sábado, 4 de febrero de 2012

Eva Illouz como puedes aprender felicidad

Reseña de "Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo", de Eva Illouz
Enviado por Manuel Gross el 14/03/2011 a las 13:13


Por Víctor Hernández Ramírez

Illouz, Eva (2007). Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Madrid: Katz. ISBN: 9789871283590

La emoción de las teorías sociales. Eva Illouz lo dice de entrada, sin mayor preámbulo: los grandes relatos sociológicos, es decir las grandes teorías sociales, contienen una clave menor en su mismo núcleo y dicha clave consiste en el papel relevante de las emociones para poder teorizar sobre la sociedad.



Los ejemplos son persuasivos: Está la angustia que subyace en la actividad vertiginosa del empresario capitalista, en la ética protestante de Weber; o está la alienación del trabajo como pérdida en el vínculo con el objeto, en los manuscritos de juventud de Marx; hay el espíritu veloz y el aire de indiferencia que conecta a todos en la vida de las urbes, según la teoría de Simmel, que se deriva de su filosofía del dinero; o está la figura de solidaridad en la sociología de Durkheim y en sus indagaciones sobre lo que mantiene unida a la sociedad a pesar de la carencia de intensidad emocional en la vida moderna.

Me parece que éste apunte inicial de Eva Illouz tiene el acierto de reconocer que los grandes teóricos sociales escribieron sobre la realidad con la preocupación e interés por aquello que acompaña a las acciones sociales (o económicas o culturales) a modo de fuerza, de potencia, de colorido, de formas determinadas. En otras palabras, los clásicos de la teoría social interesan porque incluyen la problemática de las emociones en la vida social.

Si uno se pregunta por la manera como Eva Illouz aborda el elusivo tema de las emociones, no es fácil definirlo: No es una posición culturalista, tampoco se ubica en una posición de conflictividad estructural ni en la posición construccionista del discurso. Se mueve, en todo caso, en una posición que utiliza aportes de varias tradiciones de los estudios sociales pero que, en todo caso, se interesa más por resolver la cuestión que nos plantea: ¿Qué papel han jugado las emociones en la construcción del capitalismo? ¿Cómo se ha constituido una cultura emocional muy especializada y de qué manera operan las narrativas para las emociones en la construcción y funcionamiento del mercado?

Los tres capítulos (que fueron originalmente tres conferencias, en el marco de las Conferencias Adorno, en Frankfurt, en 2004) plantean que el capitalismo actual opera en estrecha relación con una cultura emocional que reproduce los rasgos de intercambio y relaciones económicas; lo opuesto es también cierto, pues las formas de socialidad de ésta cultura emocional ofrecen maneras de operación y potenciación del mercado económico.

De cómo el capitalismo emocional deviene en la manera de amar y trabajar

Eva Illouz, en un juego de los mitos que fundan los cambios históricos, elige el año 1909, cuando Freud viaja a los Estados Unidos para dictar unas conferencias en la Clark University, bajo la invitación de William James. Uno puede pensar en la ficción creada por Jaques Lacan, cuando atribuyó a Freud que, al vislumbrar el puerto de Nueva York, hizo el siguiente comentario: “No saben que les traemos la peste”. Lo que Freud no sabía es que la peste ya estaba allí y se inocularía en el mismo discurso del psicoanálisis al llegar a Norteamérica: Eva Illouz dice que el psicoanálisis generó, en la historia de la cultura norteamericana, un nuevo estilo emocional (el estilo emocional terapéutico) caracterizado por una cierta concepción del yo y unas técnicas específicas para comprender y manejar las emociones.

La autora explica cómo el psicoanálisis llega, se difunde, se adopta y adapta a las condiciones de la sociedad norteamericana del siglo XX y produce un imaginario social sobre la idea de la familia, del yo, de las relaciones interpersonales. Una muestra relevante de ello es la producción de un lenguaje de tipo terapéutico, que patologiza la vida ordinaria (pero que también tiene el efecto opuesto, de hacer de la patología una forma de normalidad que ingresa al discurso público), que se expresa en la literatura de consejos y autoayuda.

Otro ámbito de gran relevancia es el uso de esta narrativa terapéutica en las empresas por parte de los psicólogos, quienes introducen el lenguaje terapéutico y de la familia en el ámbito laboral, a partir de los famosos estudios de Elton Mayo. Es interesante que estos estudios de la nueva administración, de 1920 en adelante, a la vez que introducen la cultura terapéutica en la empresa incorporan unas características típicamente consideradas femeninas (tacto, trabajo en equipo, capacidad de aceptar órdenes) en la cultura del trabajo.

