Claudia Casanova es la autora de la novela “La dama y el león“, en la que narra la historia de una mujer de la Edad Media que intenta escapar al destino de un matrimonio impuesto. Adicta a la lectura, traductora, escritora y ahora vuelve a reactivar su blog, donde se trata de historia medieval, literatura en general y reflexiones varias.
Muchas gracias Claudia.
1.- ¿El primer libro que te dejó huella?¿Qué edad tenías?
Es difícil de precisar uno, por muy manida que resulte la frase. Pasé de los cómics y de los tebeos a estas novelas de la colección Bruguera que supongo nos educaron a buena parte de los actuales lectores, y debía tener unos diez o doce años. Devoré casi todos los títulos de Julio Verne; Los tigres de Mompracem de Emilio Salgari; las interminables sagas de Alejandro Dumas, incluso las aventuras de H.Riddger Haggard y el bueno de Allan Quatermain, Scaramouche de Rafael Sabatini, que tan distinto era de la película… Aprendí a leer inglés con Walter Scott, H.G.Wells, Robert Louis Stevenson y la buena de Jane Austen. ¡Menuda mezcla! El que me dejó más huella…Creo que fue más adelante, cuando en la biblioteca de mis padres leí la biografía de Maria Antonieta de Stefan Zweig. El grado de pasión y acercamiento al personaje que desplegó el autor me dejó sin aliento. Sabías que iba a ser ejecutada y a pesar de eso deseabas que no sucediera. Para mí, el ejemplo perfecto del poder de un escritor y la suspensión de la verosimilitud narrativa.
2.- ¿Tu primer libro que tuvimos la suerte de ver publicado?
Mi primer libro publicado fue La dama y el león, y empecé a escribirlo casi por casualidad. Todo empezó porque a través de traducciones, lecturas y otros encargos editoriales me fui documentando, sin darme cuenta al principio y voluntariamente después, sobre la Edad Media y más concretamente acerca del siglo XII. Las lecturas de las novelas, de estilo limpio y poderoso, de Chrétien de Troyes, de las monografías de Georges Duby o Jacques Le Goff y otros medievalistas franceses fueron decisivas para que optara por situar la acción de la novela en el norte de Francia, entre el Vexin normando que tantos dolores de cabeza le trajo al rey Enrique de Plantagenet y el condado de Champaña, cuyas ferias medievales fueron las más concurridas de su época. Por supuesto, caí rendida ante el laberinto de Chartres y su mística medieval. Y por si fuera poco me permití el lujo insolente de hacer aparecer a Chrétien en un “cameo” novelístico, acompañado de Andreas Capellanus.
Antes de escribir esa novela, había terminado otras dos, que no son aptas para ver la luz del sol ni de la librería, pero que sirvieron su propósito.
3.- Escritores y libros preferidos, releídos, especiales, etc.
Después de los clásicos de aventuras ya mencionados, durante la escuela leí muchos autores franceses: primero más sencillos, como Maupassant, que tiene cuentos deliciosos y aptos para jóvenes. También Renard, Zola, Stendhal, Balzac y Flaubert. ¡Sí, me gustan las sagas! De todos ellos creo que he heredado una amable tendencia a la metáfora. Como soy omnívora y no reparo en nacionalidades, de los rusos me quedo con Chéjov, Tolstoi y Dostoyevsky. Pero por supuesto que antes que Shakespeare ““que también”“ siempre vuelvo al Quijote, a Cervantes y al Siglo de Oro ““ también a las Crí²niques. En el cajón de autor español, le reservo un espacio a Javier Marías, pero es como mi otro yo lector: cuando termino una novela histórica, la alterno con un texto clásico (de historia griega o latina) o uno contemporáneo, generalmente Marías.
4.- ¿Cuánto suele durar la labor de documentación para escribir un libro?
Es el momento más divertido y también el más agotador, y al que más cuesta ponerle fin. En el caso de mi siguiente novela, La tierra de Dios, he dedicado unos dos años a recopilar información sobre la España del siglo XII, a leer bibliografía, a viajar por las ciudades que describo, y a identificar personajes y situaciones históricas con potencial narrativo. Todo acaba cuando el nivel de información que manejo me supera por excesiva, y hasta yo comprendo que debo ponerme a escribir. Previamente habré elaborado un guión o una lista de capítulos con resumen de la narración, que me servirá de ancla durante el proceso de escritura, pero que no garantiza en absoluto el final ni los ejes de desarrollo: muchas veces contaba con eliminar un personaje que luego resulta imprescindible, y debo mantenerlo, o al revés.
5.- Momento o momentos históricos más importantes en la Historia de España
Incontables, porque la historia de España es riquísima en ocasiones dignas de ser narradas, tanto por las alturas a las que se encumbró como por los abismos en los que cayó. Si fuéramos tan hábiles como nuestros vecinos los anglosajones, otro gallo nos cantaría. En el espacio cronológico que va desde la Antigüedad hasta la Edad Media, desde luego yo destacaría la Hispania romana, que ha suscitado buenas novelas pero pide a gritos una Colleen McCullough española; luego la formación de los reinos de España, que es el tema que sobrevuela mi novela La tierra de Dios, aunque deja mucho campo por labrar ““y confieso que es un período que no me ha agotado a nivel literario, a diferencia del norte de Francia”“; más tarde el auge y caída de la Casa de Aragón, y la unión de los reinos que formaron el germen de lo que hoy es España. Después, el descubrimiento de América y el siglo de Oro ha merecido estupendas narraciones, pero sólo Arturo Pérez-Reverte y su Alatriste (que gustará más o menos pero nos pone en el mapa literario y editorial mundial) ha sabido crear una saga a la manera de Dumas. En fin, hay muchísimos más, pero esos son los más importantes para mí.
6.- Si la realidad histórica de España es sólo una, siendo las fuentes, en teoría, las mismas ¿cómo se puede contar nuestra Historia de formas tan dispares?
Esta es una vieja pero interesante pregunta de la historiografía, porque sigue sin respuesta: el historiador es objetivo, ¿pero puede ser imparcial? ¿Quién cuenta y desde qué posición ideológica se cuenta? Esa es la clave. Claudio Sánchez-Albornoz afirmaba que los setecientos años de conquista musulmana pasaron por encima de la población “autóctona” sin modificar un ápice el “espíritu castellano”. Pero todos sabemos ““y vemos a nuestro alrededor”“ que cualquier tipo de inmigración se mezcla con y afecta a la sociedad que la acoge, en uno u otro sentido. ¿Alguien puede creer que los trovadores que viajaban de corte en corte y transportaban nuevas formas de poesía de un punto a otro no modificaban el gusto musical, literario y creativo de los poderosos y por ende de sus pueblos? Quizá debido a que España no ha elaborado un proceso de naturalización, integración o aceptación de su pasado histórico como pueda haberlo hecho Francia, o Inglaterra, ese pasado histórico sigue siendo “material sensible” para muchos, pues se interpreta en clave actual y entonces es cuando se desata la polémica. Desde luego, a mi me ha sorprendido muchísimo la disparidad de tono entre los distintos manuales de historia que hablan de la formación de los reinos de España: los hay para todos los gustos.
