viernes, 20 de abril de 2012

Jose Antonio Marina en La ETICA


Hay gente curiosa e inteligente, pero perezosa. Hay tipos inteligentes y trabajadores, pero poco permeables a la novedad. También hay gente trabajadora y dada a la indagación, pero escasa de sagacidad. El filósofo José Antonio Marina (Toledo, 1939) es una extraña combinación de interés por lo que ocurre —navega de continuo entre los últimos estudios de cada campo al que dedica atención, y son muchos—, una acerada perspicacia para organizar el conocimiento y establecer vínculos, y una disciplina de trabajo propia de otro tiempo. La combinación de todo ello es una notable colección de ensayos sobre la inteligencia, la creatividad, el esfuerzo, la responsabilidad y la educación, pero también una intensa actividad como conferenciante, columnista y asesor en múltiples foros. Filósofo pegado a la realidad, su sección Crear en el suplemento de La Vanguardia es muchas cosas al tiempo: un manual de ética aplicada, una reflexión sobre la sociedad contemporánea y un ameno panóptico sobre la complejidad del mundo humano. Se cumplen veinte años desde su premiado primer ensayo Elogio y refutación del ingenio (Premio Anagrama). Desde que inició su actividad divulgativa, ¿hemos cambiado mucho? Como decía Giuseppe Tomasi de Lampedusa, hemos cambiado mucho para mantenernos igual. Es cierto que la sociedad española ha cambiado mucho en los últimos años, pero los cambios de algún modo han sido más espectaculares que reales. Una de las más habituales críticas sobre lo contemporáneo aluden a la pérdida del sentido de responsabilidad y del esfuerzo… En eso estamos siendo los herederos de una situación que empieza a mitad del siglo pasado: el hundimiento de la confianza en las instituciones más importantes en la historia: la iglesia, el estado, las ideologías, los grandes sistemas de pensamiento. Y después, también todas las instituciones autoritarias. Había razones para que entraran en decadencia, claro, pero cuando la historia se mueve por reacciones, a menudo se pasa de rosca. ¿Y eso es lo que nos ha pasado a nosotros? ¿Nos hemos pasado de rosca? Vivimos una peligrosa quiebra de todos los roles sociales e institucionales: la justicia está desprestigiada; los políticos, demonizados; el mundo financiero está considerado casi delictivo... Hay pocas instituciones que se hayan salvado. Conviene salir de ese balanceo y repensar todas las cosas, incluida la democracia, los principios éticos, los derechos humanos. Creo que necesitamos un tipo de filosofía capaz de comprender y repensar el presente desde la comprensión del pasado. España ha pasado, por usar una expresión ligera, del refajo al top lees. Hay quienes creen que la crisis es beneficiosa en términos éticos, pues sus efectos comportan el regreso de un cierto erasmismo. Erasmo vivió un momento de crisis gigantesca que, ciertamente, él detectó con mucha claridad. Le faltó saber por dónde evolucionaría. Por así decir, su inteligencia fue más aguda en detectar los problemas que luego en resolverlos. También hay que considerar que Erasmo estaba en situación muy peligrosa, arriesgaba mucho. Son los momentos de la quiebra de la ortodoxia en Europa, que es a lo que está asistiendo él y que reclama pararse y repensar las cosas. De ahí, todas sus burlas en el Elogio de la locura que era un intento por poner de manifiesto muchos disparates que aceptábamos como verdades. Por eso el título de mi primer libro alude al de Erasmo. Se diría que hace falta una filosofía más moral y menos académica, al estilo Montaigne, pero el moralismo no goza de mucho crédito. En primer lugar, el desdén sobre el moralismo es muy español. Sartre decía que la gran literatura francesa debía mucho a los moralistas franceses, porque de ellos habían tomado los grandes prosistas su capacidad analítica y su psicología. A mí me ha salvado en España defender una idea muy poco moral de la ética. Enfrentando la ética contra la moral, la moral es un valor cultural, de modo que cada cultura tiene su moral. En cambio la ética es un desarrollo de la inteligencia humana. Es lo mejor que se nos ha ocurrido para resolver los problemas de la convivencia, la justicia, el dolor o el desarrollo personal. Hay que aprender de las morales