sábado, 9 de marzo de 2013

La Mallorca de Mi infancia de Carme RIERA

Carme Riera está al volante. Conduce el Seat Toledo de su amiga Luisa Cotoner, ascendiendo por las tortuosas carreteras que comunican Palma de Mallorca y Deià. Aunque vive en Barcelona, donde imparte clases, vuelve a Mallorca siempre que puede, todos los meses. Señala las rutas de los contrabandistas, explica historias sobre árboles centenarios y flores venenosas, esquiva los numerosos ciclistas que van salpicando toda la isla y cuenta anécdotas de personajes locales. En su nuevo libro,Temps d’innocència/Tiempo de inocencia, que publican Edicions 62 en el catalán original y Alfaguara en versión castellana de la propia autora, ofrece un paseo “por una Mallorca que ya no existe”, la de su infancia hasta los diez años.

En la carretera de Valldemossa, para un momento en Sa Pedrissa y le cuentan una historia sobre una saca de contrabando que no pasó en su día, hace décadas, y que es aún motivo de rencillas entre las familias. El contrabando fue, durante mucho tiempo, el motor de la economía en buena parte de la isla, aunque “mi padre siempre me alejó de esta cultura. Yo tenía un colmado de juguete, que yo misma me montaba, y el señor Jaume me daba cajetillas de Winston para que jugara a venderlas. Cuando mi padre las vio, montó en cólera”.

Por primera vez, en este libro, Riera habla de su intimidad. “Siempre he sido pudorosa al respecto. Considero que la privacidad es un lujo, no comprendo que la gente lo airee todo en Facebook, que te cuenten dónde están y lo que hacen. Pero si escribes un libro de memorias, no puedes eludir lo privado”. Por ejemplo, aparece la relación con su madre, y “estoy horrorizada porque no sé la reacción que va a tener, espero que sea buena... Tiene 92 años y es más activa que yo. Estudia árabe, francés, inglés y restauración de muebles. Es una hiperactiva”. Su gran trauma es que “mi madre era muy guapa, la gente se giraba al verla pasar, estaban todos los hombres enamorados de ella, como Néstor Luján o Antonio Vilanova, que fueron compañeros suyos en la facultad. 

Todavía lo es, nonagenaria y guapa. Y de ahí que yo siempre haya tenido complejo de fea y patosa. Una madre muy guapa puede destrozarte. Y, para ella, tener una hija fea también puede ser problemático. Yo salí más a mi padre, y la gente me lo decía, lo repetían: ‘De su madre no ha sacado nada, qué lástima’, y yo tenía miedo de despertarme un día con el bigote de mi padre. Desde entonces, los cuatro o cinco años, detesto los espejos y evito mirarme en ellos. Hay una foto en que estamos las dos, ella alta y espléndida, con unas piernas a lo Cyd Charisse, sonriendo, y yo a su lado, feúcha y menuda, con cara triste porque no me parezco. A veces aún pienso que no me han dicho la verdad y que sólo soy hija de mi padre”.

Es un libro a base de breves estampas que pueden leerse independientemente, pero, si uno se fija bien, están enlazadas por algún elemento, “como las cerezas, unidas una a otra por un rabito”. Se alternan los registros, de lo anecdótico a lo lírico; hay episodios con escritores famosos, pasajes más íntimos, paisajes, personajes anónimos... Y revela episodios de su niñez en que le sucedieron cosas que, décadas después, generarían sus novelas, es decir, el germen de su obra adulta.

La Carme Riera que aparece en estas páginas es una niña muy inteligente. “No lo sé; al menos, observadora –dice ella–. Era una época sin televisión, no sé si la memoria de los niños de hoy queda tan nítida porque tienen muchas más posibilidades de dispersión”. Esa mirada intensa puede explicarse en lo que decía Jaime Gil de Biedma: “Para él, a partir de los 12 años ya no nos sucede nada importante, yo creo que se equivocaba, porque es a partir de los 10. La intensidad con que se viven las primeras experiencias no puede compararse con nada que nos suceda después. La vida en estado de inocencia está dominada por los poderes mágicos”.

“No sólo son unas memorias de infancia, sino también el reflejo de una ciudad diferente, mucho más pequeña, provinciana, que ya no existe, la Palma de Mallorca de los años 50. En realidad, he escrito el libro para mi nieta Marina, la hija de mi hijo mayor. Cuando nació, decidí regalarle un libro así. La Mallorca de hoy es otra. No tiene nada que ver, no queda nada. A partir de los años 60, la llegada masiva de turistas modificó la fisonomía de la isla. Hablo de un paraíso perdido, lleno de olores, árboles, sensaciones, oficios desaparecidos. Con las clases sociales rígidamente marcadas, hasta en el tratamiento”.

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