sábado, 15 de octubre de 2011

Nacemos con Ilusión: La Felicidad hay que conquistarla

Confundir infelicidad con felicidad La creencia más extendida, con diferencia, sobre el recién nacido llega a nosotros atravesando muchos siglos de cultura occidental, esto es, que los recién nacidos nacen en pecado o, si no, que nacen ya como seres antisociales que tienden a manipular a sus padres. Hemos visto que esta concepción es fundamentalmente engañosa. E igualmente engañosas son otras tres creencias populares: que los niños al nacer son como un libro en blanco y que de forma pasiva van absorbiendo experiencias; que los niños nacen en un estado de inocencia que pronto se corrompe o se destruye en contacto con la maldad del mundo y que los niños nacen con personalidades ya «integradas». La verdad es que todos los recién nacidos llegan al mundo sintiéndose optimistas con respecto a las relaciones humanas, adoran a sus padres y nacen con la convicción de que son seres tan adorables que sus padres, de forma natural, se sienten inclinados a cuidar de ellos con amor. Los niños también tienen la creencia de que todo lo que experimentan, tanto lo bueno como lo malo, es una expresión del amor que necesitan porque eso es lo que sus padres quieren para ellos. Como aman a sus padres plenamente, su mayor deseo es ser igual que ellos y tratarse a sí mismos igual que sus padres los tratan a ellos. En otras palabras, usted no llegó al mundo siendo ya poco sociable, manipulador, con tendencia a ser un niño malcriado o dependiente, ni como un libro en blanco, ni incapaz de distinguir a sus propios padres; tampoco fueron sus genes la causa de esos rasgos de su personalidad que le hacen la vida difícil. La felicidad como derecho inalienable Todos los niños nacen con una cantidad inicial de felicidad interior: se sienten dignos de amor, amorosos y amados. Todos los niños, incluyendo los niños ciegos y sordos, muestran evidencias de esta felicidad innata cuando, solo unas semanas después de nacer, empiezan a sonreír más o menos indiscriminadamente cuando sienten que han captado la amorosa atención de sus padres y, por lo tanto, esto les hace sentirse particularmente felices. Al pasar los tres primeros meses, los bebés identifican cada vez más aquellas caras que son su mayor fuente de placer. Esa sonrisa de éxtasis que reservan especialmente para sus padres indica que están encantados tanto con sus padres como consigo mismos porque provocan el amor de sus padres hacia ellos. Con el tiempo, el bienestar innato del niño criado por unos padres que entienden bien la educación infantil se hace fuerte como una roca y no se tambalea a pesar de los altos y bajos que puedan ocurrir en la vida de una persona. Ciertamente cualquiera que sufra una pérdida o una desilusión importante en la vida se sentirá triste, pero aquellos cuya felicidad interior es estable no habrán desarrollado la necesidad de culparse a ellos mismos o a los demás buscando consuelo cuando las cosas no van bien. Ya que esas personas no sienten la necesidad de provocarseningún tipo de infelicidad innecesaria, serán capaces de elegir bien lo que quieren en la vida y podrán llevarlo a cabo de forma consecuente. En otras palabras, el derecho inalienable con el que nació usted y cualquier otro niño es el derecho a ser criado de tal manera que esa convicción innata de ser digno de amor y de ser amado se convierta en algo permanente. El resultado será: la capacidad de por vida de cuidar bien de usted y de su cuerpo, la habilidad de saber elegir y conservar amigos y parejas leales, la capacidad de desarrollar su propio potencial y de disfrutarlo, la resistencia para sobreponerse ante las dificultades y la mala suerte y la capacidad de dar a sus propios hijos el regalo de la felicidad interior. Esta no es una perspectiva utópica. Todo el mundo tiene el potencial para poder disfrutar de una vida adulta de estas características. Y, como le vamos a mostrar, lo bueno es que nunca es demasiado tarde. Incluso si usted se perdió esta felicidad la primera vez, le enseñaremos cómo puede usted creársela desde ahora mismo. La raíz de la confusión Si usted está intentando mejorar su calidad de vida, el primer paso para hacerse cargo de su destino es comprender por qué ahora mismo no está llevando las riendas de su vida. La sorprendente y simple verdad es que, sin darse cuenta, corno la mayoría de la gente, en alguna ocasión usted probablemente hizo que su vida fuera difícil o infeliz porque el amor que sentía por sus padres le llevó a confundir felicidad e infelicidad. Para comprender cómo pudo ser así, es necesario entender la forma especial de ver 11

