susy Prudden

Respetar tu cuerpo significa tenerlo en alta estima y rendirle honores. El respeto consiste en tratarlo con el mismo cuidado con que manejarías otro objeto valioso e irreemplazable. Aprender a respetar tu cuerpo es, por lo tanto, algo vital.
Cuando sientas este aprecio, te convertirás en su compañero. Te asentarás firmemente en él y serás capaz de beneficiarte de todo lo que pueda ofrecerte. La consideración conlleva una energía recíproca. Tu cuerpo te honrará cuando tú lo respetes. Trátalo como a una estructura merecedora de respeto y él te pagará con la misma moneda. Si abusas de él o no le haces caso, se irá deteriorando hasta que aprendas la lección del respeto.
Conozco a un hombre llamado Gordon que ve su cuerpo como un templo sagrado. Al margen de tratarlo de una forma extraordinaria, mediante el ejercicio regular y sistemático, lo mantiene también saludable cuidándolo con absoluta dedicación. Sólo come alimentos sanos, nunca se expone al mal tiempo sin el abrigo adecuado y, en términos generales, lo trata como un valioso tesoro. El resultado de tanta dedicación es que su cuerpo nunca le falla, siempre está dispuesto a rendir al máximo y de forma óptima. Es su fiel e inseparable compañero, siempre a punto de cumplir sus necesidades.
Es obvio que el cuerpo de cada persona es diferente. Para cualquier otra persona que no sea Gordon, resultaría imposible llegar a ese nivel de dedicación. El cuerpo de cada persona tiene una fórmula particular. Es responsabilidad tuya adquirir un conocimiento exacto de las necesidades particulares de tu cuerpo. No hay una dieta ideal, ni tampoco una cura de sueño o de ejercicio. El verdadero respeto consiste en el aprendizaje de aquello que tu cuerpo necesita para rendir al máximo, para luego asumir el compromiso de satisfacer esas necesidades.
En el extremo opuesto del respeto al cuerpo se halla Travis, un diabético de veintinueve años que se negó a tomarse en serio su enfermedad. Travis es un hombre rico, un apuesto miembro de la jet-set al que le encanta vivir al límite. Disfrutaba bebiendo martinis con vodka, salía muchas noches, comía carne roja y postres ricos en azúcar, y al final se convirtió en adicto a la cocaína. A pesar de las advertencias de los doctores, Travis se negó a cambiar estos hábitos nada saludables. Se negaba a aceptar que su enfermedad supusiera que las necesidades de su cuerpo habían de ser distintas de las de los cuerpos de sus amigos.
La perversa espiral siguió creciendo durante meses, alternando aquí y allá con pequeños ataques hasta que un día Travis se derrumbó. Un amigo suyo lo encontró desmayado en el cuarto de baño e intervino justo a tiempo para salvarle la vida. Travis pagó un alto y doloroso precio por haber menospreciado la lección del respeto, pero finalmente dejó atrás la negativa, la negligencia y el abuso de su cuerpo, y aprendió a vivir respetando sus necesidades específicas y únicas.
El ejemplo de Travis ilustra claramente que aprender a respetar el cuerpo de uno mismo es un desafío tremendo en un mundo lleno de excesos y tentaciones. Dejarte llevar por tus apetencias es mucho más fácil que respetar tus propias fronteras. Darse un gusto de vez en cuando resulta agradable - e incluso en ocasiones saludable -, pero siempre y cuando no se arriesgue demasiado. Si te gustan las comidas condimentadas y picantes, pero te hacen daño, ¿cuántas veces necesitas poner tu cuerpo al borde de la enfermedad antes de aprender a respetar sus límites? Por tu propio bien, espero que no demasiadas.
Trata tu cuerpo con deferencia y respeto para que éste pueda responder de manera recíproca. Escucha a tu cuerpo y a la sabiduría que almacena en él; te dirá lo que necesita si se lo preguntas, le escuchas y le haces caso.







Placer
No es pecado alegrarse de estar vivo.
Bruce Springteen

El placer es la manifestación física de la alegría. Tu cuerpo te ofrece el deleite a través de tus cinco sentidos. Cuando gozas con cualquier acto espontáneo o sensación física que aflora en ti, desatas la alegría y consigues crear un espacio en tu conciencia para el goce.
Tu cuerpo puede convertirse en la mayor fuente de placer cuando das rienda suelta a tus cinco sentidos y experimentas la maravilla física de estar vivo. El placer puede venirnos a través de la vista, como cuando contemplamos una magnífica puesta de sol; o del gusto, por ejemplo, al saborear nuestra comida favorita. Puede llegarnos también en forma de melodía sublime o de la suave caricia de un amante. El único secreto para aprender la lección de la dicha es reservarle un tiempo y un lugar en tu vida.
¿Qué posición ocupa en tu vida el placer? Muchas personas tienen cuota invisible en su mente para la cantidad de alegría que se permiten disfrutar. Están tan ocupados siguiendo el ritmo que marca la vida que ven el deleite como un lujo para el que simplemente no tienen tiempo. Placeres como jugar o hacer el amor ceden su puesto a las actividades cotidianas.
Sin embargo, tu vida no funcionará igual si te privas del placer. Hay un proverbio que dice: «Demasiado trabajo y poco juego te vuelven aburrido», y es absolutamente cierto; tal vez acabes llevando una vida monótona, gris y sin atractivo sin no te tomas un respiro de vez en cuando para gozar a través de tus sentidos. El placer es como el aceite que mantiene la máquina de tu vida en perfecto funcionamiento. Sin él, la máquina se atasca y es probable que acabe parándose.
A veces me olvido de la importancia del goce cuando me dejo llevar por las exigencias y los compromisos de la vida. Renuncio a un día de playa con mi marido para poder acabar un proyecto o anulo mi hora de masaje para poder hacer algunos recados. Inevitablemente, acabo sintiéndome irritable y tensa, señal inequívoca de que debo tomarme las cosas con calma y dejar que me invada un poco de alegría.
Un uno de mis seminarios tuve a un hombre llamado Bill que necesitaba desesperadamente aprender la lección del placer. Era un brillante asesor financiero en un gran banco. Tenía esposa, tres niños, una hipoteca, una madre anciana, dos coches y muchísimas facturas. Siendo una persona seria por naturaleza, fue reduciendo su disponibilidad para disfrutar de los placeres que nos ofrece la vida. Su posición laboral se lo impedía. Como decía él mismo: «Simplemente no tengo tiempo para perderlo divirtiéndome».
Sin embargo, la vida de Bill no funcionaba. Una profunda insatisfacción le asaltaba diariamente, y no sabía cómo liberarse de ella. Vino al seminario para encontrar una salida a la rutina en la que se había sumido. En el seminario reconoció que, durante años, no se había permitido tener ni siquiera un solo momento de placer. Bill recordó el día en que su padre murió, cuando él tenía once años. Su tío le dijo que tendría que actuar como el cabeza de familia. Desde ese día, Bill, un chico despreocupado, se metamorfoseó en Bill, un pequeño adulto, serio y responsable.
Cuando hicimos en el seminario un ejercicio que consistía en que todo el mundo había de actuar siguiendo un fuerte impulso interior, Bill se levantó, se aflojó la corbata y, para sorpresa y deleite de todos, comenzó a correr por la habitación. Comenzó lentamente y después siguió cada vez más rápido hasta convertirse en un auténtico torbellino. Cuando acabó, estaba jadeando y sonriendo, emocionado por haber liberado la alegría que guardaba en lo más íntimo de su memoria.
¿Qué es lo que te produce placer? Hazlo, y hazlo a menudo, ya que este hecho alegrará tu corazón y obrará maravillas en tu alma.










































Segunda regla

LA VIDA ES TU MAESTRA

Estás matriculado, con dedicación exclusiva,
en una escuela llamada «vida». En esta escuela
tienes cada día la oportunidad de aprender
nuevas lecciones.
Tal vez te gusten o quizá las odies, pero
las has escogido como parte de tu plan de estudios.


¿Por qué estás aquí? ¿Con qué finalidad? Durante mucho tiempo los humanos han querido descubrir el significado de la vida. Sin embargo, lo que nuestros ancestros y nosotros hemos pasado por alto a lo largo de esa búsqueda permanente es que no hay una única respuesta. El significado de la vida es diferente para cada individuo.
Cada persona tiene su propio objetivo y un camino único y distinto al de los demás. A medida que viajes a través de la vida, te encontrarás con numerosas lecciones que necesitas aprender para conseguir ese fin. Las lecciones que habrás de afrontar son esenciales para ti, y aprenderlas es la clave para descubrir el sentido y la importancia de tu propia existencia.
Una vez hayas aprendido las enseñanzas básicas procedentes de tu propio cuerpo, estarás listo para recibir a un profesor de nivel superior: el universo. Las lecciones saldrán a tu paso en todas las circunstancias de la vida. Cuando experimentes dolor o sientas alegría, aprenderás una lección distinta. Cada acción o acontecimiento contiene una enseñanza asociada que debe ser aprendida. No hay ningún modo de evitar esas lecciones ni de acortar el proceso de aprendizaje.
A medida que camines por la vida, tal vez encuentres dificultades a las que otras personas no se hayan de enfrentar; o viceversa, personas que luchen contra obstáculos que tú no necesitas afrontar. Quizá seas afortunado en tu matrimonio, mientras que otros sufran amargos procesos de divorcio; también es posible que pases apuros económicos, mientras que otros naden en la abundancia. Lo único de lo que puedes estar seguro a ciencia cierta es de la necesidad de afrontar todas las lecciones que necesitas aprender; tuya es la decisión de aprenderlas o no.
El desafío de la segunda regla, por lo tanto, es seguir tu camino particular y extraer enseñanzas de tus experiencias individuales. Y éste es uno de los mayores desafíos a los que habrás de hacer frente a lo largo de tu existencia, porque a veces ese camino te llevará a vivir de manera distinta a los demás. No campares tu camino ni tampoco tu aprendizaje particular con el de los otros. Recuerda que sólo te encontrarás con aquellas lecciones que seas capaz de aprender con el fin de desarrollarte personalmente.
Si eres capaz de superar ese desafío, podrás desentrañar el misterio de tu propósito vital y realizarlo. Ya no serás una víctima del destino o de las circunstancias y adquirirás poder: la vida, en ese momento, dejará de ser «algo que te sucede». Cuando trabajes duro para realizar verdaderamente tu propósito vital, descubres sorprendentes dones dentro de ti mismo que hasta ese momento desconocías. Tal vez ese proceso no sea fácil, pero merece la pena luchar para obtener esa recompensa.
En la medida en que te esfuerces por indagar y aprender acerca de ti mismo, hallarás las lecciones básicas de la franqueza, la elección, la justicia y la gracia. Contempla ese aprendizaje como una herramienta que te ayudará a descubrir tu propósito vital, único y específico.

Franqueza

Cuando se contempla la experiencia
de una manera determinada,
no ofrece sino entradas
a los dominios del alma.

Jon Kabat-Zinn


La franqueza significa ser receptivo. La vida te hará afrontar innumerables lecciones, ninguna te será de utilidad si no las reconoces y aceptas los valores inherentes que poseen. Esas enseñanzas aparecerán en cualquier momento, y por difíciles que puedan ser, deberás cambiar tu enfoque y verlas como auténticos regalos, como guías que te acompañarán hacia tu yo auténtico.
He observado en mis seminarios que cientos de personas sufrían transformaciones al constatar que cada experiencia de su vida servía para enseñarles algo nuevo sobre sí mismas. Cuando aceptas las lecciones que te brinda la vida, por desagradables o desafiantes que puedan llegar a ser, estás dando el primer paso hacia el descubrimiento de tu verdadero yo, hacia tu propósito en la vida. Comienzas, en definitiva, a cultivar la actitud esencial de la franqueza.
A menudo me preguntan cómo pueden las personas reconocer esas lecciones. Yo siempre respondo que las lecciones son siempre evidentes para uno mismo; todo depende de la lente con que se observe la realidad. Si lo vemos todo bajo el prisma de la resistencia, nos enfurecemos o nos amargamos, nos estaremos privando de la evolución personal. Por el contrario, si usan la lente de la franqueza y de la claridad de discernimiento, comprenderán mejor las enseñanzas que las diferentes situaciones pueden ofrecerles.
Es fácil reconocer esas lecciones que uno percibe como oportunidades debido a su atractivo. Conseguir un ascenso en el trabajo implica cierto aprendizaje, como el de la responsabilidad y la voluntad. Embarcarse en una nueva aventura amorosa implica otras enseñanzas, como la confianza y el compromiso. Convertirse en padres por primera vez ayuda a poner en práctica la paciencia y la disciplina. Esa lecciones se reconocen fácilmente porque se presentan envueltas en hermosos paquetes , y mostrarse abierto a ellas no resulta difícil.
Más complicado resulta reconocer, sin embargo, aquellas enseñanzas que se presentan cuando parece que la vida te trata injustamente. Los envoltorios que las acompañan no son tan bellos y conducen a la mayoría de las personas a mirar a través de las lentes de la resistencia. Cuando no estás abierto al conocimiento de estas lecciones, perder el trabajo parece una catástrofe, en vez de una oportunidad para aprender sobre el perdón o la flexibilidad. Experimentar un desgarro emocional puede parecer una crisis, en vez de una sugerencia para aprender la lección de la amabilidad o de la soltería. Convertirse por primera vez en padre de un niño discapacitado puede parecernos un castigo, en vez de una oportunidad para aprender acerca de la esperanza o del apoyo. Aunque las lecciones menos atractivas no son en modo alguno divertidas, pueden convertirse, de hecho, en tus mejores regalos.
En mi caso, la última lección que he afrontado ha sido la de la paciencia. Sabía que necesitaba aprenderla, porque constantemente me veía en situaciones en las que me sentía agobiada y enojada. Yo necesitaba aprender esta lección, pero cada vez que se me presentaba me ponía los lentes de la resistencia antes de ser capaz de sacar provecho de dicha lección. Estaba convencida de que es esa situación particular realmente necesitaba hacer las cosas a mi manera, rápidamente, y que mi consiguiente frustración no tenía relación con la necesidad del aprendizaje de la paciencia. La lección quedaba oculta bajo mi resistencia.
¿Cómo podemos pasar de la resistencia a la franqueza? En primer lugar, reconociendo el sentimiento de resistencia. Ésta suele presentarse por lo general de forma física: la mandíbula apretada, presión en el pecho o emisión de suspiros. Mentalmente se manifiesta en pensamientos como «¿Por qué tengo yo que ocuparme de este asunto? No quiero. No me interesa. ¡No me gusta!». Una vez hayas descubierto dónde ha echado su ancla la resistencia ya sea en la mente o en el cuerpo, te será más fácil identificarla en el futuro.
El siguiente paso es recordarte a ti mismo la posibilidad de elegir. Puedes continuar con esa oposición y sentirte mal o puedes aprender la lección que se te ofrezca, la que sea. Saber que eres capaz de escoger te permite reconocer que ejerces un control sobre tu resistencia y sobre cómo eliges enfrentarte a los desafíos de la vida.
El siguiente paso consiste en preguntarte a ti mismo: «¿Deseo abandonar esta resistencia y aprender la lección que se me ofrezca?». Recuerda, si verdaderamente quieres vivir en tu auténtico yo, debes mostrarte dispuesto a aprender todas las enseñanzas que se te presenten en la vida para conseguir madurar y convertirte en la persona que deseas ser.
¿Qué lecciones te resistes a aprender?


Elección
Obedeceré fervorosamente
bajo el sol y bajo la luna,
cualquier impulso interior que me regocije
y me conduzca hacia el corazón.

Ralph Waldo Emerson

La elección es la exploración del deseo que luego nos permite optar por una determinada acción. Continuamente estás eligiendo, ya sea seguir tu propio camino o, por el contrario, apartarte de él y cambiar de rumbo. No hay acciones neutrales. Incluso el más nimio de los gestos tiene que ver con esa orientación, y o bien te hace avanzar por el sendero, o bien te aleja de él, seas o no consciente de ello. Las acciones puras (como pasar el tiempo con una persona querida) te orientan en tu camino, mientras que las acciones falsas (como tener que estar con alguien que realmente no te gusta pero hacia quien te sientes obligado) te alejan de tu verdad. Cada elección tiene sus consecuencias.
Aunque se suelen usar casi como términos sinónimos, la elección y la decisión no significan lo mismo. Las decisiones se forman en tu mente, mientras que las elecciones proceden de tus entrañas. Las decisiones se toman sopesando razonablemente las consecuencias; las elecciones emergen de tu esencia y están en sintonía con tu verdadero yo.
Tomemos el ejemplo de una cantante de ópera llamada Betty, quien tuvo que cambiar de profesión porque sus cuerdas vocales habían sufrido un daño irreversible. Vino a mi consulta llena de dudas acerca de su capacidad para encontrar un nuevo trabajo. Le aseguré que ella tendría algunas preferencias o gustos que la podrían orientar y le pedí que me explicara qué era lo que le gustaba hacer.
Betty lo pensó durante un rato y luego reconoció que había cuatro cosas que le gustaban por encima de las demás: comer, ir de compras, hablar francés y frecuentar restaurantes elegantes. Se le iluminaba el rostro al describirme lo mucho que le gustaban cada una de esas actividades. Betty se apresuró a añadir que era consciente de que sus intereses no parecían en absoluto valiosos a ojos de otras personas, y que estaba segura de que no le servirían para encontrar una nueva profesión.
Sin embargo, Betty se equivocaba por completo. Tras reconocer y valorar sus intereses reales, fue capaz de dar verdaderos pasos que la acercaron a su verdad, en vez de buscar un trabajo «razonable» que posiblemente la habría apartado de sus deseos. Betty decidió buscar un trabajo que se acomodara a alguno de esos intereses.
Sorprendentemente, encontró un trabajo que, de hecho, conciliaba casi todos esos intereses en apariencia dispares. Se convirtió en relaciones públicas de una tienda elegantísima. Su primer encargo consistió en entretener a los ejecutivos de una firma francesa de costura llevándolos a comer a un restaurante elegante.
Piensa en alguna elección auténtica que hayas hecho en algún momento de tu vida. Quizá fue el impulso irresistible de visitar un país extranjero, o la necesidad de poner fin a una relación amorosa, o la sensación de que precisabas abandonar tu empresa y montar tu propio negocio. ¿Qué sentiste al tomar estas determinaciones?
Recuerda aquel sentimiento. Es fundamental para mantenerte en tu auténtico camino.


Justicia

Yo lloraba porque no tenía zapatos
hasta que vi a un hombre
que no tenía pies.

Helen Keller

Nuestro sentido de la justicia es la expectativa de la equidad, el reconocimiento de que todas las cosas merecen un trato similar y de que la justicia siempre prevalecerá. Lo cierto es que la vida no es justa; puede que tú hayas tenido una vida más difícil que la de los que te rodean, lo hayas merecido o no. Las circunstancias de cada uno son únicas, y cada persona necesita manejar sus circunstancias de manera distinta. A medida que trabajas para alcanzar tu verdad individual, se te pedirá que abandones la cultura de la queja, el «¡no es justo!», si es que quieres orientarte hacia la serenidad. Si te centras en la injusticia de las circunstancias, te pasarás la vida comparándote con los demás, en lugar de valorar tu única y especial singularidad. Pierdes la opción de aprender tus lecciones individuales recreándote en la amargura y el resentimiento.
Pensemos, por ejemplo, en el caso de Jackie y Hirsten, dos hermanas que están a años luz en cuanto al canon de belleza tradicional. Jackie es una morena escultural de impresionantes ojos azules, de ademanes graciosos y con un sentido innato de la elegancia. Es tan llamativa que a menudo la gente se detiene en la calle para observarla; realmente parece una estrella de cine.
Por otro lado, Kirsten encajaba en la clásica definición del marimacho. Era una persona recia, apenas tenía pecho y no solía seguir las tendencias de la moda ni maquillarse. Nadie hubiera tomado a Kirsten por una estrella de cine.
Jackie se había casado dos veces, Kirsten, ninguna. Jackie siempre tenía admiradores haciendo cola para citarse con ella. A Kirsten apenas la llamaban. Aunque nadie lo hubiera sospechado, a tenor de la severa imagen exterior de Kirsten, ésta no podía evitar compararse con su hermana mayor; anulada por la sombra de Jackie, maldecía la injusticia del reparto de genes entre Jackie y ella.
Por fin, un día Kirsten se sentó y elaboró una lista con todas las cosas que se le daban bien y la convertían en alguien especial. Entonces fue capaz de contemplar los dones que poseía y dejó de compararse con Jackie a todas horas. Se dio cuenta de que su habilidad atlética natural era un verdadero talento a través del cual podía revelarse y sobresalir, y que ella tenía un don para ayudar a los que la rodeaban. Aunque estaba convencida de que ella no conseguiría, como Jackie, atraer las miradas de los demás, admitió que aceptaba y apreciaba muchas cosas de su físico, y quedó encantada con ese hallazgo. La lección de Kirsten consistió en aprender que percibir algo como injusto no le daba derecho a regodearse en esa aparente injusticia.
¿Qué percepción de lo injusto ocultas en tu interior?



Gracia
Alimentas el alma si cumples
con tu destino.