Es así que desde la década de los 30 hasta los 70, el trabajo empírico de los psicólogos genera un objeto de estudio de gran importancia: El comportamiento y las técnicas que se asocian con la “competencia comunicativa”, aquello que permite que una persona gestione adecuadamente la organización colectiva del trabajo. Para Eva Illouz este objeto es un perfecto ejemplo de una “episteme” en el sentido de Foucault, es decir un objeto de conocimiento que genera instrumentos y más prácticas de conocimiento, pero a ella no le interesa entrar inmediatamente a la cuestión del control, la vigilancia o la gobernabilidad, sino a la dimensión empírica de lo que hace la gente con ello y sus efectos, también empíricos.

Esta competencia comunicativa implica el desarrollo de técnicas que hoy nos resultan lenguaje familiar: empatía, escucha activa, lenguaje de autenticidad, autocontrol emocional, pero que están en un contexto de reconocimiento social. La autora va describiendo cómo éste lenguaje se configuró en manuales de autoayuda, definiciones de la personalidad necesaria para el éxito empresarial, el uso técnico de interacciones en las cuales las emociones se “gestionan adecuadamente” y, con todo ello, la esfera económica queda habitada por un lenguaje de la coordinación y la persuasión que, curiosamente, habla siempre de emociones y estilos de gestión de las emociones. Es lo que la autora llama el capitalismo emocional.

Una anotación valiosa es la relación entre el discurso terapéutico y el movimientos feminista en tanto aliados para reivindicar el lenguaje de la independencia y el uso de la reflexividad para el análisis de diferentes situaciones relacionadas con la familia y la sexualidad. Coinciden feminismo y cultura terapéutica en hacer de éstos ámbitos un discurso público. Se generan así unos ideales de intimidad que resultaron en formas de racionalización de las conductas en la esfera privada.

En suma, el movimiento de la terapia y el feminismo se entrelazan con la cultura de la productividad económica para producir un modelo de comportamientos en el cual se privilegian formas de competencia donde las emociones se procesan discursivamente y se racionalizan con la forma del intercambio económico (una racionalidad de la estrategia, el valor calculado y la ganancia).

Quizá la indicación más penetrante del recorrido que hace Eva Illouz sobre la cultura terapéutica, el feminismo y la economía postfordista consiste en la descripción de una “ideología del lenguaje”, es decir unas formas discursivas que operan en la empresa y la vida pública, orientadas a la competencia emocional necesaria para el reconocimiento social e interpersonal, que dejan al homo sentimentalis en una cierta situación de emociones poco intensas o, más bien, emociones muy codificadas y estandarizadas, despojadas de toda singularidad.

Lo que el capitalismo hace con el sufrimiento y las ansias de felicidad

Una de las formas en que la cultura terapéutica se despliega en este capitalismo emocional es la narrativa de autoayuda. Eva Illouz plantea una pregunta interesante al respecto: ¿cómo pudo surgir una narrativa de autoayuda sobre una narrativa del sufrimiento? es decir ¿cómo puede consagrarse una narrativa que afirma una identidad del yo, fundado en el autoconocimiento y autotransformación pero que se basa precisamente en el reconocimiento del dolor y miseria psicológica (basado a su vez en la miseria de la desigualdad social)?

Para ese desarrollo contribuyó mucho la difusión de la psicología por medio de los libros de bolsillo, en publicaciones masivas y, por otro lado, el éxito de la psicología humanista que tuvo el acierto de subsumir el concepto liberal de la autorrealización en un lenguaje psicológico. El acierto de esta psicología también consiste en que su discurso creó una jerarquía emocional (por ejemplo Maslow y su famosa pirámide) que separa a las personas de éxito de quienes no lo tienen. Pero ésta narrativa terapéutica se constituye creando una zona alterna y movediza: el lenguaje de la autoayuda genera un ámbito de disfunciones o problemas, patologías definidas negativamente por su insuficiencia ante la “autorrealización plena”.

Hay un rasgo tautológico en la narrativa de autoayuda, que define un ideal de salud que está construyendo siempre las características de “insuficiencia” o “inadecuación” psicológica. Lo que hace, por tanto, que la narrativa de autoayuda sea posible gracias a una narrativa del sufrimiento y el fracaso psíquico, la misma narrativa de autoayuda propone y reifica dicha narrativa del dolor, pero de manera tangencial.

Eva Illouz propone que ésta narrativa de autoayuda, constituyente y constituida por una narrativa del sufrimiento psíquico, se convierte en un ethos cultural en el cual se formalizan maneras de conocerse y, en última instancia, devienen en una estructura de sentimiento: la manera de conocerse. En otras palabras, se trata de una forma de codificar la experiencia y de explicarla socialmente, pero en un proceso sumamente sistemático, es decir ya pautado y con resultados muy predecibles en la dinámica de la sociedad capitalista. En cierto modo, esta estructura emocional es la que hace posible un lenguaje de identidad o de los restos de identidad que el sujeto puede obtener en la sociedad contemporánea.

