sábado, 15 de octubre de 2011

Las Mejores Relaciones: Y no esperar nada a cambio

Martha Heineman y William J. Pieper Adictos a la infelicidad CAPÍTULO 2 Crearse la necesidad de conflicto en las relaciones La adicción a la infelicidad puede hacer que le sea difícil encontrar y disfrutar de relaciones cercanas con los amigos o de sus relaciones amorosas. Todos importamos de la infancia conceptos asumidos muy arraigados sobre lo que significa una buena relación. Estos conceptos asumidos pueden llevar a la gente a: •Tener dificultades para hacer amigos o para encontrar una pareja. •Elegir personas, amigos o parejas que no son los adecuados e invertir un capital emocional considerable en un esfuerzo imposible por hacer que esa relación sea más satisfactoria. •Elegir bien a los amigos o a la pareja y luego provocar discusiones, perder el interés, o sabotear una relación de la que podían haber disfrutado. El aspecto positivo del hecho de que la raíz de nuestros problemas con las relaciones esté normalmente dentro de nosotros, es que nosotros podemos cambiamos a nosotros mismos más fácilmente de lo que podemos cambiar a los demás. En el capítulo 1 hablamos sobre alguna de las razones que pueden hacer que las personas, periódicamente, pero sin darse cuenta, necesiten infelicidad. Las consecuencias de haberles dejado llorar cuando eran bebés, o de haber tenido demasiadas expectativas con respecto a ellos, o de haber sido demasiado estrictos con ellos, pueden causarles una necesidad de infelicidad y, específicamente, afectar a su capacidad de disfrutar de las relaciones cercanas y afectuosas que todos deseamos. Quizá se impliquen con personas que son indiferentes ante su sufrimiento, que responden de forma estricta cuando cometen errores, o que no están disponibles o que no se puede contar con ellos. O quizá les sea difícil ser buenos amigos o buenas parejas. Por ejemplo, puede resultarles difícil sentir compasión cuando sus amigos o su pareja no son felices o sufren algún revés. En este capítulo vamos a ver otras experiencias de la infancia que pueden ser la causa de que las personas experimenten problemas para encontrar y para disfrutar de unas relaciones satisfactorias. Los tres momentos más importantes son: 1) el rechazo de los padres ante las demandas de atención y cercanía por parte de sus hijos; 2) el trato desigual de los padres para con los hermanos, y 3) los padres que malinterpretan el comportamiento de los niños en la fase romántica. Como hemos señalado anteriormente, el objetivo no es culpar a nadie, sino ofrecerle los instrumentos que necesita para mejorar su vida. Si una adicción a la infelicidad permanece invisible para usted, va a seguir teniendo el poder de sabotear sus resoluciones más decididas. Por otro lado, una vez que esta adicción es visible, puede ser identificada directamente y vencida. El reto de la cercanía con los demás De entre los malos consejos que sus padres pueden haber recibido, uno especialmente dañino por sus repercusiones en su capacidad para crear relaciones plenas y cercanas, fue la advertencia de que si se dejaban llevan por su deseo infantil de estar cerca y de sentirse atendido lo harían «demasiado dependiente». En nuestra cultura, dependencia e independencia se han relacionado erróneamente con la distancia de los padres. Si los niños se alejan de sus padres para jugar, se piensa erróneamente que son independientes. Si prefieren quedarse cerca y jugar con ellos, erróneamente se considera que son demasiado dependientes y se les anima a que se vayan a jugar solos. Es normal que los niños quieran jugar con sus padres a veces y otras veces estar solos, pero esta elección no tiene nada que ver con su nivel de independencia. En realidad, todos los niños nacen para depender y para ser dependientes de sus padres. De hecho, el placer de estar cerca de sus padres inspira a los niños a ser como ellos y a que, cuando crezcan, sean afectuosos consigo mismos y capaces de estar cercanos a los demás. El intenso apego que usted sintió por sus padres era una consecuencia de su desarrollo, no una señal de debilidad. La verdadera independencia no se mide por la distancia física entre los niños y los padres, sino que se refiere a un bienestar interior constante que es independiente de las satisfacciones externas e invulnerable ante las 24

