lunes, 10 de octubre de 2011

Lolita Bosch: La familia de mi Padre

Al coger el último libro de Lolita Bosch, que se titula La familia de mi padre, uno piensa: “es una autobiografía”. Pero se subtitula “Una novela”, y eso ya desconcierta. Al hojearlo, con hache, encontramos en él fotos en blanco y negro, lo que lleva al lector a imaginar que tal vez se trate de un álbum familiar. Al ojearlo, sin hache, se atrapan al azar algunas frases y dibujos hechos a mano que nos llevan a creer que será, seguramente, un diario. Encontramos citas y glosas, párrafos de libros y de periódicos de la época, facsímiles de recibos y necrológicas, y decidiremos que es una crónica. Leemos la primera frase y descubrimos que la protagonista, la narradora, la autora, o todas ellas, no nació “en un lugar sino en una historia.” Entonces ya no sabremos a qué atenernos. Un par de páginas más adelante, una frase iluminadora dice: “De aquí es de donde vengo. Esta es mi semilla. Una historia constantemente explicada, un impulso”.
¿Qué es La familia de mi padre?
Es una novela, responde Lolita Bosch. Hacer un diario con este material hubiera sido el camino fácil, el más obvio. Dice también pertenecer a esta clase de escritores que escriben sin brújula: he ido absolutamente a ciegas... bueno, eso lo hago siempre, ¿eh? Cuando escribo pienso en abstracto, nunca me centro en el contenido. El contenido va saliendo, porque la novela es algo que se va tejiendo... Por eso es muy difícil escribir en el lugar en el que estás viviendo... Yo no podía escribir sobre Barcelona viviendo en Barcelona. De hecho, escribí la novela cuando estaba viviendo en México. En el caso de La familia de mi padre, además, iba encontrando cosas y con ellas iba avanzando. Había días que tenía tanto material sobre la mesa que estaba desesperada por ir cerrando algo. Lo único que tenía claro era que, al final, quería ir al pueblo de mi abuela. Desde el principio. Quería terminar ahí: era una deuda histórica.

¿Esta historia estaba dentro de la piedra, pidiéndote que la sacaras, como las esculturas de Miguel Ángel?
Absolutamente. Yo vengo de esta historia. Todos venimos de una historia que te cuentan, y te cuentan, y te cuentan... la he oído tantas veces que ahora, al terminar de escribirla, he tenido la sensación de que la literatura de la historia se me había encarnado... de hecho, cuando terminé de escribirla tenía la necesidad de seguir escribiéndola, y seguía haciéndolo. Así que confeccioné una especie de making of ...

Mi padre y yo fuimos la nostalgia de no atreverse a regresar a un mundo extinto


¿Obedece entonces a la necesidad de sacar algo que tenías dentro? ¿Y qué hay de la labor de investigación, recopilación de datos, visitas a archivos, hemerotecas... que llevó a cabo Lolita Bosch?
La historia, la información, estaba dentro, y yo la cotejé con lo que había fuera. Y decidí que me gustaba más lo que llevaba dentro. Pude cotejar la Barcelona narrada que yo había heredado. Entendí que la herencia que me había dejado mi padre era la Barcelona narrada por él, la posibilidad de contar los sitios para que se conviertan en lo que son. Cuando mi padre murió me costó mucho volver a Barcelona: cuando se muere alguien, es como perderlo todo. Pero las cosas no pasan, se quedan. La literatura sirve para eso, es como un estuche. Nuestra memoria de la humanidad es literaria, sabemos lo que ha pasado en la historia porque alguien la ha escrito. Y en nuestras vidas sucede lo mismo. La literatura es un antídoto para los malos perdedores. Yo he encontrado documentada la historia de Barcelona, de la Barcelona de mis antepasados –su tatarabuelo Rómulo Bosch i Alsina fue alcalde de la ciudad–. Tengo datos de sobra de lo que fue y de cómo fue... pero me quedo con la historia que me contaba mi padre, que la Vía Laietana la había construido Julio César cuando vino a Barcelona y que, antes de entrar, se paró a bañarse en el río Besòs y a ponerse una túnica nueva para hacer su entrada triunfal. Esta es mi historia. Yo era esto.

