sábado, 9 de julio de 2011

Arbeit Macht FREI

Si la Historia la escriben los vencedores, ¿qué ocurre con los vencidos? En su nuevo ensayo, Ian Buruma analiza cómo Alemania y Japón asumieron su culpa tras la II Guerra Mundial

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Las indagaciones sobre la memoria colectiva y las políticas de la memoria referidas a acontecimientos traumáticos se han convertido en un subgénero cada vez más cultivado dentro de la Historia del tiempo presente. Con su amplio conocimiento de las culturas germana y japonesa, Ian Buruma aborda un estudio comparado sobre las perturbaciones de la memoria en estas dos naciones que tiene mucho de experiencia e introspección personal. Su análisis, de acusado tono polémico pero siempre bien fundamentado, aborda con solvencia los sucesos, los personajes, los lugares, la política, la novela, el teatro, el cine o los debates historiográficos referentes a la Segunda Guerra Mundial.

La tesis principal: mientras que el fatalismo japonés ante cualquier desastre humano o natural y el sentimiento-cultura de la vergüenza les induce a ocultar o ignorar las huellas del pasado traumático, la tradición (judeo)cristiana ha generado en Alemania un indeleble sentimiento de culpa que permite la asunción del Holocausto, pero bloquea la capacidad para el duelo, entendido como tarea de afrontar y superar el pasado disociándose de las víctimas del nazismo. Mientras que en el país germano prevalece aún la disculpa y la autoflagelación compulsivas, los nipones disuelven sus errores en los pecados generales de la Humanidad, con un sentido casi religioso que omite la responsabilidad personal.
Buruma pone a Alemania y Japón ante el espejo de su pasado reciente
Hiroshima produjo una especie de borrón y cuenta nueva moral. El pacifismo militante ocultó la responsabilidad por los crímenes de guerra y trató de paliar la culpa colectiva. El trasfondo histórico ahonda esa actitud divergente: el Tercer Reich supuso una ruptura total, revolucionaria, con el pasado que no se produjo en Japón, donde no hubo una cesura neta entre el prefascismo y el fascismo, y donde nunca se erigió un sistema totalitario de partido único que debiera ser erradicado. Tampoco protagonizó un holocausto de las dimensiones del alemán, ni elaboró una ideología racista que incluyera una «Solución Final», pero alentó un nacionalismo panasiático y antioccidental con un fuerte componente étnico y teocrático que tenía en germen la brutalidad con que el país se desempeñó en la Guerra del Pacífico.
«Generación calcinada»

Las secuelas morales del conflicto también fueron divergentes: el nihilismo de la «generación calcinada» nipona contrasta con la esperanza de un nuevo comienzo (Stunde Null) en Alemania, hasta que la aparición del nuevo marco en 1948, el inicio del consumismo, las limitaciones de la desnazificación en los 50 y la occidentalización forzada de los 60 hicieron desaparecer el pacifismo como elemento unificador y alentaron la amnesia histórica y la desconfianza hacia el pasado y el propio pueblo. En los 70, la polémica alentada por la serie televisiva norteamericana Holocausto propició la respuesta integradora del serial germano-occidental Heimat. La primera guerra del Golfo y la reunificación perturbaron este beatífico panorama, ya que enfrentó a la sociedad alemana con las obligaciones de la política de potencia. Algo parecido sucedió en Japón, donde tras el incremento del nacionalismo chovinista en los años 80, la muerte de Hirohito en 1989 y la guerra contra Irak condujeron al debate sobre el uso exterior de las Fuerzas de Autodefensa.
El peso de la memoria
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Ian Buruma

Buruma aborda su indagación comparando sistemáticamente las realidades culturales y sociales de uno y otro país. Al igual que la literatura japonesa sobre la guerra del Pacífico, las letras alemanas de posguerra se vieron afectadas por su incapacidad para mirar de frente a la Shoah. El impacto de Auschwitz como «lugar de memoria» referencial de la identidad alemana se confronta con el ambiguo papel que desempeña Hiroshima como meca mundial de la paz y centro de conmemoración de las víctimas exclusivamente japonesas. Un recinto memorial que se contrapone a las masacres perpetradas en Nankín a fines de 1937, que siempre han sido tratadas de forma evasiva por las autoridades niponas, y solo han suscitado debate fuera de los círculos académicos. La incapacidad de asumir y superar el pasado también se constata en la comparación entre dos ciudades aparentemente «normales» como Passau (donde Hitler pasó su infancia) y Hanaoka, escenario de una matanza espontánea de trabajadores esclavos chinos en 1945.

Los juicios de Núremberg y Tokio son criticados como justicia del vencedor que no sirvió para delimitar las responsabilidades colectivas y sacar a luz la verdad. Los procesos japoneses fueron por crímenes políticos y de guerra, no contra la Humanidad, pero los grandes criminales serían liberados a partir de 1953 y el emperador nunca fue encausado –la gran coartada para que la élite gobernante no rindiera cuentas–. La política conmemorativa también es sometida a estrecha fiscalización: los innumerables monumentos de advertencia contra el antisemitismo en Alemania contrastan con el belicismo subyacente en el santuario de Yasukuni, cuya exaltación de los combatientes recuerda los monumentos europeos de la guerra del 14.
Irresponsable infantilismo

Las comparaciones que aborda Buruma son pertinentes, y en ocasiones, brillantes: las disputas sobre el destino de los restos arqueológicos del Berlín hitleriano son confrontadas con la querella de los historiadores (Historikerstreit) de mediados de los 80, que nunca tuvo su correspondencia en Japón, donde libros de texto ocultan los grandes crímenes cometidos en Asia. El infantilismo irresponsable, incluso en política, del japonés medio se identifica con los miedos y olvidos de Oskar Matzerath, protagonista de El tambor de hojalata.

El interrogante que deja abierto el autor sobre la peligrosidad de estos dos pueblos de pasado turbulento tiene más que ver con su incapacidad para superar el trauma que con la pervivencia de minorías que justifican los crímenes de antaño. Se podría decir –y esto debiera ser una enseñanza para España– que la diversidad e incluso la contradicción de las memorias colectivas es característica de las democracias maduras. Esta podría ser la moraleja final de esta indagación impresionante y modélica sobre los vericuetos de la memoria, el silencio y el olvido en dos naciones clave para la comprensión de la Historia Contemporánea.
«El precio de la culpa»

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