vividas, observar cómo han resuelto sus problemas los pueblos. ¿La ética es una creación de la inteligencia? Algunos se alarman y dicen que cómo va a ser una ciencia inductiva la ética: pues no tenemos más. La ética no es más que aplicar los principios más sensatos y más inteligentes para organizarnos. Siempre que hablo sobre mis ensayos repito mucho que lo que me ha interesado es hacer una teoría ómnibus de la inteligencia, que empieza en la neurología y acaba en la ética. La ciencia le está prestando mucha atención hoy a la ética, conforme la neurología descubre cosas nuevas sobre el funcionamiento del cerebro. En este sentido, más que un adelantado, yo he sido un traductor pionero al castellano de todos estos progresos en el estudio de la inteligencia. La inteligencia ha creado el arte y literatura, pero su mayor creación es la ética. En ese sentido desde su primer libro, se ha esforzado en retirar esos elementos oscuros e intangibles con los que a menudo describimos el talento y la creatividad, un misticismo que las trata como si fueran un fuego divino que asalta al individuo. Más que un misticismo, digamos que hay toda una mitología de la genialidad, de la inspiración. Se trata en el fondo de un ejemplo de pensamiento perezoso. Yo me he esforzado en investigar cuáles son los procesos que están en la creatividad, que es la actividad específica de la inteligencia, porque crear es siempre ir más allá de lo que recibimos. Fíjese en lo que un matemático puede hacer con una tiza y una pizarra, o lo que hace un dibujante con un lápiz y un papel. Ese descubrimiento de posibilidades, que es nuestro gran don, tenemos que estudiarlo, fomentarlo y ponerlo en práctica. Por eso mi sección en La Vanguardia se llama Crear. ¿Cómo describiría esa sección? Es un intento de probar que la filosofía no es un mundo cerrado y hermético, es una forma divertida de pensar. Porque pensar ante todo es muy divertido. Se trata de crear conceptos nuevos e intentar comprender lo que nos está pasando. Y resulta muy estimulante, porque permite abordar temas muy grandes, como el lenguaje, o meditaciones muy pequeñas como la invención del pasillo y su relación con la invención de la intimidad. En eso consiste la filosofía. ¿Pero cuál es la misión principal de la filosofía? Una de las tareas de la filosofía es pensar en las cosas que nos pasan. Porque además, estos acontecimientos encierran tesoros ocultos para el pensamiento. Una recomendación urgente es invitar a estudiar la historia de la cultura, para no caer en un adanismo estúpido. El desdén de la historia nos produce una miopía que nos condena a la incomprensión de lo que nos pasa. Esa recuperación de la memoria es una tarea urgente. Son muy pocos los filósofos como usted que buscan la proximidad con lo que ocurre y la divulgación. Es más habitual el filósofo embebido en grandes disquisiciones en foros académicos. Por una parte, yo soy un detective a sueldo que trabajo para mis lectores. Recibo muchísimas cartas preguntándome sobre asuntos e intento resolver los casos que se me presentan. Y por otra, creo con toda convicción que la filosofía es un servicio público. La filosofía más académica se ha mantenido en una torre de marfil, se escribe para los filósofos. A mí me gusta escribir para la gente que no es filósofa. En contra de lo que puede pensarse, no te exige faltar al rigor, te exige un cuidado expresivo. Pero soy catedrático de bachillerato, eso te hace aprender que es necesario cuidar mucho la expresión pues hablas para chicos que no son filósofos y a los que no les interesa la filosofía. Eso es lo que hace del ensayo un género deslumbrante. Digo, el ensayo español, porque el ensayo francés es biografía. El ensayo tal como yo lo entiendo tiene que ver con aquella máxima de Baltasar Gracían: combinar el rigor en el pensamiento con la gracia en la expresión. Es una mezcla absolutamente imbatible. Yo pienso en escribir un libro cuando descubro un tema que me interesa y del que no sé nada. Me obligo a estudiar con seriedad el tema, como si fuera a hacer una tesis doctoral, y luego decido hacer un libro para el gran público, utilizando para ello todos los trucos decentes que tengo a mano. ¿Trucos decentes? Explíquese. Por ejemplo en mi último libro, La