lunes, 16 de enero de 2012

Jose Ramon Ayon: 10 Claves para la educación

José Ramón Ayllón leyendo su libro 'Diez claves para la educación'

Ha llegado un nuevo año y con él un nuevo proyecto de entrevistas.
Nuestras primeras preguntas para el blog fueron dirigidas a José Ramón Ayllón , un hombre que ama y dedica su vida a las letras. Hemos tenido la oportunidad de entrevistarle y saber un poco más de su vida, que sin duda, no ha sido nada aburrida.


José, hoy le entrevistamos como escritor, pero sabemos por su biografía que antes trabajó durante 15 años como profesor de secundaria. Explíquenos un poco su pasado antes de dedicarse al mundo de escribir libros.

Pues enseñaba Filosofía, Historia del Arte y Literatura. Disfrutaba bastante con esas asignaturas y tenía buenos alumnos.

Entonces, conociendo ahora su pasado, ¿por qué decidió abandonar la profesión de docente de secundaria para dedicarse a escribir libros?

Porque, en 1996, la llegada dela LOGSE convirtió la enseñanza en un circo y acabó con mi paciencia. Entonces decidí cambiar de profesión: me puse a escribir libros de texto, novelas y ensayos. Y he tenido suerte. Ser finalista en Anagrama y Martínez Roca me abrió muchas puertas. La publicación de libros lleva consigo la invitación a dar conferencias, así que vivo doblemente del cuento, es decir, de lo que cuento.

El pasado 20 de noviembre hubo un cambio de rumbo político en España, ganando el Partido Popular en mayoría absoluta las elecciones. ¿Cree que con el nuevo gobierno habrá una reforma en educación que mejore la calidad educativa del país?

No lo sé. Aznar tuvo esa oportunidad y no hizo nada. La izquierda es mucho más valiente a la hora de reformar la educación, aunque esas reformas hayan sido catastróficas.

Hemos hablado de su pasado y de política, pero ahora adentrémonos al mundo de los libros. José, ¿cuándo decidió dedicarse plenamente a escribir?

Cuando renuncié a un puesto de trabajo en un colegio y me vi obligado a sobrevivir.

En su repertorio de libros escritos, podemos encontrar novelas, ensayos, libros de texto y antropología. ¿De dónde sale tanta inspiración para escribir tanta variedad de género? ¿Cómo lo hace?

La inspiración procede de la vida, de la reflexión sobre lo que ves, de las lecturas y del estudio. Para escribir un poco hay que leer “un mucho”, estudiar, documentarse, cotejar…

Muchos escritores escriben para manifestar sus pensamientos o educar moralmente a los lectores a través de las palabras. ¿Usted también busca un doble sentido en sus palabras?

Sí. Suscribo el lema clásico “enseñar deleitando”. De hecho, la esencia de la literatura, que es fondo y forma, apunta en esa dirección.

‘Vigo es Vivaldi’ posiblemente ha sido una de las novelas para jóvenes con más repercusión y agrado. ¿Por qué cree que gusta tanto?

Porque refleja una de las mejores intuiciones de Platón: “Si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría a todos”.

¿Se inspira en algún escritor cuando escribe?

Soy deudor de muchos escritores: Homero, Cunqueiro, Natalia Ginzburg, Borges, Delibes…

Cuando se entrevista a un escritor no puede faltar la típica pregunta; ¿Qué le diría a alguien que se niega a leer o que no le gusta hacerlo?

“Echa un vistazo a esto”, le diría. Y le dejaría, según su edad y educación, un relato que bien pudiera resultarle apasionante. Por tanto, sería una propuesta personalizada.

Muchas gracias por aceptar la entrevista, José.

Timothy Snyder Talk 11/15/2010 Part 1

Timoty Snyder Europa entre Hitler y Stalin

Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin, ensayo del historiador Timothy Snyder (EEUU, 1969).

El horror no fue (sólo) el holocausto

El historiador Timothy Snyder revela que 14 millones de personas no combatientes fueron asesinadas entre 1933 y 1945 por las políticas criminales de Hitler y Stalin en el Este de Europa.

Por: Peio H. Riaño

A las orillas de la Historia llegan nuevas olas de espanto. Casi ocho décadas han tardado en aparecer los 14 millones de personas que, en tan sólo 12 años, entre 1933 y 1945, Hitler y Stalin asesinaron en una estrecha franja de tierra olvidada por la Historia. Todas ellas fueron víctimas de políticas criminales, no bajas de la II Guerra Mundial. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos. Sin armas. Eran ciudadanos de Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Ucrania y de la franja occidental de la Rusia soviética. Países asfixiados entre el nacionalsocialismo y el estalinismo, entre Berlín y Moscú, donde vivía la mayoría de los judíos de Europa, donde los planes imperiales de Hitler y Stalin se solaparon, donde la Wehrmacht y el Ejército Rojo se enfrentaron y donde la NKVD soviética y las SS alemanas concentraron sus fuerzas.

Los crímenes de Stalin se asocian con Rusia y los de Hit-ler con Alemania, pero la zona más mortífera de la Unión Soviética fue su periferia no rusa, mientras que los nazis mataban generalmente fuera de Alemania. "Se suele identificar el horror del siglo XX con los campos de concentración, pero no fue en ellos donde murió la mayor parte de las víctimas de los dos regímenes", explica el historiador Timothy Snyder (EEUU, 1969) en Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin, ensayo publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. "Ese malentendido en cuanto a los lugares y a los métodos de los asesinatos en masa nos impide percibir todo el horror del siglo XX", asegura.

Las cifras de la infamia

Esta historia de asesinato político en masa recalca que en los campos de concentración alemanes murieron "en torno a un millón de personas sentenciadas a trabajos forzados". Snyder reconoce que no puede hacerse una distinción exacta entre los campos de concentración y los centros de exterminio, porque también en los campos se ejecutaba o se mataba de hambre a las personas. Pero aún así distingue: en las cámaras de gas, en las zonas de hambre y en los campos de exterminio alemanes "murieron diez millones de personas".

En cuanto al gulag: un millón de vidas truncadas por agotamiento y enfermedades, entre los años señalados. Pero en los campos de exterminio y las zonas de hambre soviéticas murieron seis millones de personas, de las cuales unos cuatro millones perecieron en estas tierras de sangre. "El 90% de los que entraron en el gulag salió con vida. La mayoría de los que entraron en los campos de concentración alemanes también sobrevivió", defiende atrevido Snyder en el libro, para quien hay una diferencia entre "ser sentenciado a un campo y ser sentenciado a muerte, entre el trabajo y el gas,entre la esclavitud y las balas".

¿Por qué aquella barbarie? Hitler no sólo deseaba destruir al pueblo judío por completo, sino devastar Polonia y la Unión Soviética, "exterminar sus clases dominantes y matar a decenas de millones de eslavos". Stalin, en nombre de la defensa y la modernización de la URSS, supervisó la muerte por inanición de millones de personas. "Stalin mataba a sus conciudadanos con tanta eficacia como Hitler eliminaba a ciudadanos de otros países", sentencia el historiador norteamericano.