Harold Kushner

La gracia es una de esas cualidades intangibles difícil de describir, pero muy fácil de reconocer. Aquellos que la poseen parecen caminar por la vida sin que les cueste ningún esfuerzo. Dan la impresión de poseer un brillo interior, y ese brillo resulta evidente para todos los que le rodean.
Vivir en un estado de gracia significa estar en total sintonía con tu naturaleza espiritual y con un poder superior que te mantiene. La gracia viene a ti cuando eres capaz de pasar de tu yo inferior, donde tu ego dicta cuál es el camino que «debe ser» legítimamente tuyo, a tu yo superior, donde eres capaz de trascender tu ego y desarrollar lo que hay de bueno en ti. Viene a ti cuando cambias de una realidad centrada en el «yo» a una comprensión más amplia de la existencia. La gracia viene a ti cuando entiendes y aceptas que el universo siempre crea circunstancias que conducen a toda persona hacia su verdadero camino, y que todo cuanto ocurre forma parte de un plan divino.
Suena ,dirás, pero ¿cómo se puede conseguir ese fantástico estado? Pues recordando todos los días que las lecciones que has de afrontar son dones exclusivos para ti, y que aprender esas lecciones te llevará a ese estado de gracia. Aférrate a la creencia de que se te dará lo que te conviene, independientemente de lo lejos que esto parezca quedar de lo que tú habías previsto.
Tomemos como ejemplo el caso de Delia, una joven que tenía el don de la escritura. Delia proviene de una adinerada familia de la costa este; su futuro consistía en casarse con un hombre tan rico como ella, instalarse en una gran mansión en un barrio residencial y dedicarse a actividades «apropiadas», tales como alguna labor de voluntariado o de captación de fondos para obras de caridad. Sin embargo, Delia sabía de corazón que su pasión por la escritura era un don divino y que su verdadero camino era llegar a ser escritora. Su familia, naturalmente, se quedó horrorizada cuando ella anunció que pensaba trasladarse a Nueva York para dedicarse a la literatura.
De hecho, Delia persiguió su sueño. Le encantaba su pequeño apartamento en el centro, se encontraba con otros escritores noveles con quienes compartía sus creaciones, y el trabajo le llegó casi sin esforzarse. Sentía que su vida fluía sin obstáculos. Fue fiel a su destino, pese a tener que soportar la decepción de su familia y la temible realidad de abandonar un futuro perfectamente construido para ella. La última vez que la vi, le habían encargado un extenso articulo para una revista importante; se la veía que irradiaba es luz interior que conlleva la gracia.
Cuando estás en estado de gracia, confías en ti mismo y en el universo. Puedes celebrar las bendiciones de los otros con el convencimiento de que sus dones son merecidos y apropiados para ellos y que el universo te reserva los tuyos justo a la vuelta de la esquina.























Tercera regla

LOS ERRORES FORMAN PARTE DEL JUEGO

La madurez es un proceso de experimentación,
una serie de pruebas, errores y victorias ocasionales.
Tanto los fracasos como los éxitos son parte
de este proceso.

La madurez humana es un proceso de experimentación, de ensayos y errores que llevan, en última instancia, hasta la sabiduría. Cuando decides confiar en ti mismo y actuar, no tienes la certeza de saber cuál será el resultado final. A veces sales victorioso y a veces acabas desilusionado. Los experimentos fallidos, sin embargo, no son menos valiosos que los que logran el éxito. En efecto, sueles aprender más de los fallos que de los éxitos.
La mayoría de la gente sufre una gran decepción cuando aquellos planes en los que ha invertido mucho tiempo, dinero y energía acaban mal. Nuestra primera reacción, por lo general, es sentir que hemos fracasado. Y mientras no sepas superar esa deprimente conclusión, verás mermada tu capacidad para progresar en las lecciones de la vida.
Antes de considerar tus errores como grandes fallos y los errores de los demás como simples equivocaciones, puedes verlos como auténticas oportunidades para aprender. Como dijo Emerson: «Cada calamidad es un acicate y un valioso consejo». Cada situación en la que no estás a la altura de tus propias expectativas es una oportunidad para aprender algo importante acerca de tus propios pensamientos y de tu conducta. Cada situación en la que te sientes tratado injustamente por otra persona es una oportunidad para aprender algo acerca de tus reacciones. Lo cometas tú u otra persona , un error no es más que la oportunidad de progresar y avanzar por tu camino espiritual.
Cuando consideres los contratiempos y penalidades de la vida --las decepciones, las heridas, las pérdidas, las enfermedades o cualquier tragedia que puedas sufrir-- y eres capaz de cambiar tu manera de percibirlas, a fin de considerarlas para aprender y madurar, sentirás que tu poder crece. Entonces serás capaz de asumir el control de tu vida y hacer frente a sus desafíos, en vez de sentirte derrotado, marginado o como una víctima.
Una maravillosa historia para ilustrar ese caso procede de The Speed of Light, de Gwyneth Cravens:

Asad contó su historia. Trataba acerca de una joven de Marruecos cuyo padre era hilandero. Éste prosperó en su negocio y la llevó consigo en un viaje a través del Mediterráneo. Quería vender sus tejidos y le dijo a su hija que ella tenía que buscar un buen marido. Una tormenta provocó el naufragio del barco cerca de Egipto. El padre murió y la hija fue arrojada a la playa por la marea. Desfallecida y exhausta , incapaz de recordar cómo había sido su vida anterior , la joven anduvo por la arena hasta que se encontró con una familia de tejedores. La aceptaron en su hogar y le enseñaron el oficio. Ella quedó satisfecha.
Pasados unos años, fue capturada en la playa por unos traficantes de esclavos que la llevaron consigo a Estambul para venderla allí. Un hombre que fabricaba mástiles para barcos fue al mercado para comprar esclavos que le ayudaran en su trabajo pero, cuando vio a la chica, se apiadó de ella; la compró y se la llevó a su casa para que sirviera de doncella a su esposa. Los piratas, sin embargo, habían robado su cargamento y le fue imposible comprar otros esclavos. Él, la chica y su mujer tuvieron que construir los mástiles solos. La chica trabajaba duramente y a conciencia. El fabricante de mástiles la vio tan capaz que le dio la libertad y la convirtió es socia de su negocio; este hecho la llenó de alegría.
Un día le pidió que la acompañara a llevar un cargamento de mástiles a Java. A ella le pareció bien, pero cerca de las costas de China el barco fue sorprendido por un tifón. De nuevo acabó en una playa extraña, y de nuevo también maldijo su destino. «¿Por qué me suceden todas estas calamidades?», se preguntó. Pero no obtuvo respuesta. Se levantó y comenzó a caminar hacia el interior.
Había una leyenda china según la cual una mujer extranjera aparecería un día y le construiría una tienda al emperador. Como nadie en la China sabía construir una tienda, tanto el pueblo como las sucesivas generaciones de emperadores seguían esperando que se cumpliera la predicción. Una vez al año, el emperador enviaba emisarios a todas las ciudades para que le llevaran todas las mujeres extranjeras a la corte.
A su debido tiempo, la joven náufraga llegó ante el emperador, quien le preguntó a través de un intérprete si era capaz de hacer una tienda. «Creo que sí», dijo ella. Pidió cuerda, pero los chinos no tenían, y entonces ella, recordando la infancia junto a su padre, pidió seda y la convirtió en cuerda. Pidió telas resistentes, pero los chinos tampoco tenían, y entonces, recordando los años que pasó con los tejedores, tejió los el tipo de tela que se usaba para las tiendas. Pidió diez postes, pero los chinos tampoco tenían, y entonces recordando el tiempo que estuvo con los fabricantes de mástiles, los construyó ella. Cuando lo tuvo todo listo, intentó recordar todas las tiendas que había visto en su vida y, al final, logró construir una. Al emperador le maravilló la construcción y el cumplimiento de la vieja profecía, por lo que le ofreció aquello que ella deseara. Ella se casó con un apuesto príncipe, permaneció en la China rodeada de hijos y vivió feliz hasta avanzada edad. Así se dio cuenta de que todas aquellas aventuras que le habían parecido terribles cuando las estaba padeciendo, habían resultado ser esenciales para alcanzar la felicidad final.

La chica de la historia de Asad reconoció al final la magia que entrañaban aquellas circunstancias adversas. Fue capaz de ver la perfección tomando las cosas en su conjunto. Aunque a nosotros no nos resulta fácil observar las cosas desde una perspectiva general, nos es indispensable conseguir ver los aspectos positivos que encierran las circunstancias más desgraciadas.
Para facilitar ese proceso de aprendizaje, debes dominar antes las lecciones básicas de la compasión, el perdón, la ética y el humor. Sin esas lecciones esenciales, permanecerás atrapado en tu limitada visión de la realidad y te será imposible transformar los errores en valiosas oportunidades de aprender.



Compasión
El ser humano es capaz de sentir
ambas cosas: una gran compasión
y una gran indiferencia.
Y dentro de él tiene los medios
para nutrir la primera y curarse
de la segunda.

Norman Cousins

La compasión es el acto de abrir tu corazón, Vivir en un estado de compasión significa acercarse al mundo sin obstáculos emocionales y con la capacidad intacta de poder conectar con los demás. La compasión es el pegamento emocional que te mantiene arraigado en la universalidad de la experiencia humana, en la medida que te conecta con tu esencia y con la de quienes te rodean.
Sin embargo, no todos caminamos con el corazón abierto de par en par. Si lo hiciéramos así, acabaríamos abrumados y emocionalmente heridos. Si yo mantuviera esa disposición de corazón mientras veo los telediarios cada noche, lo más seguro es que no podría recuperarme de los arrebatadores sentimientos de impotencia y desesperanza suscitados por todas esas trágicas historias que aparecen en ellos. A veces es necesario mantener bien altas tus barreras emocionales para protegerte.
La clave para aprender la lección de la compasión consiste en percatarse de que eres tú quien tienes el control para levantar o bajar esas barreras que marcan las distancias entre tú y los demás. Puedes optar por suprimirlas cuando quieras conectar con el corazón de otro ser humano o puedes limitar el acceso de los otros a tu corazón cuando lo necesites, emitiendo valoraciones que te distancien de aquello que estás juzgando.
Los juicios no siempre son negativos. Tus juicios son los que evita que te muevas por la realidad como si tuvieras una membrana abierta, expuesta a cualquier información con la que entres en contacto. A veces sirven para ayudarte a decidir qué creencias y pensamientos incorporas del mundo exterior para ayudarte a discernir lo que, para ti, es verdadero. Sin la capacidad de discernir, te verías bombardeado por cientos de ideas antagónicas sobre las que no tendrías ningún poder discriminatorio.
En otras ocasiones, sin embargo, tus juicios pueden limitarte y evitar que sientas la compasión necesaria. Cuando tus juicios se vuelven más fuertes que tu capacidad para practicar la empatía, te estás apartando de tu propia esencia humana. Te encierras en tu rigidez y te aíslas voluntariamente de tu necesidad innata de conectar con los demás. Quizá te creas superior a aquellos a los que estás juzgando; pero también es posible que sientas el escalofrío de la soledad provocada por tu aislamiento. El único antídoto contra los juicios inflexibles es la compasión.
El secreto para aprender a abrir tu corazón es la voluntad de conectar con tu esencia personal y con la de la persona a la que estás juzgando. A partir de ahí, la magia de la compasión abre infinitas puertas al contacto humano.
Para aprender la lección de la compasión, lo primero que necesitas es reconocer cuánto te sientes atrapado por tus limitadas valoraciones. El mejor modo de hacerlo es prestar atención a tu respiración. Si te la notas agitada o tensa, lo más seguro es que estés atrapado en un juicio del que debes liberarte. Tu mente consciente también puede ayudarte a identificar cuándo hay que dejar que la compasión entre en juego. Lo más probable es que, si en medio del proceso de emitir un juicio eres capaz de detenerle el tiempo suficiente como para que surja en ti el sentimiento de compasión, esta compasión sea aconsejable. De otro modo ni siquiera se te hubiera ocurrido.
Como aprendiste en la segunda regla, tú tienes la posibilidad de aprender o no las lecciones que surgen en el camino, por lo que necesitarás recurrir a la prudencia para aceptar o rechazar la compasión. Si la escoges habrás de trasladar tus juicios desde la mente al ámbito emocional de tu corazón. Sólo desde él puedes ponerte en el lugar de la persona a la que juzgas y llegar a saber cómo se siente. Eso te conectará con su esencia y diluirá los prejuicios que formaban una coraza sobre tu corazón.
La historia que me contó mi amiga Nicki acerca de cómo aprendió la lección de la compasión es uno de los más significativos ejemplos de bondad humana que he conocido nunca. De niña, cuando volvía del colegio, un hombre que iba en un coche marrón intentó abusar de ella y de una amiga suya. Nicki memorizó la matrícula del coche y lo denunció a la policía, quien arrestó al criminal. Nicki quedó profundamente afectada por aquel incidente durante muchos años.
De adulta, trabajó como asistente social. A pesar de todo, nunca llegó a olvidar aquel episodio de su infancia, y sentía una ternura particular por los menores que habían sido víctimas de abusos. Un día le asignaron el caso de un hombre que había abusado sexualmente de menores y que necesita rehabilitarse. Horrorizada, Nicki descubrió que aquél era el hombre del coche marrón, quien, quince años después, aún seguía cometiendo los mismos abusos.
La mente de Nicki se vio inundada de inmediato por todo tipo de juicios. Recordó la vergüenza y la ira que había sentido durante todos esos años pasados y un sentimiento de odio hacia ese hombre comenzó a crece dentro de ella. Aunque habían transcurrido muchos años le resultaba difícil concebir que alguien pudiera cometer actos tan abominables. Y, por supuesto, no estaba dispuesta a hacer nada que pudiera ayudar a quien era responsable de sus horribles recuerdos.
En medio de todo aquello, Nicki se dio cuenta de un hecho importantísimo: ese hombre tenía un gravísimo problema y necesita ayuda . Aunque fue una de las decisiones más difíciles que había tomado en toda su vida, Nicki abrió su corazón y decidió ayudar a aquel hombre a recuperarse. Había entrado en contacto con nuestro lado mezquino que en ocasiones nos lleva, tanto a ella como a los demás, a cometer actor impropios. Estando en contacto con su esencia, pudo imaginar el dolor que debería sentir ese hombre al comportarse de ese modo. Poniéndose en su lugar fue capaz de liberarse de los limites impuestos por sus juicios y actuar guiada por la compasión.
También se necesita compasión en esas ocasiones en que te juzgas despiadadamente. Si percibes que has cometido un error, no te sientes orgulloso de tu conducta o sencillamente crees que no has estado a la altura de tus expectativas, lo más probable es que levantes una terrible barrera entre tu esencia y la parte de ti que ha cometido el error. Al hacerlo, sin embargo, estás abriendo un abismo lo bastante profundo como para contener duros pensamientos contra ti mismo. Barreras como éstas son tan destructivas o más que las que te separan de los otros.
En otras ocasiones, necesitarás abrir conscientemente tu corazón y mostrar compasión. Ella te abrirá la puerta del perdón y te permitirá deshacerte de esas valoraciones que te conducen al menosprecio.
¿Qué juicios necesitas superar para aprender la lección de la compasión?


Perdón
Errar es humano; perdonar, divino.

Alexander Pope

El perdón es el acto de borrar una deuda emocional. Cuando pasas de la compasión al perdón, tu corazón se abre y deja que el resentimiento se desvanezca de manera deliberada y consciente. Percibir las acciones pasadas como errores implica culpa y vergüenza, no es posible aprender nada que tenga significado mientras estás dominado por la culpa.
Hay cuatro clases de perdón. El primero consiste en perdonarse a uno mismo por faltas leves. No hace mucho, me extravié en el metro de Nueva York. Llegaba tarde a una cita con una amiga y la obligué a esperarme casi una hora bajo una lluvia helada. Me sentí fatal; estaba casi a punto de emprenderla a golpes conmigo misma, cuando subí a otro tren para intentar llegar a mi destino. Al final me di cuenta de que yo estaba haciendo todo lo que podía en aquellas circunstancias. Recordé el valor de la autocompasión y me propuse enmendar mi conducta deshaciéndome en disculpas con mi amiga en cuanto la viera. Fue entonces cuando dominé la situación.
El siguiente consiste en intentar perdonar los pequeños errores de los otros. En ocasiones necesitas perdonar a alguien que ha cometido una transgresión moderada. Por ejemplo mi amiga, la que tuvo que esperar una hora bajo la lluvia, podía haberse enfadado seriamente y haberme guardado rencor; pero en vez de albergar algún resentimiento, aceptó de buen grado mis disculpas y cerramos esa pequeña grieta que se había abierto entre nosotras. Cuando yo le pedí que me explicara a qué se debía que me disculpara tan rápidamente, me dijo que sabía que no era mi intención hacerla esperar adrede. También ella se había perdido alguna vez en el metro y por lo tanto se identificaba con mi situación. Aunque al principio estaba enojada, reconoció que si persistía en su enfado sólo lograría perder la energía y hacer que me sintiera culpable. Así que optó por perdonarme.
Puedes resistirte a aprender esta lección porque a veces te parece que es positivo censurar a los demás por sus errores. Eso te hace sentirte superior, lleno de razón, te permite mirar con desprecio y rencor a los que se han equivocado contigo. Sin embargo, albergar resentimiento consume muchísima energía. ¿Por qué perder esa energía valiosa manteniendo la ira y la culpa, si puedes usarla para fines mucho mejores? Cuando te desprendes del resentimiento, la culpa y la ira, te revitalizas y creas en tu alma un lugar para la madures personal.
El tercer tipo de perdón es concedérselo a uno mismo ante situaciones más serias. Te servirá para las transgresiones graves, aquellas que despiertan en ti una profunda vergüenza. Cuando tu comportamiento incumple tus propios principio y valores, creas un abismo entre esos principios y tu conducta, lo cual compromete tu integridad personal. Necesitas esforzarte para conseguir exculparte de esos comportamientos, cerrar ese abismo y sintonizar de nuevo con lo mejor de ti. No quiero decir que tengas que ahogar la voz de la conciencia para perdonarte apresuradamente y de ese modo no sentir ningún remordimiento; pero estancarse en esos sentimientos durante un tiempo prolongado no es saludable. Si continúas castigándote, lo único que haces es ampliar el hueco abierto entre tú y tus principios, y cuanto mayor sea ese hueco, mayores son las posibilidades de que repitas una conducta inaceptable. Recuerda, tu conciencia no es tu enemigo; la tienes para recordarte que has de seguir tu camino apegado a tus principios. Descubre el sentimiento que te transmite, aprende la lección y obra en consecuencia.
La última clase, y quizá la más difícil, consiste en perdonar a otro que te ha hecho mucho daño. Yo sé que, moralmente, casi todo el mundo ha sido tratado alguna vez de forma injusta o que ha sido cruelmente herido por otra persona en algún momento de su vida, hasta tal punto que el perdón parece algo imposible de conceder. Sin embargo, albergar resentimientos y fantasías de venganza lo único que hace es atraparte en el victimismo. Sólo a través del perdón puedes borrar la injusticia y comenzar de nuevo.
A sus cuarenta y cinco años de edad, una mujer llamada Margo fue abandonada por su marido. Después de doce años de matrimonio, él vació la cuenta bancaria común, la caja de seguridad y se fue con otra mujer. Además de estar emocionalmente destrozada, Margo estaba aterrorizada, ya que no tenía ninguna profesión ni medios para subsistir. Sentía hacia su marido un odio terrible, un sentimiento que jamás hubiera sospechado que podría albergar.
Amargo le tomó tres años organizar de nuevo su vida. Le pidió dinero prestado a su hermana para retomar sus estudios y sacar el título de corredora de bolsa, después de lo cual abrió su propio negocio. Aunque todavía se siente triste por la pérdida de su marido, ha dejado de cargar con el intenso odio que había alimentado durante tanto tiempo.
Al final, Margo fue capaz de perdonar a su marido cuando cambió el papel de víctima y vio los hechos desde una perspectiva más amplia. Supo desviar el foco de su ira y centrase en su desarrollo personal aprovechando la situación que le ofrecía el destino. Con la perspectiva que da el tiempo, ha podido, finalmente, ver su abandono como una valiosa experiencia. Después de todo, sin esa aparente tragedia tal vez nunca hubiera llegado a descubrir su propio poder y por lo tanto no hubiese logrado aprender a perdonar a alguien que la había hecho sufrir tanto.
Así pues, aquí están otra vez las cuatro clases de perdón y el modo de ponerlo en práctica;

1.- Perdónate a ti mismo por tus faltas leves: compadécete de ti mismo por hacer todo lo que está a tu alcance con los recursos de que dispones en ese momento, haz lo que puedas y libérate de la situación.
2.- Perdona los pequeños errores del otro: identifícate con esa persona para que puedas comprender su comportamiento; muestra y libera tu compasión.
3.- Perdona tus faltas graves: acepta tus errores, enmiéndate lo mejor que puedas y después busca en tu corazón tu propia absolución.
4.- Perdona las faltas graves del otro: da rienda suelta a tu dolor y tu ira para que puedas liberarte de ellos. Después considera la situación como una parte necesaria del camino hacia tu madurez espiritual.


Ética
No hay errores ni coincidencias.
Todos los acontecimientos
son bendiciones que se nos dan
para poder aprender de ellos.