7.- ¿Quién es tu mentor en tu pasión por el Historia?
Me hubiera gustado tener un mentor al uso, pues creo que es un lujo del que no terminaría nunca de abusar. Tengo, eso sí, maestros que no son conscientes de serlo: personas que me recomiendan lecturas, amigos con los que me dedico a escuchar y reflexionar, o profesionales con los que he tenido la gran suerte de trabajar, y que con sus actos me han enseñado el buen camino a seguir.
8.- ¿Cuándo se rodará una gran película histórica en nuestro país?. A los intentos de “Alatriste” y “Los Borgia” creo que les falta “ese” salto de calidad.
¿Cuál sería esa película?
Qué gran verdad: todos los que esperábamos que la adaptación al cine de “Alatriste” abriera las puertas de la saga literaria a un público más amplio nos quedamos con las ganas. De hecho en alguna entrada de mi blog me lamento precisamente de eso: de lo bien que saben hacerlo los ingleses con sus producciones (véase “Los Tudor”), que glosan sin ningún tipo de sonrojo su pasado histórico como si fueran los Virgilios de su tiempo, mientras que en España y en Catalunya, las propuestas son del vuelo de “Águila roja”. Precisamente por ese desacuerdo que apuntaba antes acerca de nuestra historia creo que será muy difícil que un productor desarrolle un proyecto que funcione y con acogida del público. Hay que dar el salto convencidos, como lo hizo Peter Jackson con la adaptación de “El señor de los anillos”: tenía a los fans con las lanzas a punto por si no les gustaba su versión, y terminó llevándose el gato al agua, pero eso sí: con una inversión seria de dinero, un guión sólido, un elenco impecable. Puede gustar más o menos, pero es una propuesta seria y respetable. Eso es lo que nos falta.
9.- ¿Tus aficiones “secretas”?
No son muy secretas: el buen cine, desde luego, entendiendo por eso el clásico hasta nuestros días pero con cuentagotas estos últimos, incluyendo a Ridley Scott y un puñado de buenos directores contemporáneos más. Actualmente las series de televisión son la otra cara de mi pasión por la narración, bajo cualquiera de sus formas. Sostengo que Aaron Sorkin es la amalgama perfecta de Billy Wilder, John y Julius Epstein, Glenn Gordon Caron, Ben Hetch y William Goldman de nuestros días, así que cualquier producto televisivo que lleve, ya no su firma, sino un trocito de una de sus pestañas (hasta el fallido “Studio 60″), merece mi atención. Incluso a su película sobre los intríngulis de Facebook pienso “someterme”. Luego, disfruto como el que más con los sospechosos habituales: A dos metros bajo tierra, Deadwood, Lost, Los soprano, Mad Men, In Treatment, Life (recién cancelada y todo)…
10.- Un día perfecto sería …
Una línea continua formada por los verbos leer y escribir, con pausas razonables para las restantes funciones vitales.
domingo, 5 de febrero de 2012
sábado, 4 de febrero de 2012
Freud nos ayuda a entendernos Freud y la Inteligencia emocional
El argumento de Eva Illouz podría resumirse así: la terapia se ha convertido en "lingua franca de la nueva clase de los servicios en la mayoría de los países con economías capitalistas".
En la imagen, Sigmun Freud (1836-1939). Foto Archivo/Vanguardia
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Madrid, España.- Ensayo. "Sin Freud, Woody Allen sería un inocentón patético y Tony Soprano un matón; existiría un Edipo pero no un complejo de Edipo". Esta cita de un número de la revista Newsveek de 2006 le permite a Eva Illouz arrancar el relato sobre las transformaciones que la psicología y el lenguaje de la terapia ha provocado en las sociedades avanzadas a partir de Estados Unidos.
Todo empezó con el enorme éxito de Freud en América y su adopción por el pragmatismo americano. En el principio fue la empresa, el primer territorio en que la psicología produjo innovaciones importantes a partir del control de las emociones y de la optimización de las relaciones laborales. Pero de la empresa se pasó inmediatamente a la familia, acosada por su incipiente proceso de democratización. Y convertida en un territorio de conflictividad creciente. Y de ahí a los medios de comunicación que ejercieron un papel determinante en la difusión del discurso terapéutico y en el proceso de banalización de su lenguaje que "ha aplanado nuestra imaginación y nuestra experiencia emocional". Hasta que, finalmente, penetró por completo en el Estado, en trance de configurar argumentos para el bienestar, y en una sociedad civil, que necesitaba un nuevo discurso del yo sobre el que asentar las relaciones interpersonales.
De modo que las instituciones centrales de la sociedad estadounidense fueron penetradas por el cuerpo de conocimiento de la psicología. Y el idioma de la terapia se convirtió en lenguaje cultural omnipresente, pieza fundamental del episteme de la comunicación en que estamos inmersos. En este proceso se produjeron convergencias inesperadas -y, en cierto sentido, involuntarias- como la de la psicología y el feminismo, que Eva Illouz describe perspicazmente. Ambos contribuyeron poderosamente a la demolición de la familia tradicional, utilizando como arietes la negociación verbal y el control emocional. La psicología construyó nuevos puentes entre dos esferas tan relacionadas como el trabajo y la familia, creando codificaciones lingüísticas y emocionales que se irán extendiendo por toda la sociedad.
Una vez establecido el mapa de orientación de estas transformaciones, Eva Illouz señala las consecuencias principales de este cambio: la disolución de los límites culturales (privado/público, masculino/femenino) que se traduce en la explosión pública de lo privado, a través de un lenguaje socializado por los medios de comunicación como es el terapéutico. La transferencia al espacio privado del lenguaje de la productividad, bajo la forma de competencia emocional, que en el mundo del trabajo es representado por uno de los grandes tópicos contemporáneos, la figura del liderazgo, es decir, la habilidad para manejar a la vez sentimientos, relaciones interpersonales e interés propio. Y la ubicación del yo como pieza articular de esta transformación, "emplazamiento principal para el manejo de las contradicciones de la modernidad", conforme a las técnicas que la psicología ofrece para orientarse en territorios como el lugar de trabajo o la familia que cierta democratización ha convertido en más caóticos. De ello es fácil deducir el desarrollo de una nueva forma de desigualdad: el capital emocional, que otorga clara ventaja competitiva al que es más capaz de controlarlo y utilizarlo en los diferentes escenarios de la familia, del trabajo y de la comunicación.
El argumento de Eva Illouz podría resumirse así: la terapia se ha convertido en "lingua franca de la nueva clase de los servicios en la mayoría de los países con economías capitalistas avanzadas porque brinda el juego de herramientas para que los yos desorganizados puedan manejar las conductas de sus vidas en las organizaciones sociopolíticas contemporáneas". Pero este lenguaje, como ocurre siempre, triunfa sobre la negación de otros discursos o sobre la construcción de nuevos tabúes. Eva Illouz señala el eclipsamiento verbal y la sustitución de la religión por la psicología.