inteligencia ejecutiva, finjo un congreso virtual de todos los especialistas que están trabajando en la inteligencia ejecutiva en el que debato con ellos en los pasillos. Uso todo lo que sea decente y me sirva pedagógicamente. Cuando escribo filosofía siempre intento que sea una argumentación científica, y por tanto objetiva. Pero una vez que ya lo tienes, sí debes pensar en el lector. Me divierte mucho pensar en el lector e imaginar por dónde lo llevo. Porque, como decía Sastre, el principal objetivo de un escritor de filosofía es hacer que el lector pase la página. ¿Cómo ha hecho para construir un libro a partir de la suma de sus artículos? Las he organizado basándome en el principio de que son como las islas de un archipiélago: cada capítulo lo reúno cómo las islas de la creación, de la inteligencia, de la cultura… Si piensa en cómo se ve un archipiélago desde el avión, se trata de objetos autónomos, pero en realidad sabemos que son las crestas de una cordillera sumergida. Pues, del mismo modo funcionan los artículos en el libro. La filosofía tiene que ser sistemática para no ser una mera sucesión de ocurrencias y aquí cada artículo es una cumbre de esa cordillera sumergida y al leerlos juntos debe verse que hay una trama. De hecho al unirlos para el libro se ve más claro que hay seis temas principales y un discurso que rige. Queda más clara la urdimbre entre ellos. Mi idea es que el lector asiduo sin darse cuenta al final acabará él por su cuenta ordenando todo en su memoria. Mi experiencia es que el lector consigue formarse una idea sintética, y descubre relaciones por su cuenta con muchísima astucia. Digamos que si el lector asiduo lo ha hecho por su cuenta pese a la aparente dispersión, en el libro se organizan esas ideas. Como profesor de instituto y fundador de la universidad de padre, ¿Qué le parece el debate en torno a cuál es el número de alumnos ideal por clase? Lo primero que debo decir es que en España se podía mejorar mucho la educación sin aumentar el presupuesto. Hemos gestionado mal la educación, la organización de centros, la legislación…, tenemos una educación muy rígida en la que el modelo se empeña en ser café para todos. Podíamos tener una educación mucho mejor. Y llegan los recortes. Nosotros hemos tenido dos recortes, uno en el presupuesto y luego este segundo. Seguramente no hay más remedio que hacer esos recortes, pero creo que hay que convencer a la ciudadanía de que no se está malgastando ese dinero en otras cosas. Las televisiones autonómicas, por ejemplo. Ya hemos recortado en lo que podíamos. En segundo lugar, debemos exigir que el ministro de Educación diga que lo siente mucho. Que admita que es muy malo, y que tenemos que compensarlo con otras cosas, que los profesores trabajen más, que se racionalicen los centros, etcétera. Debe decir que estamos en una emergencia educativa, y debe solidarizarse con la educación, asegurar que en cuanto Hacienda nos deje, volveremos a incrementar el presupuesto en Educación. Lo triste la manera de comunicarlo del ministro Wert, era desoladora, quitándole toda relevancia al recorte y transmitiendo la impresión de que no se entera de la gravedad del asunto. ¿Cuánto es de grave? Mire, cuanto más grande es un grupo, el aprendizaje es peor. Un profesor debe actuar fijándose en la velocidad media de aprendizaje, pero por debajo de esa velocidad puede haber alumnos muy inteligentes que simplemente aprenden más despacio. La escuela es también para los torpes, o para aquellos a los que sólo la educación puede salvarlos. Y luego están los más avanzados, a los que hay que ayudar a desarrollar sus capacidades. Cuando tienes muchos alumnos en un aula tienes que aprender otra pedagogía, más cooperativa, en que puedas aprovechar a los mejores porque estén trabajando en grupo. Las nuevas tecnologías, favorecer el cambio de velocidad de aprendizaje. De los estudios que tenemos, con un grupo de control, los alumnos estupendos no cambian de un grupo a otro. Los que aprovechan mejor las nuevas tecnologías son los peores alumnos. Pedir ayuda a la sociedad civil. Ustedes en la universidad de padres llevan por lema algo de eso. Sí: “Es necesaria la tribu entera para educar a un niño”. Vamos a ver si entre todos mejoramos la educación. Mire, hemos