La autora toma un ejemplo magnífico del modo como funcionan la narrativa de autoayuda, y su otra cara del sufrimiento: los talk shows, como el paradigmático género televisivo de Oprah Winfrey. En dichos shows se provee a los invitados de la narrativa que permite entender sus actos. Es una narrativa que privilegia el género de la autobiografía y que ofrece modelos de éxito que pueden emularse pero, sobre todo, que proveen de ciertas técnicas que permiten: “explicar” y operar con emociones contradictorias (amar demasiado o no amar lo suficiente, ser muy agresivo o tener falta de firmeza, etc.), generan coherencia y continuidad en diferentes etapas de la vida, al estilo de las narrativas religiosas, sustituyen el fallo moral y generan un espacio de responsabilidad individual, es una narrativa preformativa, se puede reproducir intergeneracionalmente y se puede comercializar.

La autora también señala que la narrativa de autoayuda es tan exitosa debido a que la cultura de “reivindicación de los derechos” en la que vivimos se caracteriza por una necesidad de que las instituciones reconozcan y resuelvan el sufrimiento de los individuos. Visto así, la narrativa de autoayuda permite una gestión del reclamo de los derechos de cada uno, pero en un sentido economizado. No obstante, ello tiene sus efectos, pues irónicamente, dice Eva Illouz, la literatura de autoayuda crea buena parte del sufrimiento que se supone alivia.

Eva Illouz desarrolla una noción muy importante, tomando la noción bourdiena de “habitus”, que denomina competencia emocional: se refiere a una serie de prácticas, lenguaje y técnicas de medición de las emociones, de modo que éstas se puedan jerarquizar, clasificar y valorar en términos de competencias en el trabajo. Todo esto permite la adquisición de un cierto “capital simbólico” que tiene mucha importancia en la gestión de empresas, pero también de la vida personal y profesional. Aquí la autora coincide con Boltanski y Chiapello (El nuevo espíritu del capitalismo) en que éstas competencias son cruciales en el nuevo capitalismo que se caracteriza por ser “conexionista”, es decir que genera un capital social al crear redes de relación entre muchas personas.

La autora, sin embargo, insiste en ir más allá del construccionismo y formular una cuestión pragmática: ¿por qué esto funciona? y, sobre todo, ¿cómo funciona esto en las esferas mas próximas de la familia y las relaciones ínitmas? Es entonces que, hallamos un sentido productivo y altamente práctico de la competencia emocional de la que venimos hablando, de manera que resulta “bueno para” (interpretar la naturaleza cambiante o volátil de la personalidad, estructurar biografías divergentes, manejar las debilidades o insuficiencias). Es decir, que el modelo terapéutico tiene una dimensión de control, pero también ofrece respuestas operativas para manejar el caos de las relaciones sociales en la modernidad. Esta competencia es, ahora, un recurso al alcance de quienes pueden tener éxito en el mercado o pueden participar de él, de manera que la felicidad se sitúa nuevamente en unas formas de clase social que son, más horizontales si se quiere, pero son clases al fin y al cabo.

De cómo las redes del amor generan conectividad, dinero y sujetos...

La tercera parte de Intimidades congeladas, o la tercera conferencia, discurre en torno de las redes románticas en Internet. Se plantea la pregunta si es cierto que la exclusión del cuerpo, en virtud de la relación establecida de manera virtual, hace posible la aparición de un “yo auténtico” y, con ello, surge aún una pregunta más interesante ¿cómo es que tienen lugar las emociones, algo que suele asociarse con el calor y todas las sensaciones?

Los estudios muestran que, sin lugar a dudas, los encuentros por medio de Internet crecen sin parar y que no son pocas las relaciones de pareja “reales” que derivan de tales “redes románticas”. Una de las técnicas más usadas en estas redes consiste en una forma de clasificación, la creación de un “perfil personal”, que requiere una cierta descripción del “yo” propio. Es cierto que ello requiere la capacidad de hacer una descripción lingüística determinada y también incluye el recurso visual de una foto.

Eva Illouz señala, con total acierto, me parece, que estos procesos de autorrepresentación se basan en la corriente psicológica de la narrativa terapéutica, puesto que el usuario de las redes románticas tiene que descomponer su “yo” en categorías discretas (de gusto, preferencias, rasgos, etc.), ha de exponer su “yo” privado en una entidad pública y ha de textualizar su propia subjetividad o ha de objetivarla en lenguaje e imágenes. El efecto de todo ello es una intensificación de características subjetivas en un contexto de objetivación del encuentro por medio de la tecnología y determinadas pautas estandarizadas de encuentro.