El hambre fue el método más frecuente de asesinato en masa en los años treinta y cuarenta, "antes que las balas y el gas". La cuarta parte de las 14 millones de víctimas fue asesinada, según Snyder, antes de que empezara la II Guerra Mundial. La inanición, verdadera arma de destrucción masiva. "El hambre es una manifestación terrible del control político. Se requiere una gran cantidad de poder para conducir a un pueblo a la inanición", reconoce el profesor en la Universidad de Yale a Público.

"La Alemania nazi y la Unión Soviética tuvieron ambiciosos proyectos ideológicos que definieron el territorio. Lo que es crucial es que estas dos visiones se superponen en un mismo territorio", reconoce al enfatizar su descubrimiento. Doctorado en Oxford e investido en las universidades de París, Viena, Varsovia y Harvard, Tierras de sangre es la primera traducción al castellano de un estudio de este especialista en la Historia de Europa central y del Este, así como del Holocausto.

En los próximos meses, la editorial Taurus publicará la última obra de Tony Judt, Pensando el siglo XX, firmada en pareja con Timothy Snyder, donde dialogan sobre los acontecimientos del pasado siglo. Se reunieron una vez por semana durante seis meses con largas conversaciones y juntos las editaron para el libro. "Hablamos sobre la historia de las ideas políticas en el siglo XX, el marxismo, el nacionalismo, el fascismo, la socialdemocracia. Y también sobre el papel de los intelectuales en la política", adelanta.

El mapa de la muerte

El estudio que ahora llega a las librerías se detiene en aspectos militares, políticos, económicos, sociales, culturales e intelectuales. Y, por supuesto, geográficos. No una geografía política, sino una geografía de las víctimas. Porque el corazón de la investigación de Snyderes demostrar cómo estas tierras no fueron un territorio político, sino los lugares donde los regímenes más crueles de Europa realizaron su obra más mortífera. Cuando comienza la II Guerra Mundial, los soviéticos ocupan los países bálticos y Polonia oriental; a continuación, los alemanes invaden la URSS, en 1941, es decir, ocupados por segunda vez; y triple ocupación, cuando el poder soviético vuelve en 1944. Una experiencia peligrosa y mortal.

Según sus cálculos, el régimen estalinista asesinó a unos seis millones de personas deliberadamente y el régimen nazi a 11 millones. "Si añadimos a todas estas personas aquellas que perecieron por enfermedad o hambre en los campos de concentración, el número aumenta a alrededor de nueve millones de personas más para los soviéticos y unos 12 millones para los alemanes", aclara el historiador. Naturalmente, a esos números estremecedores hay que sumar la muerte de los militares. "Estas son una responsabilidad alemana", señala Snyder para destacar la liquidación nazi. Curiosamente, esta fue también la parte del mundo más mortífera para los soldados: alrededor de la mitad de las bajas militares de la contienda cayeron allí.

Belzec, Sobibor, Chelmno, Treblinka, Auschwitz y Majdanek, territorios del mal. Lugares en los que se aceleró el exterminio judío a partir de 1941, cuando la guerra no iba como Hitler había imaginado. Y todavía podía haber sido más horrible: la versión original de la "solución final" de Hitler debía tener efecto después de la guerra. Con la victoria, preveía la aniquilación de "30 millones de civiles, que habrían muerto de hambre durante el primer invierno". "El riesgo de asociar esto al mal es que lo deshumanizamos y dejamos de entender lo que los humanos son capaces de hacer", advierte.

Por si todo esto fuera poco, por si se pensaba que las fotografías y filmaciones de los campos de concentración alemanes eran la cúspide del espanto, Timothy Snyder las califica de "atisbo" del pánico. Porque nadie pudo dar testimonio de las "tierras de sangre". "Las fuerzas británicas y estadounidenses liberaron campos de concentración alemanes como Belsen y Dachau, pero nunca llegaron a ninguno de los centros de exterminio importantes", añade, para señalar que la verdadera dimensión de las matanzas ha tardado en llegar y otras se han perdido. Los crímenes del estalinismo quedaron sin documentar y las fuerzas aliadas "nunca vieron ninguno de los lugares donde los alemanes perpetraron sus masacres". Y, aún así, nadie puede olvidarlos.

domingo, 15 de enero de 2012

Peter Ackroyd “Dickens fue un esclavo de sus contradicciones”

Peter Ackroyd

“Dickens fue un esclavo de sus contradicciones”

Con algo de bebé gordote, gesto churchilliano y mirada entre desconfiada y hostil, Peter Ackroyd (Londres, 1949) es quizá el más célebre biógrafo inglés de nuestro tiempo. Historiador y novelista también, suele decir que mientras el biógrafo puede “maquillar los acontecimientos, el novelista está obligado a decir siempre la verdad”. Acaba de publicar en España su monumental monografía sobre Dickens. El observador solitario (Edhasa), pero en sus alforjas literarias aparecen biografías como las que dedicó a Shakespeare, Edgar Allan Poe, Tomás Moro, William Blake, T. S. Eliot, Isaac Newton, Thomas Chatterton, Turner, a la mismísima ciudad de Londres, a Venecia o al Támesis. También numerosos premios: varios Whitbread, el Guardian Fiction Prize... Enredado en la actualidad en la vida de Charles Chaplin, vive en Kensington y tiene su despacho cerca del Museo Británico, muy cerca de la casa de Dickens, “territorio sagrado para mí”.

De Peter Ackroyd se sabe que no le gustan los periodistas, a pesar de haber sido él mismo crítico literario durante años; que apenas concede entrevistas y que, cuando lo hace, tiende a ser más bien parco en palabras porque odia hablar de sí mismo y prefiere que las páginas de sus libros hablen por él. Y, sin embargo, ha contestado al Cultural, derrotando sus recelos, con amabilidad británica, aunque sin alardes.

-Ha escrito la biografía más célebre sobre el autor de Oliver Twist, en la que combina investigación con ficción, historia y crítica literaria, pero, ¿cómo definiría su Dickens. El observador solitario? -Me gustaría pensar que se trata de un Dickens definitivo y total que aglutina los aspectos realmente significativos de su vida y su personalidad, teniendo en cuenta que al novelista le costaba distinguir la realidad de la ficción, y que personalmente podía resultar un hombre muy difícil porque lo anteponía todo a la creación.

-En su caso concreto, ¿cómo comenzó todo, como lector? ¿Cuándo comenzó a interesarse por el autor de David Copperfield.
-Desde que puedo recordar Dickens siempre me ha apasionado porque es, sin lugar a dudas, el mejor ejemplo de lo que podríamos denominar la tradición utópica de las clases sociales menos favorecidas de la Inglaterra victoriana.

-¿Y sabe ya cuál es su secreto? ¿Por qué sigue seduciéndonos hoy?
-Porque se trata del novelista inglés más extraordinario y ambicioso que haya existido jamás. En su obra, como explico en mi libro, “lo real y lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y lo trascendente conviven en precario equilibio, sólo resuelto por el vigor de la palabra creada. En eso consiste su magia”.

-¿Los autores ingleses más jóvenes de hoy en día comparten su pasión dickensiana?
-No puedo contestarle: no lo sé, porque tampoco le reconozco en ningún autor joven de nuestro tiempo, la verdad.