Por eclipsamiento verbal entiende "el amplio proceso mediante el cual una actividad verbal cada vez mayor interfiere con decisiones que requieren que usemos la 'intuición', la 'perspicacia' o el juicio rápido. Irónicamente, la ideología de los psicólogos termina reificando el concepto mismo de personalidad".
La segunda cuestión es la del sufrimiento. Uno de los aspectos más cuestionables del discurso terapéutico está "en los modos en que produce placer". "Cuanto más se sitúan las causas del sufrimiento en el yo, más se comprende el yo en términos de sus problemas, y más numerosas son las enfermedades 'reales' del yo que se producirán". Si el sufrimiento se ha reducido a un problema que debe ser manejado por expertos de la psiquis, "la perturbadora pregunta en relación con la distribución del sufrimiento (¿por qué los inocentes sufren y los malos prosperan?) ha sido reducida a una banalidad sin precedentes": sufre el que maneja mal sus emociones. La psicología "cumple así a la perfección con uno de los objetivos de la religión: explicar, racionalizar y, en última instancia, siempre, justificar el sufrimiento". Bajo la pátina del hedonismo, las sociedades avanzadas viven en la angustia. El alma moderna también se salva en el sufrimiento.
En la imagen, Sigmun Freud (1836-1939). Foto Archivo/Vanguardia
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Madrid, España.- Ensayo. "Sin Freud, Woody Allen sería un inocentón patético y Tony Soprano un matón; existiría un Edipo pero no un complejo de Edipo". Esta cita de un número de la revista Newsveek de 2006 le permite a Eva Illouz arrancar el relato sobre las transformaciones que la psicología y el lenguaje de la terapia ha provocado en las sociedades avanzadas a partir de Estados Unidos.
Todo empezó con el enorme éxito de Freud en América y su adopción por el pragmatismo americano. En el principio fue la empresa, el primer territorio en que la psicología produjo innovaciones importantes a partir del control de las emociones y de la optimización de las relaciones laborales. Pero de la empresa se pasó inmediatamente a la familia, acosada por su incipiente proceso de democratización. Y convertida en un territorio de conflictividad creciente. Y de ahí a los medios de comunicación que ejercieron un papel determinante en la difusión del discurso terapéutico y en el proceso de banalización de su lenguaje que "ha aplanado nuestra imaginación y nuestra experiencia emocional". Hasta que, finalmente, penetró por completo en el Estado, en trance de configurar argumentos para el bienestar, y en una sociedad civil, que necesitaba un nuevo discurso del yo sobre el que asentar las relaciones interpersonales.
De modo que las instituciones centrales de la sociedad estadounidense fueron penetradas por el cuerpo de conocimiento de la psicología. Y el idioma de la terapia se convirtió en lenguaje cultural omnipresente, pieza fundamental del episteme de la comunicación en que estamos inmersos. En este proceso se produjeron convergencias inesperadas -y, en cierto sentido, involuntarias- como la de la psicología y el feminismo, que Eva Illouz describe perspicazmente. Ambos contribuyeron poderosamente a la demolición de la familia tradicional, utilizando como arietes la negociación verbal y el control emocional. La psicología construyó nuevos puentes entre dos esferas tan relacionadas como el trabajo y la familia, creando codificaciones lingüísticas y emocionales que se irán extendiendo por toda la sociedad.
Una vez establecido el mapa de orientación de estas transformaciones, Eva Illouz señala las consecuencias principales de este cambio: la disolución de los límites culturales (privado/público, masculino/femenino) que se traduce en la explosión pública de lo privado, a través de un lenguaje socializado por los medios de comunicación como es el terapéutico. La transferencia al espacio privado del lenguaje de la productividad, bajo la forma de competencia emocional, que en el mundo del trabajo es representado por uno de los grandes tópicos contemporáneos, la figura del liderazgo, es decir, la habilidad para manejar a la vez sentimientos, relaciones interpersonales e interés propio. Y la ubicación del yo como pieza articular de esta transformación, "emplazamiento principal para el manejo de las contradicciones de la modernidad", conforme a las técnicas que la psicología ofrece para orientarse en territorios como el lugar de trabajo o la familia que cierta democratización ha convertido en más caóticos. De ello es fácil deducir el desarrollo de una nueva forma de desigualdad: el capital emocional, que otorga clara ventaja competitiva al que es más capaz de controlarlo y utilizarlo en los diferentes escenarios de la familia, del trabajo y de la comunicación.
El argumento de Eva Illouz podría resumirse así: la terapia se ha convertido en "lingua franca de la nueva clase de los servicios en la mayoría de los países con economías capitalistas avanzadas porque brinda el juego de herramientas para que los yos desorganizados puedan manejar las conductas de sus vidas en las organizaciones sociopolíticas contemporáneas". Pero este lenguaje, como ocurre siempre, triunfa sobre la negación de otros discursos o sobre la construcción de nuevos tabúes. Eva Illouz señala el eclipsamiento verbal y la sustitución de la religión por la psicología.
Por eclipsamiento verbal entiende "el amplio proceso mediante el cual una actividad verbal cada vez mayor interfiere con decisiones que requieren que usemos la 'intuición', la 'perspicacia' o el juicio rápido. Irónicamente, la ideología de los psicólogos termina reificando el concepto mismo de personalidad".
La segunda cuestión es la del sufrimiento. Uno de los aspectos más cuestionables del discurso terapéutico está "en los modos en que produce placer". "Cuanto más se sitúan las causas del sufrimiento en el yo, más se comprende el yo en términos de sus problemas, y más numerosas son las enfermedades 'reales' del yo que se producirán". Si el sufrimiento se ha reducido a un problema que debe ser manejado por expertos de la psiquis, "la perturbadora pregunta en relación con la distribución del sufrimiento (¿por qué los inocentes sufren y los malos prosperan?) ha sido reducida a una banalidad sin precedentes": sufre el que maneja mal sus emociones. La psicología "cumple así a la perfección con uno de los objetivos de la religión: explicar, racionalizar y, en última instancia, siempre, justificar el sufrimiento". Bajo la pátina del hedonismo, las sociedades avanzadas viven en la angustia. El alma moderna también se salva en el sufrimiento.
Encuentra tu Pasión
Puede haber distintas formas de dar sentido a tu trabajo, y éste puede ofrecerte una oportunidad única de desarrollar tu carácter y tu virtud, pero nada de eso implica que no puedas disfrutar con el mismo o que no puedas hacer algo con tus 86.400 horas (**) que te ayude a sentirte más realizado y a que tu vida tenga sentido. Pero descubrir lo que te apasiona y satisfacer las exigencias de la realidad económica de nuestra cultura actual es cada vez más difícil.
Si pudieras hacer algo, ¿qué harías? ¿Estás dispuesto a hacer algún sacrificio? ¿Estás dispuesto a renunciar al dinero y a la posición social, vivir en una casa más pequeña, o tener menos tiempo libre para dedicarlo a formarte y estudiar?
Cuando he hecho entrevistas de trabajo, siempre he planteado estas preguntas en primer lugar. Con frecuencia los candidatos tienen miedo a
responder, porque según lo que respondan podría parecer que no están interesados en el puesto. Lo cierto es que quieres que sean sinceros. Lo que pretendes es saber un poco a lo que aspiran. Puedes saber mucho de una persona sabiendo a lo que aspira.