Eva Illouz dice que, contra todo el discurso de un supuesto pluralismo o polimorfismo del “yo posmoderno”, lo que ocurre en las redes románticas es que se “ontologiza” el yo, se crea un nuevo cartesianismo en el cual se congelan las imágenes del cuerpo que se oferta en la red y se estandariza el “yo auténtico” por medio del lenguaje. El efecto, no buscado pero que aparece reiteradamente, es una búsqueda de originalidad lingüística (con pautas muy estandarizadas) en la descripción de ese yo, por un lado, y una oferta de convencionalismo físico, por las fotos que se ofrecen.

Este proceso de estandarización y repetición en la búsqueda de encuentros románticos por Internet tiene toda la forma de unos procedimientos de oferta y demanda al modo del mercado. Es un perfecto ejemplo del “encuadre” del mercado que describe Michel Callon en The Laws of the Market, puesto que se establecen unos límites o se crea un marco limitado para potenciar al máximo las posibilidades de oferta y demanda. Esto hace que la búsqueda de pareja se formalice como una transacción económica.

Eva Illouz señala que este tipo de formalización económica es propia de una economía de la abundancia y, con ello, se distingue de una economía de la escasez, puesto que el valor no está en la exclusividad ni en la singularidad, sino en la sobreoferta y la regularidad. Es por ello que el ámbito de las mercancías, y su consumo, no deteriora el ámbito de los sentimientos, sino que los potencia, puesto que los sentimientos se configuran socialmente de manera análoga a las mercancías.

Pero Eva Illouz no quiere que todo quede en un análisis crítico con pretensiones de pureza, puesto que entonces no queda espacio para la sorpresa ni para la expresión de aquello que sobredetermina la vida misma y sus formas cotidianas. Prefiere, en cambio, un tipo de análisis contextual de las prácticas sociales, sin a prioris sobre lo que puede considerarse represivo o emancipador. Con ello en mente, la autora analiza las búsquedas y encuentros de Internet y los compara con aquello que ocurre en los encuentros “cara a cara”. De su comparación se destaca entonces un tipo de conocimiento tácito o intuitivo, en el cual han desarrollado competencias de conocimiento e interacción con respecto al otro que no son exactamente cognitivas ni siquiera verbales.

Hay, más bien, un oscurecimiento verbal, unos “juicios rápidos” respecto a la otra persona, que posibilita la sorpresa e incluso la fascinación. Es curioso que este tipo de procesos requieren una “información mínima”, no saturada, que precisamente se contrapone al “exceso de información” y de saturación que ofrecen las redes románticas y la “sobreoferta” que implican.

La autora se pregunta, para finalizar, si no hemos devenido en unos “tontos hiperracionales” en el sentido de que estamos conformados en un repertorio psicologizado que opera con la forma del cálculo “costo – beneficio” y que, con todo ello, lo que se hace más difícil es cambiar de una forma de acción económica a otra que no lo sea, dado que las relaciones íntimas están inoculadas de una narrativa del “sufrimiento y su superación” que tiene la forma de operación del mismo mercado.

Fernando Alberca: Todos podemos ser Einstein

La Inteligencia se adquiere
Se desarrolla
Todos tenemos una mente maravillosa
Siempre es sobrada
La mente se adquiere
Somos inteligentes por que aprendemos
Somos buenos deportistas por que entrenamos
La inteligencia es la capacidad de resolver problemas por tu cuenta
No que te lo resuelvan papa y mama

Eva Illouz la pasión del alma moderna

Eva Illouz: DE LA PASIÓN A LA TERAPIA



Comprender las categorías culturales desde las que se plantea la sociedad de la terapia y la cultura de la autoayuda, típica de los primeros años del siglo 21, significa también situarla dentro de lo que podría denominarse la historia de las pasiones que, al cabo, ha ido degradándose hasta devenir en historia de las neurosis que compartimos.



Cada cultura construye su propia explicación de las pasiones, su propia idea del amor y su gestión particular del deseo. (1) En la época antigua el ideal del hombre superior residía en el control de las pasiones; sólo quien las dominaba lograba la ataraxia, o lo que es lo mismo, la vida digna del sabio. Con el cristianismo llegó la búsqueda de la paz interior, que era la paz de Dios y cuya ‘voz’ peculiar se hallaba profundizando en la propia conciencia. Sólo a través de la poesía occitana medieval y de las ‘cortes de amor’ apareció brevemente la idea del amor pasión. Desde Lutero y Calvino, y ya definitivamente con el capitalismo victoriano, se consolidó la idea de que la felicidad se logra mediante el trabajo y el esfuerzo duro, que incluye la honradez y los valores de lo que se ha dado en llamar ‘la cultura del esfuerzo’. Y en paralelo desde el siglo 19 se fue consolidando el amor romántico, hecho en gran parte de metáforas que reivindicaban la subjetividad y las emociones cuando en el mundo exterior lo que realmente triunfaba era utilitarismo vulgar y la Revolución Industrial. Esos son a grandes rasgos los diversos períodos por los que ha transcurrido la historia de esa extraña mezcla de impulso biológico y de construcción cultural que llamamos “amor”.



