domingo, 29 de enero de 2012

Pablo Picasso y Malaga: Un andaluz de Barcelona

La infancia malagueña de Picasso (1881-1891)

Se ha llegado a escribir que Picasso guardaba resentimiento hacia Málaga, y que conscientemente había olvidado todo cuanto se refería a ella. A pesar de algunos puntos oscuros en la relación entre el artista y su ciudad natal, es difícil apoyar esta tesis cuando su hija Maya narra el cariño y la fuerza especial con que ambos hablaban de Málaga (1), o leemos los múltiples testimonios de personas cercanas que confirman cuánto le gustaba recordar su infancia. Cualquier comentario podía bastarle para desilvanar las anécdotas de aquélla época, muchas veces adornadas o exageradas, siempre vívidas y chispeantes. Reivindicaba su origen andaluz y protestaba cuando un periodista mal informado hablaba de “Picasso, el pintor catalán”. Ponderaba los gustos y aromas de la comida andaluza, era aficionado a los toros y al flamenco, sabía de memoria cantes antiguos y usaba expresiones de la tierra. Incluso se ha hablado de sus supersticiones como de un típico rasgo andaluz.

En 1957, un grupo de jóvenes pintores malagueños emprendió un viaje para visitarle en su casa de Cannes; el recibimiento fue emocionante y caluroso. Picasso preguntaba: “¿Cómo está la Plaza de la Merced?, ¿se conservan aún los bancos de mármol y las chinas del suelo?... ¡cuántas veces me desollé las rodillas, tratando de saltarlos!, ¿y las palomas...?, ¿se canta todavía aquello de “ adiós patio de la cárcel, rincón de la barbería...?”, acompañándolo con un canturreo al estilo del Piyayo. Y en el jardín de la villa organizó Picasso una improvisada exposición de “artistas malagueños”, considerándose como tal al incluir sus propias obras entre las de aquellos jóvenes (que adoptaron desde entonces el nombre de “Grupo Picasso”).

Cuenta Palau i Fabre (2) , que asistió a una conversación en la que Jacqueline –su última mujer- le recordaba a Picasso que él había dicho que “ le gustaría ser enterrado en la Plaza de la Merced de Málaga, junto a ella”. Cabe recordar, por fin, que en los días de la muerte del pintor, las únicas flores que aceptó su viuda fueron las entregadas por el cineasta Miguel Alcobendas en nombre de Málaga.


El nacimiento

Picasso nació el 25 de octubre de 1881, en primer piso del nº 36 de la Plaza de la Merced (actual nº 15). Hijo de José Ruiz Blasco y María Picasso López, el parto fue asistido por el doctor Salvador Ruiz, hermano del padre. En los primeros instantes, el niño apenas respiraba y parecía en peligro de muerte. Al parecer, el médico le salvó la vida gracias al humo de su cigarro puro.

Hubo especial alegría por la llegada de un varón en una familia en la que, a pesar de ser once hermanos, había habido pocos descendientes. Siguiendo la costumbre de la época de imponer una larga serie de nombres a los recién nacidos, para que estuviesen bajo la protección del santoral, constan siete en el acta de nacimiento: Pablo, Diego, José, Francisco de Paula, Juan Nepomuceno, Crispiniano y de la Santísima Trinidad. Casi todos correspondían a familiares y allegados; el principal de ellos, Pablo, fue en honor de un tío fallecido hacía dos años, el sacerdote Pablo Ruiz Blasco. El bautizo se celebró el 10 de noviembre en la parroquia de Santiago, siendo sus padrinos Juan Nepomuceno Blasco Barroso, primo del padre, y su mujer, María de los Remedios Alarcón, que habían sido también padrinos de boda de José Ruiz y María Picasso. El Acta de bautismo varía los nombres con respecto al Registro Civil: se le añadió uno (María de los Remedios, por su madrina) y se escribió, por error, Cipriano en lugar de Crispiniano.