Por supuesto, el primer paso es conocer cuáles son tus pasiones. La mayoría de las personas no lo saben. Saben lo que no quieren porque ya lo tienen o ya lo han visto. Pero pocas personas saben realmente lo que quieren. Y son menos aún las que tienen una idea clara de cuáles son sus habilidades.
¿Cuáles son tus pasiones? Reflexiona unos minutos y haz una lista. Escribe desde lo que te dicte tu conciencia. No le des muchas vueltas a las cosas. Puede que te apasione el chocolate, el béisbol o informar a la gente de lo que está provocando el aumento
masivo del cáncer. Escríbelo, escríbelo todo, escribe cualquier cosa que te entusiasme, cualquier cosa que te dé energía. Sólo tienes que escribirlo.
Cuando somos pequeños, la gente nos pregunta: “¿Qué quieres ser cuando seas mayor?” Pero me parece que hoy en día cada vez hay más adultos que se preguntan: “¿Qué voy a hacer cuando sea mayor?”
Hace un par de semanas recibí un correo electrónico de uno de mis lectores que decía: “Hoy me he dado cuenta de que estaba contando los días que faltaban para llegar al fin de semana, ¡y resulta que todavía es lunes!” ¿No es el hecho de que tantas personas deseen que pasen cinco días para obtener dos un claro indicativo de que los trabajadores de hoy en día padecen insatisfacción crónica?
Si pudieras hacer algo, ¿qué harías? ¿Estás dispuesto a hacer algún sacrificio? ¿Estás dispuesto a renunciar al dinero y a la posición social, vivir en una casa más pequeña, o tener menos tiempo libre para dedicarlo a formarte y estudiar?
Cuando he hecho entrevistas de trabajo, siempre he planteado estas preguntas en primer lugar. Con frecuencia los candidatos tienen miedo a
responder, porque según lo que respondan podría parecer que no están interesados en el puesto. Lo cierto es que quieres que sean sinceros. Lo que pretendes es saber un poco a lo que aspiran. Puedes saber mucho de una persona sabiendo a lo que aspira.
Por supuesto, el primer paso es conocer cuáles son tus pasiones. La mayoría de las personas no lo saben. Saben lo que no quieren porque ya lo tienen o ya lo han visto. Pero pocas personas saben realmente lo que quieren. Y son menos aún las que tienen una idea clara de cuáles son sus habilidades.
¿Cuáles son tus pasiones? Reflexiona unos minutos y haz una lista. Escribe desde lo que te dicte tu conciencia. No le des muchas vueltas a las cosas. Puede que te apasione el chocolate, el béisbol o informar a la gente de lo que está provocando el aumento
masivo del cáncer. Escríbelo, escríbelo todo, escribe cualquier cosa que te entusiasme, cualquier cosa que te dé energía. Sólo tienes que escribirlo.
Cuando somos pequeños, la gente nos pregunta: “¿Qué quieres ser cuando seas mayor?” Pero me parece que hoy en día cada vez hay más adultos que se preguntan: “¿Qué voy a hacer cuando sea mayor?”
Hace un par de semanas recibí un correo electrónico de uno de mis lectores que decía: “Hoy me he dado cuenta de que estaba contando los días que faltaban para llegar al fin de semana, ¡y resulta que todavía es lunes!” ¿No es el hecho de que tantas personas deseen que pasen cinco días para obtener dos un claro indicativo de que los trabajadores de hoy en día padecen insatisfacción crónica?
La Salvación del alma moderna basada en la Psicologia
Comienzo de La salvación del alma moderna
por Eva Illouz. Trad. S. Llach
Katz
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| Publicado el 09/04/2010
En las últimas tres décadas se han acumulado sostenidamente los estudios y las críticas de la terapia. Aunque difieren en método y en perspectiva, acuerdan en el hecho de que la doctrina terapéutica es moderna por excelencia, y en que es moderna en aquello que es más inquietante en la modernidad: la burocratización, el narcisismo, la construcción de un falso yo, el control de las vidas modernas por parte del Estado, el colapso de las jerarquías culturales y morales, la intensa privatización de la vida causada por la organización social capitalista, el vacío del yo moderno separado de las relaciones comunales, la vigilancia a gran escala, la expansión del poder y la legitimación estatales, y la “sociedad del riesgo” y el cultivo de la vulnerabilidad del yo. Los estudios acerca del discurso terapéutico podrían por sí solos proporcionarnos un compendio de los variados temas que constituyen a la sociología (y la crítica) de la modernidad.
La crítica comunitarista de la modernidad sostiene que la psicología expresa un individualismo atomizado que crea -o, al menos, fomenta- las mismas enfermedades que asegura curar. Así, mientras que la psicología supuestamente trata nuestra creciente dificultad para ingresar o permanecer en relaciones sociales y ayuda a resolverla, fomenta de hecho que pongamos nuestras necesidades y preferencias por encima de nuestros compromisos con los otros. Bajo el patrocinio del discurso terapéutico, las relaciones sociales son disueltas por un utilitarismo pernicioso que aprueba una falta de compromiso con las instituciones sociales y legitima una identidad narcisista y superficial.
Autores como Lionel Trilling, Philip Rieff, Christopher Lasch y Philip Cushman han interpretado el ascenso de la visión terapéutica del mundo como un signo del declive de un dominio autónomo de la cultura y de los valores.?Gracias al consumo y a la práctica terapéutica, el yo ha sido rápidamente integrado a las instituciones de la modernidad, haciendo que la cultura pierda su poder de trascendencia y de oposición a la sociedad. La propia capacidad de seducción del consumo y de la autoabsorción terapéutica marcan el declive de cualquier oposición seria a la sociedad y el agotamiento cultural general de la civilización occidental. Ya sin capacidad para crear héroes y establecer valores e ideales culturales, el yo se ha retirado dentro de su propio caparazón vacío. Al hacernos un llamamiento a retirarnos dentro de nosotros mismos, la doctrina terapéutica nos ha hecho abandonar los grandes mundos de la ciudadanía y la política, y no puede proporcionarnos un modo inteligible de conectar el yo privado con la esfera pública, porque ha vaciado al yo de su contenido comunitario y político, reemplazándolo por su preocupación narcisista por sí mismo.