Elisabeth Kubler-Ross

Cuando hayas logrado aceptar tus errores, te hayas perdonado y enmendado, entonces liberarás tu mente de esa situación. Sin embargo, aún te queda una lección pendiente: la importancia de los principios morales; éstos se ajustan a los conceptos de bien y mal, que ha establecido la sociedad en la que vives. Pero los códigos éticos no son fundamentales; no sirven para todos en todo el mundo. Lo que nosotros consideramos moralmente inaceptable en nuestra cultura, puede no serlo en otra. Para algunos, los principios éticos se definen mediante las leyes religiosas. Para otros, los códigos morales surgen de las lecciones que hemos aprendido en casa y en la escuela. La mayor parte de gente de nuestra cultura ha sido educada en la gran regla de oro: «Trata a los demás como quieres que ellos de traten a ti».
En lo esencial, los principios éticos significan la elección de una conducta adecuada en tus relaciones con los otros. Constantemente estás fortaleciendo tu capacidad para discernir entre lo correcto y lo incorrecto. Aunque nuestro corazón alberga principio básicos que nos permiten conocer lo bueno y lo malo, la vida nos lleva a situaciones en las que lo bueno no siempre resulta evidente. La vida es complicada y está llena de zonas oscuras. En cada situación te ves forzado a escoger. Por ejemplo, cuando estabas en el colegio te habrás preguntado si era correcto o no dejarle copiar a un compañero un examen. Quizá tu amigo no había podido estudiar porque tenía problemas en casa. Tú sabías que no era correcto dejarle copiar, pero si no lo hacías, él suspendería el examen y aún tendría más problemas.
Cuando tus acciones externas reflejan tu código interior, se puede decir que estás en sintonía con tus principio morales. Así es como un individuo adquiere integridad. Y ésta es importante porque sin ella vives con el sentimiento de estar dividido; te sientes incompleto y en permanente conflicto.
Enseguida sabrás cuándo actúas al margen de tu código moral, porque tu conciencia te recordará la diferencia entre lo que está bien desde un punto de vista ético y cómo te has comportado realmente. Probablemente experimentarás sentimientos de culpa o de remordimiento que te servirán como una clave para recordar que necesitas aprender la lección de los principios éticos. No importa demasiado que los otros te recriminen tu comportamiento. Serás tú quien sepa instintivamente que no te comportas como debes. Quizá tengas que resolver por ti mismo el interrogante, pero ¿no es tu conciencia, si le haces caso, una excelente profesora?
Antonio amaba profundamente a su esposa Cynthia. Era un marido fiel y los dos vivían en perfecta armonía.
Un fin de semana, mientras estaban en la boda de unos amigos íntimos, sucedió algo que amenazó su idílica vida. Antonio se sintió atraído sexualmente por Vivian, una amiga de Cynthia; cuando subían solos en el ascensor del hotel se inclinó hacia ella y la besó, incapaz de reprimir su deseo. Permanecieron unos instantes abrazados; de repente, como si le hubieran arrojado un cubo de agua fría, Antonio se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se separó de ella y exclamó: «¡Pero qué estoy haciendo! Lo siento. No sé lo que me ha pasado. Siempre me he sentido atraído por ti, pero esto no está bien. Lo siento muchísimo». Ambos estuvieron de acuerdo en olvidar lo sucedido, como si nunca hubiera ocurrido. Salieron del ascensor y se fueron a sus respectivas habitaciones.
Antonio estaba destrozado. Se preguntaba cómo había sido capaz de hacer algo así. Él sabía que amaba a Cynthia más que a nada en el mundo y le horrorizaba lo que había hecho. Abrumado por la vergüenza y la indignación por su conducta, Antonio pasó el resto del fin de semana apenado.
El domingo por la noche, en el aeropuerto, mientras esperaban a que saliera su avión, Antonio aún seguía atormentado por la culpa. El abismo interior que se había abierto entre sus principios y su comportamiento le producía un desasosiego que le impedía mirar con franqueza a los ojos de su querida esposa. Finalmente, decidió confesárselo todo, sabiendo que aunque la verdad podría destruir su matrimonio y cambiar radicalmente su vida, necesitaba ser sincero con Cynthia. Después de contarle lo que había sucedido, se deshizo en disculpas y le suplicó que le perdonara.
Cynthia se quedó atónita, se sintió herida y llena de rabia. Sin embargo, después de tomarse un cierto tiempo para organizar sus pensamientos, fue capaz de encontrar en su corazón el perdón con el que poder superar la transgresión de Antonio. Ambos se sintieron aliviados al saber que su relación tenía unas bases lo suficientemente sólidas como para afrontar semejante desafío.
Aunque el perdón de Cynthia consiguió atenuar el dolor íntimo que sufría Antonio, éste aún se sentía culpable por su falta de integridad. Había transgredido sus principios éticos y aunque hizo todo lo posible para enmendar el daño que había causado, lo que en realidad necesitaba era perdonarse a sí mismo para poder cerrar el abismo surgido entre sus principios y su conducta. De este modo conseguiría liberarse de la vergüenza y de la culpa. Con el tiempo, Antonio logró apartar este sentimiento de culpa, pero el recuerdo de lo mal que se sintió aquella noche en el aeropuerto aún sigue vivo para recordarle que no debe apartarse jamás de sus principios.


Humor
Es importantísimo aprender a reírnos
de nosotros mismos.

Katherine Mansfield

La lección del humor consiste en aprender a mezclar la ligereza y la diversión en situaciones que, de lo contrario, pueden acabar siendo desastrosas. Si observas las penalidades que te suceden o los errores que cometes y los consideras lecciones en vez de faltas, el sentido del humor te será muy útil. Cuando aprendes a reírte de tus percances, eres capaz de transformar instantáneamente las situaciones desfavorables en oportunidades para aprender algo acerca del absurdo que existe en la conducta humana, ¡especialmente en la tuya!
El humor y la risa son también tremendamente importantes en las relaciones. Compartir unas buenas carcajadas con alguien obra maravillas. Una amiga mía me contó que un día su marido y ella tuvieron un problema; él hizo una mueca tan cómica que le hizo estallar en una carcajada. Entonces se dieron cuenta del ridículo que estaban haciendo y fueron capaces de compartir la risa y resolver su conflicto desde una nueva perspectiva. Como ha dicho Victor Borge: «La risa es la distancia más corta entre dos personas».
Los saludables beneficios, tanto mentales como físicos, que se derivan del humor están bien documentados. Una buena carcajada puede disipar la tensión, aliviar el estrés y liberar las endorfinas que actúan en tu sistema nervioso como un elevador natural del ánimo. En Anatomy of an Illness Norman Cousins describe el régimen que siguió para superar una seria enfermedad degenerativa que padecía. El remedio incluía buenas dosis de risa y de buen humor. Publicada en 1976, es una obra que se ha leído mucho y que ha sido aceptada por la comunidad médica.
La risa hace desaparecer las desdichas. Te enseña a ser alegre y a tomarte menos en serio, incluso en las situaciones más solemnes. También puede ayudarte a ampliar tu perspectiva, lo cual es siempre necesario. Una joven llamada Alisa se pasó casi un año entero planeando su boda. Ella y su prometido invitaron a casi trescientos personas; se suponía que iba a ser una opulenta celebración en un elegante salón de banquetes. Ella quería que todo fuera perfecto, supervisó minuciosamente hasta el más mínimo detalle, incluidas las servilletas del cóctel.
Llegó el gran día y todo tenía la exquisitez deseada hasta que el carísimo pastel de boda llegó sobre la mesita de ruedas. Una de las ruedas de la mesa tropezó con un alambre, el pastel salió disparado por el aire y acabó aterrizando sobre la pista de baile, convertido en un amasijo informe de nata y chocolate. Todo el mundo contuvo la respiración y desvió la mirada hacia la novia, esperando que estallara en lágrimas. Sin embargo, para sorpresa de todos, miró hacia el pastel, empezó a reír y bromeó: «¡Eh, que yo había encargado un pastel de crema!».
Así pues, date permiso para reír. Te sorprenderá lo rápido que una crisis puede transformarse en una comedia si dejas que el humor intervenga.










































Cuarta regla

UNA LECCIÓN SE REPITE HASTA APRENDERLA

Las lecciones se repetirán de varias maneras
hasta que las hayas aprendido.
Cuando lo hayas conseguido,
podrás pasar a la siguiente.


¿Te has dado cuenta de que las lecciones tienden a repetirse una y otra vez? ¿No te parece como si te hubieras casado o salido muchas veces con una misma persona con cuerpos diferentes y nombres distintos? ¿Te has tropezado con el mismo tipo de jefe una y otra vez? ¿Has notado que el mismo problema se repite con colegas distintos?
Hace varios años, Bill Murray interpretó una película llamada Atrapado en el tiempo, en la cual se despertaba siempre en el mismo día hasta que acababa aprendiendo todas las lecciones que le tocaban ese día. Los mismos acontecimientos se repetían sin variación alguna hasta que él, finalmente, «captó» lo que se suponía que debía hacer en cada uno de ellos: ¿No te suena familiar y divertido algo así?
Las lecciones se repiten hasta que las aprendes. Cuando yo enseñaba en el instituto, siempre les decía a mis estudiantes: «Si no consigues mantener buenas relaciones con quienes ejercen la autoridad en tu casa, no te quedará más remedio que hacerlo fuera de ella, en el mundo. Continuamente te enfrentarás con personas que te hagan respetar la autoridad, y lucharás contra ellos hasta que aprendas la lección de la obediencia».
Los adolescentes perciben a menudo que sus padres son demasiado estrictos. A los catorce años, una de mis antiguas estudiantes se fue a un internado. Su gran sorpresa fue que se encontró con unos profesores y un equipo directivo que tenían las mismas reglas que su madre había establecido en casa y yo misma en la escuela. Al final lo comprendió.
En las terapias de pareja me doy cuenta a menudo de que la gente que se divorcia y se vuelve a casar enseguida, suele hacerlo con el mismo tipo de persona de la que se separó. Una amiga mía, llamada Cassidy, que era una perfeccionista compulsiva, tenía un encanto especial para atraer a los hombres rudos. No era ninguna coincidencia, por lo tanto, el que Cassidy, para quien unos calcetines desparejados eran algo que le causaba horror o un cuello de camisa retorcido era poco menos que un delito federal, atrajera una y otra vez a hombres muy desaliñados en el vestir. Era muy quisquillosa con los buenos modales; sin embargo, su último novio cogía la cuchara como Pedro Picapiedra empuñaría una maza de tocar el tambor. Hace poco que Cassidy comenzó a reconocer que quizás esos hombres aparecían en su vida para que ella tomara conciencia de su obsesión perfeccionista.
Continuamente atraerás la misma lección a lo largo de tu vida y también a profesores que te la enseñen hasta que la aprendas. El único modo de liberarte de esos patrones de conducta que tiendes a repetir consiste en cambiar de perspectiva para que puedas reconocerlos y aprender la lección que te están ofreciendo. Puedes intentar evitar esas situaciones, pero al final deberás enfrentarte a ellas.
Hacer frente a esos desafíos significa que necesitas aceptar el hecho de que algo dentro de ti te conduce hacia determinadas personas o situaciones, por desagradables que resulten. En palabras de Carl Jung: «No se accede a la conciencia sin dolor». Y sólo puedes acceder a ella si eres capaz de dejar de repetir las mismas lecciones y pasar a las siguientes.
El desafío de la cuarta regla consiste en identificar y liberarte de los patrones de conducta que estás repitiendo. Como cualquier terapeuta, te diría que ésa no es una empresa fácil ya que implica un cambio, y el cambio no siempre resulta sencillo. Quedarte como estás no te ayudará a madurar espiritualmente, pero está claro que es mucho más cómodo. Tú adoptaste unos modelos de conducta desde hace mucho tiempo como forma de protección personal. Cambiar de proceder no sólo suele ser incómodo, sino que a veces incluso nos asusta.
Identificar esos patrones y liberarte de ellos te obliga a admitir que tu comportamiento no era el adecuado. Lo gratificante al aceptar el desafío es descubrir que puedes aprender a cambiar.
En mis seminarios enseño que hay seis pasos básicos para realizar cualquier cambio en la vida de una persona. Son los siguientes:

1.- Concienciación: darse cuenta del patrón de conducta o del asunto que nos atañe.
2.- Reconocimiento: admitir que necesitas liberarte de ese modelo.
3.- Elección: ser activos a la hora de liberarse.
4.- Estrategia: elaborar un plan realista.
5.- Compromiso: actuar motivados por una responsabilidad exterior.
6.- Celebración: valorar el éxito conseguido y tomarlo como un triunfo personal.



Concienciación

Ese día solamente amanece
para aquellos que están despiertos.

Henry David Thoreau

La concienciación es el proceso que conduce al reconocimiento pleno. Puede ir filtrándose poco a poco por los resquicios de tu mente, o puede aparecer con súbita comprensión de cuáles son tus patrones de conducta, de manera que empieces a verte objetivamente. Puedes conseguirlo, es como una bombilla que se enciende para iluminar los rincones más oscuros de tu inconsciente. Éste es el primer paso para facilitar cualquier cambio que desees realizar.
Cultivar la concienciación es un proceso que dura toda la vida. Cada momento te ofrece la posibilidad de permanecer despierto o de sumirte en una conducta inconsciente. Podemos transitar por la vida con el «piloto automático» o podemos prestar atención y comportarnos de una manera consciente. La clave para aprenderla estriba en rastrear las raíces de tu conducta para hallar las causas que te llevan a repetir los mismos patrones de actuación. Una vez hayas descubierto esos modelos, puedes dedicarte a liberarte de ellos a través de la determinación.
La oportunidad para aprender la lección de la concienciación se presenta siempre que te sientes descontento con tu vida. Cuando deseas cambiar de dirección o de perspectiva, se presenta la oportunidad de mirar hacia adentro y preguntarte: ¿Cuál es la verdad que yo quiero? ¿Qué deseo cambiar? La respuesta a esas preguntas te proporcionará la concienciación que necesitas para avanzar en tu proceso de cambio.
Hay innumerables maneras de despertarse. Prestar atención a tus sentimientos en el modo más fácil de entrar en contacto con tus maquinaciones interiores. Los sentimientos son la luz del cuadro de mandos que rige tu vida. Cuando se enciende, puedes estar seguro de que hay un conflicto interno que debes resolver.
El mero hecho de reflexionar sobre tu conducta puede facilitarte la concienciación. Cuando observas tus acciones como un espectador objetivo retiras el filtro de la autocensura y consigues ver esos patrones que repites constantemente. Cuando te ves a ti mismo en distintas situaciones y distingues en ellas acciones y reacciones similares, logras sacar a la luz ese rasgo común que va ligado a la lección que debes aprender.
Herramientas como la meditación, el diario personal y la terapia pueden ayudarte a lograr la concienciación. Para otros, quizá sólo baste poner algunos recordatorios fijados en el espejo del cuarto de baño. Para mí, el mejor modo de estar despierta es el hecho de estar rodeada de otros que saben cuál es el camino y viven su existencia de un modo consciente.
Las lecciones se repiten constantemente y no podrás aprenderlas hasta que te des cuenta de que están ahí porque las necesitas; es preciso cultivar el arte de la concienciación si quieres progresar en tu camino. Pregúntate qué patrones son los que repites. Quizá te sorprendas al percatarte de lo evidentes que resultan.



Determinación
La vida no nos pide que seamos
los mejores, sino que saquemos
lo mejor de nosotros mismos.

H. Jackson Brown, Jr.

El verdadero secreto para lograr cambiar consiste en tomar la determinación de actuar. Si estás intentando progresar para liberarte de ciertos comportamientos recurrentes en los que te sientes atrapado, lo primero que debes hacer es identificar las pautas de comportamiento que te mantienen anclado. Sólo así podrás comenzar a modificar tu conducta.
Si verdaderamente quieres cambiar, elegirás hacerlo y te comprometerás con este proceso. Sin embargo, si te basas en la idea de que deberías cambiar, tomarás la decisión de hacerlo y luego sentirás el aguijón del sacrificio. Si sigues las tendencias del momento, el consejo de los amigos o los deseos de los miembros de la familia, el resultado final es siempre una decisión condicionada. En cambio, si sigues tu guía interior, el resultado será una elección libre.
Quizás el cambio que quieres realizar es, por ejemplo, dejar de fumar. Si verdaderamente quieres, entonces escoges y te comprometes a dejarlo. Sin embargo, si sólo crees que deberías dejarlo, puedes decidir hacerlo; así acabarás teniendo la convicción de que estás haciendo un sacrificio para dejar de fumar.
Quizá pienses que debes empezar a hacer ejercicio. Si solamente quieres hacerlo porque deseas sentirte más sano o en forma, con entusiasmo escogerás hacer ejercicio y te será más fácil comprometerte con tu nueva costumbre. Por el contrario, si piensas que deberías hacer ejercicio para verte o sentirte mejor, lo más probable es que decidas hacer algo con convencimiento menor y sentirás que estás haciendo un sacrificio cada vez que hagas ejercicio.

Recuerda:
El DESEO lleva a la ELECCIÓN y en consecuencia al COMPROMISO.
La OBLIGACIÓN lleva a la DECISIÓN y en consecuencia al SACRIFICIO.

Siempre que pienso en la lección de la determinación, me acuerdo de una mujer llamada Karen, que vino a uno de mis seminarios sobre cómo organizar el tiempo. Karen era una persona muy ocupada, que iba todo el día de un lado para otro intentando cumplir con sus responsabilidades. Entre los recados, las llamadas telefónicas, el ajetreo del trabajo y las obligaciones sociales, Karen vivía permanentemente dominada por las prisas y sin tiempo para hacer nada más.
La familia de Karen comenzó a enfadarse porque nunca tenía tiempo para ellos y, cuando lograba dedicarles un hueco, llegaba casi una hora tarde. Su jefe le reprochaba repetidamente sus retrasos. Sus amistades se sentían abandonadas y molestas porque ni siquiera enviaba a tiempo las tarjetas de felicitación de los cumpleaños. La presión que sentía Karen para cambiar sus hábitos era enorme, por lo que decidió matricularse en un curso para administrar mejor su tiempo.
Karen mejoró sus hábitos durante una semana. Trató de organizarse para que cuantos la rodeaban fueran felices, pero pasó por alto algo esencial: ella no deseaba realmente cambiar. No tenía la más mínima intención de renunciar a esa dosis de adrenalina que le producía su frenético ritmo de vida. Esa renuncia le parecía un sacrificio. Los esfuerzos de Karen por cambiar no le sirvieron para nada y no tardó mucho en volver a caer en sus antiguos hábitos. Disfrutaba sintiéndose imprescindible al mismo tiempo en lugares distintos; renunciar a ello le resultaba un auténtico sacrificio. Los esfuerzos de Karen por cambiar no dieron resultado, y regresó definitivamente a sus viejos patrones de conducta.
Cuando vino a mi seminario, varios meses después de haber fracasado en sus intentos, se sentía físicamente agotada y emocionalmente vacía. Había llegado a un punto en que ella misma ya no soportaba su modo de vida. Admitió que necesita cambiar, no por nadie, sino por ella misma, por su propio bien. Karen lo deseaba y en consecuencia escogió hacerlo. No podía seguir perdiéndose la primera hora de las comidas familiares ni tener que entrar a hurtadillas por la puerta trasera del edificio de su oficina por la mañana. Fue su determinación lo que le permitió ajustarse a un horario más racional y ejercer un control sobre su propia vida.
Así pues, la próxima vez que luches por modificar tu vida, pregúntate a ti mismo: «¿Realmente deseo hacer ese cambio?». Si no tienes éxito, tal vez te estés dejando llevar por la idea de que deberías cambiar, en vez de por el auténtico deseo interior de hacerlo.







Causalidad

A cada acción le corresponde siempre
una reacción equivalente.

Sir Isaac Newton

La causalidad consiste en el reconocimiento de que tú eres la fuente de tus manifestaciones personales. Dicho de otro modo, todo lo que atraes hacia tu vida llega a ti a través de algo que estás proyectando en el mundo, y en consecuencia eres responsable de tus circunstancias. Resulta difícil abandonar la idea de que las situaciones sencillamente te sobreviven, como algo independiente de ti o de tu conducta. Si uno se convierte en una víctima inocente del destino, no reconocerá que tiene una cierta responsabilidad en lo que le ocurre, y seguirá amparándose en sus patrones de conducta.
Piensa otra vez, por un momento, en mi amiga la perfeccionista, la que atraía constantemente hombres rudos a su vida. Cuando ella y yo hablábamos sobre su modelo de conducta, empezó a considerar la posibilidad de que estuviera proyectando hacia el exterior la causa de esa atracción Quizá, como ella era tan responsable y educada, tratara de reforzar su identidad al compararse con ese tipo de hombres. O quizá se trataba de un simple asunto de falta de sintonía; independientemente de cuál fuera la energía que atraía esos hombres a su vida, mi amiga necesitaba enfrentarse al hecho de que ella misma era la que provocaba su situación.
Veamos el caso de Andrew, un chef que había sido despedido de varios restaurantes a causa de su conducta inadecuada. Él sostenía que siempre era el dueño del restaurante a quien había que culpar por su despido. O bien decía que había sido víctima del dueño, que había caído en una trampa que le habían tendido o que no le habían explicado cuáles eran sus obligaciones exactas. Sin embargo, a lo que Andrew tenía que prestar atención era a la conducta que él estaba repitiendo una y otra vez y que era la causa de sus continuos despidos. Y eso no quiere decir que tuviera él la culpa de todo, sino que parecía extraño que cuatro restaurantes distintos hubieran tenido el mismo problema, sin que él no tuviera nunca ninguna responsabilidad por lo sucedido. Andrew necesitaba aprender que él tenía un papel muy importante al provocar determinadas circunstancias. Entonces, y sólo entonces, comenzaría a darse cuenta de su patrón de conducta y a trabajar para liberarse de él.