No es de extrañar. A menudo, el propio Ackroyd ha reconocido que no lee ficción contemporánea, que no le interesa nada, y que ni siquiera le llamaba la atención “cuando era estudiante. Entonces -ha confesado- me apasionaban la poesía, el ensayo, y la prosa histórica”. A estas alturas no va a cambiar, aunque haya dedicado varios años, por ejemplo, a escribir libros para niños.

Sistemático, mantiene desde hace décadas la misma rutina: se levanta todos los días entre las 7 y las 8 de la mañana y no deja de trabajar hasta las 11 o las 12, sobre todo porque cuando prepara libros monumentales como la biografía de Dickens es consciente de que “si no tienes disclipina, jamás podrás terminarlos. Además, después de un tiempo descubres que cuando te acostumbras a este ritmo no necesitas esperar a la inspiración, sólo tienes que ponerte a escribir, no necesitas nada más”, declaraba hace algún tiempo.

-Dedicó varios años a su Dickens y lo publicó, en su versión original en 1990. Ahora el lector español va a conocer una versión reescrita y reducida de 700 páginas, pero ¿cree que queda algo por descubrir de la vida del autor de Grandes esperanzas? ¿Algún secreto oculto quizás?
-Sinceramente, me temo que no. Todo está ya estudiado... y no hay más secretos por desvelar...

-A pesar de todo lo que descubre en su libro, ¿cómo se explica que perviva en nuestros días el mito de un Dickens filántropo, casi una especie de revolucionario radical?
-Porque Dickens era esclavo de sus contradicciones, siempre lo fue, era a la vez un filántropo y lo que hoy llamaríamos un conservador radical.

-¿Podríamos considerarlo un hombre moderno, incluso uno de los nuestros?
-Me temo que no: Dickens era sobre todo un hombre del siglo XIX. Fue toda su vida un victoriano de primera hora, por razones tan contundentes y definitivas como “su sensibilidad y entusiasmo, por su radicalismo, por sus genuinas aspiraciones de reforma social. La emoción que acompañaba a cada descubrimiento, la fe en el progreso, y la largueza de espíritu son otros rasgos distintivos. En su apasionamiento, en su histrionismo, incluso en su vulgaridad, Dickens es un hombre del siglo XIX”.

En el libro Ackroyd es más explícito aún. Afirma, por ejemplo, que Dickens,“tanto en sus afanes como en su sentimentalismo, en su entusiasmo como en su sentido del deber, en su optimismo como en sus dudas, en su fe en el trabajo y en su instinto escénico, en sus arrebatos y en su energía”, fue “el mejor representante de la sociedad victoriana”.

-Es imposible, si hablamos de la sociedad victoriana, no mencionar David Copperfield; ¿es, a su juicio, la novela más autobiográfica de Dickens?
-Desde luego, es la que refleja con mayor severidad, sinceridad y tristeza sus peores experiencias infantiles, aunque es más contenida y recatada respecto a sus sentimientos que libros anteriores. Dickens trabajó en el libro sin descanso y fue, sin duda alguna, el que le impresionó más profunda y personalmente mientras lo escribía. Él mismo llegó a confesar que la novela llegó a apoderarse de él hasta tal punto que “nunca” se sintió “capaz de abordarla con serenidad”.

-Quizá por eso, muchos críticos la consideran su mejor novela... ¿Es también su favorita?
-Le confieso que no. Prefiero La pequeña Dorrit.

¿Las razones? Prefiere no contestar, así que volvemos de nuevo a su biografía, en la que recuerda cómo el hijo de Dickens, Charley, comentó que su padre “ comenzó a escribirla con miedo, como si, en lo tocante a su capacidad de inventiva no las tuviera todas consigo” hasta que el libro tomó vuelo y el escritor decidió cambiar el rumbo del relato y que finalmente la familia Dorrit superaría todas las adversidades y llegase a hacerse rica “mostrando de paso lo insustancial de la riqueza. La novela, mientras, ‘se colaba en todas partes, a merced de las olas, a lomos de las nubes'”.

-Y, sin embargo, es imposible separar a Dickens de Londres: ¿cree que el retrato que traza de esta ciudad es una visión romántica, que sólo responde a un cliché de la época?
-El cliché es culpa de los demás... Ése es el gran defecto de las adaptaciones de sus obras al cine y la televisión. El Londres dickensiano es una creación profundamente imaginativa, y tiene un extraordinario poder simbólico que supera con creces cualquier otra descripción de una ciudad realizada por ningún otro escritor contemporáneo de Dickens o no.

Dickens esclavo de Sus contradicciones

Dickens. El observador solitario

Peter Ackroyd

Traducción de Gregorio Cantera. Edhasa, 2011. 703 pp., 44'50 euros


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Rafael NARBONA | Publicado el 06/01/2012

Charles Dickens comenzó a trabajar con doce años en una fábrica de betún. Con su padre en la cárcel por deudas impagadas, descubrió prematuramente la aspereza de un mundo poco compasivo con la debilidad y la pobreza. Peter Ackroyd (Londres, 1949) ha compuesto una biografía rigurosa, que reconstruye la vida del prolífico autor, evitando los academicismos y las fatigosas notas a pie de página. En la mejor tradición de la alta divulgación anglosajona, Ackroyd logra imprimir a su estudio la fluidez de una novela, pero sin incurrir en el relato novelado, donde a veces naufraga la objetividad y se abre paso lo meramente especulativo.

Nieto de unos criados e hijo de un funcionario que despilfarraba el dinero compulsivamente, la infancia itinerante de Charles le abasteció de escenarios para sus futuras novelas. Su paso por Porstmouth, Chatman y Londres le familiarizan con el campo, los grandes espacios urbanos y la algarabía de los puertos marítimos. De niño, leyó a Defoe, Fielding, Cervantes y Shakespeare y no tardó en pisar los teatros, emocionándose con los dramas isabelinos. Ackroyd reconstruye su niñez con enorme talento y sensibilidad, mostrando cómo su espontaneidad inicial se transforma en reserva y su alegría deviene melancolía. Durante un par de años, frecuenta una escuela donde no aprende nada, según confesión propia. Es un autodidacta, que se interna por su cuenta en la gramática latina. Su necesidad de prosperar socialmente le empuja a aprender taquigrafía. Durante un tiempo, trabaja en un despacho de abogados, pero sus jefes vaticinan que no soportará mucho tiempo una tarea rutinaria. Su carrera literaria comienza en forma de crónicas parlamentarias. Transformado en corresponsal del Morning Chronicle y tras malograrse de forma pueril su debut como actor teatral (una gripe frustra su subida al escenario), en 1883 se decide a enviar anónimamente su primer relato al Monthy Magazine, que lo publica, consiguiendo despertar el interés de los lectores. Animado por el éxito, Dickens acumula un cuento tras otro, hasta conseguir que en 1836 se publiquen en forma de libro con el título Sketches by Boz. Ese mismo año, aparecen Los papeles póstumos del Club Pickwick, una sátira de la filantropía con momentos verdaderamente hilarantes, que significará la definitiva consagración. En la decimoquinta edición, los cuatrocientos ejemplares iniciales se han transformado en 40.000.