A partir de Freud, sin embargo, el ideal romántico se rompió en pedazos y ya no fue posible reconstruirlo. En palabras de Eva Illouz en LA SALVACIÓN DEL ALMA MODERNA: «[Freud] Formuló nuevos códigos culturales que, más que cualquier otro sistema cultural disponible en esa época, podían otorgar sentido a las transformaciones que la familia, la sexualidad y la relaciones entre los géneros habían atravesado durante la segunda mitad del siglo XIX» (p.54). El psicoanálisis, cuyo material de estudio no eran las personas sanas, sino las histéricas, creó una nueva categoría de ‘genio’, el neurótico, y desde los años de la década de 1970 esta categoría se ha ido democratizando. Freud y posteriormente Maslow lograron transformar en enfermedad lo que antes eran problemas morales y medicalizaron (o psicologizaron) la vida social en su conjunto. Hoy se acepta como un implícito normal en nuestra cultura que todo el mundo es neurótico, todo el mundo tiene problemas psicológicos y todo el mundo va en pos de su «Yo concreto», aunque nadie sea capaz de decir en que consiste cosa tal.



Con la Primera Guerra Mundial algo importante empezó a cambiar en el paisaje de los sentimientos. El vienés Karl Kraus (el observador más agudo de ese “laboratorio del Apocalipsis” que fue la Viena de los primeros años del siglo 20), consignó en su Glosa “Un asunto secundario”, publicada en su revista «Die Fackel» del 5 octubre 1915, la aparición en la prensa del siguiente anuncio:



« Busco
Suegro
Que quiera establecer conmigo negocio de confección; tengo 33 años, soy conocido como viajante y confeccionista. Resp. a J.C. 3378 exp. del per. Berlin SW. »


Kraus comentaba entonces: «el suegro es cuanto queda de una evolución superada que aún conocía ciertos sentimentalismos y que tenía en cuenta a la mujer a la hora de hacer el inventario (…) Irrumpe una época heroica. No lloréis por lo que ha sido. ¡Ven, oh, aurora! Dos canallas se darán la mano en esta gran época por encima de la vida muerta de una muchacha». (2) La glosa es significativa porque muestra que con la guerra desapareció el amor romántico, cuyo destino definitivo quedó sellado con la aparición de una sentimentalidad cuyo modelo último era el cine. Al fin y al cabo, convendría recordar que ‘romántico’ como adjetivo proviene de ‘roman’ (novela) y designa un sentimiento literario. Con el cine, que es imagen y no letra, el tipo de sentimientos significativos que llegaron a la sociedad industrial inevitablemente tenía que ser distinto al de la nostalgia romántica.



El hundimiento de la cultura romántica fue del brazo con la irrupción de los psicólogos en la vida familiar y en el matrimonio. De manera que, para volver sobre una observación de Eva Illouz en INTIMIDADES CONGELADAS, actualmente: «Parece casi una trivialidad sugerir que el lenguaje terapéutico es el lenguaje privilegiado para analizar la familia. El lenguaje terapéutico no sólo fue desde sus comienzos una narrativa familiar, es decir, una narrativa de la personalidad y la identidad que ancla el yo en la infancia y en las narraciones familiares primarias, sino también un lenguaje dispuesto a transformar la familia (tal vez sobre todo la familia de clase media» (pp. 61-62). Lo que sucedió tras el hundimiento del romanticismo fue el advenimiento de lo que pronosticaba el anuncio que sorprendió en su momento a Kraus. Advino lo que Illouz ha denominado: «capitalismo emocional». Con esa expresión se designa un tiempo –el nuestro– en que las emociones se vinculan a la racionalidad instrumental y se vuelven objeto de cálculo y de inversión. El amor se convirtió lentamente en parte de un negocio (o de una negociación) emocional.



En la cultura de la terapia de nuestros días, cualquier conducta es susceptible de formar parte del marketing sanitario y cualquier sentimiento debe ser medicalizado. Así la amante despechada, el niño travieso (que hoy se denomina hiperactivo y sufre Trastorno de Déficit de Atención) y la madre abnegada o las personas tímidas en general se han convertido en los nuevos enfermos. «La terapia como un nuevo estilo emocional», por decirlo con una expresión de Eva Illouz en LA SALVACIÓN DEL ALMA MODERNA se ha convertido en un vector imprescindible para entender las sociedades postindustriales.



