sábado, 12 de febrero de 2011

Carlos Fuentes en Bogota: 13 de Febrero 2011

El escritor mexicano fue invitado para el cierre del foro por los primeros 100 años de EL TIEMPO.
El cierre del foro que se realizó este viernes por los primeros 100 años de EL TIEMPO estuvo a cargo del escritor Carlos Fuentes. A continuación, algunos apartes de su ponencia:

"La eternidad, cuando se mueve, se convierte en tiempo".

Quisiera que esta bella frase fuese mía.

No lo es.

Es de Platón.

Y creo que Platón la dijo para separar la "duración de las cosas sujetas a mudanza" -el tiempo humano- de la eternidad, "perpetuidad que no tiene principio ni fin".

Lo digo en Bogotá, la "Atenas de América": con Grecia, la historia se mueve de la eternidad al tiempo y el tiempo eterno -atributo de Dios- lo es también de tiranos que se quieren saber inmortales.

El gobierno democrático, en cambio, se sujeta a las reglas del tiempo humano: dura, pero muda. Y muda, aunque dure. O sea, no dura para siempre.

(...) La historia que hicimos y que haremos: en estas palabras se cifra el tiempo humano y también, el tiempo diario, y el diario EL TIEMPO de Bogotá, que me honra invitándome a hablar, en respuesta a la pregunta "¿a dónde vamos?", relacionada con la evolución del pensamiento y el papel de la prensa en una América Latina en proceso de cambio.

¡Menuda tarea!

Para cumplirla, me guío por una relación fundamental entre educación, conocimiento, información y desarrollo.

Sin educación no hay conocimiento, sin conocimiento no hay información y sin información no hay desarrollo.

O dicho en reversa, para que haya desarrollo, hace falta información, la información requiere conocimiento y el conocimiento depende de la educación.

El abismo de la pobreza en los países del llamado Tercer Mundo se traduce en niveles decrecientes de educación. Hay 900 millones de adultos iletrados en el mundo, 130 millones de niños sin escuela y cien millones de niños que abandonan sus estudios en los grados primarios. Las naciones del sur cuentan con 60 por ciento de la población mundial de estudiantes, pero con sólo el 12 por ciento del presupuesto mundial para la educación (...).

La base de la desigualdad en América Latina es la exclusión del sistema nervioso: tenemos sed, queremos respirar. La estabilidad política, los logros democráticos y el bienestar económico no se sostendrán sin un acceso creciente de la población a la educación.
¿Puede haber desarrollo cuando sólo el 50 por ciento de los latinoamericanos que inician la primaria, la terminan? ¿Puede haberlo cuando un maestro de escuela latinoamericano sólo gana 4.000 dólares anuales, en tanto que su equivalente alemán o japonés recibe 50.000 dólares al año?

(...) El desarrollo de nuestros países depende de una coordinación programada de esfuerzos para renovar o crear infraestructuras: puertos, carreteras, represas, urbanismo. Sólo que ningún proyecto de desarrollo nacional prosperará sin la base educativa: sin la escuela, sin el maestro, sin el alumno.

¿Estamos llegando a la aldea más lejana de la montaña, de la selva, del desierto?

¿Cómo, si no, llegamos?

¿Y qué nos pasará, si no llegamos?

Las respuestas, en gran medida, dependen del otro gran tema de este día: la información.

Informar a los educadores.
Informar a los gobernantes.
Informar a los empresarios.
Informar a la sociedad civil.

(...) Entramos al siglo XXI con una evidencia: el crecimiento económico depende de la calidad de la información y esta, de la calidad de la educación (...).

El presidente Clinton nos recuerda que al asumir la presidencia en 1993, sólo había cincuenta websites. Al dejar la Casa Blanca ocho años más tarde, había 350 millones.

Juan Ramón de la Fuente, ex rector de la UNAM, nos recuerda, a su vez, que hoy circulan en Internet cincuenta millones de mensajes diarios.

Primero, en cuarenta años, la radio logró sumar cincuenta millones de oyentes. La televisión, desde 1950, atrapó igual número de televidentes.

