domingo, 27 de noviembre de 2011

avida est periculi virtus

Remontemos el vuelo. Observemos el acontecimiento desde las alturas que habitan las águilas. El resultado del domingo pasado supone la culminación de una serie histórica, amagada en 1993 e iniciada en 1996. Lo ocurrido desde entonces ha venido a materializar la quimera de la «mayoría natural» que Fraga formulaba entre befas de todo tipo en los 80 y la profecía de la «Segunda Transición» que sirvió de título a un libro de Aznar en vísperas de su llegada al poder.

En 2015 se celebrará el 40 aniversario de la muerte de Franco. Si Rajoy culmina la legislatura y continúa en el poder entonces -algo altamente probable teniendo en cuenta su holgado margen en el Congreso-, podrá decirse con toda propiedad que así como durante los primeros 20 años de democracia la sociedad española tendió a escorarse a la izquierda, las siguientes dos décadas habrán adquirido un nítido sesgo de centro derecha.

Si el PSOE gobernó en 13 de los 20 años posteriores al óbito del dictador, el PP lleva camino de hacerlo en otros tantos de la veintena subsiguiente. Pero con la diferencia de que así como los años de la UCD de Suárez, anteriores al histórico triunfo felipista del 82, han de interpretarse como una magistral pista de aterrizaje, una especie de hábil preámbulo que amortiguó la trayectoria pendular del retorno de una izquierda enraizada en la Segunda República, estoy seguro de que la cuña de los siete años de Zapatero, incrustada entre las mayorías absolutas de Aznar y Rajoy, va a ser percibida como una alteración de la sociología electoral subyacente, vinculada a la masacre del 11-M y a la originalidad política de su protagonista.

Números cantan: en ninguna de las cinco elecciones generales celebradas en estos últimos 15 años el PP ha bajado ni del 37,7% de los votos ni de los 9.700.000 sufragios. De hecho, en el 2004 perdió con 50.000 votos más de los que obtuvo cuando ganó en el 96 y en el 2000 Rajoy se convirtió en el primer y único perdedor de nuestra historia con el apoyo de más de 10 millones de votantes. La prueba más elocuente de la estabilidad del respaldo popular del PP es que entre su mejor y peor resultado a lo largo de esta década y media en la que, insisto, ha logrado dos mayorías absolutas, hay una distancia de menos de siete puntos, mientras las oscilaciones a la baja del PSOE con el 34,1% del 2000 y el 28,7% del 2011 implican una volatilidad superior a 15 puntos.

Dos circunstancias muy singulares corroboran o más bien acentúan la preferencia de la mayoría de los españoles por el PP como instrumento adecuado para ejercer sus derechos de participación política. La primera, es la de que todos sus porcentajes, incluidas esas dos cimas por encima del 44% -ciertamente notables en elecciones parlamentarias mediante el sistema proporcional-, se han obtenido con el lastre de unos resultados siempre inferiores a la mitad de ese apoyo en Cataluña y el País Vasco. La segunda, la aparente falta de carisma, telegenia y tirón electoral de sus dos líderes: el primer jefe de Gobierno con bigote de la Europa democrática y el primer jefe de Gobierno con barba de la Europa democrática.

Si el PP hubiera obtenido en Cataluña y el País Vasco el mismo resultado que en el resto de España, habría superado el 49% de los votos y pulverizado el récord absoluto de 202 escaños de González. Pero esos cinco puntos adicionales, que hubieran convertido la mayoría absoluta en imperial, no van a estar al alcance del PP mientras gran parte de su electorado potencial se sienta bien representado por los nacionalistas de PNV y CiU. En pocos momentos como durante esta semana, con Artur Mas aprobando medidas que sirven de heraldo a las de Rajoy y el PNV pactando los presupuestos de la Diputación de Vizcaya con el PP, se ha visualizado tan nítidamente que los tres partidos defienden los mismos intereses. Fantasías aparte, casi podríamos decir que la mayoría de los votantes de CiU y PNV son votantes del PP, disfrazados por mor de su lugar de residencia.