Paciencia

Sé paciente. Tú sabrás cuándo ha llegado
el momento de despertar
y echarte a andar.

Ram Dass

La paciencia es una exhibición de tolerancia mientras esperamos un resultado. Te enfrentas a la lección de la paciencia en el momento en que intentas obtener un cambio en tu interior. Esperas resultados inmediatos, y a veces te sientes decepcionado cuando ves que fracasan tus primeros intentos por lograrlo. Cuando alguien que intenta perder peso se salta la dieta, se siente muy frustrado al no ser capaz de perseverar en su nuevo régimen y se odia a sí mismo por no haber podido cambiar sus hábitos.
Como bien sabes, los cambios rara vez son fáciles, y necesitas ejercitar la gentileza y la paciencia a medida que vas progresando en tu camino. La madurez personal puede ser un proceso lento y doloroso, y la paciencia te proveerá de la resistencia y de la energía que necesitas para convertirte en la persona que quieres ser.
Si te enfureces en un atasco de tráfico, necesitas estudiar la lección de la paciencia. Y es probable que te veas metido en más atascos que otro que no tenga esos problemas, y no sólo porque el universo tenga sentido del humor, sino porque tú estás más pendiente del tráfico que esa otra persona.
Recuerda, una lección se repetirá hasta que la aprendas. Y eso requiere un poco de paciencia.

































Quinta regla

EL APRENDIZAJE NO TIENE FIN

No hay ningún aspecto de la vida
que no contenga lecciones.
Mientras estés vivo, hay lecciones
que debes aprender.


¿No tienes la impresión de que justo cuando acabas de superar una lección se te presenta de inmediato un nuevo desafío? En el momento en que captas lo que significa la autoestima, te enfrentas a la lección de la humildad. Cuando consigues saber en qué consiste ser buen padre, tus hijos se van de casa y entonces necesitas aprender la lección de la renuncia. Cuando logras comprender la importancia de dedicarte tiempo a ti mismo, te llama alguien solicitando tu apoyo. Tratar de controlar la vida en sus más mínimos detalles es imposible, porque ésta te ofrece nuevas lecciones a diario.
Nunca puedes decir que has acabado tus lecciones. Mientras estés vivo sigues aprendiendo. Independientemente de tu edad, de tu situación en la vida o de los éxitos obtenidos, nunca estarás exento de aprender todas aquellas lecciones que necesitas para poder continuar madurando personalmente. El juego de la vida no cesa; mientras crece tu sabiduría y tu capacidad para luchar contra los desafíos, se te presentarán nuevas lecciones. En efecto, en la medida en que se incrementa la profundidad de tus conocimientos, tu capacidad se desarrolla de forma proporcional, lo que te permite afrontar y resolver con mayor facilidad desafíos de más envergadura.
Al final, hasta puede resultar un consuelo comprender que, de hecho, jamás conseguirás dominar tu vida, que la lucha constante por conseguirlo sólo conduce a la frustración. Lo mejor que puedes hacer es tratar de dominar tu modo de vivir. La existencia es una escuela permanente de la que nunca logras graduarte y, por lo tanto, es el proceso de aprendizaje el que le confiere valor a la existencia.
El reto de la quinta regla es aceptar tu papel de eterno estudiante de la vida. Esto significa que debes abandonar la idea de que no sabes exactamente qué necesitas, o que nunca lo sabrás. Significa también que necesitas convencer a tu ego de que ser un estudiante no te convierte en alguien inferior. En realidad, aprender te abre un universo de posibilidades que ignoran todos aquellos que se muestran reacios a aceptar ese papel.
Para afrontar cuanto antes el papel del eterno alumno es preciso aprender las lecciones de la sumisión, del compromiso, la humildad y la flexibilidad. Sin esas importantísimas enseñanzas, nunca serás capaz de abrir tu mente, tu corazón y tu espíritu lo suficiente como para aceptar lo que todavía te queda por aprender en la escuela de la vida.






Sumisión

Someterse no significa entorpecer
nuestro poder, sino fortalecerlo.

Marianne Williamson


La sumisión consiste en sobrepasar el ego y renunciar al control. Cuando te sometes a una determinada lección, caminas al compás de la vida, en vez de luchar contra ella. Las cimas y los valles que jalonan tu sendero personal se vuelven más fáciles de atravesar cuando te sometes a ellos.
La clave para reconciliarte con tu papel de eterno aprendiz es someterte a lo que es, en vez de intentar crear lo que a tu juicio debería ser. Si la resistencia ha sido un tema permanente en tu vida, la sumisión acabará apareciendo en tu temario. Si eres una de esas personas que siempre han de hacer las cosas a su modo o que poseen un ego fuerte y obstinado, la sumisión te parecerá un fracaso. Pero la rendición sólo significa una derrota en la guerra. En la vida significa trascendencia.
Todo esto no quiere decir que debas ser pasivo y dejar que la vida simplemente pase. Por el contrario, necesitas aprender a aceptar esas circunstancias que realmente nunca pudiste controlar. Irónicamente, mientras estaba trabajando en este capítulo, he tenido uno de esos trágicos y típicos fallos del programa del ordenador que me ha hecho perder doce páginas de material. En el momento en que la pantalla se me quedó en blanco, supe que estaba siendo sometida a una prueba. Podía elegir: o llevarme un profundo berrinche por haber perdido el material, o rendirme al hecho de que había desaparecido y comenzar de nuevo. Eso sí, me sometiera o no a los hechos, la realidad seguía siendo la misma: enfadada o no, el material seguía perdido. ¿Que hubiera preferido no perder todas esas horas de trabajo? ¡Por supuesto! Pero no podía hacer nada, por lo que decidí evitar el drama, salir a dar una vuelta para aclarar mis ideas y después volver a reescribir las páginas perdidas.
Si aceptas el hecho de que el universo es tu gran maestro, dejarás de preguntarte por las segundas intenciones del plan divino. Te sorprenderá lo fácil que se vuelve la vida cuando dejas de oponer resistencia y controlarla, y sigues la corriente que te conduce a la realización de tu destino.

Compromiso

Nuestra gran debilidad es siempre
la renuncia. El único camino cierto para
llegar al éxito es volver a intentarlo
una vez más.

Thomas Edison

El compromiso significa dedicarte a algo o a alguien y perseverar en esa dedicación, la que sea. El caso de alguien que sea estudiante es un claro ejemplo de compromiso. Esa persona está plenamente dedicada a sus cursos académicos y compromete todo su tiempo y energía para conseguir sus propósitos. Cuando aceptas tu papel de estudiante, necesitarás comprometerte contigo mismo y con el universo para aprender a dominar todas tus lecciones.
Si en el curso de tu vida has de afrontar eta lección, se manifestará como una incapacidad para escoger o para mantenerse fiel a las elecciones realizadas. Todo puede empezar con algo tan sencillo como la imposibilidad de decantarse por el sabor de un helado; continuar después hacia la incapacidad de decidir en qué emplear el tiempo libre o acabar no sabiendo, por ejemplo, dónde vivir. Si eres adulto y aún no has aprendido la lección navegarás en un mar de dudas. Si te sientes indeciso ante situaciones trascendentales como casarte con la persona con la que llevas ocho años saliendo, o ante situaciones triviales como elegir de qué quieres un bocadillo, es evidente que debes aprender la lección del compromiso.
Molly, una viuda que vive en Florida, llevaba sola seis años cuando decidió buscar una nueva pareja. Así pues, a sus setenta y cinco años y tras cincuenta de no haber salido con hombres, comenzó a hacerlo. En lugar de pensar que, a su edad, no necesitaba aprender nada nuevo, Molly se comprometió de forma entusiasta a estudiar un conjunto de lecciones que son esenciales para cualquiera que acude a una cita. Cuando un hombre que le gustaba no la llamaba después de la primera cita, ella necesitaba volver a aprender la lección de la autoestima. Cuando se encontró con otro hombre que actuaba de forma muy grosera, recordaba la lección de la compasión. Cuando atraía a hombres que no querían comprometerse en una relación estable, ella revisaba la lección de la causalidad. Fue su compromiso para seguir aprendiendo lo que la mantuvo en su empeño y lo que, de hecho, la condujo hasta Morty, un agente de seguros jubilado, de setenta y ocho años, que compartía con ella el gusto por el golf y por la comida china. Me siento feliz al saber que Molly y Morty están haciendo planes de boda.


Humildad

Y sólo cuando hayas alcanzado
la cima de la montaña
comenzarás a escalar.

Kahlil Gibran

Una persona humilde tiene no sólo una modesta aunque sólida conciencia de sus propios méritos, sino también de sus limitaciones. En el momento en que piensas que ya lo has visto todo o lo sabes todo («he estado allí, he hecho esto y lo otro…»), el universo se percata de tu arrogancia y te envía una gran dosis de humildad. Debes abandonar la idea de que no te queda nada por aprender. Los maestros zen saben muy bien que, incluso para ellos, nunca acaba el camino del aprendizaje.
La humildad es la lección que más duele, pues asociada a ella aparece siempre algún tipo de pérdida. Al universo le gusta mantener un cierto equilibrio en todo, de ahí que cuando un ego soberbio desconoce la cortesía y la paciencia, haga aparecer la humildad para que ese ego vuelva a pisar suelo firme. Aunque ese aguijonazo se siente a veces como una herida, se trata de un aviso muy importante para poder mantener tu equilibrio.
Algunas personas tienen tanto éxito en la vida que lo dan por supuesto y esperan que las cosas les sean favorables automáticamente. Cuando esto deriva en un ego descomunal que desprecia la paciencia y la cortesía, se engendra arrogancia. Entonces, la humildad se convierte en una necesidad para ese currículo vital. Eso es lo que le sucedió a Will.
Atractivo, atlético, de tez bronceada y mirada penetrante, Will parecía un modelo y se vestía como tal. Las cosas le iban muy bien y todo lo que se proponía lo conseguía de acuerdo con sus deseos. Gracias a su encanto, su inteligencia y su talento, su negocio funcionaba al máximo y el éxito se había convertido en una constante en su vida.
Cuando Will recibió una notificación judicial, supuso que todo se resolvería tan fácilmente como cualquier asunto de su vida y no se preocupó en absoluto por este hecho. Pero no fue así; aquella demanda judicial acabó llevando a su empresa a la ruina. Después de varios meses trató de encontrar un trabajo, pero nadie le contrataba. Su economía declinaba. Tenía que hacer frente a muchas deudas y, finalmente, no le quedó otra opción que declararse en quiebra. Will no podía comprender por qué la «magia» que rodeaba su vida había dejado de funcionar; después de siete años en los que desempeñó varios trabajos mediocres, tuvo que enfrentarse a la lección de la humildad.
Cuando vino a verme, Will no podía comprender que a una persona tan «perfecta» como él le hubieran sobrevenido tantos infortunios. Tenía que aprender que su talento era algo maravilloso, pero que quedaba oscurecido por su actitud arrogante. Él miraba de modo condescendiente a las personas que no tenían sus dones - hablándoles de un modo paternalista, tratándoles de forma descortés y tomándolos por estúpidos y faltos de interés -, de ahí que su vida le condujera a la lección de la humildad. Con el tiempo, Will acabó comprendiendo por qué la vida le había mostrado la lección de la humildad con tantas e intensas lecciones. Al principio, eran decisiones difíciles para él, pero Will se hizo cargo de su situación y se comprometió a aprenderlas y así cambiar las circunstancias que le rodeaban.
Debemos estar orgullosos de lo que somos y de lo que conseguimos. Sin embargo, si descubres que alimentas secretos pensamientos de arrogancia y presunción, recuerda la lección de la humildad antes de que el universo lo haga por ti. Dolerá menos de esa forma.


Flexibilidad

Mejorar es cambiar; ser perfecto
es cambiar a menudo.

Winston Churchill

La flexibilidad se define como la adaptación al cambio. En el curso de tu vida estarás tentado a aferrarte a lo que es, es decir, al presente; de hecho, lo que es, ese presente, es solamente una fase temporal que se convierte inmediatamente en lo que fue, o sea, en pasado. Es esencial que aprendas a adaptarte a cada nueva situación, ya que la rigidez te quita la posibilidad de contemplar la libertad existente en las nuevas opciones.
Para aceptar verdaderamente tu papel de aprendiz de la vida, debes cultivar la habilidad de moverte ágilmente entre la sabiduría y la ignorancia; de este modo pasarás de maestro a estudiante, y viceversa, una y otra vez. En otras palabras, aprenderás la lección de la flexibilidad cuando seas capaz de fluir por el devenir, en vez de quedarte anclado en el presente.
Los paradigmas cambian continuamente y en consecuencia, tú debes hacer lo mismo. Quizá tu empresa sufra un vaivén y tengas que sobrevivir. Tal vez tu esposa te abandone; tú entonces deberás sobrellevar su decisión. La tecnología sigue progresando; por lo tanto debes adaptarte aprendiendo continuamente, si no quieres correr el riesgo de convertirte en un dinosaurio. La flexibilidad te permite estar preparado, agudizar tu visión ante cualquier curva que se te presente en el camino de la vida, en lugar de ir a ciegas.
Desde 1900 hasta 1967, los suizos fueron los maestros relojeros del mundo. En 1967, cuando se patentó la tecnología digital, los suizos la rechazaron en favor de los rodamientos, las manecillas y los muelles tradicionales que habían usado durante generaciones para fabricar sus relojes. Desafortunadamente, sin embargo, el mundo estaba preparado para ese avance y Seiko, una empresa japonesa, se hizo con la patente digital y se convirtió en el primer fabricante mundial de relojes casi de la noche a la mañana. Cincuenta mil de los setenta y siete mil fabricantes suizos de relojes tuvieron que abandonar su negocio por negarse a usar esta nueva tecnología. Tuvieron que pasar varios años para volver a ocupar el primer puesto en el mercado con la creación de los relojes Swatch.
Aprende a ser flexible; así conseguirás maniobrar con más facilidad las curvas del sendero de la vida.




























Sexta regla

«ALLÍ» NO ES MEJOR QUE «AQUÍ»

Cuando tu «allí» se ha convertido en un «aquí»,
lo único que consigues es un «allí»
que te parece mejor que tu «aquí» actual.


Muchas personas creen que serán felices cuando alcancen el objetivo concreto que se han propuesto. Para algunas, esa meta puede ser amasar una fortuna de un millón de dólares; para otras, perder esos enojosos cinco kilos de más o hallar su alma gemela. También se puede anhelar un trabajo mejor, conducir un coche bonito o soñar con la profesión deseada. Sea lo que sea, tú puedes estar convencido de que, una vez hayas llegado a ese «allí», a esa meta deseada, hallarás finalmente la paz con la que siempre has soñado; te sentirás completamente satisfecho, feliz.
Sin embargo, sucede muy a menudo que, una vez has llegado «allí», sigues sintiéndote insatisfecho y lo que haces es trasladar tu visión del «allí» hacia otro punto del futuro. Intentando alcanzar un «allí» tras otro, nunca llegarás a apreciar de verdad el «aquí». Piensa en todas aquellas situaciones anteriores en las que te has dicho: «Seré feliz cuando…», luego hazte la siguiente pregunta: «¿Fui realmente más feliz cuando llegué de hecho “allí”?». Quizás en un primer momento, pero enseguida surge de nuevo el mismo deseo imperioso que te impulsa a lanzarte hacia una nueva búsqueda.
Inmerso en esa espiral de deseos que cada vez te conducen más lejos, nunca te permites estar en el presente; acabas viviendo tu vida en función de ese punto que está allá a lo lejos, en el futuro. Sólo dispones de un momento: el aquí y ahora. Si suprimes el «aquí» con tu deseo de llegar «allí», te niegas a aceptar un abanico de sentimientos y sensaciones que sólo pueden ser vividas en el presente inmediato.
El reto de la sexta regla es vivir en el presente. Los maestros espirituales han batallado, desde que el mundo es mundo, con la cuestión eterna de cómo vivir en el presente, ya que estamos asediados constantemente por visiones de gloria, belleza, fama o fortuna, y se nos bombardea a todas horas con imágenes inalcanzables sobre cómo debemos ser.
Es importante reconocer que ser humano significa asumir el instinto ancestral de mirar más allá. Por una parte, tu vida se ve realzada por tus sueños y tus aspiraciones; éstos son los que te empujan hacia delante, los que mantienen viva tu pasión y, no es necesario decirlo, los que han permitido la evolución de la sociedad. Por otra parte, sin embargo, esos instintos pueden alejarte paulatinamente del disfrute de tu vida presente. En los estudios, en el trabajo, así como en la vida privada, establecer objetivos es una habilidad indispensable. No hay nada malo en querer mejorar tu situación. Tu meta consiste en centrarte en el presente, en lo que tienes actualmente, y pensar simultáneamente en los objetivos futuros.
El secreto consiste en saber compaginar las vivencias del presente con tus ansiados sueños y aspiraciones futuras. Si aprendes la lección de la gratitud, el desapego, la abundancia y la paz, podrás superar con creces el desafío de vivir en el presente.


Gratitud

Cuando dejas de comparar lo que está
delante de ti con lo que desearías
que estuviera, podrás empezar a disfrutar
de lo que tienes.

Cheri Huber

Ser agradecido significa apreciar y sentirte satisfecho con lo que tienes ahora mismo. La gratitud llena tu corazón de dicha al haber sido bendecido con muchos dones, y te permite apreciar plenamente todo lo que surge en tu camino. En la medida en que te esfuerces por centrarte en el presente, podrás experimentar la auténtica maravilla del «aquí»
Mi amigo Martin siempre solía quejarse de la ciudad de Los Angeles, donde ha estado viviendo durante tres años mientras cursaba el doctorado. No paraba de quejarse de la contaminación, el tráfico y de lo carísimo que resulta vivir en ella. Martin estaba convencido de que la vida sería de color de rosa en cuanto pudiera trasladarse a otra ciudad.
A las pocas semanas de acabar sus estudios y doctorarse, Martin hizo el equipaje y se instaló en Boulder. A los pocos meses de haber llegado allí, comenzó a quejarse del frío, del ritmo de vida lento y de lo dificilísimo que le resultaba encontrar una casa que se adecuara a sus necesidades. De repente, se arrepintió de no haber apreciado como debía el clima templado y los días soleados de Los Angeles. Además, añoraba la excitante vida que había llevado allí. Cuando hablé con Martin por última vez, le sugerí sutilmente que quizá tenía la oportunidad de aprender la lección de la gratitud, si era capaz de apreciar el esplendor de su nueva ciudad en vez de centrarse en un nuevo «allí».
La gratitud es una lección que necesita ser recordada a menudo. Es muy fácil desdeñar los bienes que tienes cuando te centras en aquellos que deseas obtener, entonces sueles menospreciar el valor del presente.
Hay muchas maneras de cultivar la gratitud. He aquí algunas sugerencias:
• Imagina cómo sería tu vida si tuvieses que abandonar todo lo que tienes. Como le pasaba a George Bailey en la película, ¡Qué bello es vivir!, también a ti te serviría para valorarlo.
• Haz una lista cada día de todo aquello que te satisface para que, diariamente, puedas tomar conciencia de tu suerte. Y hazlo, además, cuando te sientas desgraciado. O dedica unos pocos minutos cada día antes de dormirte a dar las gracias por lo que tienes.
• Dedica una parte de tu tiempo a ayudar a aquellos que son menos afortunados que tú para que tu perspectiva del mundo sea más amplia.
• Busca la parte positiva que se esconde en el reto de cada incidente.

El modo de manifestar tu gratitud es irrelevante. Lo que realmente importa es que logres crear un espacio en tu conciencia para apreciar todo lo que tienes ahora y así gozar de tu presente.



Desapego

Quizá la lección más difícil de aprender,
la más dura, sea no sentirse apegado
a las consecuencias de
tus actos.

Joan Borysenko

El desapego consiste en liberarse de la expectación por un resultado específico. Para la mayoría de las personas ésta es una de las lecciones más difíciles de aprender. Nos aferramos fácilmente a nuestra visión de lo que funciona, y pretendemos que las circunstancias se acomoden a nuestros deseos. La vida, sin embargo, tiene a menudo su propio curso, y estamos condenados al sufrimiento si no abandonamos ese empeño de que las cosas salgan exactamente como esperamos. Aprendemos el desapego cuando somos capaces de liberarnos de nuestra creencia en que el «allí» es mejor que el «aquí».
El desapego es una de las piedras angulares del budismo. Durante siglos, los budistas han mantenido que una de las principales causas de la infelicidad es el deseo. Estos deseos crean los lazos que nos oprimen. Nos apegamos a las personas, al dinero, a un nuevo coche o al puesto de vicepresidente de una compañía. En el fondo, esas ataduras son efímeras, gastamos muchísimo tiempo y energía en ir tras ellas, y nos apartan de las cosas verdaderamente importantes de la vida. El deseo conduce a la insatisfacción y al sufrimiento. El camino hacia la felicidad consiste en eliminar el deseo suprimiendo las ataduras.
El desapego no significa mostrar desinterés o alejamiento, sino permanecer neutral a la hora de juzgar las circunstancias frente a tus deseos de lograr un objetivo concreto. Dicho de otra forma, si tu objetivo es amasar una fortuna, es lógico y natural que persigas ese fin. La clave para alcanzar la serenidad, sin embargo, estriba en contemplar desapasionadamente tu propia imagen ante ese objetivo deseado. De este modo te sentirás tranquilo independientemente del resultado final. El desapego significa no vivir ligado a tus expectativas futuras, ni al deseo de que se cumplan.
Para aprender a romper las ataduras, deberás seguir los siguientes pasos:

1. Toma conciencia de lo que quieres y del resultado que deseas obtener.
2. Imagina el resultado ideal de tu proyecto y también el peor. Al hacerlo descubres lo temores ocultos y consigues aceptar la resolución, sea cual sea.
3. Declara abierta y claramente tu deseo, por escrito o diciéndolo en voz alta.
4. Crea en tu mente la imagen de ti sosteniendo tu deseo nuevamente en la palma de tu mano, manteniendo los dedos bien estirados.
5. Libera mentalmente tu deseo en el universo y confía en que cualquier resultado que obtengas será el correcto. Puedes imaginar que metes tu deseo en un globo de helio y lo dejas que surque el aire a su capricho. De ese modo puedes imaginarte libre de tus ataduras.