El 2 de abril de 1836 se casa con Catherine Thompson Hogarth, una mujer de carácter difícil con la que mantendrá una convivencia llena de conflictos, tensiones y sospechas. Poco después, publica por entregas Oliver Twist y su fama se consolida. Su segunda novela acentúa los contrastes entre el campo y la ciudad. Ackroyd señala que el campo representa para Dickens el paraíso perdido, una niñez dichosa y sin amenazas, mientras que la ciudad reúne en sus malolientes callejones todos los vicios humanos: corrupción, avaricia, perversidad. El acento social de la novela no implica una posición política. De hecho, Oliver es un ejemplo de lucha y superación, que simboliza la posibilidad del ascenso social y no la rebeldía de un revolucionario. Gracias a la venta de sus libros, Dickens se traslada a Bloomsbury y empieza una vida familiar que incluirá diez hijos y un profundo afecto hacia su cuñada Mary Hogarth. Su inesperada muerte con sólo 16 años le deja profundamente abatido. El taquígrafo parlamentario que ha conocido en poco tiempo la gloria atraviesa una época de oscuridad y desaliento. Escribe La tienda de antigüedades, donde canaliza su pena mediante el personaje de la pequeña Nelly, cuya muerte recrea la pérdida de Mary, y en 1842 realiza su primer viaje a Estados Unidos.

Su deseo de conocer el país levantado sobre los valores de la Revolución francesa desemboca en una dolorosa decepción. Después de recorrer Nueva York y conocer de cerca la miseria del barrio de Five Points, tan similar a la de las zonas más deprimidas de Londres, manifiesta su oposición a la esclavitud en varias conferencias, lo cual le atrae la antipatía de muchos norteamericanos, un sentimiento que no se apaciguará hasta 1867, cuando visite el país por segunda vez. Sus Notas americanas perdurarán como una crónica magistral de una potencia en ciernes, donde la ambición excluye muchas veces la compasión hacia la inadaptación y el fracaso.

En 1843, aparece Canción de Navidad, posiblemente uno de los relatos que ha inspirado más versiones y recreaciones de la historia de la literatura. En 1846, Dickens modifica su método de trabajo. Reemplaza la improvisación y la intuición por una planificación meticulosa, que mejorará notablemente el resultado final, pero la popularidad le pasa factura. Agotado por el trabajo, rompe con sus editores e inicia un viaje por Italia, Suiza y Francia. Su periplo, que incluye entrevistas con Alejandro Dumas y Julio Verne, inspira sus Estampas italianas, un delicioso libro de viajes. De regreso funda el Daily News y empieza a ofrecer conferencias sobre temas políticos y literarios. En 1850, aparece David Copperfield, parcialmente autobiográfica e indudablemente su novela más perfecta. Es la apoteosis del narrador omnisciente que no deja ningún hilo suelto. En 1858, Dickens se separa de su mujer. Surgen rumores sobre un idilio con una joven actriz. Se marcha a casa de su extravagante amigo Wilkie Collins. Sus tendencias depresivas se agudizan después de un accidente ferroviario. Comienza a realizar lecturas públicas sobre fragmentos de sus libros, logrando provocar lágrimas, carcajadas e incluso desmayos. Su talento creador declina, pese a lo cual publica la notable Historia de dos ciudades. Le recibe la Reina Victoria, gran admiradora de su obra. La muerte se presenta en forma de apoplejía el 9 de junio de 1870. Es enterrado en la “Esquina de los poetas” de la Abadía de Westminster, respetándose su deseo de una ceremonia discreta.

La biografía de Ackroyd no incluye grandes revelaciones, pero logra un retrato veraz, matizado y complejo del escritor, describiendo con enorme perspicacia su evolución espiritual y psicológica. En sus primeras novelas, Dickens distribuye el bien y el mal entre sus personajes, sin contemplar la posibilidad de su coexistencia en un mismo carácter. Sus últimas creaciones rompen esa división, mostrando la ambigüedad del ser humano, donde la miseria y la grandeza pueden convivir de forma paradójica. El patetismo y el moralismo del primer Dickens se convierten en angustia vital en Casa desolada (1852), donde la evocación de la cárcel prefigura las parábolas de Kafka. En esa misma novela, aparece uno de los primeros detectives de la literatura, el señor Bucket. Grandes esperanzas (1861) nos muestra a un Dickens imbuido de pesimismo existencial, que desconfía de la moral y la fe. La biografía de Ackroyd es una referencia obligada para todos los que deseen conocer al verdadero Dickens, un hombre con un destino: fabular sobre la desdicha humana y no perder la convicción sobre la necesidad de un futuro con paz, ternura y fraternidad.

Genio popular, por Fernando Aramburu

De niño conoció el lado duro de la vida: la pobreza, las largas jornadas laborales, la vergüenza del padre encarcelado. Esas y otras adversidades lo marcaron para siempre. Con frecuencia hundió la pluma en el tintero de la compasión. Lázaro de Tormes habría encontrado compañeros de destino en su literatura. Para preservar sus escritos contra los riesgos trivializadores del sentimentalismo, gastó mucha tinta humorística. Fuera de Inglaterra no siempre se ha entendido que un genio hiciera buenas migas con la tradición. Frente a autores estrafalarios, escandalosos, provistos de aura maldita, él fue un currante disciplinado. El triunfo, de proporciones reservadas hoy a las estrellas del cine o de la música, no le quitó la pátina popular. Le debemos un elenco de figuras de ficción que pervive en la historia cultural de la especie. Destaca entre ellas una de naturaleza colectiva que es al mismo tiempo una ciudad: Londres.

Dickens y los Escritores Españoles

Dickens y los escritores españoles

El crítico Ricardo Senabre rastrea la huella del autor inglés en la narrativa de Baroja y Galdós



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Ricardo SENABRE | Publicado el 06/01/2012

La literatura española actual no ofrece un narrador plenamente “dickensiano” como es posible hallar en las letras anglosajonas, con obras tan sobresalientes como El quincunce, de Charles Palliser. Pero la influencia del autor de Pickwick ha dejado numerosas y significativas huellas entre nosotros a lo largo de siglo y medio, aunque rastrearlas con algún detenimiento exigiría un espacio superior al que acogen estas páginas. Fue Galdós el primero en hablar extensamente acerca del escritor inglés, en un artículo publicado en La Nación, de Madrid, el 9 de marzo de 1868. E hizo algo más: aprovechó esas páginas para anteponerlas como prólogo a su propia traducción de los Pickwick Papers -efectuada en el invierno de 1867-1868- que apareció poco después como anónima. Se ha afirmado que Galdós tradujo la obra de la versión francesa, pero el examen de algunas páginas permite sospechar que, como mínimo, tuvo también a la vista la versión original.

