jueves, 6 de octubre de 2011

Picaso y Las Mujeres: Hacerlas Sufrir

PICASSO Y LAS MUJERES

Dña. Paula Izquierdo
Escritora

Bilbao, 19 de enero de 2004

Hace pocas semanas leí una reflexión de César Aira a propósito del pintor chileno Adolfo Couve: "La presencia del genio en una obra rescata los defectos, rarezas e injusticias del hombre que los creó". Esta afirmación puede ser válida para aquellas personas que admiran una obra desde fuera, pero quizá no sirva para los seres que sufrieron en sus carnes los defectos, las rarezas y las injusticias del genio. Picasso es uno de los genios más deslumbrantes del siglo XX, pero la personalidad controvertida que hay detrás de este genio y el tipo de relaciones sentimentales que mantuvo con las distintas mujeres que le acompañaron a lo largo de su longeva vida son cuando menos inquietantes. El ensayo Picasso y las mujeres se adentra en la psicología del pintor malagueño para entender al hombre que creaba a sus mujeres a través de su arte, para después, convirtiendo el pincel en un arma mortal, irlas destruyendo.

Fueron muchas las mujeres que quedaron marcadas para siempre por el carácter imprevisible, unas veces cruel otras tierno, del pintor. Pero ¿qué misterioso magnetismo hizo que tantas mujeres se volvieran locas por él, aceptaran su tiranía, sus cambios de humor, su desprecio e incluso su hostigamiento físico y mental? No hay una única respuesta para justificar que se dejaran humillar y denigrar de tal manera. ¿Eran masoquistas? ¿Estaban tan ciegamente enamoradas que hasta el desprecio lo entendían como una forma de amor? ¿La fama del pintor, el éxito en vida de Picasso motivó el que aceptaran este alto coste por estar al lado del genio?

Picasso afirmó en una ocasión: "Pinto igual que otros escriben su biografía. Los cuadros terminados son las páginas de mi diario". Así lo constata este diario íntimo de un hombre que nunca fue capaz de estar solo.

Picasso ha sido objeto de multitud de biografías, páginas y páginas analizando su arte, desvelando detalles de su vida, reconstruyendo sus pasos en la tierra. Quizá sea el personaje del que más se ha escrito. Muchos de estos biógrafos fueron amigos íntimos del pintor, otros se acercaron a él como estudiosos o historiadores de arte, casi todos admiraron la fuerza y la genialidad de este hombre. Picasso vivió noventa y dos años, de modo que tuvo el privilegio aunque también la desdicha de mirar el torturado siglo pasado desde su albores. El siglo XX me atrevería a decir que es el siglo de este genio del arte, pero también tirano, gran vividor, verdugo y víctima, amante infatigable de las mujeres, de la pintura y de la vida. Picasso lo fue todo: misógino, príapo, minotauro, arlequín, artista, irresistible, embriagador, magnético y sobre todo experimentador: si algo determina la personalidad de Picasso es su afán ilimitado por experimentar, no sólo con la pintura, sino también con el ser humano. Sobre todo si éste tenía forma de mujer.

Podía convertirse en un romántico insaciable cuando se enamoraba de una mujer, pero tal era su necesidad de seducir que, incluso cuando más enamorado estaba de una mujer, no podía limitarse a ella, sino que seguía buscando el reconocimiento en brazos de otras. En el fondo, este comportamiento denota, además de una gran inseguridad en sí mismo, un miedo casi patológico a atarse demasiado a una sola mujer. Quizá por esta razón a veces, aun en épocas de bienestar, se comportaba con su pareja cruelmente, utilizando la brutalidad como fórmula para combatir a aquello que amaba.

Stassinopoulus, autora del libro Picasso. Creador y destructor, considera que "a Picasso los seres humanos individuales no le interesaban mucho a menos que pudieran serle útiles intelectualmente, socialmente, sexualmente, financieramente o afectivamente". Es posible que en el caso de Picasso esta forma de estar en el mundo fuera llevada hasta sus últimas consecuencias, pero ¿se puede criticar a alguien por hacer abiertamente lo que la mayoría de los seres humanos hacemos, sobre todo si los demás están dispuestos a ser utilizados?

Todas las mujeres, en un primer momento, produjeron en él un entusiasmo creativo, casi febril. Las pintó compulsivamente aunque, como en una ocasión confesó, cuando se acostumbraba a los rasgos de una mujer le resultaba difícil domar la mano para expresar las facciones de la nueva amante. A través de los rostros de sus mujeres se lee el estadio por el que pasaba la relación. Generalmente las fisonomías femeninas se desfiguraban distorsionándose, incluso se rompían, a medida que la relación se prolongaba, y, por tanto, comenzaba a agotarse el amor.

Todas sus amantes o mujeres fueron objeto de su arte, de su búsqueda permanente, y a través de sus retratos podemos conocer los sentimientos que éstas le inspiraban, en qué estado de ánimo se encontraba, cuán feliz o desgraciado le hacían o se sentía él a su lado. Cuando la relación se iba deteriorando la imagen pictórica de la amante se desfiguraba, se transformaba, dejaban de ser dignas de ser miradas con asombro para ser vistas con estupor, cuando no con cierta sensación de dolor, de malestar atormentado y, por fin, de repugnancia. Pero ¿qué sucedía antes? ¿Qué se gastaba antes: la imagen en el lienzo o en la realidad?

Picasso, el pintor por excelencia del siglo XX. Hombre con una fuerte y controvertida personalidad, no supo vivir solo. Son muchas las mujeres que lo acompañaron a lo largo de su vida. Pero ¿qué significan las mujeres para Picasso? ¿Qué lugar ocupan en su pensamiento, en su capacidad creativa, en su arte? ¿Cómo influyen en su vida? ¿Qué tipo de relaciones afectivas y sexuales puede establecer un hombre que desde que era un niño se siente distinto, marginal?

A lo largo de su longeva vida conoció, se entusiasmó hasta el éxtasis y convivió con distintas mujeres. Si algo determina su existencia son precisamente las relaciones que mantuvo con ellas. Desde su madre, hasta la joven fotógrafa Dora Maar, pasando por una bailarina rusa, Olga Koklova, la poetisa Geneviève Laporte, la bella y perezosa Fernande Olivier o la mujer que vivió con él hasta el final de sus días, Jaqueline. Todas ellas, hasta un total de trece, se imbrican en la existencia del artista y en su obra de forma irremediable. La historia del pintor malagueño, cuya supremacía es indiscutible, es la historia de todas estas mujeres que le acompañaron, en distintas etapas de su vida. Que le odiaron o le dieron hijos, le abofetearon o le adoraron como a un Dios. ¿Tenían algo en común estas mujeres? ¿Es cierto que cada mujer que conoció le afectó de tal manera que supuso un cambio de estilo en su pintura? ¿Llegó a amarlas?

A lo largo de estas líneas se trata de dar respuesta a estas y otras preguntas relacionadas con las mujeres que conoció, amó y aborreció. Todas ellas figuran en sus biografías, aparecen sus nombres y algunos de los hechos que marcaron la vida del pintor, pero son tomadas como meras comparsas. El objetivo de este ensayo es cederles, por una vez, el protagonismo.

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