Esta es una de las anécdotas más entrañables del libro, y hay muchas. Un libro con una estructura desconcertante y curiosa: la estructura del proceso, del quehacer, y no de lo hecho, de lo acabado:
Todo es el resultado de algo. Eso de ver el mundo como es ahora, y asumir que es absoluto sólo porque está ahí y porque yo lo estoy viendo..., explica, me da pavor. Esto no es así porque yo lo estoy viendo, no empieza y termina conmigo. No me interesan las cosas como son: ver su continuidad es fascinante. Me gusta mucho la construcción, me emociona la continuidad. Bien mirado, nos vamos construyendo unos encima de otros. Por eso me gusta tanto el tercer mundo, porque es un mundo en construcción, en proceso.

Eres autora de algunas obras de literatura infantil y juvenil. ¿Hay detrás de esta novela un afán didáctico, una intención de mostrar, de explicar?
No, no, nada de eso. Más bien un intento de explicármelo a mí misma... la historia me interesa poco contada como Historia: me atrae contada como narración. Me gusta pensar que César se bañó en el Besòs, que es nuestro río. Nuestra relación con el mundo es muy subjetiva, y eso es imposible contarlo. Yo te cuento una sensación mía y si consigo transmitírtela, ya habré conseguido algo. Pero sólo puedo conseguir eso, que tú tengas una sensación parecida. Decía Tolstoi “Intenta contar la historia del mundo y no conseguirás nada, intenta contar la historia de tu pueblo y habrás contado la historia del mundo”. Lo absoluto no se puede contar.

Temo haber sobrevivido y no tener a dónde regresar para recordarlo todo


La familia de mi padre es Lolita Bosch. Cercana, vital, barcelonesa y mexicana. Rastreadora de archivos, su engranaje literario se pone en marcha con esas casualidades un pelín supersticiosas. Su razón se matiza con su sentimiento o, mejor dicho, con su capacidad inmensa para sentir. Interesada, como ella misma explica, en la arquitectura y en el urbanismo, en la forma que tienen estas disciplinas de poner orden en el caos, su afán descriptivo sobrepasa el rigor urbanístico y llega a ser cartográfico, incluso arqueológico. Cuando nos cuenta a dónde fue a tomar el café o las patatas bravas, nos da las coordenadas del bar, su domicilio, las referencias espaciales, una breve historia de lo que hubo allí en tiempos y de lo que ha llegado a ser en la actualidad. Su libro es una guía de Barcelona que abarca todo un siglo: el siglo XX, con todo lo que supuso para la ciudad. Y el hilo narrativo un ejercicio desmesurado, un empeño titánico de abarcar la realidad actual, el recuerdo, la antropología y aún más: el proceso, el paso de un estrato a otro. Es como si quisiera ofrecer una especie de imagen holográfica donde se pueden ver a un tiempo pasado, presente y tiempo intermedio. Al tiempo, teje su novela, la historia de su familia, su propia historia y la de su ciudad, después de poner el océano por medio.

Es también, La familia de mi padre, un exorcismo personal con Barcelona. Pero es mucho más que eso, y lo dice una de las frases de la novela, bellísima y desgarradora: Temo haber sobrevivido y no tener a dónde regresar para recordarlo todo.

Escribir esta historia ha sido muy gratificante porque esta era mi última oportunidad de estar con mi padre: he estado con él el tiempo que he tardado en redactar la novela. Además, hay tantas cosas de las que vivimos que ya no existen: las casas donde vivimos, la gente que ha ido desapareciendo... el entorno en el que yo viví con mi padre, se iba a perder, y sólo podía evitarlo contándolo. Y me he dado cuenta de qué era lo que perseguía: recuperar a mi padre.

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