En palabras de Illouz: «Denomino ‘estilo emocional’, a la combinación de modos como una cultura comienza a ‘preocuparse’ por ciertas emociones y crea “técnicas” específicas –lingüísticas, científicas, rituales– para aprehenderlas» (p.28). Cada sociedad construye una determinada manera de resolver (¿normalizar?) sus problemas emocionales, es decir, su propio estilo. En el capitalismo postindustrial el estilo emocional dominante es «terapéutico», es decir, se basa en un conocimiento experto que pasa por científico, el de los psicólogos.



«El estilo emocional terapéutico emergió en el período relativamente breve que medió entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y se solidificó y fue puesto al alcance de un público amplio luego de los años setenta. Sin duda este estilo hacía uso de los residuos de nociones decimonónicas del yo, pero también presentaba un nuevo léxico para conceptualizar y discutir las emociones y el yo en la esfera de la vida corriente, y también nuevos modos de manejar la vida emocional» (p. 29). En el estilo terapéutico, cualquier acto era susceptible de convertirse en síntoma y de ser interpretado/racionalizado de forma (supuestamente) objetiva por un profesional acreditado (psicólogo, psiquiatra). Para cada angustia existe una terapia y, últimamente, también un fármaco.



La medicalización de la vida significa que lo que antes se consideraban comportamientos personales o cuestiones morales empezaron a convertirse en enfermedades, más o menos graves pero tratables. La cultura emocional empezó a manifestarse después de la Segunda Guerra Mundial en todos los ámbitos de la vida y, muy especialmente, en el mundo de la empresa y del consumo. La autoayuda (self-help) se convierte en un nuevo campo de negocios. Con la curiosa paradoja de que exponemos nuestros sentimientos a la mirada pública, y lo hacemos incluso de una manera que una manera que un par de generaciones atrás se hubiese considerado impúdica, pero negamos a los demás cualquier derecho a juzgarnos, porque los propios sentimientos se viven como “auténticos” (son nuestra propia marca de autenticidad), como si no hubiese ninguna manera de refrenarlos o contenerlos. La sentimentalidad nos vuelve pasivos en la medida que creemos que nada podemos hacer por nosotros mismos y, de paso, nos otorga un cómodo sentimiento de “víctimas”. La conversión de todo lo que nos sucede en síntoma y la especialización de unos terapeutas en la gestión de las emociones define buena parte de nuestro paisaje cultural.



Hoy vivimos en lo que Eva Illuoz ha denominado «capitalismo emocional» y el análisis de este concepto es significativo en la medida que ofrece una herramienta la crítica de la razón psicológica que hoy amenaza con desatar sobre el planeta una epidemia de neurosis y de devastación psicológica por exceso de autoanálisis. El capitalismo emocional es la traducción al ámbito de los sentimientos de los procedimientos del capitalismo. En palabras de la misma autora: «En el capitalismo emocional, los discursos emocional y económico se moldean mutuamente de modo tal que el afecto es convertido en aspecto esencial de la conducta económica» (pp.83-84).



A partir de los años 20 del siglo pasado, el éxito del capitalismo emocional en la cultura empresarial norteamericana (en la medida que permitía un control eficiente la fuerza de trabajo y aumentaba la productividad) fue la palanca que extendió por todo el mundo el estilo terapéutico. Así la psicología ha transformado la manera de entender las relaciones humanas y la gestión empresarial se ha convertido también en el modelo desde el cual se hacen comprensibles las relaciones personales y la sexualidad. Conceptos como ‘comunicación’, ‘negociación’, ‘inversión’ o ‘beneficio’ que provenían del mundo empresarial se usan hoy habitualmente para describir la vida emocional y el amor romántico se ha convertido en una palanca tremendamente eficaz para impulsar el consumo. Que metáforas procedentes de la economía colonicen las mentes no es ninguna casualidad. Que donde antes había pasión ahora se imponga la gestión más bien indica que la racionalidad instrumental, por decirlo en el vocabulario de Habermas, está alcanzando sus últimos objetivos. Siniestros, por cierto.





Materiales para un debate, julio 2011.







Bibliografía:



Eva ILLOUZ: La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Buenos Aires: Katz Editores, 2010. Traducción de Sergio Llach, 316 p.



Eva ILLOUZ: Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Buenos Aires: Katz Editores, 2007. Traducción de Joaquín Ibarburu, 244 p.



NOTAS:



1.- Una buena introducción a las diversas formas de comprender el amor en la cultura occidental y específicamente un buen instrumento para reflexionar sobre el papel del amor en la filosofía es el libro de Manuel CRUZ: Amo luego existo. Los filósofos y el amor. Madrid: Espasa Calpe, 2010.