Martha Heineman y William J. Pieper Adictos a la infelicidad desilusiones externas. La verdadera independencia es posible gracias a una felicidad interior que no depende del éxito y que nunca se tambalea cuando las cosas no salen como queremos. Este bienestar fundamental surge cuando los padres y otros adultos importantes satisfacen la intensa necesidad de los niños pequeños de obtener esa atención que los reafirma y que los nutre. Este bienestar se ve frustrado cuando se los priva de tener una relación o se los aleja. Cerca de su primer cumpleaños, usted llegó a un punto clave en su desarrollo cuando se dio cuenta de que usted era más feliz cuando estaba con sus padres, especialmente cuando usted llamaba la atención de sus padres y ellos respondían siendo afectuosos, admirando sus esfuerzos o jugando con usted. Usted estaba muy apegado a ellos y, especialmente durante los dos años siguientes, usted necesitaba que ellos lo reconocieran y le respondieran positivamente y con entusiasmo. Si ellos supieran que tenían que hacer eso, usted hubiera desarrollado un optimismo y un deseo por las relaciones cercanas que lo colocarían en una buena posición hoy. Por otro lado, si sus padres siguieron el consejo tradicional de enseñarle independencia intentando convencerlo de que se alejara más de ellos justo cuando más necesitaba sentirse cerca de ellos, probablemente usted se derrumbó y aumentó su demanda de atención. Sus padres malinterpretaron esta demanda como si fuera una indicación de que, de hecho, usted era demasiado dependiente y necesitaba que lo alejaran aún más. Durante algún tiempo, probablemente usted sacó la conclusión de que no era bueno buscar el interés y la aprobación de sus padres. Quizá haya intentado sentirse bien con usted mismo complaciendo a sus padres y no pidiéndoles atención. Si usted confundió lainfelicidad de sentir que no debía pedir la atención de sus padres con la felicidad de una relación afectuosa, usted también habría desarrollado la necesidad de reproducir esa misma infelicidad. Sin saberlo, usted habría aprendido lecciones que pueden estar haciéndole difícil tener buenas relaciones de adulto y también criar a sus propios hijos.
Stan Stan vino a vernos porque se dio cuenta de que había un patrón en sus relaciones que le hacía sentirse infeliz y frustrado. Se enamoraba de una mujer e intentaba conseguirla con todo su empeño. Le enviaba flores, la llevaba a buenos restaurantes y la llamaba dos o tres veces al día. Pero en el momento que la mujer empezaba a responder positivamente, Stan empezaba a perder interés en ella. Si una mujer expresaba claramente su interés por él y que quería pasar con él más tiempo, Stan se sentía agobiado. Se sentía incómodo y empezaba a dejar de gustarle esa mujer por ser tan «dependiente» y por «hacer que» se sintiera tan incómodo. Después dejaba de llamarla y empezaba a buscar a otra. Cuando empezamos a trabajar con Stan se quejaba amargamente de que le era imposible encontrar a una mujer «independiente». Nos decía: «No importa si una mujer parece muy independiente al principio, poco después empiezan a exigir y a depender cada vez más». La idea distorsionada de independencia que tenía Stan, una cualidad que él valoraba mucho, era que no estaba bien querer o necesitar una relación. Prefería la falsa satisfacción de estar solo antes que la auténtica satisfacción de vivir una relación cercana y correspondida. Stan se quedó muy sorprendido cuando le explicamos que una relación sana con los demás traía consigo la necesidad y el deseo de estar con el otro. Nos decía: «Recuerdo que muchas veces cuando era pequeño les pedía a mis padres que jugaran conmigo, pero ellos me rechazaban diciendo que tenía que ser un niño mayor: No me daban nada de lo que pedía hasta que lo pedía de una forma que no fuera tan infantil o impulsiva. Y les gustaba mucho cuando jugaba solo y no requería su atención». Stan había intentado cumplir el deseo de sus padres de ser más «independiente» y «adulto», y se sentía orgulloso y cercano a sus padres cuando no solicitaba su atención o su afecto. Cuando la implicación de Stan en nuestra relación terapéutica se hizo más profunda, se sorprendió a sí mismo deseando que llegara la siguiente sesión. Empezó a sentirse molesto consigo mismo por haber llegado a ser tan «dependiente» de nosotros. Se saltaba sesiones para demostrarse a sí mismo que podía ir bien sin nosotros. Con el tiempo, se dio cuenta de que su necesidad y deseo de querer vernos era algo normal y sano, que no tenía que avergonzarse por ello o pensar que no era propio de un hombre y, con el tiempo, pudo aplicar esta nueva perspectiva a sus relaciones amorosas. Conoció a Susan y comenzó a salir con ella, y cuando empezó a dejar de gustarle porque «esperaba demasiado» de él, en vez de romper con ella inmediatamente, acudió a nosotros para ayudarle a analizar sus sentimientos. El cambio más importante en Stan fue que ahora estaba poniendo en duda lo que antes consideraba como cualidades de una buena relación. En vez de confundir la falsa satisfacción de permanecer distante con la verdadera felicidad, empezó a buscar la cercanía y una verdadera implicación en sus relaciones; intentó no expresar ante Susan su desagrado cuando ella quería que pasaran más tiempo juntos. Con el 25