Martha Heineman y William J. Pieper Adictos a la infelicidad el mundo que usted tenía cuando era un niño. Usted era un imitador nato Cuando usted nació, sus ojos se enfocaron en sus padres a la distancia justa para hacer que se les iluminara el rostro mientras ellos le sonreían y le hablaban. Al nacer reconoció la voz de su madre y le resultó muy tranquilizadora. Además, usted llegó al mundo con un talento increíble. Sin haber visto nunca su propio rostro, usted era capaz de copiar los gestos del rostro de sus padres. Por ejemplo, si su padre abría la boca o sacaba la lengua, usted sabía cómo hacer que su rostro lo imitara abriendo la boca o sacando la lengua también. Su deseo de ser exactamente como sus padres no se quedaba en intentar parecerse a ellos. Como usted adoraba a sus padres y pensaba que eran perfectos, usted queríaser exactamente como ellos. Una manera de ser como ellos era intentar sentirse exactamente igual que ellos le hacían sentirse a usted. Así que cuando lloraba porque tenía hambre o estaba cansado y sus padres le daban de comer o lo llevaban a dormir, usted estaba desarrollando una fuerte necesidad de tratarse a usted mismo y a los demás con esa misma clase de amor y de devoción. Cuando los padres son capaces de cubrir las necesidades emocionales de sus hijos conservando y fortaleciendo ese optimismo innato de sus hijos, los niños aprenden a sentirse felices cuando reproducen esa compasión y amabilidad que ellos reciben. Su felicidad interior, la convicción profunda de que son dignos de amor, amados y capaces de amar, es reafirmada continuamente con la respuesta de sus padres hasta que se convierte en una convicción inquebrantable. Esa felicidad interior inquebrantable y estable, que es un derecho inalienable de todos nosotros, protege a los que la poseen para que nunca, queriendo o sin querer, lleguen a provocar dificultades o infelicidad a sí mismos o a los demás.
Pero ¿qué ocurre si, con toda la buena intención del mundo, sus padres no pudieron responder bien a sus necesidades emocionales porque no las entendieron o porque, por alguna otra razón, no pudieron satisfacerlas? Los errores más comunes a la hora de cubrir las necesidades emocionales de los niños surgen cuando dejamos que un niño que se siente incómodo llore, cuando esperamos demasiado de los niños o cuando los castigamos. La conexión entre dejar llorar a los niños y la necesidad de infelicidad para poder sentirse completamente feliz Supongamos que sus padres siguieron esa creencia popular aunque dañina de dejarle llorar hasta que se durmiera. (Podríamos haber elegido cualquier otro ejemplo de padres que dejan que sus bebés o niños lloren creyendo que el sufrimiento no es contraproducente, que es algo que los alivia o fortalece su carácter.) Como todos los bebés, con frecuencia, usted estaba demasiado cansado o demasiado estimulado y necesitaba que le ayudaran a tranquilizarse para poder relajarse y dormir. Quizá a sus padres les explicaron que usted lloraba para manipularlos, para fortalecer los pulmones, para liberar tensiones o como una forma de dormirse; pero nada de eso es verdad. Cuando era un bebé, usted lloraba por la misma razón por la que llora como adulto; usted se sentía infeliz. Si lloraba cuando lo ponían a dormir en la cuna y sus padres lo dejaban solo llorando, su ausencia le hacía sentirse aún peor porque su convicción interior de ser digno de amor y amado se derrumbaba en ese momento. Entonces se encontraría llorando por dos razones muy diferentes. Seguía sufriendo porque estaba demasiado cansado, indigesto o por cualquier otra molestia, y, peor aún, se sentía mal porque las personas que amaba y adoraba más que nada en el mundo no venían a rescatarlo. Con el tiempo, al ver que su llanto no era respondido, durante lo que le parecía una eternidad, desistía de intentar atraer la atención de sus padres y se quedaba dormido. Al ver que se dormía, sus padres probablemente pensaban que el consejo de los expertos de dejarle llorar hasta quedarse dormido estaba bien fundado. Lo que ellos no sabían es que cuando ellos intentaban que usted se comportara de una cierta manera (quedarse dormido rápidamente), en vez de intentar demostrarle a ese bebé que siempre podría contar con la ayuda de la presencia y del amor de sus padres, podrían estar poniéndolo en un camino que terminaría creando en usted la necesidad de hacer que su vida fuera innecesariamente difícil y poco agradable. Cuando se deja llorar a los bebés que no se pueden dormir, que tienen hambre, cólicos o que están demasiados cansados, «por su propio bien», tiene lugar en ellos una sutil transformación. Los bebés a los que se les deja llorar asumen que la infelicidad que sienten es conveniente porque ven que eso es lo que sus padres quieren para ellos. El mismo proceso ocurre con niños más mayores cuyos padres los ignoran cuando tienen una rabieta o demuestran su infelicidad de una forma que sus padres u otros adultos importantes no comprenden o no aprueban. Cuando no se les consuela en momentos de infelicidad, los niños se convencen de que sus padres les están dando en ese momento el ideal de amor, con lo que confunden la infelicidad que están sintiendo con la felicidad. Esta falsa identificación reafirma la convicción 12