Físicamente, el chico guardaba más parecido con la rama materna, aunque curiosamente, en su juventud se vio la herencia de su padre en la barba con tintes rojizos. Según el biógrafo Pierre Cabanne, desde pequeño Picasso se mostró inventivo, autoritario y muy independiente. Françoise Gilot cita estas palabras de su compañero: “Cuando yo era niño mi madre me decía: “Si llegas a ser soldado, serás general. Si cuando seas mayor eres monje, llegarás a ser Papa”. Pero en lugar de todo eso fui pintor y terminé siendo Picasso”.

El problema de las casas natales

A menudo, entre los biógrafos de Picasso ha habido cierta confusión acerca de la identificación del hogar donde nació; los recuerdos del artista apenas podían ayudar a ello. En 1972, a raíz del proyecto municipal de adquisición de la casa natal para convertirla en museo, la prensa pudo en duda la ubicación de la misma. Rafael León, entonces teniente-alcalde de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, escribió una serie de artículos desentrañando la cuestión, siendo el primero en descubrir que hubo “dos casas de Picasso”, pues en diciembre 1883 o principios de 1884 la familia se mudó al cercano nº 32 (planta 3ª), actual nº 17, en la misma manzana de las Casas de Campos. De la construcción original del interior de la vivienda quedan pocas señas: el paso de diversas familias en alquiler y el acondicionamiento como sede de la Fundación Picasso desde 1988 han borrado los detalles.


Las hermanas y las tías de Picasso

Picasso tuvo dos hermanas. El nacimiento de la primera de ellas, Lola, casi coincidió con el gran terremoto del 25 de diciembre de 1884, que causó enormes estragos y un gran número de víctimas en las provincias de Málaga y Granada. La familia de Pablo se refugió en la casa del pintor Antonio Muñoz Degrain, en la cercana calle de la Victoria, que juzgaban más segura. Allí nació, el 28 de diciembre, María Dolores Ruiz Picasso, a quien, durante bastante tiempo, tanto por las circunstancias explicadas como por su carácter, llamaron “La Terremotica”.

El nacimiento de la segunda de sus hermanas acaeció el 30 de octubre de 1887. María de la Concepción, de cuya imagen sólo se conservan 2 bocetos hechos por Picasso (y quizá un tercero), murió tempranamente en 1895, en La Coruña, a causa de la difteria. Este hecho conmocionó lógicamente al adolescente Pablo, quien en 1935 daría el mismo nombre a su primera hija (más conocida como Maya).

En la segunda casa que habitó la familia desde 1883, vivían también su abuela Inés y sus tías maternas, Eladia y Heliodora. Estas mujeres ayudaron al cuidado de Picasso, que recordaría siempre las fantásticas historias que le narraba su abuela y que luego reinventaba. El único niño del hogar se verá rodeado de figuras femeninas, siendo el centro de atención y espectador atento de los acontecimientos diarios. Las tías trabajaban en el propio domicilio cosiendo los galones de los uniformes de ferrocarriles; al parecer, Picasso era capaz, ya adulto, de dibujar de memoria sus formas, arabescos y brillos. El chico cogía las tijeras de sus tías y jugaba a recortar con gran habilidad siluetas de animales, flores, guirnaldas, según las peticiones de sus hermanas o de sus primas: “y ahora, ¿qué?, ¿por dónde quieres que empiece?”.


La influencia del padre: pintura y pintores, las palomas, los toros...

José Ruiz Blasco era Ayudante de Dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Málaga y conservador del Museo Municipal. Su influencia fue determinante para que Picasso se encaminara a la práctica de la pintura. Por él, conoció de cerca el ambiente artístico de la ciudad y a los mismos pintores: muchos eran amigos o compañeros de José Ruiz, en la misma Plaza de la Merced y sus aledaños se domiciliaban muchos artistas e intelectuales…

