miércoles, 21 de diciembre de 2011

Jose Carlos Bragado: Un Campeón

Querido amigo (a)

Cuando las tardes soleadas de invierno se agotan se les queda un tono de oro viejo que va menguando al cobrizo, pero hay un momento mágico en que todas las cosas adquieren una pátina como de rescoldo. Es un instante minúsculo en que las aves suspenden su vuelo, los sonidos enlentecen, el aire se aquieta y se hace el silencio; pero de seguido, cuando él último rayo de luz se precipita al otro lado del horizonte, nuestras entrañas, que atesoran los miedos de nuestros ancestros, se voltean sobre sí mismas. Es el miedo a la noche y, sobre todo, miedo a que la luz se desgane y no vuelva a coronar este lado del horizonte. La ciencia ha terminado doblegando ese miedo demostrándote que la Tierra gira y que volverá la luz cada mañana, aunque tus tripas a esa hora tonta de la tarde no acaben de creérselo. Esto últimos años andamos con otro miedo a cuestas, el miedo a perder el trabajo, o a no encontrarlo, porque esa ciencia de ganarnos el pan que llaman economía está escalando una pendiente muy pronunciada salpicada de riscos puntiagudos, y para aligerar peso despeña puestos de trabajo a mansalva. Si miras desde esta altura, verás el valle cubierto por un espeso manto de añicos que forman las ilusiones rotas, los sueños despedazados, las esperanzas quebradas y las expectativas hechas cisco. Nadie pilotó la economía cuando bajaba la cuesta sin frenos, nadie la pertrechó para iniciar la escalada y ahora, nadie le echa un cabo que le ayude en la ascensión, y lo que es peor, nadie sabe a qué altura está la cumbre.

Los que podemos contar el tiempo en décadas hemos vivido momentos en que postularse para ganar el pan resultaba tan estéril como lo es ahora y, sin embargo, de pronto, como por obra de birli birloque, la situación daba un vuelco y los salarios volvían a las casas. Años después, justo en el momento en que sesudos economistas nos estaban explicando las razones que propiciaron la bonanza, estallaba otro terremoto financiero y sus tremores hacían de nuevo la labor de criba de puestos de trabajo. La noticia buena es que los ciclos se suceden como los días y las estaciones. La mala es que hay quien no puede salir del despeñadero o en la criba sale aventado y a merced de las corrientes de aire como una brizna de paja.

El miedo es a las crisis como el fuego a la yesca, si los arrimas provocas un incendio; no te olvides de que el dinero, ese señor apátrida, promiscuo y amoral, es un puñetero cobarde y tiene el olfato de un perro que huele nuestro miedo, y cuánto más lo huele más se acobarda y más lejos huye.



En estas fechas que solemos darle una capa de barniz a la sensibilidad para que nos luzca un poco más, no sería mal momento para quitarnos unas cuantas capas de miedo que nos atenazan y que justificamos por pudor o por timidez, por el qué dirán o por cobardía, por estimar que haríamos el ridículo o nos considerarían insensatos, por vanidad, por dejadez… No es tan difícil dar las gracias, decirle lo siento o te quiero, declarar en público que lo hizo bien, darle una palmada en el hombro, invitar a unas palabras o a unas risas, regalarle un apretón de manos o un abrazo o un beso, quitarte de la cara el gesto adusto y pintarte una sonrisa, desearle buenos días de corazón, pensar en feliz para hacerlos felices… Es gratis. Y si puedes prodígate con ese señor apátrida, promiscuo e inmoral y derróchalo, tira un poco del consumo, regálate y regala, ya sabes que la economía es como una bicicleta a piñón fijo y no se puede dejar de pedalear.

Creo recordar que es el decimotercer año que escribo esta a modo de postal de Navidad a mis amigos, que por cierto, cuando las releo me suenan a homilías de cura antiguo. Lo digo para mostrarte que no tengo miedo o, tal vez, lo que me falta es pudor o vergüenza. Sí, lo reconozco, tampoco tengo compasión por endilgarte estas parrafadas. A lo que voy, todas estas letanías anuales sólo tienen una cosa en común, en el párrafo final formulo un deseo.

Te deseo que aminores el miedo y que tengas la valentía de derrocharte.


J. Carlos

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