Martha Heineman y William J. Pieper Adictos a la infelicidad
interior de sentirse valorados, que es necesaria para vivir. Pero la consecuencia es que, sin saberlo, estos niños crecen sintiendo cierto bienestar cuando reproducen en sí mismos experiencias de infelicidad. En otras palabras, desarrollan una adicción a la infelicidad que existe y compite con su necesidad innata de experimentar una verdadera felicidad. Así pues, si en los primeros años de su vida sus lágrimas no encontraron consuelo, usted, en vez de pensar, como lo haría un observador imparcial, que se estaba sintiendo mal, usted creía que esa infelicidad que no fue consolada era el estado ideal que sus adorados padres querían que usted experimentara. Al sacar la conclusión de que esos sentimientos de infelicidad representaban la verdadera felicidad, de manera natural, usted desarrolló un fuerte deseo o necesidad de volver a reproducir esos sentimientos. Al hacerse mayor, quizá sin darse cuenta, haya empezado a pensar que, ya que sus padres querían que se sintiera infeliz, cuando se sentía demasiado feliz usted estaba traicionando o decepcionando a sus padres. Así pues, siendo aún muy jóvenes, los niños cuyas necesidades emocionales no están cubiertas desarrollan dos fuentes muy distintas de bienestar interior: 1) el placer innato de sentirse dignos de amor y amados, y 2) sentimientos de infelicidad que, sin saberlo, identifican erróneamente con la felicidad y que buscan para poder volver a sentir aquello que, según ellos, sus padres querían que sintieran. Si normalmente no encontraba consuelo cuando lloraba, entonces, desde una edad muy temprana, antes de que pudiera razonar, o de que pudiera saber lo que realmente pensaban los demás, o antes de que pudiera comparar y sopesar los cuidados que le daban con los cuidados que usted necesitaba, usted desarrolló un conflicto interior muy real, pero no identificado, con respecto a la mejor manera de sentirse feliz. Usted necesitaba sentirse realmente feliz, pero también necesitaba esa felicidad falsa, que en realidad es una infelicidad disfrazada. Queremos subrayar que realmente no tiene importancia si a usted le dejaron llorar porque no podía dormir, porque tenía hambre y no era el «momento» de la toma, porque tenía un cólico y a sus padres les dijeron que lo mejor era que soltara la tensión llorando, o porque no le dejaron el juguete de su hermano mayor. El resultado es el mismo. Algunas veces, muy profundamente, y sin darse cuenta, sin quererlo, usted se consoló a sí mismo con esa infelicidad disfrazada de felicidad. Comprender esto es el primer paso para superar la adicción a la infelicidad y seguir con su vida. La conexión entre lo que se esperaba de usted y su necesidad de pedir demasiado a los demás y a sí mismo Como cualquier niño, usted necesitaba que sus padres supieran cuáles eran sus necesidades básicas en cada momento y que respondieran a esas necesidades de la manera adecuada. Pero quizá a sus padres les resultaba difícil cubrir sus necesidades porque, al igual que a otros padres, les enseñaron a esperar un cierto grado de madurez por parte del niño, algo que realmente no encaja en la mente del niño, si observamos cómo esta se desarrolla realmente. Si usted es una de las muchas personas que periódicamente se sienten inseguras o que creen no están a la altura de las circunstancias, es probable que cuando era niño esperaran demasiado de usted, y por ello usted creciera con el sentimiento de que, con frecuencia, estaba decepcionando a sus padres y a otros adultos importantes para usted. Sus padres (y, más tarde, sus profesores) quizá creyeron que para ser una persona de provecho tenían que «civilizarlo» cuanto antes. A la mayoría de los padres se les enseña que los niños, al llegar a ser adultos, se comportarán socialmente como cuando eran niños. Piensan que si un niño de ocho años se enfada cuando pierde en un juego, se le debe enseñar a tener espíritu deportivo porque si no cuando crezca será un mal perdedor. De manera similar, a los padres se les hace pensar erróneamente que las buenas cualidades de los adultos, tales como la generosidad y la responsabilidad, deben enseñarse desde muy pronto o nunca se podrán aprender. En general, se espera que los niños, desde muy pronto, sean sinceros, buenos hermanos, buenos perdedores, que coman bien y que hagan siempre sus tareas. Pero sus padres y profesores no eran conscientes de que la mente de un niño era muy diferente a la de ellos. Cuando un adulto recibe la ira o la desaprobación de otra persona, es capaz de evaluar si el comportamiento del otro es razonable o no. Pero cuando los niños son castigados o se enfrentan con la desaprobación por no estar a la altura de unas expectativas demasiado elevadas, aunque puede que se sientan enfadados, en el fondo siempre piensan que sus padres son perfectos y que sus padres están haciendo lo correcto. Y así, los niños sacan la conclusión de que cuando se sienten infelices están sintiendo exactamente lo que sus padres desean; piensan que serán más felices si pueden llegar a ser exactamente como sus padres son y si tratan a los demás y a sí mismos de la misma manera que sus padres los trataban ellos. Sus padres y profesores, erróneamente, intentaban que usted actuara como si fuera un adulto. Sin embargo, usted no podía comportarse como un adulto porque, como todos los niños, su felicidad diaria dependía en gran medida de conseguir lo que usted quería cuando lo quería. Esa es la razón por la cual, 13

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