2.- El texto de Karl Kraus, no citado por el Illouz, corresponde a su antología: Karl KRAUS: «La Antorcha». Selección de artículos de «Die Fackel», edición y traducción de Adan Kovacsics. Barcelona: El Acantilado, 2011, pp. 388-389.

Encontrar tu pasión lo cambia todo

En la vida es esencial conectar con tu pasión dedicarte a lo que te gusta!!!!

Oliver Twist de Carlos Dickens

Modales de pre-indignado
por ANTONIO LUCAS

Charles Dickens es uno de esos escritores convencidos de que antes de sentarse a untar el folio hay que dar una vuelta por la vida. No exactamente entregarse con locura a vivir, basta con rodear el presente por los adentros y regresar después a casa a contarlo como más o menos lo has visto.

A Dickens, probablemente, no le entusiasmaban los vaivenes y peajes del tiempo en que le tocó estar aquí. Es una cuestión de óptica. Hay días que miras la calle y ésta aparece desenfocada. Y no hay remedio. A Dickens le sucedía a menudo. Observaba aquella sociedad victoriana, sus modales de almidón, su cinismo envasado, los vicios de su cháchara, su impostura, qué sé yo... Contemplaba todo aquello, decíamos, y entonces le salían unas páginas muy enfadadas que no estaban pensadas para educar sobre nada, sino para denunciar todo eso de afuera que malformaba el espíritu de la gente. Por ejemplo, recordad 'Oliver Twist'. Uno sólo puede entender este libro inflamable si asume que su autor estaba en verdad mosqueado. Indignado, que es una palabra comodín con usos múltiples, como las navajas suizas. (Su eficacia es igual para una soflama antisistema que para levantar acta de un gin tonic 'cortado' con un chorro letal de Pulco/limón para las paellas).

Sabía Dickens de lo que hablaba en la que fue, junto a 'Cuento de Navidad' y 'David Copperfield', su novela talismán. Vino a descerrajar en 'Oliver Twist' un hostión vergonzante contra aquel Londres encharcado de clase media —incipiente burguesía— que asentaba sus líneas de conducta en un rencor de clase del que hasta no hace demasiado aún no nos habíamos repuesto del todo (ni ellos, ni nosotros). Un muchachito de suburbio es quien nos taquigrafía ahora el mundo. El estado de las cosas. Y nos sube la temperatura. Algo así como el 'Lazarillo' de esa otra hambruna o miseria de las urbes que se disponen a ser modernas sin marcha atrás. Víctima del expresionismo feroz de los guetos, donde sobrevivir exige chapodar al pobre de al lado. Dickens hizo la primera novela social donde un niño denuncia. Dickens trazó un rap de polígono muy siglo XIX, antes del rap y de los polígonos. Un poema en crudo.

Volver a esta novela es comprobar el grado de resistencia y aceptación del mal. Y la tiranía de los desagües de la vida. De las letrinas de la sociedad. Su ambigüedad. Su hipocresía. Su ceguera. El velcro en boca de la peña. Dickens es aquí una suerte de indignado puntual, de descontento a tiempo completo. Un escritor que pone en limpio lo monstruoso con la pólvora de una prosa bien armada, sacándole a las escenas lascas de ironía. Dejando a veces en lo alto de la tristeza un pájaro de risa que escuece y canta en contra. Por 'Oliver Twist' cruza un convoy de pedigüeños, usureros, desdentados, barraganas, hombres/rata... Toda la desmemoria de las sociedades industriales. Los invisibles. Los olvidados (por decirlo a lo Buñuel).

Y todo eso que cuenta Dickens es su propia infancia rehabilitada en literatura. El desprecio. La miseria. La danza minuciosa y tentadora del robo, del homicidio, del extravío. Aquello que deja marcas en la piel y adultera el corazón. La suya es la mirada contrapuesta a esa presunta generosidad todavía romántica de las grandes ciudades. Él atravesó de niño este infierno insalubre, huroneó en la basura con un gancho casero. Se tiznó las manos de limosna y manipuló silenciosamente los mendrugos en los callejones para no ser asaltado por la turba despierta del hambre.

Hay que leer a Dickens. Este 'Oliver Twist' es un hip hop abrasivo. Sin soflamas. Sin pancartas. Sin sentadas. Sin manifas. Sin ánimo redentor. Tan sólo da cuerda a la exaltación de la mierda moral de aquella sociedad victoriana que no ha dejado de mutar hasta nosotros, para que nos avergoncemos un rato. Y lo hace sin desplegar sugerencias constructivas. Sencillamente apuntando con el índice, describiendo al galope. Para que intuyamos lo que siente un niño al echar a la altura de tu bolsillo su gorrita de pordiosero, mientras el espíritu gentil de la infalible economía despliega sobre nuestras biografías, tan zumbonas, un 'zeitgeist' de domingos con buen sol, un 'alto sentido del compromiso', un éxtasis de paseantes por el lado amable de la vida y una excelente calidad en los pañuelos de papel para los mocos.

