sábado, 19 de abril de 2014

Macondo visto por Mario Vargas LLOSA

Historia de un deicidio: el pasado esplendor

Este relato [Un día después del sábado] está situado en Macondo, en el período de la decadencia

El jurado del Premio Biblioteca Breve de 1970: desde la izquierda, Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y José María Castellet. / EFE
Este relato [Un día después del sábado] está situado en Macondo, en el período de la decadencia. La perspectiva es itinerante, se desplaza de un personaje a otro, pero la mayor parte de la historia está referida desde una atalaya que corresponde a la de seres inequívocamente instalados en el vértice de la sociedad: la viuda Rebeca y el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar Castañeda y Montero. Desde la perspectiva aristocrática, ya sabemos, la historia gravita con fuerza sobre el presente, y, en efecto, aquí, como en La hojarasca, hay muchos datos relativos al pasado de la sociedad ficticia. Algunos confirman datos anteriores, otros los amplían, otros los modifican. El antiguo esplendor está asociado, en la memoria del padre Antonio Isabel, al banano. Desde hace años sólo pasan por Macondo cuatro vagones desvencijados y descoloridos, de los que nadie desciende: “Antes era distinto, cuando podía estar una tarde entera viendo pasar un tren cargado de banano: ciento cuarenta vagones cargados de frutas, pasando sin parar, hasta cuando pasaba, ya entrada la noche, el último vagón con un hombre colgando una lámpara verde”. Ciento cuarenta vagones, la desmesura: lo que era una imagen retórica en los relatos anteriores, se convierte en característica de la realidad ficticia. Las dos épocas de Macondo, el apogeo y la de cadencia, están claramente diferenciadas aquí también, como en La hojarasca, en función de las plantaciones bananeras. Aparece un nuevo dato histórico: “Tal vez de ahí vino su costumbre de asistir todos los días a la estación, incluso después de que abalearon a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de bananos...”. Es la primera mención de la matanza de trabajadores que tendrá amplio desarrollo en Cien años de soledad.
Desde hace años sólo pasan por Macondo cuatro vagones desvencijados
En lo relativo a las guerras civiles, Un día después del sábado no es esclarecedor sino oscurecedor. En La hojarasca se insinuaba que la fundación de Macondo la habían llevado a cabo gentes que, como la familia del coronel, huían de las guerras, lo que permitía situar la fundación hacia fines del XIX. Sin embargo, aquí se indica que el padre Antonio Isabel “se enterró en el pueblo, desde mucho antes de la guerra del 85”, lo que retrocede la fundación de manera considerable y desbarata la cronología que parecía regir la historia ficticia. El muchacho de Manaure nació “una lluviosa madrugada de la última guerra civil” y durante la acción del relato tiene 22 años. Si esa última guerra civil es la del 85, el cuento ocurriría en 1907, más o menos, pero esta época no corresponde a la decadencia de Macondo, la que, según La hojarasca, comenzó hacia 1918. Estas contradicciones de la realidad ficticia (que para ella no lo son) muestran la libertad y la movilidad de que goza, su naturaleza diferente de la realidad real, que sólo puede cambiar hacia adelante, en tanto que aquélla se va modificando también hacia atrás.
La perspectiva es itinerante, se desplaza de un personaje a otro