El caso es que tanto el artículo como la traducción revelan la temprana admiración que el escritor canario sintió por Dickens y que ha dejado inevitablemente reflejos en los textos galdosianos. Ciertos motivos recurrentes, como la insistencia en los lugares arruinados y venidos a menos, la atención a la infancia desvalida y a las vidas de seres desdichados o marginales (imposible no recordar Misericordia), así como cierta inclinación al uso de caricaturas abultadas con símiles pintorescos, ofrecen pistas en este sentido. Recuérdese el retrato de Tomás Rufete al comienzo de La desheredada, en el que ni siquiera lo dramático de la situación, con Rufete recluido en el manicomio, impide la presencia de la caricatura humorística. Hay también situaciones concretas sobre las que aletea el recuerdo de Dickens ya en La Fontana de Oro: la peregrinación nocturna de Clara por las calles de Madrid recuerda inevitablemente la fuga de Florence Dombey, espoleada por los malos tratos del padre, en Dombey e hijo, y también, en cierto modo, la huida de David Copperfield a pie desde Londres a Dover.

Los capítulos de Fortunata y Jacinta en que Guillermina y Jacinta buscan al Pituso con el propósito de adoptarlo hacen pensar en la búsqueda de un niño por parte del matrimonio Boffin en Nuestro común amigo. La escuela de don Pedro Polo y sus inhumanos métodos en El doctor Centeno contiene una dura crítica de la pedagogía al uso, pero es casi imposible no ver en ella una derivación de ciertas escuelas pergeñadas por Dickens en que los niños son maltratados y sometidos a duros castigos y privaciones, tal como sucede en la institución que regenta el cruel doctor Blimber en Dombey e hijo, o en el asilo de Mrs. Pichpin en la misma novela, por no mencionar al cruel maestro Creakle de David Copperfield, el internado del avaricioso y bellaco Squeers en Nicholas Nickelby o el hospicio en el que se ve sometido a terribles penalidades el niño Oliver Twist. Hay incluso alguna coincidencia en detalles menudos. El tosco José Izquierdo de Fortunata y Jacinta ostenta una arrogante estatura y una hermosa cabeza, por lo que ha sido modelo “de nuestros pintores más afamados”, como el Christopher Casby de La pequeña Dorrit.

Otro narrador decididamente “dickensiano” es Pío Baroja, de cuya devoción por el escritor inglés hay abundantes testimonios en ensayos y libros de memorias. Galdós había anotado certeramente el carácter itinerante en la composición de Pickwick -aprendida sin duda, como la pareja Picwick - Sam Weller, en el Quijote y sus derivaciones inglesas del siglo XVIII-, donde un personaje “recorre toda la escala social, interviniendo, siempre él mismo, en una serie de acciones subordinadas”.

Es, en efecto, el esquema narrativo más frecuente en Dickens; gracias a él sus páginas acogen la actuación de una multitud de personajes secundarios que aparecen y desaparecen sin desarrollarse hasta el final. Y ésta será una técnica frecuente en Baroja, que señala también cómo “Dickens da toda su medida en Pickwick”. Ya en Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox se advierte que no sólo los rasgos satíricos y los personajes excéntricos recuerdan a Dickens, sino también el propio plan del relato: unas cuantas personas más o menos estrafalarias se reúnen y forman un club o asociación para perseguir algo, por lo general evanescente y disparatado, vagando de un lado a otro, como en Pickwick.

Es el esquema de Silvestre Paradox, pero también, por citar un ejemplo más cercano que corrobora la fecundidad del modelo, de La fuente de la edad (1986), de Luis Mateo Díez. La admiración de Baroja -tan parco en elogios- por Dickens se percibe en algún cuento de Vidas sombrías, pero, sobre todo, es patente en la agrupación de tipos curiosos o pintorescos que coinciden en recintos como la casa de huéspedes en Silvestre Paradox, el hotelito londinense donde se alojan Aracil y su hija en La ciudad de la niebla o la casa del diputado socialista O'Bryen en la misma novela: el judío Jonás Pinhas y su rana amaestrada, el “indio negro” o el “obrero con la cabeza grande y la frente abombada”, el anarquista Baltasar, el “hombre del ojo de celuloide” y otros. La visión que Baroja ofrece de Londres en La ciudad de la niebla, novela compuesta un año después de la primera visita del escritor a la capital inglesa, delata que Baroja recorrió los rincones de la ciudad intentando revivir, sobre todo, el Londres de Dickens, y esta mirada afín se refleja en algunas descripciones de lugares, casas, tiendas con escaparates invadidos por objetos heteróclitos y en el gusto por la mostración rápida de algunos sujetos un tanto extravagantes y de inequívoca estirpe dickensiana que se extienden igualmente a otras obras del novelista, sobre todo cuando se trata de personajes ingleses: además de Mr. Macbeth, el buhonero inglés con el que se escapa el niño Silvestre Paradox, cabe recordar al falsificador Thompson de La ruta del aventurero y El viaje sin objeto -narraciones pertenecientes a la serie de Aviraneta- o a Mr. Cavendish y Mr. Clark en Las figuras de cera. Puede registrarse, además, alguna pequeña coincidencia anecdótica. En El cantor vagabundo, María Victoria, una soltera que se acerca al medio siglo, inventa una correspondencia con un pretendiente, pero es ella quien escribe todas las cartas, como hacía Toots, que se escribía a sí mismo en Dombey e hijo.

Fuera de Galdós y Baroja, sin duda los dos grandes pilares que sustentan la influencia de Dickens en España, pueden encontrarse ecos del autor inglés en la literatura posterior, aunque cada vez más diluidos y no siempre directos, sino acaso inducidos por la lectura de Galdós o Baroja. Sí hay algún caso de mimetismo fiel, como la novela de Carmen de Burgos (“Colombine”) titulada Los anticuarios (1921), que es una versión pálida de Almacén de antigüedades con la acción trasladada a París. Huellas de Dickens hay también en Nocturno de alarmas (1957), de Sebastián Juan Arbó, y en algunas novelas de Zunzunegui, como Esa oscura desbandada (1952) y La vida como es (1954), y son igualmente perceptibles en el diseño de algunos personajes de Condenados a vivir (1971), de José María Gironella. Por último, y ante la imposibilidad de alargar un inventario que sería interminable, este sintético panorama deberá cerrarse con la mención de una novela -excelente, por otra parte- recorrida de cabo a rabo por recursos y motivos temáticos de Dickens. Se trata de Los ojos vacíos (2000), de Fernando Aramburu, poderosa fábula que reconstruye un período histórico del imaginario país de Antíbula mediante el relato de un narrador que evoca sufrimientos infantiles muy cercanos a algunas de las más desoladas páginas de Dickens.