La crítica más radical del discurso terapéutico -y probablemente la más influyente- ha sido inspirada por la historización de los sistemas de conocimiento llevada a cabo por Michel Foucault. El abordaje de Foucault del discurso terapéutico se interesa menos en restaurar comunidades de sentido que en exponer los modos en que el poder es entrelazado verticalmente y horizontalmente en el tejido social. Foucault desencadenó un notorio golpe fatal al psicoanálisis al revelar que su glorioso proyecto de liberación del yo era una forma de disciplinamiento y de sujeción al poder institucional “por otros medios”.?Foucault sugirió que el “descubrimiento” científico de la sexualidad que está en el centro del proyecto psicoanalítico continúa una larga tradición en la cual, a través de la confesión, se hace que los sujetos investiguen y digan la verdad acerca de sí mismos. En el terreno terapéutico nos inventamos a nosotros mismos como individuos, con carencias, necesidades y deseos a ser conocidos, categorizados y controlados en pos de la libertad. A través de las categorías mellizas del “sexo” y “la psiquis”, la práctica psicoanalítica nos hace buscar la verdad acerca de nosotros mismos, y es definida así en términos de descubrimiento de esa verdad y de hallazgo de la emancipación en esa búsqueda. Lo que lleva a que los “discursos psi”sean particularmente efectivos en la era moderna es que hacen de la práctica del autoconocimiento un acto simultáneamente epistemológico y moral. Lejos de mostrar el rostro duro del censor, el poder moderno adopta el rostro benevolente de nuestro psicoanalista, que no resulta ser sino un nodo de una vasta red de poder, una red omnipresente, difuminada y total en su anonimia y su inmanencia. El discurso del psicoanálisis es así una “tecnología política del yo”, un instrumento usado y desarrollado en el marco general de la racionalidad política del Estado; su mismo objetivo de emancipar al yo es lo que hace que el individuo sea dócil y disciplinado. Allí donde los sociólogos comunitaristas ven el discurso terapéutico como uno que clava una cuña entre el yo y la sociedad, Foucault sugiere, por el contrario, que a través de la terapia el yo es imperceptiblemente puesto a trabajar para un sistema de poder y dentro de él.
Aunque este libro no puede evitar tener implicaciones para la crítica de la modernidad, me gustaría eludir por completo esa crítica. Ya sea que el discurso terapéutico amenace las comunidades morales de sentido, mine a la familia, oprima a las mujeres, disminuya la relevancia de la esfera política, corroa la virtud y el carácter moral, ejerza un proceso general de vigilancia, refuerce el caparazón vacío del narcisismo o debilite al yo, todo ello no me preocupa (aun cuando algunas de estas cuestiones no puedan no rondar parte del análisis subsiguiente). Mi propósito no es documentar los efectos perniciosos del discurso terapéutico ni discutir su potencial emancipatorio, tareas que ya han sido magistralmente llevadas a cabo por muchos otros. Mi intención aquí es más bien apartar el campo de los estudios culturales de la “epistemología de la sospecha”, de la cual ha dependido en demasía. O, para decirlo con otras palabras, deseo analizar la cultura sin la presunción de saber por adelantado cómo deberían verse las relaciones sociales. Utilizando el abordaje sociológico a los objetos científicos de Bruno Latour y Michel Callon, convoco a los estudiosos de la cultura a adoptar dos principios: el principio del “agnosticismo” (tomar una postura amoral hacia los actores sociales) y el principio de simetría (explicar fenómenos diferentes de manera similar o simétrica). El objetivo del análisis cultural no es medir las prácticas culturales con respecto a aquello que deberían ser o a aquello que deberían haber sido, sino más bien entender de qué modo han llegado a ser lo que son y por qué, siendo aquello que son, “consiguen cosas” para la gente. Así, a pesar de su brillantez, un abordaje foucaultiano no sería pertinente debido a que Foucault utilizaba conceptos generalizadores -“vigilancia”, “biopolítica”, “gubernamentalidad”- que tienen algunos defectos fatales: no toman seriamente las capacidades críticas de los actores; no preguntan por qué los actores se ven a menudo profundamente comprometidos y absorbidos por los significados; y no diferencian entre esferas sociales, colapsándolas bajo lo que el sociólogo francés Philippe Corcuff ha denominado conceptos bulldozer,?conceptos tan abarcadores que terminan aplanando la complejidad de lo social (por ejemplo, “biopoder” o “vigilancia”). Como espero poder demostrar, es crucial llevar a cabo tales diferenciaciones. Un análisis denso y contextual de los usos y los efectos de la terapia revela que no hay un efecto general único (de “vigilancia” o “biopoder”). Por el contrario, estos usos y efectos difieren significativamente según si tienen lugar en el dominio de una empresa, del matrimonio o del grupo de apoyo (respectivamente, véanse los capítulos 3, 4 y 5).
Si todas las críticas del discurso psicoanalítico coinciden en señalar que éste ha “triunfado”, y si algunos estudios notables detallan ahora qué es lo que ha “triunfado” en la terapia, todavía no sabemos demasiado acerca de cómo y por qué ha triunfado. Al tratar esta cuestión, me aparto de los abordajes críticos a la cultura que descansan en la epistemología de la sospecha para exponer sistemáticamente cómo una práctica cultural lleva a cabo (o no logra llevar a cabo) una práctica política específica. En lugar de ello, sostengo que una crítica de la cultura no puede ser llevada a cabo adecuadamente antes de que entendamos el mecanismo de la cultura: cómo son producidos los significados, cómo son entrelazados en el tejido social, cómo son usados en la vida diaria para conformar las relaciones y tratar con un mundo social incierto, y por qué llegan a organizar nuestra interpretación del yo y de los otros. Como espero demostrar, tanto el análisis como la crítica del ethos terapéutico adquieren un nuevo aspecto cuando no se los predica sobre la base de supuestos políticos a priori acerca de cómo deberían ser las relaciones sociales. En lugar de ello, mi análisis adhiere a la comprensión pragmática de que los significados y las ideas deberían ser vistos como herramientas útiles, esto es, como herramientas que nos permiten llevar a cabo ciertas cosas en la vida diaria
por Eva Illouz. Trad. S. Llach
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| Publicado el 09/04/2010
En las últimas tres décadas se han acumulado sostenidamente los estudios y las críticas de la terapia. Aunque difieren en método y en perspectiva, acuerdan en el hecho de que la doctrina terapéutica es moderna por excelencia, y en que es moderna en aquello que es más inquietante en la modernidad: la burocratización, el narcisismo, la construcción de un falso yo, el control de las vidas modernas por parte del Estado, el colapso de las jerarquías culturales y morales, la intensa privatización de la vida causada por la organización social capitalista, el vacío del yo moderno separado de las relaciones comunales, la vigilancia a gran escala, la expansión del poder y la legitimación estatales, y la “sociedad del riesgo” y el cultivo de la vulnerabilidad del yo. Los estudios acerca del discurso terapéutico podrían por sí solos proporcionarnos un compendio de los variados temas que constituyen a la sociología (y la crítica) de la modernidad.
La crítica comunitarista de la modernidad sostiene que la psicología expresa un individualismo atomizado que crea -o, al menos, fomenta- las mismas enfermedades que asegura curar. Así, mientras que la psicología supuestamente trata nuestra creciente dificultad para ingresar o permanecer en relaciones sociales y ayuda a resolverla, fomenta de hecho que pongamos nuestras necesidades y preferencias por encima de nuestros compromisos con los otros. Bajo el patrocinio del discurso terapéutico, las relaciones sociales son disueltas por un utilitarismo pernicioso que aprueba una falta de compromiso con las instituciones sociales y legitima una identidad narcisista y superficial.