El coronel Aureliano Buendía aparece nuevamente, como una reminiscencia, y su silueta resulta siempre enigmática. Algo más se sabe de él, sin embargo: es primo hermano de la viuda Rebeca y primo del que fue su marido, José Arcadio Buendía; la viuda lo considera, no sabemos por qué, un descastado. Parece estar ausente, como en La hojarasca. La viuda Rebeca, borrosa en sus apariciones anteriores, se enriquece biográficamente: vive en una casa con dos corredores y nueve alcobas, acompañada de su sirvienta y confidente Argenida; su bisabuelo paterno peleó durante la guerra de la Independencia en el bando de los realistas; una leyenda turbia la vincula a la muerte de su esposo, quien veinte años atrás, luego de un pistoletazo que nadie sabe quién disparó, “cayó de bruces entre un ruido de hebillas y espuelas sobre las polainas aún calientes que se acababa de quitar”. Este episodio reaparece, con contornos real imaginarios, en Cien años de soledad. La viuda vive enclaustrada, viste ridículamente, permanece en Macondo por un oscuro temor a la no vedad. El padre Antonio Isabel retorna en Los funerales de la Mamá Grande, en La mala hora y en Cien años de soledad. El alcalde asoma sólo un momento y no se dice que esté asociado a hechos de violencia y corrupción, aunque su físico inspira a la viuda Rebeca una impresión de solidez bestial. ¿Han desaparecido la violencia y la corrupción políticas en Macondo? Ha desaparecido el interés por ese plano de lo real objetivo. Ha cambiado la perspectiva y ya vimos que para la visión aristocrática la política es algo remoto y repulsivo, una experiencia prescindible. La viuda Rebeca y el padre Antonio Isabel son tan ciegos para la política como la clase popular: sólo cuando la perspectiva se sitúa en la clase media, la política ocupa lugar dominante en lo real objetivo. Aquí ha sido abolida y son el pasado, la religión y lo imaginario lo que prevalece en la realidad ficticia.
El coronel Aureliano Buendía aparece comouna reminiscencia
Manaure, donde había ido a la escuela el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, adquiere una dimensión mayor. El forastero de la historia ha nacido allí, precisamente en la escuela, que su madre había atendido durante 18 años. Comparado a Macondo, es más pequeño, aislado y pobre. El muchacho lo recuerda como “un pueblo verde y plácido, con unas gallinas de largas patas cenicientas que atravesaban el salón de clases para echarse a poner debajo del tinajero”. Está lejos y en la altura, pues allí no se siembra banano sino café y carece de alumbrado eléctrico. Como el héroe de El coronel no tiene quien le escriba, la madre del forastero espera una jubilación.
El semblante urbano de Macondo se perfila más. Conocíamos su estación, sus almendros, sus alcaravanes, su calor: ahora conocemos su hotel. Se llama también Macondo, carece de clientes, su menú es un plato de sopa con un hueso pelado y picadillo de plátano verde, tiene un gramófono de cuerda, sus propietarios son una madre y su hija de caras idénticas. Habíamos visto a Macondo a la hora de la siesta; ahora lo vernos un domingo de mañana: “Calles sin hierba, casas con alambreras y un cielo profundo y maravilloso sobre un calor asfixiante”; la calle principal desemboca “en una pequeña plaza empedrada con un edificio de cal con una torre y un gallo de madera en la cúspide y un reloj parado en las cuatro y diez”.
Son el pasado y la religión lo que prevalece en
la realidad ficticia
En la realidad ficticia hasta ahorasólo se leían periódicos, volantes políticos clandestinos, el Almanaque Bristol, presumiblemente las revistas de cine con cuyas carátulas Ana había empapelado su cuarto. En Un día después del sábado un personaje ha tenido una formación clásica. El padre Antonio Isabel leyó en el seminario a los griegos, sobre todo a Sófocles, “en su idioma original”. Los clásicos se le confundían, los llamaba “los ancianitos de antes”. Aparente-mente, también estudió francés. Su monaguillo se llama (o él lo llama) Pitágoras.
Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura peruano, publicó en 1971Historia de un deicidio, un minucioso estudio literario que sería su tesis doctoral sobre la vida de Gabriel García Márquez desde los primeros relatos hasta Cien años de soledad. Este extracto, incluido en lasObras Completas de Vargas Llosa, editadas por Galaxia Gutenberg, pertenece a un certero análisis sobre el cuento Un día después del sábado

“Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad”.

biano se consideró “antes que todo, un periodista”
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19:49.
 Lima, abr. 17.
 El recientemente fallecido premio Nóbel de Literatura (1982), Gabriel García Márquez, se consideró antes que todo un periodista, y dentro de esta actividad, siempre prefirió el reportaje como la mejor manera de contar una noticia.
La fundación Gabriel García Márquez para el nuevo periodismo iberoamericano (fnpi) dedica una cobertura a la vida y legado periodístico del popular “Gabo”, como lo llamaban sus amigos, en la cual destacan las 10 citas memorables que todo periodista debe tener en cuenta.
1.- “La mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor”.
2.- “Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad”.
3.-  “Cuando uno se aburre escribiendo, el lector se aburre leyendo”.
4.- “En la carrera en que andan los periodistas debe haber un minuto de silencio para reflexionar sobre la enorme responsabilidad que tienen”.
5.- “El periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad, el lector se aburre leyendo”.
6.- “Para ser periodista hace falta una base cultural importante, mucha práctica y mucha ética”.
7.- “El mensaje de Cien Años de Soledad se transmite por un método semejante al de los vallenatos, que es el de la crónica Caribe”.
8) “Una noticia nunca termina y nunca todo está contado”.
9.- “Es más fácil atrapar a un conejo que a un lector”.
10.- “Mi ética en tanto que escritor exige la autocrítica de mi trabajo, Gozo, realmente, corrigiéndome”.
El autor colombiano de la célebre obra “Cien años de soledad”, falleció hoy a los 87 años, en la Ciudad de México, donde residía en sus últimos años.
En los días previos, su estado de salud estaba muy delicado. El pasado 3 de abril fue ingresado a un hospital de Ciudad de México, por una infección pulmonar y urinaria, y luego de ocho días retornó a su casa. Su estado de salud estaba muy delicado.
García Márquez fue uno de los mejores exponentes de la literatura mundial y deja un legado de obras universales como “El Otoño del Patriarca” (1975), “Crónica de una muerte anunciada” (1981), “El general en su laberinto” (1989), “Del amor y otros demonios2 (1994), entre otras.