Si deseas la prosperidad económica, tu primer paso consistirá en percatarte de ese anhelo y reconocer las ataduras que conlleva dicha prosperidad. Quizá has soñado con una vida más fácil, llena de lujos, de horas de ocio, y crees que la prosperidad económica te permitirá conseguirlo. Es indispensable que percibas con toda claridad el resultado que crees que obtendrás si tus deseos se hacen realidad.
Imagina lo peor. ¿Qué ocurriría si no consiguieras esa prosperidad económica? Piensa en esa posibilidad, aunque te parezca rebuscada o irracional. Si lo haces así, tus temores perderán el poder que tienen sobre ti.
El paso siguiente es declarar abiertamente tu intención de lograr la prosperidad económica, y has de pensarlo, verbalizarlo o incluso escribirlo. Sé claro y concreto acerca de lo que deseas.
En tercer lugar, proyecta mentalmente la imagen de ti mismo sosteniendo la prosperidad económica sobre la palma de tu mano con los dedos bien estirados
Mete tu deseo en un globo de helio y déjalo flotar a la deriva. Permanece anclado en la idea de que el resultado que obtengas será, en el fondo, el mejor.
Si tu deseo es casarte, deberás seguir los siguientes pasos:

1. Reconocer tu deseo de hallar pareja para casarte.
2. Identifica qué te impulsa hacia la idea de casarte. Quizá creas que te sentirás seguro o bendecido. Tal vez pienses que tu vida empezará de verdad, o que encontrarás el amor con el que siempre has soñado.
3. Ahora imagina la peor situación: tus deseos no se hacen realidad. ¿Qué te ocurrirá si no encuentras esa alma gemela y nunca te casas? Piensa en esa posibilidad hasta sus últimas consecuencias, aunque eso suponga imaginarte solo para siempre. Toma conciencia de tus temores y así serán más livianos.
4. Afirma, imagina o escribe el deseo de encontrar tu alma gemela y casarte. Házselo saber al mundo clara y directamente.
5. Continúa con tu propósito y represéntate mentalmente a ti mismo casándote. Imagínate a ti mismo balanceando esa imagen en la palma de tu mano abierta.
6. Sé consciente de todas tus ataduras liberándote de ellas. Has de saber que el universo te proveerá de cualquier cosa que necesites para lograr tu madurez personal, y de este modo alcanzar tus deseos.

Reflexiona sobre los motivos que subyacen en tus ataduras. Quizás abrigues la idea de casarte o la de acumular riquezas porque crees que eso te proporcionará seguridad. La verdad es que ni ser rico ni estar casado garantizan una vida segura o libre de preocupaciones. De hecho, incluso pueden ser menos «seguras». La sensación de seguridad procede de nuestro interior, no del apego a las personas, los bienes materiales o las ideas.
Es importante reconocer que tu deseo puede mostrarse de un modo distinto al que habías imaginado. Por ejemplo, si tu deseo es la prosperidad, tal vez no la consigas mediante un décimo de lotería, sino a través de una excelente oferta laboral. Si tu deseo es encontrar un alma gemela, tal vez descubras una maravillosa amistad que satisfaga tus deseos, en lugar de un cónyuge. Mantén los ojos bien abiertos a los dones de la vida, porque a veces se presentan con envoltorios inesperados.





Abundancia

La persona más rica es aquella
que se contenta con lo que tiene.

Robert C. Savage


Uno de los temores humanos más comunes es el miedo a la escasez. Muchas personas tienen miedo de no poseer todo aquello que quieren o necesitan, y por eso se afanan por llegar a ese punto en el que creen que ya tienen bastante. Se vuelven locos creyendo que un día lo tendrán todo «bien organizado»: dispondrán del dinero que necesiten, de todas las posesiones que deseen, de todo el amor por el que suspiran y de todo el éxito por el que luchan. Pero ¿se puede decir de algo que es suficiente? ¿Realmente ha llegado alguien alguna vez «allí»?
La abundancia significa que todo es posible, que hay de sobra de todo y para todos, aquí y ahora. En la medida en que cambies tu perspectiva desde el futuro al presente, tomarás conciencia de las riquezas y los dones que ya posees; así aprenderás la lección de la abundancia.
Alan y Linda siempre soñaron con llevar una «buena vida». Ambos eran hijos de humildes trabajadores, se casaron muy jóvenes y se propusieron el objetivo de llegar a ser ricos. Trabajaron duramente durante muchos años, amasando una pequeña fortuna, por lo que consiguieron cambiar su pequeño apartamento de dos habitaciones por un piso de siete en el barrio más selecto de su localidad. Concentraron sus energías en acumular todo aquello que fuera una señal de abundancia: pertenecer al más selecto club de campo, tener coches lujosos, vestir ropa de diseño exclusivo y tener amigos de clase alta. No importaba la riqueza acumulada, ya que siempre les parecía insuficiente. Ninguno de los dos había conseguido liberarse del profundo miedo a la escasez que albergaban desde la infancia. Necesitaban, obviamente, aprender la lección de la abundancia.
En 1987 hubo un crack en la bolsa. Alan y Linda perdieron una suma considerable. Una extraña demanda judicial se llevó otra buena parte de sus ahorros. Una cosa llevaba a la otra y pronto cayeron en picado. Fue necesario vender las pertenencias para pagar las facturas. En consecuencia acabaron perdiendo los coches, la casa y dejaron de ser miembros del club.
Les llevó varios años reponerse de lo ocurrido, y aunque no llevan una vida lujosa, han conservado lo suficiente como para sentirse satisfechos. Sólo ahora, cuando ellos constatan lo que les ha quedado - un matrimonio sólido y lleno de amor, una buena salud, una renta decorosa y buenas amistades -, se dan cuenta de que la verdadera abundancia no procede de la acumulación, sino de la valoración de lo que se tiene.
La conciencia de la escasez es el resultado de lo que yo llamo el «síndrome del agujero en el alma». Y se produce cuando intentamos llenar los huecos de nuestra vida interior con elementos del mundo exterior. Pero al igual que sucede con la piezas de un rompecabezas, no puede encajar algo donde por naturaleza no le corresponde. Los objetos externos, el afecto, el amor o la atención no pueden llenar nunca un vacío interior. Este vacío sólo se colma mirando hacia dentro. Tú dispones de lo necesario, descubre en tu interior la abundancia y no necesitarás buscarla fuera.

Paz

No hay nada que hacer sino ser.

Stephen Levine


Vivir en el presente te permite disfrutar de lo más codiciado: la paz. Relajarte viviendo el momento presente te depara un estado psíquico y físico de calma, quietud y tranquilidad que nos libera de esa inquietud que conlleva el aquí-pero-me-gustaría-estar-allí. Si vives el momento, centrándote en lo que estás haciendo, no te quedará tiempo para examinar esa distancia que hay entre tus expectativas y la realidad tal y como es, entre donde estás y dónde crees que deberías estar. Si vives el presente no te quedará tiempo para analizarlo y hallarle defectos.
Una de mis películas favoritas es Bienvenido Mr. Chance; en ella Peter Sellers representa a un entrañable y sencillo campesino, Chauncey Gardner. Chauncey vive en el momento presente, incapaz de ver más allá de lo que está delante de sus ojos. Cuando por unas enrevesadas circunstancias Chauncey deja de trabajar en su querido jardín para convertirse en consejero de presidentes y grandes magnates de negocios, lo único que hace es ofrecer la sabiduría que ha descubierto siendo un modesto jardinero. Lo que sucede es que el resto del mundo interpreta sus sencillas afirmaciones como sabias analogías y acaba siendo ensalzado como uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo.
Chauncey vive tranquilo en su sencillez. La vida es simple para él, las referencias pasadas y futuras no tiene sentido, ya que sólo le interesa el presente.
Muchos de nosotros atravesamos la vida encaminándonos a un destino concreto. Si le preguntaras a diez conductores, que se desplazan diariamente al trabajo, qué están haciendo, nueve de ellos te responderían: «Voy al trabajo». El décimo - el único que responde con acierto te dirá: «Conduzco mi coche» - ; éste es el único que ha aprendido la lección de la paz del momento presente. Lo más probable es que el no llegue al trabajo más tarde que los nueve restantes, que se pasan el día pensando en el lugar al que se dirigen, en lugar de centrarse en el que están. Tal vez el que conduce el coche incluso disfrute del viaje.
No estoy sugiriendo, por supuesto, que debas flotar a través de la vida, completamente desligado del pasado y ciego ante el futuro. Pero lo que si debes hacer es una pausa de vez en cuando para sentirte plenamente arraigado en el presente y hallar la paz que emana de esa vivencia.











Séptima regla

LOS DEMÁS SON EL ESPEJO
DE TI MISMO

No puedes amar u odiar algo en otra persona
que no sea reflejo de algo que amas u odias
en ti mismo.


Cuando conoces a alguien, enseguida te formas una primera impresión de esa persona. En cinco minutos, sabes lo que te gusta y te disgusta de ella. Esa sensación se basa en detalles captados por los sentidos, tales como el color de los ojos, el olor de su colonia o una experiencia pasada que asocias con esa persona.
Tus reacciones hacia los demás son, sin embargo, un barómetro de la percepción que tienes de ti mismo. Tus reacciones frente a los demás dicen más de ti que de los otros. La verdad es que no puedes amar u odiar algo en otra persona si no refleja algo que amas u odias en ti mismo. Normalmente nos sentimos atraídos por aquellas personas afines y nos desagradan aquellas cosas que muestran ciertos aspectos negativos de nosotros mismos. Contemplamos a los demás a través de las coordenadas de nuestras experiencias pasadas, de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos. Por lo general solemos convencernos de que las percepciones que tenemos de los demás son objetivas y no guardan relación alguna con nuestros propios problemas.
Sin embargo, intenta enfocar tu vida como si los demás reflejaran información relevante de ti mismo. Si aceptas esa premisa, cada encuentro se ofrecerá una oportunidad de conocerte a ti mismo y de aprender. Admite por un momento que las cualidades que admiras en los demás - su fuerza, su habilidad y sus atributos positivos - son realmente características que tú posees. Esas cualidades pueden iluminar tus propios sentimientos de valía.
Por el contrario, si juzgas negativamente ciertas cualidades de los demás, tómalas como algo que no aceptas de ti mismo. Imagina que siempre que estás enfadado, ofendido o irritado con alguien tienes la oportunidad de cicatrizar viejas heridas. Quizás al contemplar la vulnerabilidad de los demás, tengas la oportunidad de extender hacia ellos el abrazo cariñoso de la compasión; o tal vez sea el momento idóneo para superar la severa crítica inconsciente que habías albergado contra ti mismo.
Cuando enfoques tu vida de esta manera, reflexionando sobre a quién admiras o detestas, contemplándoles como un espejo, podrás descubrir lo que rechazas o aceptas de ti mismo.
El desafío de la séptima regla consiste en cambiar radicalmente tu perspectiva: pasar del juicio externo respecto a los otros a una eterna exploración del interior de uno mismo. Tu trabajo consiste en avaluar todas estas críticas para conseguir verlas como las claves de tu madurez personal.
Las lecciones que ofrece la séptima regla incluyen la tolerancia, la claridad, la curación y el apoyo. A medida que aprendemos estas lecciones, damos un paso decisivo para centrar nuestra perspectiva en nosotros mismos en lugar de en los otros.



Tolerancia

Todo lo que nos irrita de los demás
puede conducirnos a la comprensión
de nosotros mismos.

Carl Jung


En la primera regla aprendiste la lección que consistía en aprender a aceptarnos a nosotros mismos sin reservas. La tolerancia es la proyección exterior de esa aceptación. Se manifiesta cuando aprendes a tolerar a los demás íntegramente y les dejas ser y expresarse tal como son. Necesitas aprender tolerancia para convivir pacíficamente con los demás. De este modo podrás hacer tuyo el viejo proverbio: «Vive y deja vivir».
Cuando tenía dieciséis años, me recuerdo paseando por la calle Cincuenta y siete de Nueva York; de repente escuché una voz interior que me hablaba. Al principio me pareció un comentario de alguien que pasaba por mi lado. La voz emitía juicios incesantemente y la mayoría no eran precisamente agradables. Me percaté de que podía - y de hecho lo hacía - hallarle defectos a cada persona con la que me cruzaba. Después pensé: «¿No es curioso? Debo ser la única persona perfecta del universo, ya que todos los demás tienen algún defecto.».
En cuanto fui consciente de la estupidez que acababa de decir, caí en la cuenta de que quizá mis críticas hacia todas esas personas de la calle eran reflejos de mí misma como algo que se oponía a una realidad objetiva. Comencé a comprender que lo que veía en cada una de esas personas decía más de mí misma que de ellas. También me di cuenta de que quizá juzgaba tan duramente a los demás para sentirme bien conmigo misma. Viéndolas demasiado gordas, bajas o desarregladas, me veía yo delgada, alta y elegante. Mi intolerancia inconsciente me hacía sentirme superior a ellas.
Había algo en mí que sabía que criticar a los demás es un modo de encubrir sentimientos de insuficiencia y de inseguridad. Decidí examinar cuidadosamente cada crítica que había oído en mi interior y pensar en ellas como un espejo que me permitía observar zonas ocultas de mí misma. Descubrí que había pocas personas a las que viera como «aceptables», y sin embargo, la mayoría de ellas eran muy parecidas a mí. Como rara vez accedía a relacionarme con alguien que no fuera exactamente como yo, me había encerrado en una caja que me aislaba de los que me rodeaban. Desde aquel día cada crítica me sirve para aprender más acerca de mí misma.
Aquel cambio me permitió dejar de criticar al mundo; tomar conciencia de mi intolerancia me llevó a reflexionar detenidamente sobre mis propios defectos y en consecuencia a no sentirme superior a los demás.
Hace poco tuve una comida de negocios con un hombre de modales rudos. Mi primera reacción fue considerarlo una persona ofensiva y su comportamiento en la mesa me pareció repulsivo. Cuando me percaté de que lo estaba juzgando, dejé de hacerlo y me pregunté qué me estaba ocurriendo. Descubrí, entonces, que me sentía violenta al pensar en la posibilidad de que me vieran en compañía de alguien que masticaba con la boca abierta y que se sonaba con la servilleta. Me asombraba mi preocupación desmedida por lo que pensaran el resto de los clientes del restaurante. Había cambiado el enfoque de la situación: en vez de culparlo a él, me sentía responsable de mi propia vergüenza. Este hecho me permitió ver aquella situación como un espejo en el que contemplaba mi inseguridad por ser vista en compañía de un hombre imperfecto, y por cómo esa imperfección se reflejaba en mí.
El objetivo último de tal cambio de perspectiva y del aprendizaje de la tolerancia consiste en llegar al momento en que se pueda decir: «¿Y qué, si esta persona es…?», y a parir de ahí recobrar nuestro propio poder. Si yo hubiera permitido que mi compañero de mesa me hubiera seguido pareciendo repulsivo, habría depositado en él todo mi poder, hubiera permitido que su comportamiento dictara mis sentimientos. Al reconocer que mi crítica tenía mucho más que ver en realidad conmigo que con él, neutralicé el efecto que me produjeron sus modales y recobré mi propio poder.
Siempre que te muestras intolerante con alguien, pregúntate: ¿Qué sentimiento inconsciente hay detrás de esta crítica? Puede ser la incomodidad, la vergüenza, la inseguridad, la ansiedad o algún otro sentimiento o carencia que esa persona te evoca. Concéntrate en vivir ese sentimiento para que desaparezca tu intolerancia y puedas aceptar tanto tus propias emociones como las acciones o la conducta de la persona a la que juzgas.
Recuerda que tus juicios sobre los demás no te servirán como un escudo protector para evitar comportarte como ellos. Por el hecho de que mi compañero de mesa tuviera una actitud que me parecía ofensiva, no me libraba yo de actuar en alguna ocasión como él; de igual modo que la tolerancia hacia su conducta no implicaba que yo empezara a masticar con la boca abierta. Por rígidas y severas que puedan ser las críticas y la intolerancia, nunca te protegen de nada, excepto del amor.


Claridad

De vez en cuando consigues ver la luz
en los lugares más extraños,
si eres capaz de mirar adecuadamente.

Jerry García

La claridad consiste en ver con precisión aquellos momentos de deslumbrante intuición en que eres capaz de cambiar tu perspectiva y ver una situación bajo una nueva luz. Me gusta hablar de la claridad como el resultado de aplicar un limpiacristales a tu alma. A medida que comienzas a ver a los demás como espejos de ti mismo, es como si entraras en una nueva realidad en la que percibes la vida con una claridad sorprendente. Aprendes esta lección justo en el momento en el que cambias de perspectiva.
Yo alcancé un momento de claridad aquel día en que, a mis dieciséis años, oí de repente una voz interior que me hablaba incesantemente. También conocí a una mujer llamada Elaine
que aprendió la lección de la claridad en el momento en que se dio cuenta de que toda la agresividad dirigida contra su marido, un hombre muy desordenado, la estaba enfocando en realidad contra ella misma por poseer el mismo defecto. Una amiga mía descubrió la claridad cuando reconoció que su nueva manera de juzgar a los hombres no era sino la proyección exterior de sus propios miedos. Puedes aprender la lección de la claridad en cualquier momento de tu vida, tan pronto como abras tu mirada interior a lo que dicen de ti tus críticas de los otros.
La mejor manera de aprender la claridad estriba en percatarse de aquellos momentos en los que no la experimentas; esos momentos de niebla y confusión pueden ser las claves para practicar esta lección. Cuando criticas a los demás, no los estás viendo como espejos, y de ahí que se queden envueltos en la niebla. Cuando te fijas en el comportamiento de otra persona, estás dentro de la niebla. Es decir, siempre que estés disociado de lo que la situación te revela acerca de ti mismo y de tus percepciones y te centres en cambio en lo que te revela acerca de la otra persona, estarás perdido en la niebla.
En esos momentos, puede conseguirse la claridad simplemente cambiando la perspectiva del otro exterior al yo interior. Ésos son los momentos en que debes hacer una pausa y preguntarte qué sientes y a través de qué lente estás contemplando la circunstancia que estás viviendo. En el momento en que sostienes el espejo estás comenzando a acercarte a la claridad.


Curación

La curación es una cuestión de tiempo;
pero a veces es también una cuestión
de oportunidad.