Picasso se convirtió en alumno de su padre, que se ocupó de enseñarle las técnicas de dibujo y, más tarde, en guiarle en su prometedora carrera. Lo citaba a menudo como ejemplo (“Mi padre hacía esto...”, “Mi padre decía aquello...”), y siempre conservó la paleta y los pinceles que un día le entregó en La Coruña. El artista decía a Brassaï, en 1943: “cada vez que dibujo un hombre, pienso, sin querer, en mi padre... [...] Todos los hombres que dibujo los veo más o menos con sus rasgos”. Sabartés transcribe los recuerdos que Picasso tenía del taller de su padre en el Museo Municipal: “una pieza como cualquier otra, sin condiciones especiales; un poco más sucia, si acaso, que la que tenía en casa; pero allí estaba más tranquilo...”. El niño acompañaría al padre en ocasiones, y aprendería las rutinas y secretos del oficio. “Mi padre pintaba cuadros de “comedor”, de aquéllos que tienen perdices o pichones, liebres y conejos. Su especialidad eran las aves y las flores. Sobre todo palomas y lilas. Lilas y palomas. También pintaba otros animales; por ejemplo, una zorra. Aún la recuerdo”. Las palomas, que el niño solía copiar también, irán siempre unidas al recuerdo paterno; cuando en 1961, Picasso remita a Málaga una tarjeta postal para Juan Temboury, dibujará una paloma, y la firmará como “Dibujo hecho por el hijo de Don José Ruiz Blasco”. “Una vez hizo un cuadro enorme que representaba un palomar abarrotado de palomas... Figúrate tú una jaula con centenares de palomas. Con miles y millones de palomas... Estaban puestas en filas como en un palomar: un palomar enorme. Este cuadro estaba en el Museo de Málaga. No lo he vuelto a ver más [...]”. El cuadro, pintado en 1878, antes del nacimiento de Picasso, fue comprado inmediatamente por el Ayuntamiento, gracias al alcalde José de Alarcón y Luján, pariente de José Ruiz Blasco. En diciembre de 1971, el Consistorio se lo envió a Picasso a Mougins, con motivo de su 90 cumpleaños, pero él nunca fue a recogerlo, y finalmente la alcaldía de la localidad francesa lo devolvió en abril de 1973, tras la muerte del artista. Desde 2002, se expone en la Fundación Picasso.

Otra pieza que se expone en la Casa Natal es la curiosa imagen de una Virgen Dolorosa: en su origen, se trataba del vaciado en yeso de un busto clásico griego, que José Ruiz reconvirtió pintando el rostro, pegándole cejas y lágrimas, envolviéndolo con un paño encolado y colocándolo finalmente sobre una mesita del siglo XVIII.

Debemos citar de nuevo los recortes de siluetas que gustaba de hacer para exhibirse y jugar con sus primas y hermanas. Aprendió esa forma de hacer de José Ruiz, que la usaba para colocar las figuras sobre el lienzo y calcular el espacio que ocuparían. Según una anotación de Dora Maar –c ompañera de Pablo en los años 30- en su diario, Picasso le había contado que había inventado el collage basándose en la técnica aprendida de su padre.

Influencias indudables del padre de Picasso fueron su afición al flamenco y a los toros. De pequeño, asistía con él a las corridas en la plaza de La Malagueta. Contó a alguna ocasión que vio torear a Lagartijo, y que se sentó en las rodillas de Cara Ancha. Recordaba cómo los caballos, que en aquel entonces no tenían peto protector, eran embestidos cruelmente y muchas veces morían destripados. Así los representaría muchas veces en su obra.

“Es mi pasión”, confesaba al fotógrafo Brassaï. Refiriéndose a las corridas en el sur de Francia a las que asistía el artista en compañía de Paul, escribe Christine Ruiz-Picasso: “La plaza de toros era, para el padre y el hijo, un lugar privilegiado en el que sentían correr en sus venas su sangre española” (Picasso. Primera Mirada. Málaga, 1994).


Las primeras obras

Lo que más le gustaba hacer a Picasso de niño era dibujar, podía pasarse horas haciéndolo. Contó muchas veces a los amigos que sus primeros dibujos los hacía en la arena de la Plaza de la Merced, haciendo garabatos que representaban «torruelas » de azúcar.

El primer óleo que se conoce de Pablo pudo ser pintado hacia 1888: Vista del puerto de Málaga, versión de la copia que hizo su padre en 1887 del óleo original de Emilio Ocón y Rivas (fechado en 1878). Parece ser -según cuenta Maya Picasso (3) - que lo pintó de memoria (el cuadro del padre estaba en el salón), a la luz de una pequeña vela, escondido debajo de la cama de su hermana Lola, que le había suministrado pintura rascada de la paleta de don José.