Estamos ante una mayoría sociológica que respalda sin ambages el liberalismo económico y político, se aferra a una identidad cultural cristiana y rechaza como tópicos vacíos los valores que dieron a la izquierda la hegemonía intelectual a finales del siglo pasado. Si la catastrófica gestión de la crisis ha redundado mucho más en el hundimiento del PSOE que en el auge del PP, es porque el partido de Rajoy -ése es su mérito- ya estaba muy alto. UCD gobernó de hecho en las dos primeras legislaturas con porcentajes muy inferiores a los obtenidos por el PP derrotado tanto en 2004 como en 2008.

Estamos ante un desplazamiento hacia la derecha del centro de gravedad de nuestro mapa político, mucho menos coyuntural de lo que parece, muy en línea con lo sucedido en las demás democracias desarrolladas desde la caída del Muro de Berlín. Con el cambio operado en España, los cinco grandes estados europeos van a tener gobiernos del mismo signo.

El hecho de que el único bálsamo con que el PSOE parece lamerse sus heridas sea la hipótesis de que la crisis -con ayuda de la calle, claro- se lleve por delante antes de tiempo al Gobierno de Rajoy muestra tanto su actual indigencia ideológica, como el pánico cerval a que, por segunda vez en una misma generación, la seriedad de los populares sirva para arreglar los desaguisados fruto de la frivolidad y la incuria socialista. Si los líderes europeos son capaces de dar los pasos necesarios para enderezar la economía, convirtiendo la Unión Monetaria en una Unión Fiscal caracterizada por el rigor presupuestario y la solvencia financiera, y Rajoy interviene activamente en ese proceso, el PSOE puede despedirse de volver a gobernar durante mucho tiempo.

Incluso su propia hegemonía en la izquierda puede verse amenazada en futuras elecciones por sus dos flancos como consecuencia del auge de Izquierda Unida y UPyD, de modo que pasemos a una oposición con forma de tridente frente a una fuerza gubernamental cohesionada por la acumulación de poder municipal, regional y nacional. Y es que además de por su incapacidad de responder con una mínima consistencia a los desafíos de la crisis, el PSOE se ha hundido, y ha abierto espacios alrededor, por sus vaivenes e incongruencias respecto a la identidad nacional y el modelo de Estado.

Si el PP se ha encontrado con un tope en Cataluña y el País Vasco, pero con un margen de confianza prácticamente ilimitado en el resto de España, al PSOE le ha sucedido a la inversa todo lo malo y nada de lo bueno. Sus veleidades gobernando como si tal cosa con fuerzas independentistas en tres comunidades autónomas y la temeridad de una negociación política con ETA, que ha devuelto a la banda a las instituciones sin otra contrapartida que la promesa de dejar de matar, le han acarreado un duro castigo por doquier en beneficio del PP y la invasión de sus espacios electorales por los nacionalistas.

Sólo Bono acierta en el diagnóstico de las raíces profundas de los problemas del PSOE cuando recomienda olvidarse de los territorios y empezar a pensar en las personas. No comparto ni de lejos el ferviente deseo de la cúpula del PP de que Rubalcaba se quede al frente de la oposición pues lo conveniente es que haya alguien capaz de dar réplica a un gobierno con mayoría absoluta sin que cualquier piedra que lance se vuelva como un bumerán contra el techo de cristal de su pasado. Rubalcaba les vendría igualmente bien a todos los dirigentes derrotados de su partido que no tendrían que temer por el asiento en el que calientan el trasero, le vendría bien a Blanco que conservaría la protección política ante el Tribunal Supremo y les vendría bien a los alicaídos poderes fácticos del viejo felipismo que ante todo anhelan tener a un procurador de sus intereses jugando al do ut des. Pero le vendría mal a España.

¿Cómo contentarse, sin embargo, con que las alternativas deban ser una Carme Chacón con incurable síndrome de Estocolmo ante los nacionalistas o no digamos el Boabdil vasco que, por cierto, acaba de dar un paso de gigante para ver colmado su anhelo de entregar cuanto antes las llaves de la plaza al enemigo? Tendría gracia que la verdadera ganadora del congreso de febrero del PSOE fuera la misma Rosa Díez aplastada en el del 2000, sólo que esta vez desde otro partido. Hoy por hoy eso es lo probable.