Hipócrates

La curación consiste en la recuperación de un estado de integridad y bienestar. Aunque casi siempre se piensa en la curación en términos físicos, también resulta esencial en el ámbito espiritual y emocional. La curación es el proceso de toda una vida que conduce a desenterrar los asuntos que enturbian tu alma y a reparar los agujeros metafóricos que hay en tu corazón.
Todo el mundo, en un momento u otro de su vida, necesita aprender la lección de la curación. Incluso aquellos que parecen llevar una vida perfecta, serán incapaces de sortear esta lección. La existencia presenta demasiados obstáculos y pruebas como para poder navegar a través de ellos y salir completamente ileso. Afortunadamente, vivimos en una cultura que sintoniza con la importancia de la curación, por lo que tenemos una amplia gama de recursos disponibles. Da igual el método que escojas; lo importante es que cuides de ti mismo para alcanzar la plenitud.
El camino hacia la plenitud puede resultar fácil si utilizas tus experiencias exteriores como herramientas para sanar tus heridas internas. Cada experiencia negativa es una oportunidad para curarte. Un amigo me confesó una vez que padecía de impotencia. Se sentía profundamente avergonzado y hasta se odiaba por ello. Él sabía, a pesar de todo, que su impotencia era la consecuencia de un sentimiento de autodesprecio que le sobrevino a raíz de que su novia le dejara por otro hombre; sin embargo, se veía incapaz de reparar su autoestima.
Finalmente conoció a una mujer maravillosa, llamada Andrea, que le amó sin condiciones. Mi amigo no tardó mucho tiempo en dejar que esa aceptación incondicional de Andrea reflejara sus propiedades curativas sobre la deteriorada imagen que tenía de si mismo. Digamos que, poco a poco, la dejó actuar como espejo de su propia aceptación y, a través de su amor, aprendió a amarse a sí mismo de nuevo. Por suerte, su impotencia desapareció junto con los otros sentimientos negativos.
Es muy posible que las percepciones positivas que otras personas tiene de nosotros nos ayuden a curar cualquier daño que se haya producido en nuestra autoestima. Pero la curación a través del espejo puede producirse, también, de otro modo. Podemos aprender a cicatrizar viejas heridas cuando éstas afloran en el presente. Esto se puede hacer afrontando de una vez y para siempre los sentimientos que aparecen en ciertas situaciones difíciles . La gente que actúa como espejo en tu presente, puede proporcionarte la curación de las heridas del pasado.
Stephanie, una de mis clientes, quería dejar su trabajo en una editorial para continuar en el negocio como editora independiente. Sin embargo, ella había mantenido una relación laboral muy particular con su jefe y mentor durante casi siete años, y le costaba mucho abandonarlo. Él la trataba como a una niña, rara vez la dejaba tomar decisiones sin consultarle, y la controlaba muy de cerca. Siempre que Stephanie protestaba o intentaba afirmar su independencia, su jefe la hacía sentirse culpable diciéndole que había invertido mucho tiempo y dinero en ella y por tanto le debía a él su carrera profesional.
Cuando Stephanie vino a verme, se sentía frustrada, abatida e incapaz de liberarse de esa situación. Manifestaba un profundo desprecio hacia su jefe, pero al mismo tiempo se contradecía a sí misma señalando en él rasgos cariñosos y paternales. Vi claro que Stephanie tenía un problema con la figura paterna aún no resuelto y que esa experiencia era la oportunidad idónea para mirar hacia atrás y descubrir lo que necesitaba.
Cuando le pregunté a Stephanie si su situación le recordaba algo o a alguien, enseguida me contó una historia de cuando tenía veintiún años. En aquella ocasión se iba oficialmente de casa por primera vez para vivir con su novio. Su madre tomó aquella decisión como una traición personal e increpó duramente a su hija la noche de su partida. Sentada en medio del salón, rodeada del equipaje, Stephanie levantó la vista y vio a su madre avanzando amenazadora por el pasillo, la ropa flotante tras ella como la capa de una bruja. Cuando su madre llegó junto a ella, le dijo entre dientes: «Lo que estás haciendo es un egoísmo atroz. Puro y simple egoísmo. ¿Cómo te atreves a marcharte así?». Stephanie se quedó sobrecogida por el miedo y se escapó al amanecer.
Stephanie y yo estuvimos de acuerdo en que la situación con su jefe era el espejo de una vieja herida producida por la culpabilidad y el recuerdo de no haber estado a la altura de las circunstancias. Ambas supimos que se le estaba presentando la oportunidad de cicatrizar aquella herida al irse esta vez de una manera correcta, digna y honorable. Después de muchos ensayos, Stephanie le dijo a su jefe con elocuencia, gracia y firmeza que lo abandonaba para poder seguir madurando profesionalmente. Así fue como curó la vieja herida que albergaba en su inconsciente.
¿Qué heridas abiertas necesitas curar?

Apoyo

Hay dos maneras de difundir la luz:
siendo la vela o el espejo que la refleja.

Edith Wharton

El apoyo consiste en sostener algo para que no se caiga. Apoyas a alguien cuando das un paso adelante para ayudarle en un momento crítico. Sin embargo, la gran ironía es que cuando apoyas a los demás, también estás de hecho apoyándote a ti mismo. Cuando retiras esa ayuda a los demás, también te la estás negando.
Cuando preparo a las personas para ser monitores de mis seminarios, lo primero que les enseño es a tomar conciencia de que el apoyo que prestan a los participantes en esos seminarios refleja sus propios problemas. Si un monitor tiene dificultades para ayudar a un participante agresivo, es una buena señal para reflexionar sobre su propia intolerancia o su inclinación a la agresividad. Si el monitor no puede ayudara alguien que está desarrollando su poder interior, esto significa que el monitor también rechaza su propio poder interior. No se trata de un adiestramiento como el del psicoanalista, en el que usan sus propias reacciones hacia los pacientes como espejos en los que éstos pueden observarse a sí mismos.
Nosotros somos requeridos la mayoría de las veces para ayudar a los otros a través de la amistad. Donna, una de mis monitoras, me contó hace poco una historia que ilustra claramente la magia del apoyo y su potencial como espejo emocional. Hace varios años, Donna se había sentido muy deprimida. Había roto con un novio tras dos años de relaciones y le resultaba difícil aceptar esa pérdida. Había permanecido en cama varios días a causa de una herida en la rodilla y ese tiempo de soledad no la había ayudado mucho. Su sufrimiento alimentaba su propia frustración, se sentía incapaz de «superarlo» y no podía evitar el llanto.
Una mañana, muy temprano, Donna recibió una noticia terrible: el hermano de su mejor amiga había muerto en un accidente de coche. Donna conocía a Mary Ann y a su hermano prácticamente desde siempre, y la noticia la dejó destrozada. Sin embargo, Donna se rehizo enseguida, subió al coche y fue a casa de su amiga para acompañarla en aquel doloroso trance.
Durante los días posteriores a la tragedia, en medio de la confusión de los asistentes al funeral, Donna estuvo siempre al lado de Mary Ann. La abrazó mientras lloraba, se sentó a su lado mientras las oleadas de desconsuelo la destrozaban y durmió junto a ella para asegurarse de que no se levantaba sola a medianoche. Durante aquel tiempo apenas se acordó de la rodilla ni de la depresión.
Varias semanas después, cuando la vida adquirió de nuevo el ritmo cotidiano, Donna se dio cuenta de que el apoyo que le había ofrecido a Mary Ann era mucho mayor del que se había brindado a sí misma durante su propia crisis. Así pues, fue capaz de utilizar ese apoyo hacia su amiga como un espejo del apoyo que se había estado negando a sí misma. Se dio cuenta de que sus propias lágrimas requerían tanta atención y cuidado como las de cualquier otra persona; si ella había sido capaz de ofrecérselos a otros, también había de ser capaz de prestárselos a sí misma.
Cuando descubras que eres incapaz de apoyar a alguien, mira hacia tu interior y observa si hay algo en ti mismo a lo que no des el apoyo suficiente. Cuando ofreces tu apoyo incondicional a otros, éste reflejará aquellos lugares de tu interior que requieren el mismo nivel de atención.





Octava regla

LO QUE HAGAS ES COSA TUYA

Tienes todas las herramientas y recursos que necesitas.
Lo que hagas con ellos depende de ti.


Cada persona crea su propia realidad. La autoría de la vida es uno de tus derechos absolutos. Sin embargo, la gente suele negar a menudo la capacidad de escribir el guión de la existencia que desean. A menudo usan la excusa de que no pueden conseguir lo que desean porque no tienen medios para hacerlo. Pasan por alto una verdad fundamental: no son nuestros recursos externos los que determinan nuestros éxitos o fracasos, sino la capacidad de creer en nosotros mismos y en nuestra determinación de construir una vida acorde con nuestras más altas aspiraciones.
Puedes apuntarte al juego de los reproches y de las disculpas recurriendo al clásico «No pude, porque…»; o bien puedes asumir la dirección de tu vida y moldearla a tu gusto. También puedes dejar que tus circunstancias - sea tu apariencia física, tu situación económica, tus orígenes familiares, etc. - dicten lo que te suceda; o, por el contrario, puedes ir más allá de las limitaciones que percibes y provocar que te sucedan cosas extraordinarias. Los «Sí, pero…» no consiguen resultados, lo único que hacen es reforzar la desilusión de la incapacidad. Lucha contra tus limitaciones y el universo te responderá con la misma moneda.
Joseph Campbell dijo una vez: «El mundo y tú podéis competir en pie de igualdad». Con eso quería decir que cuando reconoces plenamente tus desafíos, tus dones y tu realidad individual, y aceptas el camino vital que representan, el mundo te provee de todo lo necesario para triunfar. De este modo, descubrirás cuál debe ser tu contribución al mundo. Cuando reclamas la autoría de tu historia particular, la vida responde, y el genio se enciende.
En otras palabras, el desafío de la octava regla es crear y poseer tu propia realidad. Desde el mismo instante en que seas capaz de hacer esto, ya se ha producido una especie de despertar, ya que este hecho significa la muerte de tu vida inconsciente. Recuerdo con precisión la época en la que a mí me ocurrió. Fue después de haber recibido los tres mensajes acerca de lo que se suponía que yo debía hacer en la vida. Para mi sorpresa, en vez de sentirme aliviada o inspirada, me sentí muy deprimida. Después de llorar durante muchos días sin saber exactamente por qué, llegué a darme cuenta de que la fase de mi vida en la que yo flotaba sobre las turbias aguas del pantano del «no sé» - también conocida como «infancia» - a la realidad del mundo adulto. Sabía que cuando empezara a vivir de forma consciente, sería ya imposible volver a hundirme en el olvido. Derramé lágrimas por esa pérdida, ya que había atravesado un túnel que me llevaba a la madurez y había dejado atrás mi vida inconsciente. Aunque me sentía triste, estaba en condiciones de hacerme cargo de mi propio destino.
Cuando empiezas a vivir tu vida comprendiendo que lo que hagas con ella depende de ti, eres capaz de moldearla de acuerdo con tus elecciones y tus deseos. Con esta regla aprenderás lecciones como la responsabilidad, la liberación, el coraje, el poder y la aventura, que te llevarán a la vida deseada. Estas lecciones te proveen de las herramientas indispensables que necesitas para hacerte cargo de tu vida.


Responsabilidad

Tenemos que aceptar las consecuencias
de cada uno de nuestros actos,
opiniones y pensamientos a lo largo
de la vida.

Elisabeth Kübler-Ross


Asumir responsabilidad significa admitir y reconocer la influencia y el papel que desempeñas en las circunstancias en las que te ves envuelto. Significa que respondes de tu conducta y que aceptas completamente las consecuencias que se derivan de tus actos.
Sin embargo, la responsabilidad no es sinónimo de culpa, y comprender la diferencia entre ambas es crucial para aprender esta lección. La culpa se asocia con la falta, mientras que la responsabilidad indica autoría. La culpa implica sentimientos negativos; la responsabilidad aporta el consuelo de no tener que esquivar la verdad y libera al tiempo de la culpa. Ésta, como he apuntado, implica una falta; la responsabilidad implica posesión. La culpa paraliza; la responsabilidad te empuja hacia delante para conseguir bienes mayores.
La responsabilidad conlleva ciertas recompensas, pero es una lección que se ha de aprender con gran esfuerzo. Una vez tuve en uno de mis seminarios a una mujer llamada Mary cuya historia de responsabilidad personal siempre me ha servido de inspiración. Mary nació en Cuba y se trasladó a Miami con su familia cuando tenía dos años de edad. Vivían en unas condiciones miserables en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, donde el crimen y las drogas eran parte del paisaje cotidiano del barrio. Sin embargo, Mary tomó la determinación, ya desde la temprana edad de ocho años, de hacer algo con su vida que se apartara radicalmente de lo que esperaba que fuera: sirvienta doméstica o cajera de supermercado. Así pues, asistió a la escuela sin faltar ni un solo día; a veces hasta tenía que pasar por encima de los borrachos tirados en el portal al salir de su casa. Así pudo adquirir una educación y aspirar a una vida mucho mejor.
Finalmente, Mary abandonó Miami, consiguió una buena educación y desarrolló su habilidad natural para la música. Ella sabía que dependía de sí misma para dirigir su propio camino, al margen de las ayudas que pudieran ofrecerle. Ahora es una de las cantantes latinas de estudio más conocidas, y su voz puede oírse en un buen número de anuncios. Mary podía haberse abandonado al tipo de vida en que nació, o haber censurado a sus padres y a la sociedad por aquellas circunstancias. Ella podía haberse negado a asumir su responsabilidad justificando su situación - incluso sin que se le pudiera censurar por ello - y negarse a luchar por conseguir sus deseos y aspiraciones. Por el contrario, Mary asumió su propio compromiso y creó una vida de la que ahora puede estar muy orgullosa.
Como madre, he de enseñar a mi hija Jennifer pequeñas lecciones de responsabilidad cada día. Yo quiero que Jennifer crezca siendo un tipo de persona que haga lo que se proponga, que comprenda que hay privilegios y obligaciones y que debe asumirlos en cualquiera de las circunstancias en que se encuentre. Sé que dispongo de un breve margen temporal para transmitirle la importancia del cumplimiento de sus obligaciones, antes de que ella se lance a vivir su propia vida.
La responsabilidad es la principal lección del individuo adulto. Si aún no la has aprendido, nunca es demasiado tarde. Recuerda que la vida te proporcionará muchísimas oportunidades para que la consigas.


Liberación

Aprende a abandonar.
Ésa es la clave de la felicidad.

Buda

La liberación no es más que el acto de abandonar. En cada situación puedes optar por asumir la responsabilidad e intentar que sucedan determinadas cosas, o puedes retirarte. Ninguna opción es mejor o peor.
Cada situación es distinta, y sólo tú sabrás lo que te conviene hacer en cada caso. En ocasiones necesitarás asumir la responsabilidad de la progresión de una relación, y otras veces en que necesitarás luchar contra tu jefe para defender tus convicciones, y otras en que deberás liberarte de la situación y guardar tus energías para batallas más importantes. Aprenderás la lección de la liberación cuando empieces a elegirla como un acto consciente en vez de considerarla un medio pasivo de eludir la responsabilidad.
Habrá ocasiones en tu vida en las que tendrás que desprenderte de ciertas creencias propias que te impiden crear tu propia realidad. Una mujer llamada Nancy, que asistía a uno de mis seminarios, sufría una privación de autoestima que estaba limitando su capacidad para construir la vida a la que aspiraba. Nunca sintió que mereciera lo mejor, y el resultado fue que ella se había acomodado al «no está mal». Nancy siguió el rastro de ese sentimiento hasta su infancia, en Brasil, y descubrió que su hermana mayor siempre la había tratado como a un ser inferior. La madre de Nancy siempre hablaba de ella como de «la segunda hija»; Nancy llegó al convencimiento de que ella siempre sería la segunda opción. Todo su vestuario, todos sus juguetes habían pertenecido antes a su hermana. Nancy necesitaba liberarse de esa vivencia para ser capaz, ya siendo una adulta, de plantear reivindicaciones apropiadas y merecidas.
Otra emoción que a menudo se esconde en la mente de la gente es la ira; ésta se transforma en un reproche hacia sus padres por el modo en que los han educado, o hacia sus esposas por llevarles la contraria, o hacia el destino por ser tan injusto con ellos. Esa ira puede ser segregada por su inconsciente y bloquear el flujo de su poder natural para crear sus propias vidas. Se centran tan intensamente en sus sentimientos negativos que se niegan a aceptar el poder del perdón y de la liberación.
A veces los recuerdos negativos pueden acaparar tu mente, y ocupar todo el espacio que se necesita para imaginar y crear una vida basada en lo que tú deseas. Es desagradable que haya adversidades y desventuras, pero aferrarse a los residuos psíquicos que éstas han dejado puede ser más dañino aún que la contrariedad del momento presente. La gente es capaz de vencer y superar incluso las experiencias más atroces, siempre que deseen hacerlo. El corazón humano es notablemente resistente, y necesitarás confiar en el tuyo para poder liberarte de los recuerdos que te mantienen estancado.
En otras ocasiones necesitarás apartarte de ciertas situaciones, como una relación destructiva o un trabajo degradante, de modo que puedas crear una realidad mejor. Recuerdo que hace unos pocos años aconsejé a una pareja que estaba atrapada en la red de una relación destructiva. Eric y Sarah estaban prácticamente torturándose el uno al otro con sus críticas feroces, su ira y sus conductas desconsideradas. Cuando les pregunté por qué seguían juntos, si eran tan infelices, ninguno de los dos pudo darme una respuesta lógica. A medida que hablábamos de su relación, tanto Eric como Sarah comenzaron a ver que, al aferrarse a una situación obviamente imposible, ambos estaban impidiendo que sus respectivas vidas pudieran progresar. Admitieron también el miedo que les producía tener que crear una nueva realidad para cada uno. El hecho de asumir lo anterior les proporcionó suficiente capacidad de visión como para ver la necesidad de abandonar esa unión, y acto seguido, hacerlo.
Independientemente de cuál sea la emoción o la creencia que aún subsiste en tu inconsciente y que te impide crear tu propia realidad, puedes aprender a liberarte de ello recordando dos lecciones que ya has aprendido: la concienciación y la determinación. Cuando sepas lo que hay en tu vida y te propongas liberarte de ello, le habrás hecho la señal al universo de que estás preparado para llevar las riendas de tu vida.


Coraje

El coraje es el precio que exige la vida
para garantizar la paz.

Amelia Earhart


El coraje consiste en descubrir la fuerza interior y el valor que se requieren siempre que uno ha de enfrentarse al peligro, a la dificultad o a cualquier oposición. El coraje es la energía que subyace en todas las grandes acciones y la chispa que enciende los primeros pasos del bebé hacia su crecimiento. Reside en las profundidades de cada uno de nosotros, listo para entrar en el juego en esos momentos en que necesitas progresar rápidamente o abrirte paso frente a lo que parecen barreras infranqueables. Es la fuerza intangible que te empuja hacia delante en tu viaje.
Se necesita valor para aceptar la idea de que lo que haces con tu vida depende de ti, y también para obrar conforme a tu coraje cavando muy hondo dentro de ti y accionando cualquier conexión espiritual que te sostenga. ¿Qué te mueve a actuar? Para algunos es la creencia en un poder superior, para otros puede ser la meditación o una música inspiradora, y para algunos otros quizá la gran literatura o pasajes de obras espirituales. Independientemente de cuál sea tu conexión con la fuente divina, cultívala, pues tendrás que recurrir a ella en esos momentos en los que el coraje sea necesario.
Hay veces, por supuesto, en que tal vez seas incapaz de localizar esa reserva de valentía almacenada en tu interior. En esos casos es cuando necesitas buscar en apoyo de los seres queridos que te rodean. Tú puedes tomar prestado de estas personas, que creen ciegamente en ti, el ánimo que necesitas para superar los momentos de amnesia temporal en los que te has olvidado de tus propias habilidades y de tu tenacidad.
El coraje se aprende en el momento que, impulsado por la fe, entras en acción. Recuerdo cuando aprendí a bucear siendo una niña. Durante semanas estuve sentada en el borde del trampolín de la piscina municipal intentando hacer acopio del coraje necesario para hundir la cabeza en el agua. Mi padre estuvo al lado de la escalera durante tres sábados dándome ánimos para hacerlo. Él me enseñaba una y otra vez cómo tenía que hacerlo, pero yo aún tenía miedo. Era un temor sin sentido, porque yo sabía que no me haría daño y además tampoco me importaba mucho si lo hacía mal. Supongo que simplemente tenía ese miedo que sobrecoge a menudo a los humanos cuando están a punto de sumergirse, ya sea en sentido metafórico o literal, en lo desconocido.
Finalmente llegó el día en que me di cuenta de que podía mentalizarme a mi gusto y recibir el apoyo incondicional de mi padre, pero que en última instancia era yo quien tenía que decidirme y lanzarme al agua. Subí la escalera una vez más, permanecí de pie en ese borde del trampolín que ya me era tan familiar, recé una pequeña oración y me tiré. No fue una inmersión perfecta, pero era indiscutiblemente una inmersión. No sonaron trompetas celestiales anunciando la gloria de mi logro, pero en aquel momento aprendí la valiosa lección del coraje, que ha permanecido en mí desde entonces.
¿Cuáles son los miedos de tu camino? Sácalos a la luz para que pierdan su poder sobre ti. Lo único que hacen los temores, tanto los reales como los imaginario, es impedir tu desarrollo. Destiérralos para que puedas aprender la lección del coraje y crear una vida acorde con tus deseos.


Poder

No hay ninguna persona que no sea
capaz de hacer más de lo que ella cree
que puede hacer.

Henry Ford


El poder es la demostración de nuestra habilidad para manifestar lo real. Dentro de cada uno de nosotros hay un centro de poder, y aprendemos a recurrir a él cuando lo necesitamos para encaminar la vida de acuerdo con nuestro deseo. El poder es una manifestación natural del ser, es una fuerza a la que todos tenemos derecho y a la que podemos acceder libremente.
No es preciso que busques tu poder interior, pues está, de hecho, dentro de ti. Es algo que nace contigo, y es tan esencial para tu supervivencia como la habilidad para respirar. Tu poder es lo que te empuja hacia delante día tras día, lo que te sostiene en los momentos difíciles, lo que te proporciona la habilidad para hacer aquello hacia lo que te sientes inclinado. Está dentro de ti como una luz que brilla hacia el exterior, hacia el mundo, cuando se necesita.
En 1983 inicié un proyecto no lucrativo que consistía en preparar a jóvenes entre dieciocho y veinticinco años para dirigir centros de acogida en el extranjero. Me involucré apasionadamente en él e intenté que funcionara. En aquel momento nuestro asesor era un distinguido y brusco abogado ya mayor llamado Marcus, quien, desde sus casi dos metros de altura, me intimidaba. Insistía en que nunca conseguiríamos los visados para que los extranjeros vivieran en Estados Unidos durante un año para aprender en un ámbito familiar. Incluso mientras estábamos en la sala de espera, aguardando nuestro turno para entrevistarnos con el Servicio de Inmigración y Naturalización, Marcus rechazaba mi apasionamiento y me decía que perdía el tiempo intentando solicitar los visados.
En aquel momento supe que tenía que recurrir a mi fuerza interior para tener éxito en mi misión. Respiré profundamente, me recordé a mí misma que podía triunfar en todo aquello que me propusiera y le paré los pies a ese imponente abogado. Le dije a Marcus que tenía una confianza absoluta en que conseguiríamos los visados y que esperaba que nos diera todo su apoyo para lograrlo. Cuando entramos en el despacho para mantener nuestra entrevista, para satisfacción mía y sorpresa de él, me mantuve firme y contesté a todas sus preguntas sin cometer ningún error. Yo creo que hasta Marcus se alegró secretamente cuando conseguí que la oficina diera su visto bueno a mis solicitudes.
Puede haber ocasiones, sin embargo, en las que tengas dificultad para ver esa luz dentro de ti. Quizás experimentes «fugas de poder» que te priven de tu habilidad para manifestar lo real. En esas ocasiones lo que necesitas es identificar qué es lo que te está produciendo esas fugas y arreglarlo cuanto antes.
Las fugas de poder se manifiestan de diversas maneras: como intimidación, desánimo, decepción, contratiempos, rechazo o pérdida, por poner algunos ejemplos. Se producen siempre que se daña tu entereza interior o tu valía personal se ve disminuida. El mejor modo de resolverlo es volver la vista al pasado, a tus primeros éxitos, para recordarte aquello de lo que eres capaz. Haz cosas que te permitan experimentar tu poder - incluso pequeñas cosas como colgar un cuadro o programar el vídeo - para ir taponando esas fugas de forma gradual y recobrar la confianza en ti mismo.
Puede que necesites taponar esas fugas de poder muchas veces a lo largo de tu vida; pero una vez que has abierto un camino fácil de acceso a la fuente interior de tu poder y vives desde dentro de ella, nunca pondrás en duda que lo que haces con tu vida es realmente algo que depende exclusivamente de ti.