Viaje de Cartagena de Indias a Bogota

Era un barco de esos como de novela de Mark Twain, de los que tenían una paleta giratoria detrás y una chimenea de leña, de aquellos en los que había quienes colgaban sus hamacas para dormir durante el viaje. Pero este no navegaba por el Misisipi como en los cuentos de Twain sino por el río Magdalena de camino de la costa Caribe colombiana hacia Bogotá, y uno de los pasajeros que iba cantando vallenatos a bordo era un adolescente que se apellidaba García Márquez. Según el relato que cuenta en su casa de Bogotá el poeta Juan Gustavo Cobo, en el barco iba un señor que se puso a charlar conGabriel y le pidió que le copiara alguna de las letras que iban cantando. Al final del viaje se despidieron y el hombre le regaló un libro de Dostoievski. Ya en Bogotá el joven fue a la oficina donde se solicitaban becas de estudio. Mientras hacía fila apareció por allí el señor del barco. Le preguntó qué hacía allí y el joven le respondió que había venido a pedir una beca.
 –Yo soy el que da las becas –le dijo el hombre–. Sube.
Cobo dice que la vida de Gabriel García Márquez siempre tuvo un componente extraño de magia, medio de brujo. El mismo hombre que venía escuchándolo cantar vallenatos en el barco fue quien decidió dónde terminaría el bachillerato: el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, un municipio a las afueras de la capital. García Márquez entró interno en ese colegio en 1943 y padeció el clima de la altiplanicie andina. “Estaba tan triste de la lluvia y del frío que se refugió en la literatura”, cuenta su amigo Cobo, un erudito de 65 años que ha tenido que alquilar en su edificio un departamento extra para acumular los más de 25.000 libros que componen su biblioteca. Al acabar el internado el joven se pone a estudiar Derecho y se mete en la vida de literatura y periodismo de los cafés bogotanos. Un día de 1947 manda al diario El Espectador un cuento que había escrito bajo las influencias de Kafka. El cuento se titulaba La tercera resignación y fue publicado con una nota elogiosa del editor del magacín cultural del periódico. “Lo más conmovedor”, dice Cobo, “es que vio que alguien lo estaba leyendo en un café y él no tenía plata para comprarlo”.
Uno de sus cafés era el San Moritz. Es de los pocos lugares que quedan de los tiempos de bohemia cultural bogotana de mediados de siglo, y, según cuentan, conserva características como que las cucharas tengan un agujero en el centro para que nadie tenga interés en robárselas. Este Viernes Santo estaba cerrado. Afuera había un vagabundo echado a cada lado de la puerta y una pintada en la pared que decíaJuventudes comunistas colombianas. El centro histórico tenía clima de día festivo. Delante de la biblioteca Luis Ángel Arango había un muro cronológico de la vida del escritor. Entre los que estaban parados allí había un hombre que lamentaba que Colombia se quedase sin su representante mundial.
–¿Y quién los representará ahora?
 –Quién… Pues qué le digo. Nos quedan Shakira y Juanes.
Al lado estaba una mujer con una sensación agridulce. “Me parece muy triste la muerte de García Márquez, pero también me parece bien interesante morirse en Jueves Santo, porque la gente está de vacaciones y tiene todo el tiempo del mundo para venir a mirar estas cosas y para leer bien los reportes de los diarios”. Se llama Magdalena Mikán, no sabe de dónde procede su apellido, tiene 50 años y se enteró del fallecimiento del escritor después de ver una película del Quijote protagonizada por Cantinflas. Con ella estaba un vecino que vive solo y que no sabe leer ni escribir. Ella le dijo: “Qué lástima que usted no lea, porque para que tenga una idea, si se ríe dos horas viendo la película del Quijote, para que le sirva de muestra, así de delicioso es leer a García Márquez”. Se lo dijo cuando terminó la película antes de cambiar de canal. Cuando cambió de canal, García Márquez estaba muerto.
La primera etapa del escritor en Bogotá terminó en 1948 con los disturbios provocados en la capital por el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán. La pensión de García Márquez se quemó. Él regresó a la costa. Volvería unos años después para trabajar de reportero en el diario El Espectador a mediados de los cincuenta. Su reportaje más exitoso, Relato de un náufrago, en el que se reveló que un barco de la armada había cargado contrabando, irritó al Gobierno y su periódico lo mandó a Europa. Volvió a la capital a finales de la década como periodista de la agencia cubana Prensa Latina. Y ahí es cuando lo conoció José Luis Díaz Granados, que este viernes habló en Bogotá sobre su amigo y primo segundo García Márquez. Díaz Granados, poeta de 67 años, describe cómo era por entonces: “Un hombre delgadito de bigote negro, pelo crespo, fumaba mucho, por Dios cómo fumaba, un cigarrillo y otro, dos cajetillas de cigarros Piel Roja diarias, y era tímido y nervioso y estaba todo el rato diciendo cosas”.
Él lo conoció cuando tenía 13 años y era “un niño existencialista” al que su primo mayor le recomendaba leer a Lorca y a Hemingway. Una vez el niño dijo que a él le interesaba mucho el filósofo francés Sartre. García Márquez, como si estuviese hablando con un adulto recién llegado de París, se le quedó mirando con la atención que merece una persona importante. “Él siempre trató a todo el mundo por igual, con mucho respeto”, dice el poeta mientras se toma un café en un centro comercial. Horas después volaría a la ciudad de México para estar el lunes en su funeral.
Este viernes día uno después de la muerte de Gabriel García Márquez el tiempo estuvo entre nubes y claros de sol, más optimista que cenizo, con mejor cara que la que le pintó el premio Nobel cuando recordó en un artículo de 1981 sus inicios en el lugar que lo despertó del calor de la costa. “Aquella ciudad de pecado”, escribió, “en la que casi todo era posible, menos hacer el amor. Por eso he dicho alguna vez que el único heroísmo de mi vida, y el de mis compañeros de generación, es haber sido jóvenes en la Bogotá de aquel tiempo”.