Sólo el tiempo permite saber si un escritor se convierte en clásico, cuando los hechos acreditan que ha abierto caminos no transitados antes, que ha estimulado el desarrollo de posibilidades nuevas, de artificios y fórmulas narrativas que han hecho avanzar el género. Y, a juzgar por la amplia estela de seguidores que pueden encontrarse en muchas literaturas, Dickens es, sin disputa, un clásico de la novela europea, que surge y descuella precisamente, entre otros muchos maestros de la narración, en el siglo áureo del género novelesco.

domingo, 1 de enero de 2012

Las claves personales de Rajoy ASÍ ES MARIANO

Las claves personales de Rajoy
ASÍ ES MARIANO

La biografía de Mariano Rajoy, aspirante del PP a ocupar La Moncloa en 2004, está cuajada de anécdotas con las que ha logrado ganarse las simpatías generales. Su fino sentido del humor y su aspecto socarrón siempre dentro de las formas correctas son un rara avis de la política española, un soplo de aire fresco que consigue animar los Consejos de Ministros y los debates parlamentarios con sus salidas de buen gallego; no se sabe si va o viene, pero lo que dice, lo dice con gracia. Por eso no es de extrañar que caiga bien dentro y fuera del partido. Por eso y porque escuchar a Mariano retransmitir una etapa ciclista mientras se fuma un puro habano, no tiene desperdicio.
Por Virginia Miranda

Mariano es de esa clase de tipos que caen bien. Es de esas personas capaces de formular las ocurrencias más divertidas sin llegar a resultar cargante y de ir solventando los problemas sin aparente esfuerzo, tal vez mientras se fuma uno de esos habanos que tanto le gustan, Montecristos del A, de a 20 euros la unidad.

Su salto de la carrera sucesoria a la carrera por la presidencia del Gobierno ha podido tener algo que ver precisamente con eso, con la facilidad con la que ha sabido congeniar con sus compañeros de partido y el presidente Aznar y con la eficacia con la que ha resuelto algunas de las papeletas más engorrosas del Ejecutivo.

Desde una perspectiva más humana, para conocer más a fondo al nuevo valor del PP hay que remontarse 48 años atrás, cuando recién inaugurada la primavera de 1955 Mariano Rajoy Brey vino al mundo en Santiago de Compostela el seno de una familia acomodada. Su padre era magistrado de la Audiencia Provincial de Pontevedra, aunque durante años trabajó en tribunales de distintas ciudades españolas y se vio obligado a viajar junto a su mujer Olga Brey y sus cuatro hijos. Así, Rajoy vivió hasta los tres años en el pueblo de Carballiño (Orense) y hasta los cinco en Oviedo. A esa edad se volvieron a trasladar, esta vez a León, donde residieron durante una década y donde, casualidades de la vida, el magistrado Rajoy trató estrechamente al padre de José Luis Rodríguez Zapatero, un respetado abogado de izquierdas de la ciudad castellano-leonesa. Fue por aquella época cuando el nuevo candidato del PP a la presidencia del Gobierno empezó a restarle tiempo a su tren eléctrico para interesarse por la que sería, incluso hoy en día, una de sus grandes pasiones. Mariano, ya adolescente, acudía a la carretera para ver pasar los pelotones ciclistas de competición. Ahora, 30 años después, les ve en primera línea (ver despiece Pasión por el deporte).

Pero a Mariano no sólo le interesaban de joven los deportes. También se aplicó, y mucho, en los estudios. Tras finalizar su educación secundaria con los jesuitas, se matriculó en la facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela. Allí, otra casualidad volvió a relacionarle con su actual oponente político. Se trata de José Manuel Otero Lastres; él fue quien impartió clases de Derecho Mercantil a Rajoy y a Rodríguez Zapatero (a uno le dio clases en la facultad gallega y al otro en la de León). En La Voz de Galicia, Otero recuerda a Mariano “como un gran alumno, uno de los mejores de su promoción, más centrado en el estudio del Derecho que preocupado por la política. Era uno de esos pocos alumnos que llegan a ser recordados como un estudiante brillante incluso por los de los otros cursos”. De hecho, el candidato del PP a la presidencia se licenció en Derecho con el mejor expediente de la época.

Tras licenciarse, Rajoy fue registrador de la propiedad, aunque por muy poco tiempo. Él mismo recuerda que fue a los 22 años, en 1977, cuando entró en la entonces Alianza Popular, y sólo cuatro años después ya era diputado autonómico en el Parlamento gallego. El origen de su vocación política no parece dejar lugar a dudas; el líder del Partido Popular es nieto de uno de los redactores del Estatuto de Autonomía de Galicia de 1932. A partir de 1981, fecha en la que ocupa su primer cargo público, el resto es historia: la llegada a Madrid como diputado, el regreso a Galicia para ser vicepresidente de la Xunta, la secretaría general de AP en la región, el ingreso en el Comité Ejecutivo Nacional del PP, la vicesecretaría general del partido, la dirección de las campañas electorales que han dado la victoria al Partido Popular y la asunción de cuatro carteras ministeriales a lo largo de dos legislaturas.

Mariano en la intimidad. Quienes conocen a Mariano Rajoy cuentan que es un hombre sencillo y tímido, pero también cercano, atento con quienes le rodean y fiel a sus amistades de toda la vida de Pontevedra. Con ellos viaja, visita aldeas perdidas y comparte sus momentos de ocio en el fútbol, los toros o montando en bici, ocasiones que aunque escasas, aprovecha al máximo. Dicen también que, en la intimidad, cuando se encuentra relajado y lejos de las formalidades propias de la profesión, es un tipo muy divertido. Siente pasión por las tertulias entre amigos, donde escucha más que habla. En una entrevista concedida poco después de la llegada del PP al Gobierno a Carmen Rigalt en el diario El Mundo, Rajoy desvela cuál es para él una de sus reuniones ideales. Asegura que jugar a las cartas “es un entretenimiento maravilloso. Algunos sábados y domingos, cuando puedo, voy a un pueblecito de Toledo a comer migas con huevos fritos y a jugar al tute cabrón. Es un plan estupendo que recomiendo a cualquiera: migas, café, copa, puro y partida de tute cabrón”.

Claro, el puro que no falte. El puro ya se ha convertido en un elemento indeleble en la fisonomía de Rajoy. No en vano, desde que acaba de desayunar y hasta que termina el día, el nuevo líder del PP se fuma entre diez y doce cohibas o montecristos. Y esto, no crean que no, acaba teniendo sus consecuencias. Por ejemplo, la prohibición de fumar en el Consejo de Ministros, que a Mariano sentó a cuerno quemado. Se lo contó a Rigalt en la entrevista: “algunos ministros salen a echar un cigarrillo, pero si yo salgo a fumar un puro me puedo tirar hora y media, y no procede. Esa cultura represiva que se ha puesto tan de moda me genera indignación, lo que sucede es que en lo sitios donde mando yo, establezco las reglas del juego y fumo todos los puros que me da la gana […]. Soy un fumador empedernido”. El propio Manuel Fraga también le aconsejó en un acto público que dejara de practicar un vicio tan poco saludable, pero debió ser consciente de que su consejo iba a caer en saco roto y acabó regalándole una caja de habanos. Por cierto, que en su despacho, bastante sencillo y sin elementos accesorios, tiene siempre a mano un buen puro, conservado en un humidor para mantener los cigarros en perfecto estado. La última persona que parece haber intentado reducir el nivel de malos humos de Rajoy ha sido su mujer, pero a la vista está que sin mucho éxito. Los únicos que parecen estar encantados con este vicio son los propios fumadores, que hace cinco años, concretamente los miembros de la Asociación de Habanos ‘Epicur’, entregaron al entonces ministro la “Chavita de Plata al fumador de Habanos 1998”.