Aventura

La vida es una aventura arriesgada
no es nada en absoluto.

Helen Keller

Tu vida tiene todo el potencial para convertirse en un viaje maravilloso, lleno de momentos excitantes y experiencias asombrosas. Puede ser un viaje emocionante si estás abierto a la exploración de todo lo que tienes disponible. La aventura es el resultado de tu deseo de vivir con un espíritu entusiasta.
La aventura es cualquier experiencia que te lleva más allá del umbral de la comodidad, es lo que hace que la sangre te corra más deprisa y que el corazón se te acelere con anticipación a medida que te desarrolles más allá de lo que percibías como tus limitaciones humanas. La aventura ensancha tu horizonte y te hace penetrar en mundos nuevos y excitantes. Cuando sientes la energía vital que se experimenta al elegir nuevas opciones y al correr riesgos, aprendes el valor de la aventura en tu vida.
Si lo que tú hagas en la vida depende sólo de ti, puedes optar por una existencia llena de milagrosas aventuras, o bien permanecer resguardado y seguro, sin experimentar nunca el vibrante arrebato de salir de tu mundo con osadía, abandonándote a la suerte. Una vida privada de aventura puede ser muy segura, pero lo cierto es que le falta textura y color. Si nunca te arriesgas hacia un más allá, nunca podrás desarrollarte y crecer.
El sentido del riesgo es innato en los niños. Todos nacemos con un sentido innato de lo maravilloso que nos empuja a explorar. La mayoría de los niños son curiosos y experimentadores por naturaleza, siempre dispuestos a intentar lo que sea. Y a ellos no les intimida el miedo a la desaprobación social o al fracaso. A medida que crecen, sin embargo, el mundo les impone sus miedos y limitaciones, y muy a menudo el sentido de la aventura acaba sepultado tras años de reproches del tipo: «¡No toques!» y «¡Compórtate!». El brillo de la aventura se va oscureciendo a medida que aprenden a volverse responsables y maduros.
Ese sentido infantil de lo maravilloso debe ser recuperado de nuevo para que puedas recordar la emoción del descubrimiento de nuevos mundos. Ese brillo suele manifestarse usualmente en forma de atrevidos impulsos que puedes rechazar por estúpidos o imprudentes, como el repentino deseo de probar el windsurfing o de viajar a Alaska. En la medida en que recobres esa ilusión y le concedes la atención que se merece, estás abriendo la puerta a maravillosas experiencias y a conexiones mágicas. Empiezas a dar pasos más grandes y más atrevidos hacia la realización de tus sueños.
Hubo un tiempo en mi vida en que no deseaba en modo alguno prestar atención a ese centelleo. Centré todas mis energías en ser responsable y disciplinada, olvidándome de la necesidad humana básica de explorar y desarrollarse. De hecho, mi vida empezó a parecer tan sosa que me vi obligada a deshacerme de la rigidez y a recuperar el perdido sentido de la aventura. Echaba de menos a aquella persona que estaba abierta a nuevas sensaciones y dispuesta a saltar sin red. Me prometí entonces que me esforzaría para ser consciente de ese destello interior, de modo que nunca lo echara de menos cuando tuviera una oportunidad de desarrollarme y crecer. Desde aquel momento, he sido bendecida con una vida maravillosa, llena de increíbles jornadas y experiencias que, de otro modo, podrían habérseme escapado si no me hubiera despertado a tiempo.
Durante mi último viaje a Nueva York, visité la iglesia Riverside, en el lado este de Manhattan. Era una clara y bella noche de diciembre, y de repente sentí el deseo de subir al tejado de la iglesia para ver la espléndida vista de la ciudad que desde allí podía contemplarse. Yo sabía, por mis experiencias anteriores, que ese impulso era la señal de que mi sentido de la aventura me dirigía hacia algo maravilloso. A pesar de un cierto miedo a las alturas, subí lo que me parecieron mil escalones hasta llegar al tejado.
Como había sospechado, la vista era magnífica. Las luces centelleantes brillaban a mis pies como un millón de estrellas, reflejadas en el río como piedras preciosas. Así que respiré el aire frío de la noche, experimenté uno de esos momentos de perfecta alegría. Sentí como un oleaje de gratitud por haber seguido mi instinto de aventura y haber obtenido a cambio aquella hermosa experiencia.
Recuerda todas las aventuras que has tenido a lo largo de tu vida. Aquellos momentos en los que te armaste de fe, diste un salto y traspasaste los límites de tu zona de seguridad son regalos valiosos, y pueden recordarte la alegría que te está reservada cuando te entregas a una vida plena y exuberante. Esos momentos pueden constituir un punto y aparte en tu historia personal e inspirarte para crear nuevas realidades cada vez que hayas de escoger.
Imagínate a los noventa años, echando una mirada retrospectiva de tu existencia. ¿Qué deseas ver? Cada vez que pienso en eso, recuerdo a una amiga de la universidad que siempre solía decir: «Sólo lamentas lo que no haces». No quiero mirar hacia atrás y ver una vida llena de reproches. Lo que quiero ver es una vida llena de momentos mágicos inspirados por la aventura, como la del tejado de aquella iglesia. ¿Podrías practicar más la aventura en tu vida? Si es así, sigue las palabras de Goethe: «Cualquier cosa que puedas hacer o soñar, comiénzala. El atrevimiento contiene en sí mismo genio, poder y magia».









































Novena regla

LAS RESPUESTAS ESTÁN
DENTRO DE TI

Todo lo que necesitas hacer es mirar,
escuchar y confiar.


Todas las respuestas que buscas están ya, de hecho, a tu alcance; lo único que has de hacer es mirar, escuchar y confiar en ti mismo. No hay ninguna fuente de sabiduría externa que pueda contestar a ninguna de tus más íntimas preguntas: tú eres tu mejor profesor. En tu interior, ya sabes todo lo que necesitas saber.
Todos poseemos un ADN espiritual, la sabiduría interior que reside dentro de nosotros y nos transmite mensajes acerca de nuestro camino. Esos mensajes son señales o directrices que proceden de tu intuición más íntima y te guían hacia una vida más auténtica. Los mensajes son como piedras iluminadas que bordean tu camino señalando las acciones que necesitas realizar con el fin de continuar tu proceso de crecimiento. Centellean y brillan en lo más profundo de tu mente, ofreciéndote direcciones y claves, y proporcionándote todas las respuestas que precisas.
Esas poderosas sugerencias están siempre a tu disposición y pueden manifestarse de diversas formas. Como una «pequeña voz» en tu cabeza, o como una intuición súbita y cegadora. También como una carta, una llamada telefónica o incluso impresas en la parte interior de la tapa de una caja de té. Pueden escucharse como un susurro - como el mensaje de Kevin Costner en la película Campo de sueños: «Si lo construyes vendrán» -, o como un lejano repique de campanas. Ésta es la clave que te permite reconocer un mensaje verdadero: no desaparece, por más que tú trates de evitarlo; reaparece hasta que te decides a escuchar y hacerle caso.
Incluso aunque no estés abierto a ellos, tus verdaderos mensajes saben cómo encontrarte, te escondas donde te escondas. Si cierras la puerta, entran por la ventana. Si cierras la ventana, bajarán por la chimenea. Como apunta el dicho: «Aquello a lo que te resistes, persiste». Tu verdad te encontrará por más que tú trates de esconderte. No hacer caso de tu voz interior o cerrarte a tu verdad íntima sólo provoca que ésta se manifieste de formas más negativas, tales como la depresión, las conductas adictivas o simplemente el descontento. Cuanto antes te abras a tu verdad, más lejos y más rápido avanzarás por tu camino. La vida fluye más suavemente cuando hacemos caso de nuestros mensajes interiores.
Hace muchos años, cuando vivía en Boston, fui a cenar con varias personas de mi equipo directivo. Tres de nosotros habíamos llegado temprano y esperábamos que el resto de la gente apareciera; hacía una noche de perros, nevada y fría, así que nos metimos dentro para esperar allí. Se retrasaban demasiado, y como todos eran personas muy responsables, comencé a preguntarme dónde podrían estar o qué podría haberles pasado.
Casi una hora más tarde aún no había llegado. Seguía preguntándome qué les podría haber ocurrido. De repente caí en la cuenta de una pequeña voz que, zumbando en mi cabeza como una abeja molesta, me dijo: «Sal y espera en la esquina». Ahora bien, yo estaba embarazada de siete meses, y entre mi condición y la temperatura glacial, no tenía la más mínima intención de hacerle caso. Dejé de lado ese mensaje y continué con mi conversación.
Sin embargo, y como sucede con todos los mensajes verdaderos, ése en particular no iba a desaparecer porque yo lo ordenara. Seguí oyéndolo: «Ve y espera en la esquina». Al final, más enfadada que otra cosa, me puse en pie, envolví con mi abrigo mi enorme cuerpo, me excusé por un momento y - en efecto, lo habéis adivinado - me fui a la esquina a esperar, sintiéndome absolutamente ridícula.
Al minuto de haber llegado a la esquina se paró el coche del resto de los miembros del equipo directivo. Se emocionaron al verme, ya que llevaban dando vueltas en el coche durante más de una hora. Cuando me preguntaron cómo daba la casualidad de que yo estuviera en la esquina justo cuando ellos pasaban por allí, me limité a sonreír, levanté la mirada y les dije: « No me preguntéis». Aquella noche me prometí a mí misma que siempre prestaría la mayor de las atenciones a mis mensajes, por más ridículos que pudieran sonarme. Entonces descubrí que ellos eran mi nexo con todo el conocimiento ya almacenado dentro de mí.
Da igual que estas señales se manifiesten en forma de órdenes ridículas, como la que acabo de describir, o de forma más directa. Un mensaje recurrente para que lleves a tu perro al parque no es menos importante que tomar la decisión de cambiar de trabajo o abrir tu propio negocio. Quizás el primer mensaje sea el resultado de percibir que necesitas estar más tiempo al aire libre por el bien de tu salud, lo cual es tan importante como valorar la forma en que te ganas la vida. Todos los mensajes, por más simples que sean, son poderosas guías que te proporcionan un acceso directo a tu sabiduría interior.
Si escuchas con atención, puedes sintonizar la frecuencia que te transmite esa valiosa información. El desafío de la novena regla es sintonizarla y prestar atención a los mensajes y respuestas que te llegan de tu yo espiritual. Como tu mente habla sin parar, a menudo resulta difícil oír los avisos que contienen las respuestas verdaderas. Sin embargo, cuando los oyes, pueden sonarte muy extraños si no estás en contacto con tus verdaderos sentimientos. Una marchante de arte de treinta y cinco años, muy bien considerada, puede despreciar la respuesta que le llega desde su interior acerca de por qué se siente insatisfecha, si esa resolución lo que le dice es que necesita cumplir el sueño de toda su vida: ir a la facultad de medicina para convertirse en psiquiatra. Los avisos que no coinciden con tu agenda se pueden despreciar fácilmente, pero no resulta tan fácil no hacerles caso.
Sintonizando con tus mensajes, aprendes qué es lo que de verdad necesitas. Cuando escoges hacer caso a esas respuestas, puedes llevar una vida basada en tu auténtica sabiduría interior y en tus sentimientos, alejándote del «síndrome del impostor». Quizá esa marchante de arte podría ser más feliz empezando de nuevo y convirtiéndose en doctora. Sólo ella y su guía interior pueden estar seguros.
Para captar tu sabiduría interior y respetarla, necesitas aprender las lecciones de la atención, la confianza y la inspiración. Estas lecciones te conducirán hacia tu mundo interior desde el que podrás acceder a todas las respuestas necesarias y convertir tu existencia en una experiencia gratificante.





Atención

La conciencia no es otra cosa que
el darse cuenta, la síntesis de todas
las cosas a las que prestamos
atención.

Deepak Chopra


La atención consiste en escuchar activamente los mensajes que recibes, verbales y no verbales. Nada es tan importante como la lección que enseña a escuchar tu sabiduría interior, pues ¿de qué te puede valer tan divino conocimiento si tú no sintonizas con él y lo oyes? Aprendes la lección de la atención cuando captas los mensajes que tu ADN espiritual te envía; ya sabes que esos avisos son buenos para ti.
Hay un viejo chiste acerca de un hombre muy religioso que tenía una fe inconmovible en Dios. Rezaba cada día y tenía el convencimiento de que si alguna vez le sucedía algo, el Señor acudiría solícito a cuidar de él.
Un día empezó a llover. El pueblo en el que vivía este hombre se inundó y todo el mundo se apresuró a huir. Algunas personas pasaban en coche frente a su casa y le apremiaban para que fuera con ellos a un lugar seguro. Él respondió: «El Señor me salvará».
Continuó lloviendo, hasta que las aguas subieron tanto de nivel que el hombre necesitó subir al segundo piso de su casa para no mojarse. Pasó un bote frente a su casa y sus ocupantes le pidieron que subiera con ellos para ir a un lugar seguro. Volvió a responder: «Os lo agradezco mucho, pero el Señor me salvará».
El hombre pronto se vio forzado a subir al tejado para evitar la rápida crecida de las aguas. Un helicóptero se acercó hasta él y el piloto le gritó: «Le tiraremos una cuerda y le subiremos».
Por tercera vez el hombre rehusó. «Dios te lo pague - le dijo al piloto -, pero Él me salvará. Dentro de nada, ya lo verás, el Señor hará algo y me salvará.»
Al cabo de pocos minutos el agua subió tanto que el hombre se vio en medio de la riada y acabó ahogándose. Fue al cielo y cuando el Señor estaba revisando las entradas, se sorprendió al ver al hombre religioso. «¡Se supone que aún no te tocaba estar aquí! - dijo el Señor -. Aún no ha llegado tu hora. ¿Qué estás haciendo aquí?» El hombre le dijo al Señor: «Yo creía en ti. Creía que tu me salvarías. Esperé y esperé y tú no viniste. ¿Qué ocurrió?». El Señor le respondió: «Te envié un coche, un bote y hasta un helicóptero, ¿qué más querías».
La moraleja es que debemos escuchar atentamente para oír nuestros mensajes, pues no siempre suenan o se presentan del modo esperado. Necesitarás estar preparado para captar su frecuencia o, de lo contrario, puedes perder algunas claves importantes que proceden de tu propio centro espiritual.





Confianza

Confía en ti mismo;
todos los corazones vibran al son
de esa cuerda metálica.

Ralph Waldo Emerson

Una vez que hayas aprendido a prestar atención a estos avisos, puedes progresar hasta el siguiente, y más profundo, nivel de crecimiento: confiar en esos mensajes. Aprendes la lección de la confianza cuando crees fielmente que tu sabiduría interior te está guiando hacia algo bueno. La confianza es la armonización de tus instintos para saber qué o quién se aviene a tus intereses preferentes, de este modo podrás confiar absolutamente en la validez de tus mensajes.
El fundamento de mi seminario sobre intercomunicación interior es animar a los participantes a confiar en sus mensajes. A menudo esto les atemoriza, porque no pueden comprender que están lo suficientemente seguros dentro del ámbito del seminario como para confiar en los avisos que reciben y actuar de acuerdo con ellos. Sin embargo, una vez que consiguen relajarse y confiar, suceden las cosas más extraordinarias. Yo he visto como un banquero, de carácter muy reservado, danzaba aullando al ritmo de una guitarra eléctrica. He visto a Sari, una modelo neoyorquina, confiar en su mensaje dejando escapar un grito en ese preciso instante y en ese lugar, aunque ella no tenía ni idea de por qué necesitaba hacerlo. En efecto, emitió un alarido, ¡Y EN VOZ ALTA! Al confiar en aquel mensaje, Sari entró en contacto con su deseo íntimo, perdido hacía mucho tiempo, de estar en contacto con la naturaleza. Ha seguido con su trabajo en Nueva York, pero ahora se reserva un tiempo para ir al bosque, donde se siente mejor consigo misma y más centrada.
A lo largo de nuestra vida se nos enseña a no confiar en nosotros mismos. A los niños se les enseña sólo a hacer las cosas al estilo de los padres «porque ellos lo dicen». Los medios de comunicación nos entrenan para buscar las respuestas en el exterior, ya sea a través de productos, entretenimientos o gurús. Incluso las más modernas escuelas no animan a las personas para que tengan un pensamiento independiente. Se nos bombardea desde todos los ángulos con mensajes que nos dicen que no podemos confiar en nuestras directrices internas.
Durante la infancia de Emily hubo momentos en que las personas le decían que, en ciertas situaciones, sus sentimientos eran inapropiados. Por ejemplo, en su duodécimo aniversario Emily tenía un día triste y no hizo nada por esconder sus sentimientos. Su madre la reprimió diciéndole cosas del estilo: «Deberías estar contenta en tu propia fiesta, sonreír y pasar un día maravilloso». En otra ocasión, cuando murió la abuela de Emily, su padre la reprendió al verla jugando en el jardín. «Que se acaben las risas. ¿No te das cuenta de que alguien acaba de morir? Se supone que deberías estar lamentándolo.»
En ésas y en otras ocasiones, a Emily se la criticó por ser ella misma y por expresar espontáneamente sus sentimientos. Cada vez que sucedía algo así, ella se sentía confusa, desconectada de lo que ocurría a su alrededor y se veía incapaz de confiar en sus propias emociones. Cuando creció y se hizo adulta, arrastró siempre con ella ese espíritu dubitativo e indeciso. Cuando tenía que tomar una decisión, preguntaba siempre la opinión a los demás antes de pasar a la acción. Cuando alguien le hacía una pregunta, a menudo tenía que responder: «No lo sé», y luego preguntaba a sus amigos qué dirían ellos en ese caso. La principal lección en la vida de Emily fue aprender a confiar en sus sentimientos, su intuición y sus elecciones.
Cuando cumplió treinta y dos años, Emily quiso montar un negocio de venta por correo de juegos para hacer vestidos de muñecas. Ella siempre había cosido, había hecho docenas de vestidos para las muñecas de sus amigas y estaba muy animada por la posibilidad de convertir su afición en un negocio.
Su familia y sus amigos temían por ella. La inversión inicial era considerable, ella no tenía experiencia en el mundo de los negocios y no tenía ninguna garantía de que esos juegos llegaran a venderse. Cuantas más eran las amistades que expresaban sus reticencias y su desconfianza, mas dudaba Emily. Comenzó a hablar sobre volver a la universidad para obtener otra licenciatura. En aquel momento una amiga le sugirió que fuera a verme.
Tras hablar acerca de la idea de su negocio y de todos los miedos y dudas que éste le suscitaba, pregunté a Emily: «Dejando de lado las consideraciones prácticas, y sin prestar atención al posible resultado del asunto, ¿qué harías si pudieras hacer algo en esta vida?». Sin dudar un segundo, Emily me respondió: «Hacer los juegos de ropas para muñecas y venderlos».
Me arrellané en el sillón, la miré sorprendida y dije: «Nunca había oído decir algo con tanta claridad». Incluso Emily se había sorprendido de sí misma por la contundencia de su respuesta. Cuando le pregunté qué le impedía seguir adelante, ella me confesó: «Nunca he hecho nada que mis amistades o mi familia hayan desaprobado». Se hizo un silencio en la habitación. «¿Y qué se siente al considerar la posibilidad de hacerlo?», le pregunté. «¡Miedo!», dijo ella. «Suena como si todo esto tuviera que ver con la confianza en ti misma -sugerí-. ¿Tengo razón al pensar en que necesitas realmente confiar en ti misma para arriesgarte?» Ella miró hacia el suelo durante un buen rato antes de contestarme. «Creo que has dado en el blanco - me dijo -. No sé si tengo suficiente confianza en mí misma como para tirar hacia delante sin tener a nadie detrás respaldándome».
Acababa de abrir una puerta y le estaba dando a Emily la opción de atravesarla sola. Y ella decidió hacerlo. Su negocio tuvo un éxito mayor del que hubiera podido soñar, y consiguió el apoyo de su familia y de sus amistades una vez hubo demostrado su compromiso con ella misma.
Como enseña la historia de Emily, confiar en tus instintos y en tus mensajes es un paso esencial en tu crecimiento espiritual, ya que ellos son el mapa de carreteras del camino. Te conduce hasta las lecciones y debes aprender a confiar en ellos, si es que quieres aprender todo lo que necesitas para realizar tus propósitos.
Puedes aprender a confiar en tus mensajes empezando por los más sencillos. Por ejemplo, sintoniza, y confía en mensajes tan simples como «llama a tu madre» o «compra ese vestido», como un modo de potenciar la confianza en tu radar interno. Recordar las ocasiones pasadas en las que confiando en tus instintos obraste bien será de gran ayuda. Siempre que recibo un mensaje de mi fuente interior que me suena absurdo o descabellado, me acuerdo de mi «Vete a la esquina y espera allí», y confío en que solamente me dejaré llevar por las circunstancias que comporten un bien para mí.