No nos distraigamos en todo caso de lo esencial. Rajoy hizo un discurso de estadista la noche electoral, designó a Soraya como vicepresidenta in péctore para coordinar el traspaso de poderes, dio garantías a la señora Merkel de que hará lo que debe hacer, se reu-nió con Zapatero para perfilar la estrategia europea durante estas semanas y comenzó una ronda de encuentros con banqueros que se baten el cobre en el frente de batalla de la liquidez. Por utilizar sus propias expresiones con ocasión de una visita a Zapatero, está claro que debió empezar esos contactos «preocupado» y debió terminarlos «muy preocupado», porque entre tanto los mercados siguieron zurrando la badana a nuestra deuda.

Una cosa es que haga bien conservando la calma y no tome ningún atajo, anticipando nombramientos o medidas antes de ser formalmente presidente con la vana ilusión de amansar a las fieras de los parqués, y otra que no deba ser consciente de que su obligación es aprovechar su investidura para hablarles claro de una vez a los españoles: ésta es la inmensa magnitud del problema, ésta es la desagradable medicina que ineludiblemente tendremos que engullir.

Tal y como pronostiqué el domingo, la victoria no ha sido amarga, sino ácida. A diferencia de lo que le pasó a Aznar en el 96, la aritmética que le ha aguado la fiesta a Rajoy no ha sido la del recuento electoral, sino la de la reacción del Ibex: un 6,86% de caída en sus tres primeros días como presidente electo. Cualquiera diría que en el bautizo de los triunfos de los líderes del PP siempre ha de irrumpir un hada de mal agüero con negros presagios bajo el brazo. Pero también tenemos ya un precedente de cómo los hombres de carácter son capaces de hacer de la necesidad virtud y el tiempo demostrará cómo a la hora de gobernar entre Rajoy y Aznar habrá más similitudes que diferencias.

El nuevo presidente tiene un mandato claro -la canciller alemana se lo recordó como si fuera lectora de EL MUNDO- y todos los apoyos necesarios para llevarlo a cabo. Ya sólo le falta una divisa sobre el dintel que le motive cada mañana al cruzar la puerta del despacho. Como el día de la presentación de El Primer Naufragio le dediqué la consigna del mejor Danton -«Audacia, audacia y Francia estará salvada»- lo congruente sería proponerle ahora la máxima originaria de Virgilio: «Audax fortuna iuvat». Pero preparando mi pregón para el Salón del Libro Antiguo, que se inauguró este jueves, topé con una frase de Séneca aún más apropiada: «Avida est periculi virtus» («el valor está ansioso de peligros»).

¿Valeroso Rajoy? ¿Amante del peligro Rajoy? Al margen de que los hechos le han dado hasta ahora la razón a él y no a quienes auguramos en el 2008 que no lograría remontar su segunda derrota y consolidar su liderazgo en un entorno de grandes dificultades, podríamos decir que ya que son las circunstancias las que le han elegido como gobernante y no a la viceversa, más le vale aprovecharse emocionalmente de ellas.

Estamos hablando del heroísmo de los sitiados. «El precio da valor al diamante, la dificultad a la virtud, el dolor a la devoción y la acritud a la medicina», escribió Montaigne. Puesto que la tarea que aguarda a Rajoy es tan difícil, parece justo que él sepa que, volviendo a Séneca, todos sabemos que «los padecimientos que ha de soportar son parte de la gloria» («quoniam etiam quod passura est gloriae pars est»).

Dicho esto, yo tampoco me opondría a que, sin tener que viajar tan lejos en el tiempo, la divisa que hiciera suya y pusiera en un cartel bien a la vista de todos sus colaboradores se ciñera a las cuatro palabras con que el joven Camilo José Cela abordó la tarea de escribir su primera obra maestra: «Se acabó el divagar».

pedroj.ramirez@elmundo.es

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