Ya hemos mencionado a su mujer. Se trata de la pontevedresa Elvira Fernández Balboa, con la que contrajo matrimonio en 1996 en la capilla de Las Conchas de la isla de La Toja. Rajoy recuerda aquel día como “el problema más importante que he tenido desde que soy ministro. Quise evitar todo tipo de comentarios, averiguaciones, disquisiciones y preguntas, pero no lo conseguí. Había más de 100 periodistas a la puerta de la iglesia, y eso es muy fuerte. Yo prefiero celebrar los acontecimientos privados de otra manera”. A Mariano no le gusta que su actividad pública interfiera en su vida privada y a su mujer tampoco. Ambos son muy celosos de su intimidad y a ella le incomoda especialmente aparecer fotografiada en la prensa, de modo que evita acudir a cuantos actos sociales congreguen a reporteros gráficos. Cuando todavía era novia de Rajoy, ninguno de los dos asistieron a la boda de Francisco Álvarez-Cascos y Gema. Prefirieron pasar el fin de semana en el Parador de Alarcón, pero nadie les reprochó la falta, a pesar de que sí lo hicieron con otros ministros de entonces, Abel Matutes y Romay Becaría. Ni siquiera asistió la pasada semana al nombramiento de su marido como candidato del PP a la presidencia del Gobierno. Tanta discreción sólo nos permite saber de ella unos pocos datos. Su familia es de Sanjenjo “de las de toda la vida”. Allí conoció a Mariano, que desde joven veranea en esta localidad pontevedresa en la que posee casa propia. Los dos formaban parte de la misma pandilla hasta que un buen día, para sorpresa de sus propios amigos, anunciaron su boda. Mariano acababa de cumplir una de las dos recomendaciones de Fraga: casarse. La otra, la de aprender gallego, todavía está pendiente (aunque eso sí, lo habla con la suficiente soltura como para manejarse en su tierra). Después de la boda y durante un tiempo vivieron separados, una en Galicia y el otro en Madrid. Poco después, y ya juntos, nació el pequeño Mariano, que ahora apenas cuenta con cuatro años de edad. Dicen quienes conocen a la familia que Rajoy es un padrazo y que su hijo siente adoración por él. De hecho, durante las pasadas elecciones municipales el niño estuvo enfermo y el todavía ministro dejó de hacer campaña hasta que su hijo estuvo recuperado.

Aún es pronto para aventurar si el pequeño Mariano seguirá los pasos de su padre, pero una cosa está clara; con los idiomas lo va a tener mucho más fácil. El niño ya está estudiando en un colegio bilingüe de inglés-español y se va a ahorrar la papeleta de su padre, que a estas alturas ha tenido que contratar a un profesor de inglés porque su segundo idioma es el francés y con tan poco currículo en el apartado de idiomas lo iba a tener difícil en las reuniones internacionales de alto nivel. Tampoco sabemos si veremos crecer al pequeño Mariano en La Moncloa, como lo hemos hecho con José María Jr, convertido ya en todo un hombre; con Ana, a la que conocimos siendo una niña y a la que despedimos siendo señora de Agag; o con el pequeño Alonso, que comenzó jugando en los jardines del palacio con los gatos de la familia y los invitados de papá –llámense, por ejemplo, Bill Clinton–. Pero lo que es seguro es que nunca veremos en la portada del Hola a Elvira Fernández Balboa enseñando el retapizado de los sillones de La Moncloa y las cortinas a juego.

Lo que tal vez puedan seguir conservando los Rajoy-Fernández son las vacaciones en Sanjenjo. Eso sí, se lo van a poner difícil a los responsables de seguridad. En agosto de 2001, la Guardia Civil advirtió al entonces ministro de Interior que debía cambiar de lugar de veraneo, porque la ubicación del inmueble no reunía las condiciones adecuadas para la vigilancia. La intención de Rajoy de seguir fiel a Sanjenjo, donde acude desde hace más de 20 años para pasar sus vacaciones y huir de un tratamiento especial, chocaba con el despliegue de seguridad que exigía su cargo y que, en consecuencia, resulta molesto para los vecinos del actual candidato del PP, cuyo apartamento es uno más de un enorme bloque de pisos situado en primera línea de playa. En semejantes circunstancias, los escoltas de Rajoy tienen que ingeniárselas para poder identificar a su protegido en medio del ajetreo habitual de las zonas turísticas. A lo mejor, si le ponen muchas pegas, Mariano agarra el próximo año las maletas y la familia y se larga al Caribe, donde también ha veraneado durante 13 años y donde se puede poner de habanos hasta las cejas. Pues menudo es él para ahogarse en un vaso de agua.

Esta es la vida del candidato. La del presidente, si Zapatero no gana las elecciones, está aún por llegar. Sólo cabe esperar que, de llegar a La Moncloa, el poder no le agrie el carácter y siga siendo el mismo tipo simpático. Aunque cuidado, hay quien dice que es un lobo con piel de cordero y Juan Carlos Rodríguez Ibarra ya dijo la pasada semana en la Cadena Ser que cuando a Rajoy le tocan lo suyo, de sentido del humor nada. Quedan advertidos.

GALERÍA DE CARGOS
CARGOS PÚBLICOS
1981 Diputado del Parlamento de Galicia
1983 Concejal del Ayuntamiento de Pontevedra
1986 Presidente de la Diputación de Pontevedra
1986 Diputado del PP por Pontevedra (reelegido en todas las demás legislativas)
1986 Director General de Relaciones Institucionales de la Xunta de Galicia
1986 Vicepresidente de la Xunta de Galicia
1996 Ministro de Administraciones Públicas1999 Ministro de Educación y Cultura
2000 Vicepresidente primero y ministro de la Presidencia
2001 Ministro de Interior
2002 Vicepresidente primero, ministro de la Presidencia y Portavoz

CARGOS ORGÁNICOS EN EL PP
1987 Presidente Provincial del PP en Pontevedra
1988 Secretario general de AP-Galicia
1989 Miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PP
1990 Vicesecretario general de Organización del PP
1991 Vicesecretario General del Partido Popular.
2003 Secretario general del PP