Autores como Lionel Trilling, Philip Rieff, Christopher Lasch y Philip Cushman han interpretado el ascenso de la visión terapéutica del mundo como un signo del declive de un dominio autónomo de la cultura y de los valores.?Gracias al consumo y a la práctica terapéutica, el yo ha sido rápidamente integrado a las instituciones de la modernidad, haciendo que la cultura pierda su poder de trascendencia y de oposición a la sociedad. La propia capacidad de seducción del consumo y de la autoabsorción terapéutica marcan el declive de cualquier oposición seria a la sociedad y el agotamiento cultural general de la civilización occidental. Ya sin capacidad para crear héroes y establecer valores e ideales culturales, el yo se ha retirado dentro de su propio caparazón vacío. Al hacernos un llamamiento a retirarnos dentro de nosotros mismos, la doctrina terapéutica nos ha hecho abandonar los grandes mundos de la ciudadanía y la política, y no puede proporcionarnos un modo inteligible de conectar el yo privado con la esfera pública, porque ha vaciado al yo de su contenido comunitario y político, reemplazándolo por su preocupación narcisista por sí mismo.
La crítica más radical del discurso terapéutico -y probablemente la más influyente- ha sido inspirada por la historización de los sistemas de conocimiento llevada a cabo por Michel Foucault. El abordaje de Foucault del discurso terapéutico se interesa menos en restaurar comunidades de sentido que en exponer los modos en que el poder es entrelazado verticalmente y horizontalmente en el tejido social. Foucault desencadenó un notorio golpe fatal al psicoanálisis al revelar que su glorioso proyecto de liberación del yo era una forma de disciplinamiento y de sujeción al poder institucional “por otros medios”.?Foucault sugirió que el “descubrimiento” científico de la sexualidad que está en el centro del proyecto psicoanalítico continúa una larga tradición en la cual, a través de la confesión, se hace que los sujetos investiguen y digan la verdad acerca de sí mismos. En el terreno terapéutico nos inventamos a nosotros mismos como individuos, con carencias, necesidades y deseos a ser conocidos, categorizados y controlados en pos de la libertad. A través de las categorías mellizas del “sexo” y “la psiquis”, la práctica psicoanalítica nos hace buscar la verdad acerca de nosotros mismos, y es definida así en términos de descubrimiento de esa verdad y de hallazgo de la emancipación en esa búsqueda. Lo que lleva a que los “discursos psi”sean particularmente efectivos en la era moderna es que hacen de la práctica del autoconocimiento un acto simultáneamente epistemológico y moral. Lejos de mostrar el rostro duro del censor, el poder moderno adopta el rostro benevolente de nuestro psicoanalista, que no resulta ser sino un nodo de una vasta red de poder, una red omnipresente, difuminada y total en su anonimia y su inmanencia. El discurso del psicoanálisis es así una “tecnología política del yo”, un instrumento usado y desarrollado en el marco general de la racionalidad política del Estado; su mismo objetivo de emancipar al yo es lo que hace que el individuo sea dócil y disciplinado. Allí donde los sociólogos comunitaristas ven el discurso terapéutico como uno que clava una cuña entre el yo y la sociedad, Foucault sugiere, por el contrario, que a través de la terapia el yo es imperceptiblemente puesto a trabajar para un sistema de poder y dentro de él.
Aunque este libro no puede evitar tener implicaciones para la crítica de la modernidad, me gustaría eludir por completo esa crítica. Ya sea que el discurso terapéutico amenace las comunidades morales de sentido, mine a la familia, oprima a las mujeres, disminuya la relevancia de la esfera política, corroa la virtud y el carácter moral, ejerza un proceso general de vigilancia, refuerce el caparazón vacío del narcisismo o debilite al yo, todo ello no me preocupa (aun cuando algunas de estas cuestiones no puedan no rondar parte del análisis subsiguiente). Mi propósito no es documentar los efectos perniciosos del discurso terapéutico ni discutir su potencial emancipatorio, tareas que ya han sido magistralmente llevadas a cabo por muchos otros. Mi intención aquí es más bien apartar el campo de los estudios culturales de la “epistemología de la sospecha”, de la cual ha dependido en demasía. O, para decirlo con otras palabras, deseo analizar la cultura sin la presunción de saber por adelantado cómo deberían verse las relaciones sociales. Utilizando el abordaje sociológico a los objetos científicos de Bruno Latour y Michel Callon, convoco a los estudiosos de la cultura a adoptar dos principios: el principio del “agnosticismo” (tomar una postura amoral hacia los actores sociales) y el principio de simetría (explicar fenómenos diferentes de manera similar o simétrica). El objetivo del análisis cultural no es medir las prácticas culturales con respecto a aquello que deberían ser o a aquello que deberían haber sido, sino más bien entender de qué modo han llegado a ser lo que son y por qué, siendo aquello que son, “consiguen cosas” para la gente. Así, a pesar de su brillantez, un abordaje foucaultiano no sería pertinente debido a que Foucault utilizaba conceptos generalizadores -“vigilancia”, “biopolítica”, “gubernamentalidad”- que tienen algunos defectos fatales: no toman seriamente las capacidades críticas de los actores; no preguntan por qué los actores se ven a menudo profundamente comprometidos y absorbidos por los significados; y no diferencian entre esferas sociales, colapsándolas bajo lo que el sociólogo francés Philippe Corcuff ha denominado conceptos bulldozer,?conceptos tan abarcadores que terminan aplanando la complejidad de lo social (por ejemplo, “biopoder” o “vigilancia”). Como espero poder demostrar, es crucial llevar a cabo tales diferenciaciones. Un análisis denso y contextual de los usos y los efectos de la terapia revela que no hay un efecto general único (de “vigilancia” o “biopoder”). Por el contrario, estos usos y efectos difieren significativamente según si tienen lugar en el dominio de una empresa, del matrimonio o del grupo de apoyo (respectivamente, véanse los capítulos 3, 4 y 5).
Si todas las críticas del discurso psicoanalítico coinciden en señalar que éste ha “triunfado”, y si algunos estudios notables detallan ahora qué es lo que ha “triunfado” en la terapia, todavía no sabemos demasiado acerca de cómo y por qué ha triunfado. Al tratar esta cuestión, me aparto de los abordajes críticos a la cultura que descansan en la epistemología de la sospecha para exponer sistemáticamente cómo una práctica cultural lleva a cabo (o no logra llevar a cabo) una práctica política específica. En lugar de ello, sostengo que una crítica de la cultura no puede ser llevada a cabo adecuadamente antes de que entendamos el mecanismo de la cultura: cómo son producidos los significados, cómo son entrelazados en el tejido social, cómo son usados en la vida diaria para conformar las relaciones y tratar con un mundo social incierto, y por qué llegan a organizar nuestra interpretación del yo y de los otros. Como espero demostrar, tanto el análisis como la crítica del ethos terapéutico adquieren un nuevo aspecto cuando no se los predica sobre la base de supuestos políticos a priori acerca de cómo deberían ser las relaciones sociales. En lugar de ello, mi análisis adhiere a la comprensión pragmática de que los significados y las ideas deberían ser vistos como herramientas útiles, esto es, como herramientas que nos permiten llevar a cabo ciertas cosas en la vida diaria
Eva Illouz: Freud creador del inconsciente y la importancia de la sexualidad
En el firmamento de las ciencias sociales se acaba de instalar un nuevo astro con luz propia. Se trata de Eva Illouz, cuyo último texto, La salvación del alma moderna, está causando un considerable impacto primero en el mundo académico y segundo, en el de todos aquellos interesados en seguir la deriva del capitalismo en las sociedades avanzadas a través de las emociones y del discurso terapéutico, entendido éste como un nuevo modelo explicativo de las relaciones interpersonales y culturales.
