sábado, 4 de febrero de 2012

Freud nos ayuda a entendernos Freud y la Inteligencia emocional

El argumento de Eva Illouz podría resumirse así: la terapia se ha convertido en "lingua franca de la nueva clase de los servicios en la mayoría de los países con economías capitalistas".


En la imagen, Sigmun Freud (1836-1939). Foto Archivo/Vanguardia

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Madrid, España.- Ensayo. "Sin Freud, Woody Allen sería un inocentón patético y Tony Soprano un matón; existiría un Edipo pero no un complejo de Edipo". Esta cita de un número de la revista Newsveek de 2006 le permite a Eva Illouz arrancar el relato sobre las transformaciones que la psicología y el lenguaje de la terapia ha provocado en las sociedades avanzadas a partir de Estados Unidos.

Todo empezó con el enorme éxito de Freud en América y su adopción por el pragmatismo americano. En el principio fue la empresa, el primer territorio en que la psicología produjo innovaciones importantes a partir del control de las emociones y de la optimización de las relaciones laborales. Pero de la empresa se pasó inmediatamente a la familia, acosada por su incipiente proceso de democratización. Y convertida en un territorio de conflictividad creciente. Y de ahí a los medios de comunicación que ejercieron un papel determinante en la difusión del discurso terapéutico y en el proceso de banalización de su lenguaje que "ha aplanado nuestra imaginación y nuestra experiencia emocional". Hasta que, finalmente, penetró por completo en el Estado, en trance de configurar argumentos para el bienestar, y en una sociedad civil, que necesitaba un nuevo discurso del yo sobre el que asentar las relaciones interpersonales.

De modo que las instituciones centrales de la sociedad estadounidense fueron penetradas por el cuerpo de conocimiento de la psicología. Y el idioma de la terapia se convirtió en lenguaje cultural omnipresente, pieza fundamental del episteme de la comunicación en que estamos inmersos. En este proceso se produjeron convergencias inesperadas -y, en cierto sentido, involuntarias- como la de la psicología y el feminismo, que Eva Illouz describe perspicazmente. Ambos contribuyeron poderosamente a la demolición de la familia tradicional, utilizando como arietes la negociación verbal y el control emocional. La psicología construyó nuevos puentes entre dos esferas tan relacionadas como el trabajo y la familia, creando codificaciones lingüísticas y emocionales que se irán extendiendo por toda la sociedad.

Una vez establecido el mapa de orientación de estas transformaciones, Eva Illouz señala las consecuencias principales de este cambio: la disolución de los límites culturales (privado/público, masculino/femenino) que se traduce en la explosión pública de lo privado, a través de un lenguaje socializado por los medios de comunicación como es el terapéutico. La transferencia al espacio privado del lenguaje de la productividad, bajo la forma de competencia emocional, que en el mundo del trabajo es representado por uno de los grandes tópicos contemporáneos, la figura del liderazgo, es decir, la habilidad para manejar a la vez sentimientos, relaciones interpersonales e interés propio. Y la ubicación del yo como pieza articular de esta transformación, "emplazamiento principal para el manejo de las contradicciones de la modernidad", conforme a las técnicas que la psicología ofrece para orientarse en territorios como el lugar de trabajo o la familia que cierta democratización ha convertido en más caóticos. De ello es fácil deducir el desarrollo de una nueva forma de desigualdad: el capital emocional, que otorga clara ventaja competitiva al que es más capaz de controlarlo y utilizarlo en los diferentes escenarios de la familia, del trabajo y de la comunicación.

El argumento de Eva Illouz podría resumirse así: la terapia se ha convertido en "lingua franca de la nueva clase de los servicios en la mayoría de los países con economías capitalistas avanzadas porque brinda el juego de herramientas para que los yos desorganizados puedan manejar las conductas de sus vidas en las organizaciones sociopolíticas contemporáneas". Pero este lenguaje, como ocurre siempre, triunfa sobre la negación de otros discursos o sobre la construcción de nuevos tabúes. Eva Illouz señala el eclipsamiento verbal y la sustitución de la religión por la psicología.

Por eclipsamiento verbal entiende "el amplio proceso mediante el cual una actividad verbal cada vez mayor interfiere con decisiones que requieren que usemos la 'intuición', la 'perspicacia' o el juicio rápido. Irónicamente, la ideología de los psicólogos termina reificando el concepto mismo de personalidad".

La segunda cuestión es la del sufrimiento. Uno de los aspectos más cuestionables del discurso terapéutico está "en los modos en que produce placer". "Cuanto más se sitúan las causas del sufrimiento en el yo, más se comprende el yo en términos de sus problemas, y más numerosas son las enfermedades 'reales' del yo que se producirán". Si el sufrimiento se ha reducido a un problema que debe ser manejado por expertos de la psiquis, "la perturbadora pregunta en relación con la distribución del sufrimiento (¿por qué los inocentes sufren y los malos prosperan?) ha sido reducida a una banalidad sin precedentes": sufre el que maneja mal sus emociones. La psicología "cumple así a la perfección con uno de los objetivos de la religión: explicar, racionalizar y, en última instancia, siempre, justificar el sufrimiento". Bajo la pátina del hedonismo, las sociedades avanzadas viven en la angustia. El alma moderna también se salva en el sufrimiento.

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