estudiado cuánto dinero se dedica a educación fuera de los presupuestos de educación y es mucho, pero mal aprovechado. Yo formé parte de un comité científico de la impulso de la lectura en Andalucía y descubrí que había dos planes de fomento de la lectura independientes. Uno, de Cultura y otro, de Educación. Las administraciones no colaboran bien entre ellas. Ocurre con el problema de las drogas. Primero fue un asunto de interior, luego de Sanidad, y finalmente las grandes fundaciones que se ocupan del asunto dicen que tiene que ser un asunto educativo. Esto crea una enorme disfunción. Pero a parte del fallo de coordinación, hay programas que en muchos sitios están duplicados, porque dos o más concejalías trabajan sobre un mismo asunto. Lo estamos viendo ahora con la política para fomentar el emprendimiento: salen programas hasta debajo de las piedras. Las concejalías tampoco se coordinan con las consejerías, ni con diputaciones. Debo decirle que en el sitio en que mejor se ponen de acuerdo las distintas administraciones es en Catalunya. En Barcelona. Lo sé porque fue invitado cuando se aprobó el convenio entre las escuelas de Barcelona y todos los centros deportivos de la ciudad. Implicar a todos y coordinarse. Tenemos a sacar provecho de lo que tenemos. Las administraciones y las fundaciones que trabajan mucho en educación, pero no de forma coordinada. Debemos pedirles ayuda, mientras dure esta emergencia, acercarlos a la escuela. La escuela tiene como gran objetivo y deber generar talento, y ese ha de ser un objetivo de interés nacional, porque la riqueza de las naciones no son las materias, ni el territorio ni el capital. Es el talento. Y la escuela es la generadora de talento: no conviene engañarse, el talento no está antes de la escuela. Nosotros somos el Repsol del talento, hacemos prospección del talento. Cuando un niño nos llega a la escuela es pura biología, cuando sale es un talento. Perdone, pero nuestro nuevo modelo laboral, me refiero a toda Europa, no está precisamente pensado para retener el talento, sino para un sector servicios de bajo coste. Nuestros ingenieros y científicos se van. En todo el mundo va a haber dos clases de trabajadores, los muy cualificados con competencias muy específicas y lo que podemos llamar la mano de obra. ¿Y qué va a decidir de qué lado estamos? La capacidad de formar a buena gente. Un ejemplo paradigmático es la India, un continente pobre, en el que en los últimos 20 años hay estados que han salido del agujero como motos porque han apostado por la educación y se han convertido en vivero de matemáticos e ingenieros. En el resto de estados seguirán tirando de carricoches. Tenemos que elegir hacia dónde queremos ir. Hablamos mucho de Finlandia, da la impresión de que es un paraíso. Sin embargo, hasta hace nada, Finlandia era un pueblo miserablemente pobre, fue el último pueblo europeo que sufrió una hambruna. Cuando se empezó a hablar de globalización, tuvieron una idea elemental pero inteligente: “No podemos parar la globalización pero cada estado debe decidir cómo hacerla”. Ellos pusieron en marcha un plan con todas las fuerzas sociales, para hacer una globalización a la finlandesa. Decidieron fomentar la alta tecnología facilitando creación de empresas tecnológicas, potenciando la enseñanza secundaria, y una enseñanza primaria de categoría. Y además decidieron que querían hacerlo compatible con sus prestaciones sociales. En España deberíamos ponernos todos de acuerdo en el marco. Aprender de los demás. No parece fácil. No, esto es un guirigay, parece un gallinero destemplado. El problema para un gran acuerdo político es que hemos cambiado sólo superficialmente, pero hay una profundísima querencia hacia el partido único. Todos los partidos en el fondo piensan que qué bien lo harían si gobernaran solos. Esto es muy peligroso. No se dan cuenta contar con un adversario es como contar con la otra pierna para correr. Es muy peligroso que alguien se crea infalible. En eso Hegel fue maravilloso al descubrir el procedimiento de la inteligencia de los grupos, que es la inteligencia de la historia. Tesis, antítesis y síntesis. Necesitamos el talento y para eso necesitamos mayor ambición.

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