Con apenas cinco libros publicados, las obras de Eva Illouz, traducidas a diez idiomas, se discuten en despachos y seminarios de todo el mundo. Desde que en 1997 publicase El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo, Eva Illouz sostiene que la intersección de las emociones románticas con la cultura, la economía y la organización social cristaliza en el discurso terapéutico como expresión de una nueva forma de estar y de entender el mundo.
Nacida en 1961 en Fez (Marruecos), se traslada a Francia a la edad de 10 años y estudia sociología y literatura en la Universidad de París X-Nanterre. Posteriormente realiza un master en comunicación en la Universidad Hebrea de Jerusalé. En 1991 se doctora en comunicación en la Annenberg School of Communication de la Universidad de Pennsylvania.
Profesora en el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha sido profesora visitante de L'École des Hautes Études en Science Social (EHESS) y de la Universidad de Princeton. Apañada a la hora de conseguir becas, su familiaridad con la tradición francesa y anglosajona le proporciona un punto de vista privilegiado.
Su explosión internacional arranca en 2003 con la aparición de su tercer libro, Oprah Winfrey and the Glamour of Misery: An Essay on Popular Culture. En estas páginas Eva Illouz disecciona el talk show más exitoso del mundo. Más de 33 millones de personas siguen los programas televisivos de la norteamericana Oprah Winfrey, cuyo rasgo esencial es utilizar un estilo de entrevista terapéutico destinado, en definitiva, a mejorar a sus entrevistados, abordándoles como personas cuyos problemas son susceptibles de solución.
Illouz explica al lector cómo el enorme tinglado montado alrededor del programa se mantiene por su capacidad para convencer al televidente de la autenticidad del sufrimiento del entrevistado y de sus posibilidades de superación. El análisis realizado por Illouz de los problemas y de las luchas de los invitados al programa muestra que las narrativas presentadas en el plató televisivo están cargadas de un carácter terapéutico cuyo fin es enmarcar y justificar un proceso de autocomprensión que haga más llevadera su situación.
Para entrar con garantías en la lectura de La salvación del alma moderna conviene leer antes Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, el texto en el que se recogen las famosas Conferencias Adorno pronunciadas en Francfort y que salió a la calle en forma de libro en 2007.
Lo que aquí se plantea es que la modernidad no puede entenderse sólo como la aparición del capitalismo, las instituciones públicas, la democracia o la idea de individualismo. La modernidad hay que entenderla también como el periodo en el que aparecen con fuerza social las emociones y, en consecuencia, las narrativas terapéuticas.
A través de la industria publicitaria, de los talk show, de los libros de autoayuda o del propio discurso terapéutico los consumidores se convierten en pacientes, en objetos públicos dispuestos a ser expuestos, analizados, discutidos y valorados. Las emociones privadas construyen espacios públicos. Las historias de vida se reconstruyen con el formato de la narrativa terapéutica.
Los sentimientos derivados de la “liberación sexual”, la “autorrealización”, la búsqueda de la “intimidad” o “el divorcio amistoso” siguen una narrativa terapéutica que se escribe hacia atrás y subraya el sufrimiento y el trauma. Dicha narrativa pone en primer plano, de forma inevitable, emociones negativas como la vergüenza, la culpa, el miedo, la ansiedad o la angustia.
Una cultura emocional
Editado en su versión original en 2008 y vertido al español ahora, La salvación del alma moderna es la fascinante explicación de cómo el capitalismo ha propiciado el desarrollo de una cultura emocional expresada según el modelo del discurso terapéutico. Discurso cuyas piedras angulares son ideas como la de “deseo”, “autobiografía”, “memoria” o “emoción”.
La tesis central, no exenta de controversia, es que la doctrina terapéutica es moderna por excelencia. Eva Illouz insiste en mantener su vieja posición, según la cual Freud y el psicoanálisis (en un sentido amplio en el que cabrían disidentes como Jung) constituyen la encarnación del discurso terapéutico.
El ethos terapéutico que propone la autora contempla a Freud como una figura carismática, en el sentido weberiano del término, que se incardina en la cultura norteamericana a partir de la serie de conferencias impartidas en la Universidad de Clark y la rápida adopción de sus ideas expresadas sobre todo en los ámbitos de la sexualidad, el trabajo y la familia. Eva Illouz ubica ahí el origen de la cultura de la autoayuda y la influencia del psicoanálisis en la publicidad, el cine o las campañas políticas.
Conforme se adentra el lector en este documentado y denso libro, la noción de cultura terapéutica se va desplegando. Al mismo tiempo podemos contemplar el modo en el que las reglas que gobiernan la expresión de las emociones son aprendidas culturalmente y a través de la reflexión. Sobre todo por las mujeres, impulsadas culturalmente a una revisión constante de su autoimagen. Todo ello conduce a Eva Illouz a considerar que “los modelos culturales ofrecidos por la terapia se traducen en una narrativa cada vez más indiferente al género”.
Mientras que la racionalidad de los hombres se entrelaza cada vez más con las emociones, la cultura emocional de las mujeres se racionaliza en un grado cada vez más alto. El lector contempla con claridad cómo en el capitalismo avanzado se ha producido un giro hacia la androginia emocional. Para Illouz dicho giro ha sido conducido por el discurso terapéutico, una suerte de lingua franca que proporciona el juego de herramientas adecuado para que todos nosotros podamos manejar nuestras vidas en el desorden contemporáneo.
Quien se adentre en este reflexivo e iluminador libro encontrará las tesis de Eva Illouz apoyadas en una enorme diversidad metodológica en la que se incluyen entrevistas, análisis textuales, perspectivas críticas, aproximaciones etnográficas y un sinfín de datos. Todo ello convierte este volumen en una lectura que convendrá tener a mano mucho tiempo.
Con apenas cinco libros publicados, las obras de Eva Illouz, traducidas a diez idiomas, se discuten en despachos y seminarios de todo el mundo. Desde que en 1997 publicase El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo, Eva Illouz sostiene que la intersección de las emociones románticas con la cultura, la economía y la organización social cristaliza en el discurso terapéutico como expresión de una nueva forma de estar y de entender el mundo.
Nacida en 1961 en Fez (Marruecos), se traslada a Francia a la edad de 10 años y estudia sociología y literatura en la Universidad de París X-Nanterre. Posteriormente realiza un master en comunicación en la Universidad Hebrea de Jerusalé. En 1991 se doctora en comunicación en la Annenberg School of Communication de la Universidad de Pennsylvania.
Profesora en el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha sido profesora visitante de L'École des Hautes Études en Science Social (EHESS) y de la Universidad de Princeton. Apañada a la hora de conseguir becas, su familiaridad con la tradición francesa y anglosajona le proporciona un punto de vista privilegiado.
