sábado, 16 de julio de 2011

Facundo Cabral habla de México y de Dios

México • Fue hace dos años, o un poco más, en una salita de un hotel de Polanco. Para mí era un encuentro más que emotivo. Facundo Cabral era el tipo que escuchaba cuando niño y cuyo rostro críptico e hirsuto me mostraba un lado de la naturaleza humana que me llamaba mucho la atención. El hombre, que no es de aquí ni de allá, desprovisto de esa barba magnífica que lo acompañó décadas, se mostró generoso en su charla y cálido en su trato. Estos son algunos fragmentos de la conversación que se transmitió en su momento en el programa radiofónico La noche W.

¿Qué recuerda del México al que llegó por primera vez?

De mi primera vez en México, recuerdo a los amigos maravillosos: Rulfo, Tamayo, José Alfredo…

¿Qué le decía José Alfredo de sus canciones?

Teníamos un respeto mutuo; cuando yo vine recién estaba sonando El rey y le dije: “Oye, tú me robaste esa canción porque era para mí, la hubiera escrito yo… ‘Con dinero y sin dinero’”.

Y él me respondió: “¿Qué crees que pensé cuando escuché No soy de aquí…?”, porque esa podría haber sido una canción de él. Hay un punto en toda creación artística donde llegás al mismo lugar que otra gente, poco antes o poco después. Fíjate cómo coinciden Picasso y Braque con el cubismo o lo que pasó en el art nouveau a principios del siglo XX, son coincidencias muy fuertes que suceden en todas las disciplinas.

¿Qué significa México para usted?

Yo siempre supe que México iba a ser un país importante en mi vida, lo supe siempre, sin pensar que iba a trabajar acá.

Desde cuándo lo supo…

Desde que empecé a ver algunos libros. Yo llegué tarde a la cultura. Bueno… cultura es todo. Yo fui analfabeta hasta los catorce; a mí me enseñó a leer un jesuita, leíamos el Popol Vuh, el Chilam-Balam, y me hablaba del Usumacinta, de Pakal…

Cuando llegué acá a mí ni me pasaba por la cabeza que supieran lo que yo hacía, yo vine a conocer México. Venía cruzando América desde Tierra de Fuego, y ya en la Ciudad de México, un taxista me preguntó si era músico, cuando le respondí que sí, me dijo: “¿Y dónde va a tocar?” “No tengo ni idea”, le contesté. Entonces me señaló un muro muy largo, como el muro de los lamentos de Jerusalén y me indicó: “Puedes tocar ahí”. Me bajé del taxi y vi que era Televisa.

Hablé primero con un señor y luego con otro, quería entrar pero el portero me dijo que no lo podía hacer si no estaba en la lista de invitados. Entonces llegó un señor que era amigo de Jacobo Zabludovsky, quiso saber lo que pasaba y yo le dije que quería conocer el canal, eso era todo.

Nos pusimos a conversar, me preguntó en qué trabajaba. “Yo no trabajo”, le respondí. “¿Cómo, de qué vives?”, me dijo. “Yo cuento lo que veo en los pueblos que voy pasando, pero no trabajo; eso es lo que hago, pero jamás trabajo”, le respondí.

Nunca en mi vida he hecho nada por obligación. Nada. Hasta he dejado de recibir premios y cosas muy importantes porque no tenía ganas de hacerlas.

Lolita Ayala estaba con ese señor. “Quédate si quieres”, me propuso. “Yo tengo un programa, es un noticiero y vamos a tener un segmento con don Pedro Vargas”. Entré, y faltando diez o quince minutos avisan que don Pedro se había enfermado y me invitan a cantar a mí.

Luego del programa, aunque yo no tenía dinero, me llevaron al Camino Real. Llegaron unas personas a proponerme un concierto en Bellas Artes cinco días después en un horario en el que el teatro está vacío: a las dos de la tarde. Fue un éxito. Lo grabó la RCA Víctor y fueron dos long plays, los dos míos que más han caminado por el mundo, y siguen editándolos. Fui el primer artista de música popular que entraba a Bellas Artes.

México fue desde ese momento un país clave para mí. Conocí todo lo que quería conocer: Chichen-Itzá, Uxmal, Oaxaca —estuve en Monte Albán, que era un descubrimiento reciente. Viví con chamulas, con tarascos, con tarahumaras, con yaquis…

¿Qué piensa de su trabajo?

Que es muy extraño, pero tiene algo maravilloso: es armonizador. Vos podés estar con la gente más pobre, con la más rica, de izquierda, de derecha, de centro, con los ateos, con los religiosos. El arte es armonizador.