El picador amarillo sería realizado hacia 1889, y ya muestra uno de sus temas más recurrentes en el futuro, el de la fiesta taurina. Tres de los personajes tenían los ojos agujereados: “Lo hizo mi hermana con un clavo; era pequeñita, cinco o seis años tendría... Cosas de críos” (Picasso a Cabanne). Otras dos obras significativas son unos dibujos de 1890, Palomar, que sigue el ejemplo temático de su padre, y Hércules con una maza, que prefigura el uso persistente de los mitos clásicos en su producción.

Aunque presentan muchas y lógicas imperfecciones por la edad del autor, no se trata de trabajos “infantiles”, sino con aplicación y voluntad de perfección. Varios biógrafos recogen palabras de Picasso en el sentido de que nunca había hecho dibujos “de niño”: “a los doce años yo dibujaba como Rafael”; « Hacía dibujos académicos. Su minucia, su exactitud, me horrorizan. Mi padre era profesor de dibujo y fue él probablemente quien me empujó desde muy pronto en aquellla dirección”.

Por otro lado, hay que insistir en los recortes de siluetas de papel citados en apartados anteriores. El Museu Picasso de Barcelona conserva los dos únicos ejemplos que han quedado: Paloma y Perro, que podemos datar hacia 1890. Este modo de hacer lo repetiría después: algunas figuritas dedicó a sus hijos, otras las conservó Dora Maar, existe un retrato de Françoise Gilot hecho con diversos recortes ensamblados... Y si es cierto que Picasso desarrolló la idea del collage a partir de esta técnica, aprendida de su padre, estos juegos infantiles cobran una importancia singular; desde luego, podemos convenir en que su influencia podría apreciarse, no sólo en los collages, sino también en las esculturas de hojalata de 1954.


Reflejos de Málaga en la obra y los escritos de Picasso

Así pues, puede rastrearse el origen de muchas claves de la obra de Picasso en los años de su infancia. Por un lado, esa sorprendente relación de algunas de sus técnicas con las siluetas recortadas en papel. Por otro, la evidencia de la temprana aparición de determinados temas: la mitología, los toros, las palomas.

Aunque el medio familiar en que creció era hondamente católico, en contadas ocasiones abordó temas religiosos en sus obras. Pero vale la pena apuntar que las “mujeres que lloran” de 1937-1938 pueden estar emparentadas con la imaginería barroca andaluza, e incluso cabría recordar aquel busto manipulado por su padre (antes reseñado), que contempló tantas veces en su casa.

La obra de juventud de Picasso refleja con frecuencia temas tópicos como bailaoras y bailaores, toreros, escenas costumbristas... Específicamente malagueños son las figuras de 1899 del cenachero y de Lola, “la Chata” (conocida prostituta y madame local), así como el bosquejo del escudo de la ciudad en dos dibujos de bailaoras datados entre 1900 y 1901. Pero son especialmente destacables dos referencias explícitas en su obra de madurez: los óleos cubistas Bodegón español con botella de Ojén (1912) y Naturaleza muerta con botella de Málaga (1919).

Por otro lado, es en la escritura de Picasso, faceta a la que se entregó desde los años 30, donde pueden rastrearse multitud de citas malagueñas, que Rafael Inglada ha recopilado en su antología “La llave de su ojo malagueño”. Abundan las comidas (dulces, frutas, hortalizas, sopas, almejas, boquerones...) y utensilios de cocina, pero hallamos también expresiones populares andaluzas, recuerdos de la playa y la pesca, gentes y reuniones familiares... Quizá el más emocionante de todos sus escritos sea aquel que firmó el 4 de mayo de 1936: “yo he nacido de un padre blanco y de un pequeño vaso de agua de vida andaluza yo he nacido de una madre hija de una hija de quince años nacida en Málaga en los Percheles el hermoso toro que me engendra la frente coronada de jazmines”.