Su explosión internacional arranca en 2003 con la aparición de su tercer libro, Oprah Winfrey and the Glamour of Misery: An Essay on Popular Culture. En estas páginas Eva Illouz disecciona el talk show más exitoso del mundo. Más de 33 millones de personas siguen los programas televisivos de la norteamericana Oprah Winfrey, cuyo rasgo esencial es utilizar un estilo de entrevista terapéutico destinado, en definitiva, a mejorar a sus entrevistados, abordándoles como personas cuyos problemas son susceptibles de solución.
Illouz explica al lector cómo el enorme tinglado montado alrededor del programa se mantiene por su capacidad para convencer al televidente de la autenticidad del sufrimiento del entrevistado y de sus posibilidades de superación. El análisis realizado por Illouz de los problemas y de las luchas de los invitados al programa muestra que las narrativas presentadas en el plató televisivo están cargadas de un carácter terapéutico cuyo fin es enmarcar y justificar un proceso de autocomprensión que haga más llevadera su situación.
Para entrar con garantías en la lectura de La salvación del alma moderna conviene leer antes Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo, el texto en el que se recogen las famosas Conferencias Adorno pronunciadas en Francfort y que salió a la calle en forma de libro en 2007.
Lo que aquí se plantea es que la modernidad no puede entenderse sólo como la aparición del capitalismo, las instituciones públicas, la democracia o la idea de individualismo. La modernidad hay que entenderla también como el periodo en el que aparecen con fuerza social las emociones y, en consecuencia, las narrativas terapéuticas.
A través de la industria publicitaria, de los talk show, de los libros de autoayuda o del propio discurso terapéutico los consumidores se convierten en pacientes, en objetos públicos dispuestos a ser expuestos, analizados, discutidos y valorados. Las emociones privadas construyen espacios públicos. Las historias de vida se reconstruyen con el formato de la narrativa terapéutica.
Los sentimientos derivados de la “liberación sexual”, la “autorrealización”, la búsqueda de la “intimidad” o “el divorcio amistoso” siguen una narrativa terapéutica que se escribe hacia atrás y subraya el sufrimiento y el trauma. Dicha narrativa pone en primer plano, de forma inevitable, emociones negativas como la vergüenza, la culpa, el miedo, la ansiedad o la angustia.
Una cultura emocional
Editado en su versión original en 2008 y vertido al español ahora, La salvación del alma moderna es la fascinante explicación de cómo el capitalismo ha propiciado el desarrollo de una cultura emocional expresada según el modelo del discurso terapéutico. Discurso cuyas piedras angulares son ideas como la de “deseo”, “autobiografía”, “memoria” o “emoción”.
La tesis central, no exenta de controversia, es que la doctrina terapéutica es moderna por excelencia. Eva Illouz insiste en mantener su vieja posición, según la cual Freud y el psicoanálisis (en un sentido amplio en el que cabrían disidentes como Jung) constituyen la encarnación del discurso terapéutico.
El ethos terapéutico que propone la autora contempla a Freud como una figura carismática, en el sentido weberiano del término, que se incardina en la cultura norteamericana a partir de la serie de conferencias impartidas en la Universidad de Clark y la rápida adopción de sus ideas expresadas sobre todo en los ámbitos de la sexualidad, el trabajo y la familia. Eva Illouz ubica ahí el origen de la cultura de la autoayuda y la influencia del psicoanálisis en la publicidad, el cine o las campañas políticas.
Conforme se adentra el lector en este documentado y denso libro, la noción de cultura terapéutica se va desplegando. Al mismo tiempo podemos contemplar el modo en el que las reglas que gobiernan la expresión de las emociones son aprendidas culturalmente y a través de la reflexión. Sobre todo por las mujeres, impulsadas culturalmente a una revisión constante de su autoimagen. Todo ello conduce a Eva Illouz a considerar que “los modelos culturales ofrecidos por la terapia se traducen en una narrativa cada vez más indiferente al género”.
Mientras que la racionalidad de los hombres se entrelaza cada vez más con las emociones, la cultura emocional de las mujeres se racionaliza en un grado cada vez más alto. El lector contempla con claridad cómo en el capitalismo avanzado se ha producido un giro hacia la androginia emocional. Para Illouz dicho giro ha sido conducido por el discurso terapéutico, una suerte de lingua franca que proporciona el juego de herramientas adecuado para que todos nosotros podamos manejar nuestras vidas en el desorden contemporáneo.
Quien se adentre en este reflexivo e iluminador libro encontrará las tesis de Eva Illouz apoyadas en una enorme diversidad metodológica en la que se incluyen entrevistas, análisis textuales, perspectivas críticas, aproximaciones etnográficas y un sinfín de datos. Todo ello convierte este volumen en una lectura que convendrá tener a mano mucho tiempo.
Para mejorar el rendimiento de nuestros hijos de Fernando Alberca
El profesor Fernando Alberca, autor del libro ‘Todos los niños pueden ser Einstein’, ofrecerá mañana jueves, 2 de febrero, una conferencia donde mostrará las claves para favorecer el incremento del coeficiente intelectual desde la infancia. El acto tendrá lugar a las 20.30 horas en la Sala Isabel Oyarzábal del Palacio Provincial de la Marina.
Esta ponencia, que se titula ‘No somos ni de letras ni de ciencias, ni listos ni tontos, ni trabajadores ni vagos’, tratará sobre el potencial que existe en la mente de un ser humano cuando nace. Se enmarca dentro del ciclo ‘Encuentros sobre Ciencia y Pensamiento’, un foro que organiza la Diputación de Málaga y al que asisten especialistas en materias relacionadas con estos campos para que expliquen sus aportaciones en ámbitos científicos, psicológicos y filosóficos.
Alberca, experto en educación, defiende que la genética que influye sobre la capacidad de inteligencia de los niños se puede corregir y desarrollar; por lo que invita a padres y educadores a inculcar entre sus hijos y alumnos una serie de pautas, además de proponer una relación de ejercicios que favorezcan entre los menores determinadas cualidades que ayuden a mejorar su intelecto. En este sentido ha establecido un método eficaz para desarrollar la inteligencia infantil.
Esta ponencia, que se titula ‘No somos ni de letras ni de ciencias, ni listos ni tontos, ni trabajadores ni vagos’, tratará sobre el potencial que existe en la mente de un ser humano cuando nace. Se enmarca dentro del ciclo ‘Encuentros sobre Ciencia y Pensamiento’, un foro que organiza la Diputación de Málaga y al que asisten especialistas en materias relacionadas con estos campos para que expliquen sus aportaciones en ámbitos científicos, psicológicos y filosóficos.
Alberca, experto en educación, defiende que la genética que influye sobre la capacidad de inteligencia de los niños se puede corregir y desarrollar; por lo que invita a padres y educadores a inculcar entre sus hijos y alumnos una serie de pautas, además de proponer una relación de ejercicios que favorezcan entre los menores determinadas cualidades que ayuden a mejorar su intelecto. En este sentido ha establecido un método eficaz para desarrollar la inteligencia infantil.
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