Pero en sólo cinco años, Internet alcanzó la suma que a la radio le tomó cuarenta años y a la televisión otro medio siglo.

En el año 2000, había 300 millones de usuarios de Internet. Hoy, hay 800 millones.

Se acusa a los medios más novedosos de aislar (...).
Túnez y Egipto acaban de demostrar que la relación uno a uno no excluye la comunicación del yo con el nosotros a través de múltiples individualidades eslabonadas en una gran colectividad que, al conocerse, se da cuenta de que el mundo oficial la ignora y que, al conocerse, también se da cuenta de su poder colectivo.

Internet, Facebook, Twitter, reúnen a las multitudes que hemos visto en las calles de Túnez, El Cairo y Alejandría. Esas multitudes representan a una clase media y una clase trabajadora ignorada por el estrecho círculo del poder ejercido desde arriba y sólo para los de arriba, con algunos mendrugos arrojados a los de abajo. Sólo que los de abajo son la mayoría.

El efecto de los medios en el mundo árabe debe alertarnos a todos, y la mejor manera es acudiendo a los otros dos factores que aquí he mencionado, al lado de la educación y la información: el desarrollo y el conocimiento (...).

Miro la palabra "cultura" en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. "Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos".

¿Y cómo se cultivan los conocimientos humanos?

A través de la educación.
A través de la información.
Ambas están en crisis.

La educación, por dos motivos. El primero, por todo lo que aún nos falta por hacer en un continente con un 50 por ciento de iletrados de facto.

El segundo, todo lo que nos falta por hacer para pasar de la plena alfabetización a una política de continuidad de la educación (...).

El tiempo que nos tocó nos niega la comodidad de creer que la educación concluye alguna vez, en algún grado anterior al resto de nuestras vidas.

Esto significa que, por una parte, las escuelas pierden el monopolio de la enseñanza y, por la otra, la prensa pierde el monopolio de la información, pero, también, que mantenerse informado en el largo período posescolar y posuniversitario es un deber y un derecho, inseparables del ejercicio de la ciudadanía, y que este derecho, esta obligación, lo son de nuestra prensa.

La información también está en crisis, pero acaso en una crisis de crecimiento, que expande los medios nuevos pero no sacrifica los anteriores.

Se suponía, en el siglo XIX, que la aparición del periodismo de masas sentenciaría a muerte al libro. Balzac aprovechó el dilema para escribir una gran novela sobre el periodismo, Las ilusiones perdidas.

Se suponía que la radiotelefonía, a su vez, mandaría a la prensa escrita al gran cementerio de las antigüedades.

No fue así. Radio y prensa convivieron y aunque Marshall McLuhan anunció la muerte del libro y la conversión del medio en mensaje, la televisión no enterró ni a la literatura, ni a la prensa, ni a la radio.

¿La nueva edad que se anuncia, la era de la tecnoinformación, matará a las formas de comunicación anteriores?

No lo creo.

La radio, lejos de perecer, está hoy más viva que nunca y mejor adaptada a los horarios, tempraneros o nocturnos, de la vida moderna.

La televisión no hace sino aumentar y diversificar su oferta: los canales televisivos suman varios miles.

¿Es la prensa escrita la víctima propiciatoria de la nueva -o última modernidad? Sí, hay grandes diarios que cierran o se achican, o se ofrecen por Internet.

Acaso, quizás, la prensa escrita, como la literatura, sólo llegue en su forma actual a los menos aunque a los mejores, aunque yo, como escritor, tengo el gusto de mancharme diariamente las manos con la tinta fresca de un periódico y otros ciudadanos, más jóvenes, leen el mismo periódico en una pantalla.

Al cabo, sin embargo, yo no creo que lo nuevo desplace totalmente a lo anterior.

Imagino que las cosas acabarán por equilibrarse, coexistir, al cabo de generar nuevos defectos junto con nuevos valores. El valor mayor, lo he convertido en tema de este discurso, es contribuir a la educación y a la información y en consecuencia al conocimiento y al desarrollo humanos.



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