Inspiración

En medio de nuestra vida cotidiana,
debemos encontrar la savia
que alimente nuestra alma creativa.

Sark


La inspiración es el momento en el que accedemos a la revelación de nuestro espíritu interior. Surge cuando algo en tu mundo exterior enciende una llama dentro de ti y provoca un mensaje. Éste llega para recordarte que todas tus respuestas están dentro de ti, y que sólo tú eres el más sabio de los magos de tu reino.
A menudo es fácil pasar por alto esos momentos hasta que has aprendido a oír verdaderamente ese «¡Din, don! y le permites que aflore a tu conciencia. En cuanto te muestras favorable a reconocer tu sabiduría interior, puedes reconocer más fácilmente esos momentos de inspiración, muchos de los cuales pueden transformar tu vida.
.Estar en contacto con la naturaleza puede ser una maravillosa fuente de inspiración. El mundo natural tiene una energía que puede ponerte en contacto con las partes más íntimas de ti mismo. Thoreau pasó dos años solo en los bosques hasta que pudo acceder a una estrecha comunión con la naturaleza y con su propia sabiduría interior. Fue allí donde se inspiró para escribir parte de su obra, que contiene una sabiduría que sigue siendo válida y verdadera un siglo después. Descubrió que todas las respuestas estaban dentro de él, como las tuyas están dentro de ti. Nadar en el océano, subir a un árbol, escalar una montaña o simplemente pasear por el bosque. Haz cualquier actividad que te permita entrar en contacto con el ritmo de la naturaleza y que haga aflorar tus instintos naturales.
Las diferentes artes pueden ser otra milagrosa fuente de inspiración . La poesía o la literatura pueden abrir tu corazón y tu alma para que permitas que tu sabiduría innata se manifieste. Una gloriosa pieza musical o una magnífica pintura pueden también revelar ese lugar divino dentro de ti. Cada obra maestra fue creada en un momento especial que puede guiarte hasta tu propia inspiración.
Mi amiga Laura guarda una «caja de la inspiración» en su vestidor, y en ella guarda citas escritas en tiras de papel y objetos que la iluminan. Lo guarda todo allí, desde el papel de una galleta de la suerte de un restaurante chino, donde se pueden leer reflexiones como : «Tú eres tu fuente más profunda»; hasta una canica brillante de mármol azul que le había regalado su hijo. Cuando ella busca algunas respuestas para alguno de los problemas o de las preguntas que se le plantean en su vida, coge su caja de la inspiración y saca con ella algo que la ayude a entrar en contacto con su propia sabiduría.
¿Qué pondrías tú en esa caja?








Décima regla

LO OLVIDARÁS TODO AL NACER

Puedes recordarlo, si lo deseas, desenmarañando
la doble hélice de la sabiduría interior.


Cuando llegaste al mundo ya conocías toda la información contenida en estas diez reglas. Lo que sucede es que lo olvidaste en el tránsito del mundo espiritual al mundo físico. Cada lección es como una piedra más de tu camino vital, y a medida que viajas y aprendes las lecciones, algunas te pueden resultar familiares. Cuando algo resuena en ti y captas una de ellas, estás recordando en realidad lo que originalmente sabías. Cuando tienes una revelación, un «¡Ajá!», estás recordando. Algunos lo llaman alineación de planetas, otros lo viven como una identificación con la divinidad y aun hay quienes lo llaman simplemente serenidad. Llámalo como quieras, pero debes saber que ése es un instante de evocación.
El recuerdo y el olvido son la danza de la conciencia. El recuerdo es el momento en el que despiertas a tu verdad. El olvido es la amnesia temporal en la que caes cuando tu verdad está oculta. Cuando te sientes paralizado es que has olvidado tu verdad. Cuando te cuesta abrirte paso es que has olvidado. En el momento en que vas bastante más allá de los límites de tu conciencia, pierdes el contacto con la sabiduría universal que es inherente a todos los seres humanos.
Todos nosotros tenemos muchos ciclos de recuerdos y olvidos a lo largo de nuestra vida. Puedes recordar y conocer las verdades universales concernientes a un área de tu vida, como por ejemplo el trabajo, y olvidar por completo aquellas otras que se refieran, por ejemplo, al amor.
Puedes recordarlas durante el día y olvidarlas completamente por la noche. «Las diez reglas para ser humano» aparecen aquí como una guía auxiliar para ayudarte en el momento del olvido y recordarte lo que en realidad ya sabes. No son órdenes, sino verdades universales válidas para todo el mundo. Cuando pierdas el rumbo, pídeles ayuda, y la amnesia temporal desaparecerá como se deshacen los nubarrones de tormenta por el calor del sol.
El desafío de la décima regla es recordar tu verdad una y otra vez, y crear formas de hallar el camino de vuelta a ella cuando caes en el olvido. Harás esto si aprendes las lecciones avanzadas de la fe, la sabiduría y, finalmente, la ausencia de límites. Dominando esas lecciones puedes acceder a un nivel de conciencia más profundo y a un vasto territorio de desarrollo espiritual.
Permanecer arraigado en la verdad significa abandonar la bendición de la ignorancia. Pero vivir desde la verdad interior otorga un mayor brillo a la vida. Eso es precisamente lo que te lleva a tu auténtico yo y convierte la vida en una experiencia deslumbrante y llena de sentido.






Fe

La fe es un regalo del espíritu
que permite al alma permanecer
atada a su propio desarrollo.

Tomás Moro


Ten fe en ti mismo y recuerda tu verdad y el conocimiento que tienes almacenado dentro de tu alma. Puede que haya momentos en los que no veas claro el camino hacia esa verdad, momentos de oscuridad y de incertidumbre. La vida puede ser difícil, y tal vez haya ocasiones en que no le veas ningún sentido o te cueste permanecer a flote. Ésos son los momentos en los que se precisa la confianza.
La fe es la única luz en la oscuridad cuando crees que estás solo en el mundo, la red invisible que se extiende a tus pies cuando te sientes a punto de desmoronarte y caer. La fe es lo que te dirige durante esos lapsos de amnesia temporal. La fe consiste en creer, sin ninguna prueba tangible, que aunque la verdad pueda eclipsarse a veces, no desaparece para siempre; simplemente yace dormida dentro de ti hasta que vuelvas a conectar con tu sabiduría interior.
La fe es lo que sostuvo a Maya, de treinta y ocho años, madre de dos hijos, durante los dolorosos meses que siguieron a su divorcio, cuando apenas si podía recordar qué era sentirse alegre. La fe es también lo que mantuvo a flote a Sam, un acaudalado empresario, cuando su fábrica - la inversión de toda una vida - quedó destruida por un incendio de origen eléctrico. También la fe sostuyo a mi amiga Ellen durante la época de miedo e incertidumbre que vivió cuando se trasladó a París, a miles de kilómetros a su hogar familiar. Todas esas personas confiaron en la fe como un medio para recordar su capacidad de experimentar la unidad en esas ocasiones de desasosiego. Fue la fe lo que les ayudó a recordar la sabiduría almacenada en sus almas.
Hay muchas maneras de restaurar la fe durante los momentos sombríos, cuando la luz resulta tan difícil de ver y la verdad está tan envuelta en brumas que apenas podemos recordarla. Rodeándote de personas que conocen tu verdad personal y a las que les es familiar tu auténtico yo, puedes permanecer enraizado en tu verdad. Puedes sentirte seguro con esa gente y pedirles que te recuerden tu verdad, cuando sufras los períodos de amnesia temporal. Thea Alexander se refiere a esas personas como «tutores de la evolución personal». Esos tutores pueden proporcionarte la chispa del reconocimiento que necesitas en esos momentos en que se debilita la fe.
La tutora de mi evolución personal es mi hermana y compañera del alma Lynn, que me ayuda a mantenerme en mi camino. Hace años, cuando estaba en la facultad, estuve a punto de dejarlo todo varias veces a causa de la presión del trabajo. En mis peores momentos, cuando ya no podía reconocer por qué me estaba haciendo esto a mí misma, Lynn me recordó lo mucho que yo deseaba licenciarme. Mi amnesia temporal casi me llevó a abandonar mis estudios y a destruir un sueño que yo había formulado cuando estaba en plena posesión de la razón y de mi verdad. Lynn, como tutora de mi evolución personal, me reconectó con mi elección, actuando como el enlace con mi verdad interior.
Otro medio para mantener viva tu fe es a través de ciertos objetos que actúen como piedras de toque. En tus momentos de inspiración, selecciona objetos que te puedan conectar con tu fuente interior. Pueden ser símbolos, objetos, aforismos o cualquier cosa que te remita a tu lugar interior que está conectado con el espíritu universal. En los momentos de olvido, rodéate de esas cosas para recordarte quién eres y de qué eres capaz.
La fe también puede reavivarse comprometiéndote en una actividad que te sirva para centrarte. Para algunas personas puede ser la oración, para otros respirar, leer, meditar, correr, dibujar o jugar con el perro. Esas actividades pueden actuar como mecanismos que te ayuden a salir de tus momentos de amnesia. ¿Qué es lo que te da energía espiritual? ¿Qué es lo que te sirve como chaleco salvavidas? ¿Cuál es el movimiento que te sacará del agua cuando te estés hundiendo? Emplea un cierto tiempo, mientras estés despierto y consciente, en imaginar qué chaleco salvavidas puedes ponerte para mantenerte a flote, por encima de cualquier cosa que intente arrastrarte hacia el fondo.
Éstas son solamente unas cuantas sugerencias. Sólo tú sabes exactamente lo que te ayudará a recordar y a conectar con tu esencia. Encuéntralas y atesóralas junto a tu corazón para recurrir a ellas en esos momentos en los que te extravías y te alejas demasiado de tu verdad.


Sabiduría

No nos es dada la sabiduría;
debemos descubrirla por nosotros mismos
tras un viaje que nadie puede evitarnos
ni recorrer por nosotros.

Marcel Proust


El destino final del camino de tu vida es la sabiduría, que es el grado más alto y profundo de conocimiento, perspicacia y comprensión. Te proporciona la más amplia perspectiva vital, el propósito de la vida y las lecciones que has de aprender a lo largo de ella. Cuando encuentras tu sabiduría, vives en la luz.
La sabiduría no es una disposición que se adquiera, sino más bien un estado que ha de ser recordado. Llegas a este planeta completamente equipado con la sabiduría sin fronteras inherente a todos los seres humanos; para recordarla lo único que necesitas es acceder a ese lugar dentro de ti que te conecta a la fuente divina e infinita. Tú eres tan sabio como Buda, Aristóteles o Confucio; ellos lo único que han hecho es acceder a ellos mismos, a los lugares donde tú aún no has llegado.
La sabiduría no es la inteligencia. No tiene nada que ver con tu coeficiente intelectual o con los buenos resultados que hayas obtenido en la escuela. Por el contrario, es el más alto nivel de evolución emocional , espiritual y mental; y en él se valora la intuición tanto como la información, la determinación tanto como la habilidad y la inspiración tanto como el conocimiento. Es el lugar donde se produce la sinergia entre tu comprensión más profunda y tus actos cotidianos.
El camino más directo hacia tu sabiduría está pavimentado con las lecciones de tu vida. Aprendiendo esas enseñanzas que se te presentan cada día, te acercas a la identificación, es decir, lo que Emerson llamaba «la sobrealma» y Carl Jung «el inconsciente colectivo». Ésas son las fuerzas universales que nos atan a los unos con los otros y a cada individuo con la fuente inagotable de su conocimiento. Es muy simple: aprende tus lecciones para que puedas descubrir esa conexión con la fuente primigenia y así recordar tu sabiduría.
La verdadera belleza de la sabiduría es que, una vez la recuerdes, te inspirará a proseguir con tu camino. Recordarás la lección de la abundancia y sabrás que la sabiduría no tiene límites ni carencias. Es como el amor: cuanto más das, más recibes. Tu capacidad para la sabiduría aumenta a medida que la compartes con otros. Quienes son célebres por su sabiduría son aquellos que la comparten con los demás de forma gratuita para ayudarles a crecer.
Elisabeth Kübler-Ross es una de esas personas que usa su conocimiento para ayudar a millones de personas a enfrentarse a la muerte. Añadiendo la compasión a la sabiduría, ha elevado a los demás a alcanzar su nivel de comprensión y les ha permitido descubrir que el modo en que morimos es tan importante como nuestra manera de vivir.
No solemos encontrarnos a diario con personas a las que podamos calificar de sabias. Un abuelo, un profesor, un tutor, es alguien que transmite una manera de ver la vida con una amplia perspectiva que está más allá de sus años. Tú conoces a alguien así. Puede ser una persona cercana a ti o incluso famosa, como la madre Teresa de Calcuta, el Dalai Lama, Albert Schweitzar o Jonas Salk. Yo tuve la inmensa suerte de conocer a Willis Harman, presidente del Instituto de Ciencias Noéticas, quien, a mi entender, poseía ese tipo de sabiduría.
Cuando me relacionaba con él, tenía la sensación de que hacíamos un viaje mental en helicóptero por encima de la Tierra para mejorar las condiciones de allá abajo. Me sentía bendecida por estar en su presencia cuando compartía sus puntos de vista conmigo. Podía prescindir de una agenda personal, y su completa falta de necesidades o deseos, su libertad con respecto a las ataduras y las posesiones materiales, le conferían un poder increíble. Sus reflexiones abrían una pausa en el devenir de los días. Él escribió: «Es probable que nos veamos envueltos en una autotransformación que nos conduzca a la confianza definitiva en el yo profundo y en el conocimiento interior, lo cual nos hará concienciarnos del objetivo de la sabiduría y de la fuente de donde emana para poder acceder a ella, confirmar la intención de centrarnos en el trabajo de nuestra vida y realizarlo…». Fue refrescante disfrutar de sus meditaciones filosóficas y sentirme cómoda en el interior de una realidad que aún me venía grande. Doy gracias a diario por haberme podido relacionar con él, porque a través de él he tenido la experiencia de esos principios vitales a los que aspiro.
Piensa en la persona que te ofreció la posibilidad de vislumbrar esa sabiduría. Pregúntate qué cualidades de ella te llamaron la atención. Luego obsérvate y decide lo que quieras imitar. Ganarás algo de sabiduría cada vez que contemples tu vida desde una macroperspectiva, distanciándote de ti mismo lo suficiente para ver qué sucede, más allá de las apariencias de la situación.
Descubrir la sabiduría en tu interior y alcanzar tu más alto nivel de evolución puede ser una de las lecciones mas generosas que puedes aprender. Será un aprendizaje que te elevará y te empujará a lo largo de tu camino para que puedas aportar al resto del mundo los resultados de todas tus otras lecciones.




Ausencia de límites

Lo que llamamos resultados
son los comienzos.

Ralph Waldo Emerson


La lección final que debes aprender al haber aceptado «Las reglas para ser humano» es la ausencia de límites; de ese modo podrás seguir viajando a lo largo del camino de tu vida después de haber acabado de leer este libro. Lo ilimitado es la sensación de que no hay fronteras para lo que quieras hacer o llegar a ser. Lo aprendes cuando sabes que tu evolución es interminable y que tu potencial de crecimiento se extiende hasta el infinito.
Naciste ya con el conocimiento de tu falta de límites. Sin embargo, a medida que creces y te socializas, puedes llegar a creer que hay fronteras que te impiden alcanzar los más altos niveles de evolución espiritual, emocional o mental. Pero esas fronteras sólo están en tu mente. Cuando eres capaz de trascenderlas, sabes que no tienes límites.
Cuando era joven, tuve una profesora que comprendía la importancia de esta lección. Nos recordaba cada día que podíamos hacer cualquier cosa que se nos pasara por la cabeza, sin que importara lo imposible que pareciera o la fuerte oposición que encontráramos. Deseo sinceramente que en cada escuela haya una profesora como la señora Carbone, para que nuestros niños puedan saber el poder y la maravilla que tienen dentro de sí mismos y luchen por conseguirlo.
La razón de que los niveles que puedas alcanzar no tengan límite obedece a que dentro de ti hay un potencial infinito. El desafío de tu vida es sencillamente descubrir ese potencial, ir retirando capas mientras recuerdas esta verdad esencial: no hay nada que no puedas hacer, ser o tener. Todo está a tu alcance. Sé consciente de tus límites, no para rendirles homenaje y conservarlos intactos, sino para destrozarlos y acceder a la magnificencia.
Hace poco salió en los diarios la historia de un hombre llamado Valdas Adamkus que mostró a todo el mundo que no hay nada que el ser humano no pueda hacer. Adamkus emigró a Estados Unidos desde Lituania; tras años de duro trabajo, llegó a ser alto funcionario del gobierno estadounidense y, como tal, puso en marcha un plan de saneamiento de los Grandes Lagos, por lo que mereció una alta condecoración que le entregó el presidente Reagan en persona. Cuando en 1991 Lituania se convirtió en estado independiente, Adamkus decidió regresar a su país de origen para colaborar el progreso de Lituania, como había hecho en Estados Unidos.
En 1998, con setenta y ocho años de edad, cuando mucha gente estaría pensando en el retiro, Valdas Adamkus llegó a ser presidente de Lituania. Cuando se le preguntó acerca del proceso interior que le había llevado a presentarse candidato a su edad para un cargo tan exigente, respondió: «La vida no tiene límites».
Son innumerables los casos que nos han mostrado un espíritu similar, confirmando que una persona puede hacer cualquier cosa que se proponga. Los hermanos Wright crearon una máquina que volaba, a pesar de las dudas de quienes los rodeaban. Gandhi inspiró una revolución que afectó a millones de personas.
Para ilustrar esta ausencia de límites, las conquistas no han de ser necesariamente heroicas. Ya sea obteniendo un sobresaliente en un examen o poniendo unas cortinas, puedes probarte a ti mismo que todo está a tu alcance. Lo importante es que creas que puedes hacerlo y que te concedas todas las oportunidades de lograr tu objetivo.
Cada una de las lecciones que aprendas en el curso de tu vida abrirán de par en par las puertas de tu propia ausencia de límites. No hay límites para tu compasión, tu paciencia, tu buena voluntad, tu compromiso, tu tolerancia o cualquier otra parcela de comprensión que tú alcances. Tienes permiso infinito para amar, para crecer y para volver a recordar toda la sabiduría que habita dentro de ti.





Sumario

Breves son tus días sobre la Tierra. El tiempo pasa y las cosas cambian. Tienes opciones y elecciones a través de las cuales puedes hacer que tus deseos, tus sueños y tus objetivos se conviertan en realidad.
Cuando te preguntas: «¿Por qué estoy aquí?», o «¿Por qué me está sucediendo esto a mí?», o «¿De qué va todo esto?», acude a tu manual espiritual básico. Pregúntate: «¿Cuál es la lección?». Si oyes una reacción defensiva que utiliza las palabras «nunca» o «siempre» en tu respuesta, aún no has aprendido la lección. Después, escarba un poco más, profundiza y pregúntate: «¿Qué tengo que aprender de esta experiencia».
Cada vez que contemples tus circunstancias como poseedoras de algún valor, independientemente de la confusión aparente o de su dureza, estás creciendo. Tu evolución personal dependerá de lo dispuesto que te muestres a aceptar las lecciones y a integrarlas en tu vida. Recuerda que lo único que conseguirás con resistirte a una lección es que ésta se repita una y otra vez hasta que la aprendas. Cuando hayas aprendido la lección, tendrás que pasar un examen. Si la has aprendido de verdad, aprobarás el examen con facilidad, y accederás después a posteriores desafíos más complejos.
Puedes contemplar los incidentes de tu pasado para ver con claridad las lecciones que has aprendido, aquellas a las que te has resistido y las que aún se te presentan una y otra vez. «El ayer es historia, el mañana es un misterio; y el hoy, un regalo, por eso lo llamamos “presente”.»
El mayor desafío es observar tu situación actual y ver cuáles son las lecciones a las que te enfrentas. Mirar hacia el futuro es lo más difícil. Desear la graduación en la escuela de la vida no acelera tu progreso y no hace las lecciones más fáciles. Examinar cada situación en busca de la lección real es la caza del carroñero.

Recuérdate a ti mismo que estas aquí para aprender lecciones.
Sé consciente de tu proceso. Presta atención a lo que experimentas.
Sé diligente en las acciones que te permitirán hallar las lecciones.
Pide respuestas y las obtendrás.
Escucha con el corazón abierto.
Explora todas las opciones.
Contempla tus críticas como un espejo donde te reflejas.
Vive cada crisis como una oportunidad.
Confía en ti mismo.
Cree en ti mismo.
Mira dentro de ti, a tu yo más elevado, para que te guíe en todas tus elecciones.
Extiende la compasión hacia ti mismo.
Recuerda: no hay errores, sino sólo lecciones (tercera regla).
Ámate a ti mismo, confía en tus elecciones y ¡todo será posible!



FIN

Libros Tauro
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