¿Y la presencia de la mujer en su vida?

El hombre todo lo que hace lo hace por la mujer. Hay un poema maravilloso del siglo XIX, un poema inglés (no recuerdo el autor) que dice: “Siempre entre un hombre y otro hombre habrá una mujer, por ella construirán hermosas ciudades o irán a la guerra”.

¿Y la fama?

No siempre los famosos son buenos. Los mejores pintores y escritores no son vendedores. Salvo una excepción: por ahí surge El nombre de la rosa de Umberto Eco y vende millones. La bossa-nova es una música de muy buen gusto y nunca fue muy popular en Brasil. Para nada… En Argentina vende más discos cualquier cantante popular que los que vendió Gardel. La cantidad no justifica nada. Se supone que el arte exige cierta iniciación, cierta información. Por eso, quizá, aunque la puerta está abierta y entra quien quiere, muy poca gente se acerca al arte-arte.

Aunque No soy de aquí sí es muy popular…

Ahí existe la idea filosófica de que el hombre no es de ninguna parte, que realmente no sós de ninguna parte porque el planeta es un solo país.

Una vez me preguntó un periodista que si yo no extrañaba mi tierra y le respondí: “Imposible, si siempre estoy en ella”.

Malo el día en que ande en otro planeta.

Y será en otro planeta, pero por ahora estoy en mi tierra.

¿Le importa ser conocido?

Creo que es importante que se te conozca porque has hecho algo digno, que trasciende. Eso es prestigio.

Arreola era súper popular… y era una eminencia. Yo me acuerdo que salías a la calle con él y todo mundo se detenía a saludarlo. Y era un intelectual de primerísima. Y le interesaba tanto Heráclito como si a Hugo Sánchez le habían anulado un gol. O la pelea de Chávez. Y atrás de eso te hablaba de Pitágoras o de Borges, al que amaba. Era un tipo muy popular y muy querido, con mucho prestigio.

Arreola quería a Borges.

Lo amaba. Mira, una vez me dijo Arreola: “Fui a Buenos Aires y visité a Borges”. “Qué interesante, maestro. ¿Y qué tal?, le pregunté. “No sé —me respondió—, cometí un error… estaba tan excitado que hablé todo el tiempo y creo que no lo escuché nunca”. Cuando encontré a Borges le pregunté por Arreola y me dijo: “Es un verdadero caballero, me dejó dos o tres silencios”.

Eso mismo me pasó con Chagall. Una vez me preguntó Golda Meir: “¿Cómo comenzaste a escribir?”, le dije que por Chagall, porque había visto un cuadro suyo. “¡No me digas!”, comentó y en ese momento le pidió a su asistente que la comunicara por teléfono con él para presentármelo.

“Marc —le dijo—, tengo un amigo nuevo que anda por el mundo y le he preguntado que cuándo empezó a escribir y me ha dicho que con una obra tuya… Sí, sí… ahora te lo paso”.

“Tómate el primer avión que te quiero dar un abrazo, te invito a mi taller, vos me contás tu viaje y yo pinto para vos”, me dijo Chagall.

Fui a verlo, pero no pude decirle nada, me quedé petrificado en su presencia.

¿Como fue su relación con Borges?

Mira, yo soy salvajemente creyente y él era agnóstico. Pero un día me dijo: “Presiento, por lo que dice en las canciones, que usted tiene un Dios que le organiza sus encuentros y las primaveras… ¡qué envidia! ¡Cómo me gustaría tener un Dios como el suyo! Cuénteme algo de él”… ¿Te imaginas?

Él tenía un gato que siempre se sentaba en sus piernas a acariciarlo y yo le dije: “Lo está acariciando, mire… ahí está Dios” “Ah, ¿entonces usted es místico?” “No, yo no soy místico” “Qué interesante y que envidia” me dijo muy emocionado “es tan lindo creer”.

Usted tuvo una infancia dura…

Dije mi primer palabra a los seis años. Dije “Sara” que era el nombre de mi madre y no volví a hablar más. Los médicos dijeron que había perdido muchas neuronas y estaba muy debilitado. Pasamos las de Caín, éramos siete hermanos. Cruzamos la Patagonia en nueve años. Fueron muriendo de frío, quedamos tres.

“Su hijo nunca va a poder hacer un trabajo responsable y menos uno intelectual”, le dijeron a mi madre, pero ella me consoló: “No te preocupes, que con las pocas que quedan vamos a hacer los máximo posible”. Después fui amigo de Borges y quería conocer el pinche mundo y caminar por el pinche mundo. Y quería pelear con los dictadores… Lo pagué carísimo, pero no importa.

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