PASIÓN POR EL DEPORTE
Su pasión por la bicicleta la cultivó siendo un niño. Entonces, Mariano Rajoy se conformaba con acudir al paso de los pelotones de competición de la vuelta ciclista a España a su paso por León. Ahora, y gracias al discurrir de su vida profesional y política, ha tenido privilegiadas oportunidades, como la de conocer a su ídolo y mito del ciclismo español, Miguel Indurain, la de entregar el trofeo de la vuelta a España al líder de la general y la de colaborar con José María García como comentarista deportivo ocasional de la competición ciclista española y del Tour de Francia –“una experiencia apasionante”, según sus propias palabras–. Y por si fuera poco, su predicación con el mundo de la bici ha tenido su recompensa hace dos años, cuando recibió la Medalla de Oro del Consejo de Ciclismo Profesional por su incesante apoyo al ciclismo, en todas sus categorías, “además de ser un reconocido amante y seguidor de este deporte”.
Rajoy también es un forofo del fútbol. Está abonado al Real Madrid, es socio del Pontevedra, accionista del Celta de Vigo e hincha del Deportivo de La Coruña. Lo que en realidad quiere decir, tal y como manifestó la pasada semana en la entrevista concedida a Urdaci en Televisión Española, “la gente es de los equipos de su casa y del Barça o el Real Madrid”. Por cierto, que su hijo Mariano, de cuatro años, es socio del club azulgrana, pero como precisa su padre siempre que le preguntan, el niño “nació en Barcelona y hubo quien fue a llevarle flores y decidió hacerlo socio del Barça”. Sea como fuere, seguir a tantos equipos requiere mucha atención, que Mariano trata de concederles ajustando su agenda profesional para no perderse los partidos más interesantes. Porque eso sí, ser espectador se le da mejor que la práctica. De pequeño lo intentó; fue jugador de baloncesto hasta que en sexto de bachillerato fue eximido de la clase de gimnasia durante una larga temporada debido a una fiebre reumática y a una aguda apendicitis y resolvió matar aquel tiempo muerto jugando al ajedrez, afición que conserva hoy en día. Por lo demás, existen documentos gráficos que dan fe de sus incursiones en la práctica deportiva, ya sea un partidillo de fútbol benéfico o un paseo en bici acompañado de alguna de las promesas ciclistas del momento.



EL CAMEO TELEVISIVO
A Mariano hay pocas cosas que se le resistan. O tal vez son pocos los que se atreven a negarle un capricho. Dijeron que la idea la sugirió Javier Arenas, así que algo tuvo que ver el propio Rajoy para que la productora y Antonio del Real, director de la serie humorística Jacinto Durante, representante de TVE, decidieran incluirle como personaje invitado en uno de sus capítulos. El cameo de Mariano se hizo esperar. Las protestas de la oposición por el trato de favor que el ente público estaba dando al PP retrasaron su emisión, prevista para el 16 de febrero de 2000. Sin embargo, el 22 de marzo, llegó el momento. Su momento. Porque vale que su caso distaría mucho de ser el de un Ronald Reagan a la española, pero no me digan que no se lo debió pasar de lo lindo haciendo guasas junto a actores de verdad. El entonces titular de Educación y Cultura hacía de sí mismo, es decir, de ministro. Su aparición relámpago apenas tenía un minuto de duración y pasó por ser uno más de los guiños que Rajoy se permitía dar de vez en cuando. Pero ahora, resuelta ya la carrera de la sucesión a favor de Rajoy, ese breve instante haría extraordinarios picos de audiencia. Sin duda, una joya del anecdotario de la televisión como aquélla debe estar guardada a buen recaudo en algún archivo de TVE. ¿Por qué no se animan, señores directivos del ente público, y nos regalan nuevamente aquel minuto de gloria?

PASO FIRME EN LA NORIA DE LOS CANDIDATOS
La presencia de Rajoy en La Noria de los Candidatos, la sección que El Siglo ha dedicado a la presencia de los aspirantes a la sucesión de Aznar en los diarios El Mundo, ABC y La Razón, ha sido semejante a la que ha tenido en el Gobierno durante los últimos dos años y medio: se ha mantenido entre los primeros puestos sin sobresalir demasiado y apenas ha tenido manchas en su expediente.

Casi nunca ha bajado de los tres primeros puestos y en cinco ocasiones ha sido el líder del ránking, de un total de 29 meses. Al principio, pocos apostaban por él y algunos articulistas de opinión dudaban sobre su capacidad política y de liderazgo. Federico Jiménez Losantos decía en el diario El Mundo en febrero de 2001, tras su incorporación al Ministerio de Interior, que “habrá que verlo actuar para valorarlo con justicia”, y al mes siguiente, el mismo periódico afirmaba que “parece claro que alguien con interés verdadero y profundo por las cuestiones educativas y culturales no es la persona más adecuada para bregar con el orden público, y viceversa”.

Sin embargo, y a medida que avanzaba el año, el éxito de la lucha policial contra ETA fue incrementando la confianza de los medios afines al Ejecutivo en Rajoy, hasta el punto de convertirle en el candidato mejor valorado por estos diarios.

Ya en el mes de marzo de 2002, Rajoy ascendía al primer puesto. Entonces, La Razón aseguraba que “nuestro ministro diez, Mariano Rajoy”, “ha superado el examen de Barcelona con matrícula de honor”, y que “ ha sido el afortunado protagonista en la sombra”.

El mes de mayo, en el editorial Citius, Altius, Fortius de El Mundo, Pedro J. Ramírez aseguraba que el candidato Rajoy es el que “integralmente más se parece a Aznar” y que, como él, sería “mejor presidente que candidato: tendría que trabajar mucho para que Zapatero no le arrebatara el espacio electoral, pero que una vez revalidado el poder, la eficacia y equilibrio de una gestión de continuidad estarían plenamente garantizados”.

En agosto, el CIS publicaba su encuesta sobre intención de voto, donde Mariano Rajoy aparecía en primer lugar. Raúl del Pozo comentaba en El Mundo que, siendo el único miembro del Ejecutivo que supera el aprobado, “de ser el ungido, representaría la continuidad canovista […]. A mí me parece el gran centrista […]. Lleva el consenso en la sangre e idea como un empírico, sólo se cree lo que ve. Se defiende en la tribuna de las arengas e inspira confianza a Aznar”.

Al mes siguiente, Victoria Prego explicaba que, según sus fuentes, el actual líder del PP ”no se está moviendo en absoluto, pero es que los movimientos de los demás le ayudan. Es decir, Mariano, quedándose quieto, gana” […]. “Si viene Mariano, los militantes y sobre todo los cuadros, saben que no va a haber favoritismos”.

Ya en febrero de 2003, Rajoy vuelve a liderar el ránking. Victoria Prego advertía de nuevo sobre el candidato: “atentos a Mariano Rajoy que, en pleno fragor de todas las batallas, las más amargas que haya librado este Gobierno en sus casi siete años de historia, está ganando posiciones ante la opinión pública sin haber hecho un ruido en materia sucesoria y sin que se le conozca hasta el momento una sola declaración aclaratoria sobre los proyectos, suyos o de otro, en este sentido. A estas alturas seguimos sin saber si le gustaría, o no, aspirar a la Presidencia del Gobierno en las próximas generales […]. Pero el caso es que sí, que los ciudadanos empiezan a verle cada vez más no sólo como probable sucesor de Aznar, sino incluso como cada vez más deseable candidato […] A pesar de las amarguras padecidas y aún por padecer, a Rajoy se le está viendo con toda claridad la gran capacidad política que durante los últimos años sólo se le suponía”, preconizaba.

Finalmente en agosto, el último mes de incertidumbre, El Mundo fue el periódico que más afinó con el resultado de la carrera sucesoria. Justino Sinova aseguró que Rajoy “es hombre de la máxima confianza de Aznar, su mano derecha. Ha demostrado grandes virtudes parlamentarias y ha desmentido la impresión de que era un político para repartir el juego y no para resolverlo. Su gestión en graves problemas del PP [...] le ha confirmado como político muy hábil. Y su cartel en el partido ha crecido de manera notable”.