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tiempo, Stan pudo disfrutar y sentirse satisfecho con las expresiones de afecto de Susan, y también empezaba a aceptar el apego creciente que sentía hacia ella y el correspondiente deseo de querer estar con ella. Algunas veces, las personas que tienen dificultades para crear y sostener relaciones cercanas debido a su adicción a la infelicidadconscientemente, buscan, desean y valoran la implicación en ellas, pero, sin saberlo, satisfacen su necesidad de volver a crear la distancia que mantenían en la relación con sus padres, eligiendo una y otra vez una pareja que no puede aceptar un compromiso. Nancy Nancy, ejecutiva de contabilidad de veintitantos años, hacía todos los esfuerzos posibles por conocer al hombre de sus sueños. Nada le interesaba más que casarse y crear una familia. Les dijo a todos sus amigos que estaba «disponible», y se apuntó a clubes que hacían excursiones a pie o en bicicleta en los que había un alto porcentaje de hombres. Una y otra vez ocurría que conocía a alguien que parecía agradable; salían unas cuantas veces; a ella le gustaba su compañía y quería implicarse más en la relación. Pero justo cuando la relación se empezaba a intensificar; el hombre en cuestión dejaba de llamarla. Nancy no prestaba atención a esta señal negativa y seguía llamándolo para salir juntos; cuando él no devolvía sus llamadas o decía que siempre estaba ocupado, ella tenía que hacer frente al hecho de que él ya no estaba interesado por ella. Al multiplicarse estas experiencias negativas, Nancy empezó a perder la esperanza y a cerrarse. Dudaba de empezar nuevas relaciones y se retiró de la mayor parte de las actividades sociales; finalmente, a sugerencia de un amigo, vino a nuestra consulta. Cuando sugerimos a Nancy que, sin darse cuenta, estaba eligiendo a hombres que tenían miedo al compromiso, ella no terminó de creerse que eso fuera posible. Decía: «Nadie puede saber eso la primera vez que conoce a alguien». Nos contó todo lo que había hecho para poder conocer a alguien que quisiera una relación estable, y para ella la mayoría de los hombres simplemente «eran así». Al mismo tiempo, reconoció que los hombres que lo atraían no eran muy diferentes entre sí: todos desaparecían cuando la relación empezaba a consolidarse. Al reflexionar sobre su propia vida, Nancy se dio cuenta de cuánto le había afectado el hecho de que su propio padre hubiera sido un adicto al trabajo y que rara vez estuviera en casa. Cuando ella le pedía que fuera al colegio a jugar o le solicitaba que la llevara con sus amigas a ver una película, él contestaba que estaba demasiado ocupado, que «alguien tenía que traer el dinero a casa». Más aún, no podía recordar que su padre la abrazara o le diera un beso nunca. De hecho, era como si él se sintiera incómodo cuando ella le demostraba su afecto. Nancy empezó a comprender que, como todos nosotros, estaba muy influenciada por la actitud de sus padres con respecto a las relaciones. Aunque conscientemente ella buscaba una relación cercana y comprometida, al mismo tiempo había admitido la actitud distante de su padre, la justificaba, y había condenado el deseo de atención como algo inapropiado e infantil. Sin darse cuenta, resolvía este conflicto eligiendo hombres que la atraían porque había en ellos algo que le era familiar; es decir; la distancia emocional con ellos le recordaba a su padre. No resulta extraño entonces que estos hombres se fueran a la primera señal de compromiso verdadero. Las dificultades de Nancy con las relaciones empezaron a salir a la superficie en su tratamiento con nosotros. Por un lado, estaba encantada de que nuestra relación terapéutica fuera tan estable y le ayudara tanto. Por otro lado, su adicción a la infelicidad le hacía sentirse incómoda con su implicación positiva hacia nosotros, al igual que Stan, nos acusaba de hacerla «dependiente». Estos sentimientos negativos la sorprendían y la alertaban de la posibilidad de que quizá, de hecho, instintivamente ella hubiera estado evitando a los hombres que estaban preparados y disponibles para tener una relación cercana y comprometida. Al pasar el tiempo, Nancy se esforzó por no seguir sus impulsos sobre con quién salir, que ahora sabía que eran erróneos, y por conocer hombres que la llamaban para salir y que ella no hubiera considerado como posibilidad en el pasado. Para su sorpresa, algunos de ellos eran interesantes y divertidos y, lo más importante, no salían corriendo a la primera señal de compromiso. Nancy hizo el descubrimiento clave de que cuando ella salía con un hombre que estaba interesado en ella, ella empezaba a perder interés en él. La animamos a que no actuara según esos sentimientos hasta que nuestro trabajo dejara claro si su falta de interés en la relación reflejaba el rechazo a la cercanía que había aprendido siempre, o si era una verdadera percepción y que la otra persona no era la adecuada. Cuando Nancy no pudo encontrar nada que fuera realmente «negativo» en el hombre con el que estaba saliendo, admitió que ella debía tener el mismo problema con la proximidad que tenían los hombres con los que había salido antes y que tanto la habían desilusionado. Este fue un gran descubrimiento en el trabajo 26

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