Recuerdos infantiles

Ya hemos comentado que Picasso gustaba de contar anécdotas de su niñez. Muchas las hemos referido ya. Entre sus recuerdos más antiguos, están las nanas que le cantaban y sus primeros pasos empujando una sillita o una caja de lata de galletas “Olibert” (guardó sus zapatos de entonces y los regaló a su hija Maya). La madre de Picasso comentaba que sus primeros sonidos fueron “piz, piz”, pidiendo un lápiz.

Rememoraba sucesos y personas que conoció en la Plaza de la Merced, escenario de sus juegos (como “el hombre de la nieve”, que en verano la vendía en pequeñas porciones, tras anunciar su mercancía por las calles al son del clarín o de la trompeta). Habló de un conductor que acompasaba la marcha del tranvía al ritmo de las coplas que cantaba, de un gorrión que llevaba en la pechera durante un paseo por la Alameda (que pudo escapar gracias a la impaciencia de sus primas por mirarlo), o de una ocasión en que, bañándose con su madre en los antiguos baños de la Estrella, una ola levantó el sayal de otra señora “y como yo era muy chico miraba de abajo arriba y sólo vi pelos [...] por eso hasta mayorcito he creído que las mujeres eran como las cabras, con pelos de cintura para abajo”.

Los colegios

A Picasso no le gustaba ir al colegio. Primero estuvo en una “Miga” (de la palabra “Amiga”), especie de guardería instalada en una casa particular, de la que apenas recordaba nada. Probablemente, estuvo en la calle San Agustín, cerca de donde trabajaba su padre como conservador municipal. Tuvo que abandonarla porque era tan húmeda y sombría que amenazaba su salud. Hacia 1888, empiezó sus estudios primarios en el colegio de San Rafael, situado en el número 20 de la calle Comedias. Era éste el gran colegio laico de la ciudad, moderno, claro, bien aireado, dirigido además por un amigo de la familia. Pero Picasso seguía aferrándose a sus indisposiciones –v erdaderas o exageradas- para faltar a clase; en el aula, se distraía, dibujaba, se levantaba inquieto. A veces, se llevaba objetos personales de su padre (un bastón, un pincel, dice la leyenda que alguna paloma) para asegurarse de que vendría a por él.

El traslado a La Coruña

La situación profesional de don José en la Escuela de Bellas Artes no era muy halagüeña, ya que el puesto de ayudante no estaba contemplado oficialmente, y tenía muy pocas posibilidades de ascender por la dura competencia de otros profesores; a esto podríamos añadir la modestia de los salarios y los frecuentes atrasos en su cobro. Ruiz Blasco complementaba sus ingresos con el cargo de conservador del Museo Municipal desde 1879, pero con una enorme inestabilidad, hasta el punto de que en varias ocasiones había desempeñado sus funciones de forma gratuita.

En 1884, 1887 y 1890, solicitó una vacante existente en la Escuela de Bellas Artes de La Coruña. Admitido al concurso junto a otros cuatro aspirantes, por fin consiguió que el 4 de abril de 1891 se publicara oficialmente su nombramiento como profesor numerario de la Cátedra de Dibujo de Adorno y Figura en la ciudad gallega.

Antes de salir de Málaga, Picasso debía aprobar su examen de ingreso en la Segunda Enseñanza. El examen se celebró el 25 de junio de 1891 en el Instituto sito en la calle Gaona, y sólo consistió en un breve dictado y una división. Picasso, “presumiendo” de su dificultad con los números, le contó a Sabartés que el profesor prácticamente le dio el resultado de la misma. El 20 de septiembre fue inscrito en las dos asignaturas del primer curso (Latín y Castellano y Geografía) y el 6 de octubre pagó los derechos académicos correspondientes y efectuó el traslado de matrícula. No es seguro que asistiera a clase, pero bien pudo hacerlo durante unos días, desde el 1 de octubre, en que empezaba el curso.

Hacia mediados de octubre (probablemente el día 20) parte la familia por vía marítima; con la ayuda de Salvador Ruiz, médico en el Instituto de Sanidad Marítima, pudieron tomar un pasaje barato. Tuvieron que desembarcar en Vigo, antes de tiempo por las adversas condiciones climatológicas, el día 25; Picasso se incorporaría al Instituto el 26 ó 27 de octubre. No volverían a ver Málaga, ni a sus familiares, hasta el verano de 1895.

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