viernes, 3 de febrero de 2012

Claudio Naranjo: Sanar la Civilización

SANAR LA CIVILIZACIÓN (1ª EDICIÓN AGOTADA)
Claudio Naranjo
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En esta obra el autor hace un estudio magistral de las características esenciales de nuestra civilización actual, reflejando el deterioro progresivo de la vida, del entorno, de la cultura y de las comunidades humanas.
Nuestra sociedad patriarcal, desde sus orígenes, se ha sustentado en una serie de valores, que difícilmente pueden sostenerse en la actualidad, y que tampoco garantizan un futuro mejor.
El Dr. Naranjo retrata la patología de nuestra civilización en crisis, visible en todos los ámbitos de la vida y la cultura, y como toda crisis es un momento de “Peligro”, incluso de amenaza para la supervivencia en el planeta, y al mismo tiempo es una llamada de atención a aprovechar la oportunidad de unir nuestros esfuerzos para una transformación individual y social.
“Sanar la civilización” es el reto que nos propone el autor, ofreciendo soluciones alternativas a la mente patriarcal, tales como trabajar por el desarrollo de la conciencia individual y social a través de la búsqueda de la autorrealización personal mediante el equilibrio de nuestras “tres personas interiores” (Padre, madre, hijo), y los tres tipos de amor que emanan de ellas, y que no son más que la contraparte vivencial de nuestros tres cerebros.
“Sanar la educación” sería un objetivo primordial para una transformación de la humanidad, ofreciendo a los educadores la posibilidad de una vía de autorrealización que les capacite para ser transmisores vivenciales de los valores específicamente humanos.


“Sanar la Civilización es, en todos los sentidos, un libro capaz de encantar al lector, no sólo por su capacidad de síntesis, agudeza analítica y astucia retórica, sino también, por su refinada percepción para lo simbólico, cualidades que, en cada párrafo de este texto, distinguen y legitiman tanto a la obra como a su autor”.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Fabian Estapé: Genial economista de PSUC y Comisiones

Nadie que haya conocido a Fabián Estapé podrá olvidar su explosiva personalidad ni pasar por alto su obra de profesor. Las anécdotas que recogen su especial concepto inconforme de la vida son parte de la pequeña historia de la profesión económica.

Recuerdo haberle oído contar algún incidente de su paso por el Rectorado de la Universidad de Barcelona, en los últimos tiempos del franquismo. Una representación de los estudiantes de la Facultad de Económicas le visitó para que suspendiera las clases con motivo de la muerte de Ho Chi Minh. Les contestó: "No sabía que estuviese delicado…" Y a continuación les preguntó, muy serio: "Pero ¿ustedes que buscan realmente?" Cuando los estudiantes le contestaron que la caída del General Franco, les replicó: "Eso lleva unas pólizas". Luego repartió unos puros para que salieran fumando de su despacho. Me confió su intención: unos líderes que salen del despacho del rector saboreando un habano no pueden conducir las masas a la Revolución.

De Estapé, hay que alabar sobre todo su magisterio de un grupo de jóvenes que luego destacaron por su visión contestataria de la Economía. Estoy pensado, sobre todo, en el malogrado Ernest Lluch, asesinado por ETA en el momento en que daba sus mejores frutos intelectuales. Destacaré la admiración de Estapé por Schumpeter y Galbraith, cuyos estudios de la figura del empresario innovador y de la empresa capitalista, llenaron muchas de sus lecciones en la cátedra de Zaragoza y Barcelona.

Los alumnos no se perdían una sola de sus clases, llenas de humor y erudición. También tuvieron gran importancia sus trabajos de historia del pensamiento económico, afición transmitida a sus discípulos, no sólo de las dos Universidades mencionadas sino también en la de Valencia. Sus Ensayos de esa materia de 1971 y su edición de Textos olvidados de 1973 son libros que atesoro en mi biblioteca. Pero cuando quiera recordarle, leeré otra vez Sin acuse de recibo (2000), cuyo título refleja bien el desenfado de esas, sus memorias.

Para quien no le conociera, diré que se perdió uno de esos "raros" de los que hablaba Carande, un profesor soprendente e inclasificable: sub-comisario de la Comisaría de Desarrollo con López Rodó, el todopoderoso ministro de Franco; afiliado luego a Comisiones Obreras y al PSUC; inspirador de nacionalistas catalanes de izquierdas: un ave tropical de plumaje multicolor en el gallinero de la Universidad española.


Fabián Estapé (Portbou, Gerona, 1923), maestro de economistas, catedrático de Economía Política de la Universidad de Barcelona, falleció en León este miércoles 1 de febrero, a los 88 años de edad.