Luto En la Tierra de Macondo de Barcelona a las INDIAS

En la Barcelona de las Indias

Los recuerdos del ‘sabio catalán’ y la presencia de su agente llevaron a Gabo a vivir siete años en la ciudad

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Plaza Cataluña, 1970. Un joven y aún no tan exitoso García Márquez en sus años barceloneses. / EFE
“¿Sabe de alguien a quien puedan interesarle dos pieles de caimán?”. Al entonces responsable de las páginas literarias de la seria revista Destino, Joaquim Marco, le pareció una pregunta de realismo mágico, comoentresacada de ese Cien años de soledad, cuya primerísima reseña acababa de publicar Pere Gimferrer en 1967 en el semanario. La agente Carmen Balcells les había dejado leer en un mecanoscrito “con un centenar de correcciones del propio autor; nada trascendente”, recordaba ayer el ya retirado catedrático de literatura de la Universidad de Barcelona.
Marco fue de los primeros en España en hablar de las novelas de García Márquez y ello explica que el escritor, un poco perdido, le convocara apenas llegó el 4 de noviembre de 1967 con su mujer y sus dos hijos pequeños. “Era un piso provisional, de alquiler, por la zona de la plaza Lesseps, en el barrio de Gràcia, con muebles tronados”, recuerda Marco. Sería algún otro más así: Gabo llegó sin blanca porque no había podido sacar dinero de su país y sus Cien añosde soledad, publicado hacía poco más de cinco meses en Argentina, si bien había vendido en 15 días los 8.000 ejemplares de su primera edición y se había iniciado una reimpresión de 10.000 más, aún no había estallado.
A Barcelona lo había dirigido un cóctel extraño de circunstancias, como todo en la vida del niño marcado de historias de Aracataca: por un lado, el recuerdo del escritor Ramón Vinyes, el famoso “sabio catalán” de su novela, que le llenó de lecturas y de la imagen de una ciudad cargada de una burguesía supuestamente culta que apoyaba a genios como Gaudí mientras los anarquistas lideraban el movimiento obrero. También estaba la idea de intentar arrancar una nueva novela sobre un viejo dictador sudamericano y qué mejor que vivir de cerca el espectáculo de un sátrapa, al parecer, al final de su vida y de su poder como Franco. La tercera razón era la más poderosa: Balcells, que había olido el talento de Gabo, quería dar a su pupilo el caldo de cultivo material idóneo para que el colombiano hiciera lo que tenía y sabía hacer: escribir.
Le acabó encontrando acomodo en uno de los mejores barrios de Barcelona, el tranquilo Sarrià, en un espacioso piso de la calle Caponata, 6. Casi en la esquina, en Osi, 50, aterrizarían los Vargas Llosa. Los dos hijos de Gabo, que estudiarán en el inglés Kensington School, se harán muy amigos de los dos de Vargas Llosa y, cuando también bajan desde más arriba de la ciudad, con Pilarcita Donoso, fiel reflejo de la gran amistad de las tres familias, que con cualquier pretexto quedan a comer o a cenar.
Cuando no está encerrado escribiendo enfundado en un terrible mono azul de mecánico, Gabo suele dar paseos eternos por la ciudad con Vargas Llosa y hasta comentan juntos las noticias de Le Monde, muchas veces en la cercana de casa y famosísima Pastelería Foix, regentada por el ínclito poeta catalán.
Barcelona parece un imán de autores sudamericanos: si no vienen solos es el mismo Gabo, quien convoca a los “primos de París”: Julio Cortázar y Carlos Fuentes, que suele llegar con su hija Cecilia. El anfitrión primero, Gabo, les lleva al cercano bar Tomás, especialista en tapas, pero a la que puede se va al centro, a la Barcelona un poco más canallesca de los locales de Los caracoles o Los tarantos.
Vinculados a esa Barcelona más abierta y cosmopolita de la burguesía de la Gauche Divine vía el editor Carlos Barral se dejará caer, aunque menos, en locales como la discoteca Boccaccio y la tortillería FlashFlash, ambientes que les darán para cruzarse con, entre otros, Juan Marsé, dos bellas “musas”, como las define, como Rosa Regás y Beatriz de Moura y los hermanos Goytisolo. En casa de uno de estos, de Luis, pasarán la Nochevieja de 1970, con los Vargas Llosa obsequiando con un valsecito peruano y los García Márquez correspondiendo con un merengue tropical.
De Cien años de soledad se han vendido ya 600.000 ejemplares, gracias a las gestiones de Balcells, que en 34 meses había colocado la obra de aquel semidesconocido en 20 países. También ella se encargará de lo más prosaico: desde pagar cuentas a encargarse de facturas domésticas a organizar las vacaciones familiares de todos, pasando por “asistir a los partos o tapar y censurar amoríos, consolar a cónyuges e indemnizar amantes”, como escribiría Vargas Llosa.
Se notaba ya en el estatus de Gabo y su familia la eclosión internacional del escritor, que se permitían el lujo de encargar la redecoración de su piso al reputado arquitecto Alfonso Milà; la mujer de Donoso recibía trato preferencial en la clínica Dexeus por ser la esposa del autor de Coronación pero también por ir acompañada de la mujer del autor de Cien años de soledad, libros ambos leídos por el reputadísimo ginecólogo Santiago Dexeus. Los niños, Rodrigo y Gonzalo, lucen jerséis de buena lana inglesa y como sea que les quedan pequeños y hay buen rollo, va a parar muchas veces a la hija de Donoso. García Márquez adquiere un notable aparato de alta fidelidad con el que el escritor se relaja escuchando a Béla Bartók y corre a las cuatro de la tarde las cortinas de la sala “porque es demasiado temprano paratomar güisquis y a mí me gusta tomarlo cuando comienza a estar oscuro”, como recordaría José Donoso. Gabo y su familia estaban bien en Barcelona. “Siempre nos decía que cogiéramos un avión y nos plantáramos en Barcelona, que la ciudad era lo más parecida a nuestra Cartagena y la gente, de lo más amable”, reveló su padre cuando Gabo ganó el premio Nobel en 1982.
Si la vida cotidiana le era placentera, no lo fue tanto la literaria. El futuroEl otoño del patriarca se le resistía y temía haberse secado tras escribir la gran novela. “Mi nuevo libro es una mierda... y tampoco logro que haga calor en él”, decía agobiado también por los golondrinos que le provocaban la humedad veraniega de la ciudad. Pero, trabajador infatigable, la acabó, justo para la fiesta de despedida a los Vargas Llosa que acogió Balcells el 12 de junio de 1974. No tardarían mucho en marchar ellos, solo para volver para algún libro, visitar de incógnito su agente y, en 2005 para una reunión del Foro Iberoamericano.
Barcelona hizo mella: ahí dejó de fumar los 40 cigarrillos diarios y, con los años, se compraría un piso en el exclusivo paseo de Gràcia, cerca de la maravilla gaudiniana de La Pedrera. Quizá como homenaje a las historias (siempre los recuerdos), del sabio catalán.