lunes, 10 de octubre de 2011

La Familia de Mi Padre

Hay una ciudad, Barcelona, y hay una familia. En la ciudad, un puerto, un barrio gótico, todo el Gaudí que se quiera. En la familia, cinco hombres llamados sucesivamente Rómulo Bosch: el primero, alcalde de Barcelona a principios del siglo XX; el segundo, coleccionista de retratos en miniatura; el tercero, bastardo; el cuarto, padre de la autora; el quinto, nacido en 1968. Está, también, la autora, Lolita Bosch (Barcelona, 1970), que describe la danza de las cinco generaciones al tiempo que amuebla su obra con notas, fotografías y anécdotas hasta construir un país llamado memoria. Porque la memoria, como sabía Walter Benjamin, no es un acto sino un escenario.

Pero la memoria es, también, un acto. En un buen ensayo literario uno puede admirar la manera en que el pensamiento, la potencia del pensamiento, se despliega. Aquí, en esta obra, es posible contemplar el modo en que la memoria trabaja: cómo recuerda y cómo construye aquello que no recuerda; su empeño, sus desvíos, sus atajos, sus límites, sus mecanismos. Aunque el subtítulo del libro nos ofrece un producto (¡una novela!), no hay producto alguno, sólo un proceso: la producción de una obra. Ante nosotros se crea –y destruye y reinventa– el pasado. Ante nosotros se elabora –con los zigzagueos y repeticiones y tropiezos propios de todo proceso– un libro. Es inútil intentar manterse al margen, ajeno a la obra, y leerla desde fuera. Este libro nos obliga a penetrarlo y mirarlo por dentro.

Es común llegar tarde, demasiado tarde, a las novelas. Arribamos cuando estas ya están hechas y pulidas, a veces envueltas en vagos subgéneros. Pasa, incluso, que la anécdota central ya ha ocurrido y el narrador se reduce a contárnosla en un anticlimático pretérito indefinido. Por fortuna, en este caso llegamos antes, bastante antes, cuando la novela está siendo apenas pensada, concebida. Leemos prematuramente sus líneas y no encontramos en ellas –para nuestra felicidad– las formas estables, enmohecidas, de la novela ni las convenciones dramáticas al uso ni un estilo deliberada, amaneradamente literario. Encontramos, sí, los elementos con que se arman las novelas –tramas, personajes, atmósferas– pero dispuestos casi naturalmente, en forma de notas, antes de su elaboración novelesca. Cosa previsible: de ese modo lucen más expresivos, menos tópicos, y la historia de la familia Bosch nos llega, por carambola, casi directamente, con menos rebaba. La autora habla, para describir su obra, de una caja de madera, verde, en la que coloca las piezas de una novela que quizá no pueda ser escrita. Es válido pensar, también, en un cuaderno, como el de Josefina Vicens, o en las mesas de trabajo expuestas por Gabriel Orozco: objetos, materiales, instrumentos dispuestos en una superficie antes de ser empleados. Y al fin y al cabo, ¿para qué emplearlos? La concepción de un proyecto es trabajo, satisfacción, suficiente.

¿Por qué hablar de La familia de mi padre? En parte por eso: porque no es una novela. Ante la tosca profusión de novelas, reproducidas casi maquinalmente, es saludable que todavía haya quien desconfíe de lo novelesco. Lolita Bosch desconfía. ¿Por qué? Porque desespera, como los temperamentos más finos, ante la afectación, el artificio. Parece sospechar de la elaboración literaria, de la coquetería del estilo, de los recursos narrativos con que se une una experiencia con otra. Más todavía: parece pensar que una novela acabada, rematada, es un producto que tiende a alejarse de su autor –como las sillas, una vez terminadas, se alejan del carpintero. La mayoría escribe para eso: para deshacerse de una historia y facturar la que sigue. Ella escribe la historia de su familia justo para demostrar lo contrario: que no puede, ni desea, separarse de esas personas. No sorprende por ello que su escritura se mantenga cerca de su cuerpo –la autobiografía, la confesión, las repetidas onomatopeyas corporales salpicadas en el texto (snif, auch, ah)– ni que, a un paso del final, reconozca que no basta con haber escrito un libro sobre su padre: ya volverá a escribir sobre lo mismo.

No todos los escritores permanecen fijos, explotando la misma voz obra tras obra. Hay quienes, de pronto, se arriesgan y transforman, y quienes penetran poco a poco el misterio de la escritura. Este último es el caso de Bosch: no cambia, ahonda (salvo en su desatinada antología de literatura mexicana, Hecho en México, 2007). Si la protagonista de Esto que ves es un rostro (2004), su primera obra, deseaba traspasar la piel para ver lo que se oculta detrás de ella, la narradora de La familia de mi padre atraviesa la cáscara de la novela y expone, casi clínicamente, los gajos de la escritura. Una escritura, sobra decirlo, versátil: narrativa pero ensayística pero memoriosa; con citas de otros libros y epígrafes y fotografías; absolutamente ficticia pero enteramente autobiográfica. Más importante: una escritura que, al renunciar a las amarras de lo literario, se suma al proyecto de las viejas vanguardias –perforar la burbuja del arte para acercar la escritura a la vida. Que otros se entretengan facturando productos literarios. Esta obra demuestra que aquel proyecto está aún vigente: escribir literatura y algo más que literatura. ~


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